Como si tentara lo frágil de un sentimiento, la farsa de algún infierno habrá sido la causa de esta escritura, sin reparar en lo apremiante de un texto que me condenara al violento vacío. Fueron tiempos de escritura sin temor al rechazo, con la audacia del que ignora una regla. La poesía fue, en todo caso, la manzana que Eva no comió, un signo de lo intangible, el fruto de un deseo revelado. La arena grave del tiempo dejó a su paso inciertas imágenes en la memoria del papel, textos que ahora releo en el silencio blando de sus bordes. Este horizonte que vibra con la cuerda del efímero presente une aquello que fui con lo que nunca seré. Una parábola -este falso destino- vuelve a evocar en cada ciclo aquella música que erró el rumbo hacia la muerte: escribir para salvar. Si no fuera por el temple de Patricia Bence Castilla y su editorial, Ruinas Circulares, al ofrecerme un lugar en su catálogo, aún estaría corrigiendo y volviendo a corregir lo incorregible. Creo que a partir de hoy los breves poemas que acompañan este volumen comenzarán a morir como mariposas cada vez que alguien se detenga en la textura de sus alas con el ojo voraz de la lectura.