En la otra puerta

Ave y nada

Ricardo Cardone

Intentaba recordar. Una, dos, tres veces intentaba definir a la memoria con palabras, y no eran muchas. Por eso intentaba recordar. Sentado sobre sus talones fruncía con desconfianza el entrecejo cubierto por la cabellera que le llovía sobre los pómulos rasgados por la tierra. Unos ojos nuevos se abrían al filo del viento. La barba le fastidiaba el cuello y cuando se veía otro en algún reflejo del agua intentaba recordar. No había mucho por hacer en esos días de lluvia. El conejo dudó por un instante y él con los nudillos le perforó el vientre. Todo era canto y no rugido, como tiempo después, cuando comenzaría a recordar. Pero ahora no recordaba, no sabía el idioma ni el orden en el que debía escribir los sonidos. Los dientes golpeaban como mármol, pero no rugía. Una vez la mañana le quitó el alma de la boca y la dejó escapar para saber si era tan diferente a él. Primero se perdió entre las ramas, golpeó luego contra las montañas de los confines y volvió con los colores de la tierra hasta hacerse lengua sin que pudiera saber lo que había ocurrido. No recordaba los muslos recién tallados, los bíceps tensos de quien junta leña después de hachar al sol y la lleva hasta el fuego donde se dora un conejo. El vuelo desnudo de un cóndor lo invadió como a un ave que no recuerda. La memoria se licuaba con las primeras palabras. No lograba ordenar las sílabas. Pensaba solo, sentado frente al fuego con las manos en las rodillas, mirando el calor, hambriento de destinos improbables. Y comenzó a imaginar el vuelo de un ave. Se despegó de la tierra como si sus pensamientos tuvieran alas. Probó el viento hasta ahogarse de oxígeno. Se vio más liviano. Sus piernas sin fuerzas volaban más curvas. Cada uno de sus músculos se estiraba y contraía sin urgencias. Los brazos en alas se extendían sobre el abismal llano. Ya no cargaba con el hartazgo de la barba y la piel comenzaba a sentir el frío de la altura. Ahora se agolpaban sus hombros. El pasado lo encontró pensando frente al fuego. Intentaba alejarlo. Aquella extensión le llevó la voz. El calor lo devolvió a la tierra junto a un puñado de imágenes. Recordó el aire frío, la cera de los brazos y el ave que había sido. Recordó a ese otro que volaba. Su cuerpo se enfrió con sudor. Se durmió junto al fuego de la noche y su memoria se hizo sueño.

Los sueños sueñan señales sin señas. Señalan sueños las señas que sueñan. Sueña signos sin sentido, pero sueña. Escribe soña sol y juega con las letras, sin saber lee los años y no comprende. Años sin soñar y ahora sueña. Sueña otro en el sueño sol. Y sueña otro en el sueño luna, en el sueño ave, en el sueño tierra. Sigue soñando sueños y señales. Ya no recuerda pero sueña hasta que el sol sale o elas el sol, escribe, pero con hache, el sol del sueño hela. Y el sol sale, como ahora, que no hela.

Se inclinó sobre el frío de la mañana y volvió a recordar. La memoria lo mordía con las imágenes de la vigilia. No sabía si era por el sueño o si en verdad volaba. Los brazos que habían sido fuertes eran otra vez fuertes, la barba era otra vez barba y las piernas se aferraban a la tierra sin que nada de lo que estaba viendo le hiciera creer que alguna vez hubiera podido ser ave. Se incorporó en un bostezo y los ojos redondos ya no estaban tan lejos del recuerdo. Volvió a su torso desnudo, a ese cóndor que no era, y necesitó un ave. Un ave que volara en lo débil, como si en Roma el artista la tallara en piedra o la pintara en paño, un ave para la nada que era él, tallada en Roma o amor en tallos, escribía de principio a fin o de fin a principio, como un signo, como Ave y Nada, como siempre, al revés.

La noche en el espejo (2018)

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