En la otra puerta

El desierto y el rey

Ricardo Cardone

Le llegaron las voces cuando el tren trepó la última pendiente antes de tomar el declive que lo dejaría en la estación. Un extraño rumor lo llevó al desierto. El adolescente no pertenecía a ese aire distante y seco. Le pareció similar la historia, la coincidencia de los tiempos separados por milenios. Sabía de la forma del miedo, de la arena escabrosa. Una vez había oído hablar del valor de un elegido. Ahora él era un pastor acompañado por su lira. Cierto día, el instrumento le sirvió para calmar los tormentos de un rey que había desobedecido un mandato divino. Pagaría con su corona el haber dejado con vida a un monarca hostil. La muerte, para Dios, suele ser una circunstancia virtuosa, no así la desobediencia. El rey comprendió que el uso de la razón es propio de los infieles y por aquella causa fue condenado a la vida y al despojo. Sólo restaba que alguien de menor importancia lo humillara. Por esos tiempos, un pueblo venido de los mares amedrentaba a todo el reinado. El rey había alistado en sus filas a todos los hombres del reino y el día de la batalla formó a su ejército de cara al valle para la resistencia. Un soldado enemigo cruzó hasta el territorio rival con un desafío absurdo: si alguien lograba vencer al gigante, el invasor abandonaría las armas y sería esclavo del rey, de lo contrario todo el pueblo perecería ante la inevitable devastación. El rey prometió riquezas y ofreció a su hija como trofeo para aquel valiente que se atreviera al reto. Cuarenta días tardaron en encontrar al pastor. Durante el viaje hacia el palacio contó a los guardias que tiempo atrás un oso asediaba a sus ovejas. Armado con una honda de cuero y algunas piedras pudo salvar parte de su rebaño. Otra vez, dijo ante la mirada desconfiada de los hombres fuertes del rey, un león extraviado buscó calmar el hambre y una piedra certera lo aturdió. Cuando fue llevado ante su majestad no dudó en postularse para enfrentar al gigante. Anhelaba obtener su beneplácito y, a la vez, a su hija. El rey no pudo evitar reírse de ese hombre débil y necio; sólo recuperó la postura cuando el joven, estático como mármol, repitió la súplica sin doblegarse. No existe poder en la tierra que pueda quebrantar la voluntad de aquel que se cree invencible. Su majestad le entregó una armadura que el pastor descartó. Camino al valle el joven se detuvo junto a un arroyo, levantó algunas piedras lisas del cauce y llegó a la tierra donde el gigante esperaba. En medio de las burlas de todo el ejército, el retador hundió sus pies en la arena con resolución. El descomunal soldado levantó su espada y corrió con furia hacia el joven. El pastor cargó una piedra en el cuero rancio, tomó el arma por los tientos y comenzó a revolearla con fuerza manteniendo el brazo en alto. El gigante avanzaba justiciero hacia el cuerpo frágil del joven enamorado. Desconocía que en otro tiempo había sido ungido rey por un profeta que impartía venganza. Ahora la mano que revoleaba la piedra no era la suya. Algún dios la gobernaba y de seguro la arrojaría contra el gigante. Él era sólo un pobre hombre que pretendía el corazón de una joven. Esperó a que el gigante se acercara lo suficiente y con el último suspiro soltó la cuerda. La piedra salió como un disparo. Por poco roza la cabeza del gigante. Golpeó contra el borde de la armadura y siguió su órbita. Cuando la espada le cayó encima, el tren ya lo había arrastrado varios metros debajo del andén.

La noche en el espejo (2018)

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