En la otra puerta

El occidente de Maurice Broerg

Ricardo Cardone

Deberé aclarar, antes de aventurarme a desconfiar de esta historia, que desconozco las causas de la temprana muerte de Maurice Broerg, hijo del rey de Prusia, príncipe de los Bajos. He leído vastos diarios de la época, he recorrido silenciosas bibliotecas amarillas con olor a hojas mustias y no he encontrado al menos un párrafo que me conmoviera con palabras serias y leales. Alguien habrá escrito en algún cuarto contiguo las frases que me están faltando en esta historia. Alguien sabrá —no creo tener dudas en este punto— el significado de aquella muerte. Alguna galería a oscuras. Alguna puerta que haya olvidado cerrarse. Algún haz de luz — permítanme esta licencia— que haya despertado la atención de los desprevenidos residentes.

Desconozco desde luego el origen del rey. Es probable que su mandato haya sido la excusa de una guerra a medio concluir. Una sucesión de batallas libradas entre cordilleras y nieves no tan nobles que hayan diezmado a los ejércitos en pequeñas cruzadas, en futuras guerrillas. No descarto la idea de alguna rendición por amor. Una reina por tierras fértiles. Un terreno estéril de poder. Un tablero de ajedrez y su lucha por el centro. Pero me inclino a pensar en un origen divino. Un mandato irrenunciable. Una ley absurda.

Ha sido imposible, innecesario, hilvanar la probabilidad de los hechos con este último pensamiento, pero es la única conjetura que demuestra continuidad a pesar del sinuoso recorrido. Es preciso aclarar que tal vez las mesetas despobladas no siempre hayan devuelto el majestuoso horizonte de aquella Prusia. Sí los profundos acantilados y el mar revuelto. En algún tiempo sus límites podrían haber perdido distancia pero nunca sus cimientos.

En tiempos del rey y su príncipe, Prusia extendía sus habitantes hasta lo que ahora llamamos Occidente, el fin del mundo. Las lluvias habían olvidado a esa tierra durante nueve meses. El sol abrasivo prolongó casi un año el verano; los sembradíos perecieron por falta de agua. Lejos el mar —los acantilados lo confinaban a su esencia—, lejos los ríos —el deshielo ya había cesado y habían vuelto a recobrar cauces prehistóricos—, el hambre crujía en la aridez de la tierra. Es probable que ésta fuera la causa que llevó al rey a invadir los Bajos. La desesperación muchas veces no comprende límites fuera del egoísmo.

Se debía cruzar la más alta cordillera, en esos tiempos seca en ríos, para llegar a Hoëb, el primer asentamiento fértil de aquel dominio. Luego de hacer sucumbir a ese gobierno —conquistar es una palabra que infiere el desconocimiento del conquistado por lo que no se ajusta a esta historia— se debía fortalecer la región con los casi trescientos hombres que habrían de vencer el cruce cordillerano y las batallas de la resistencia. Una vez establecido el nuevo régimen, los habitantes de Prusia podrían emigrar a la fertilidad de esa tierra, no sin antes afrontar las alturas de las montañas.

Los escritos coinciden en el número de bestias; equivocan la cantidad de soldados pero arriban a igual número en el total de hombres que desafiaron las cumbres. Ciento treinta y nueve mulas, cincuenta y dos caballos y doscientos noventa y tres hombres, contando soldados, clérigos y nobles, llegaron al pie del Rahjanük, el cerro más alto que debían sortear para vencer el ascenso a la cordillera. El mismo rey, asistido por sus dos hijos, había decidido realizar personalmente el cruce. Instruiría además a algunos nobles para que lo siguieran con la protección de la cruz, en alto, punzante al cielo. Se decidieron por el corazón de un río seco hasta entrada la noche, luego descansarían. El cauce, pedregoso, inestable, formaba un sendero inequívoco para alcanzar la primera posta. No quedaban rastros de agua en aquel que había sido río antes de la tragedia. De seguir ese rumbo no desviarían el camino hacia el corazón de la cordillera, el mirador del mundo. El sol alto, cenital, arremetía sobre los torsos hundidos de aquellos hombres. El hambre no disminuía las fuerzas sino que alentaba a llegar. La sed, en cambio, agobiaba.

Caminaron horas sin descanso. Los soldados al frente y por la retaguardia, luego las mulas. Los nobles, incrédulos, precedían al rey y al clero. Hicieron noche con los pocos víveres que les habían provisto varios campesinos. Hierbas secas y medio jarro de agua era la ración para todo un día. Durmieron hostigados por el hambre y el sol despuntó hiriente a las pocas horas. Ascendieron durante dos días más con los estómagos deshechos y los intestinos retorcidos por las ásperas hierbas. El agua comenzaba a escasear en los galones que las mulas acarreaban. Alcanzaría para un día, una tarde más. La noche los envolvió con la agonía de la muerte. El rey y sus hijos, desfallecientes, observaban a sus hombres durmiendo en el declive de un valle a puro cielo. Los vientos se aceleraban entre los picos más altos y destendían mantas y abrigos. El sol, justiciero, había dejado paso a las temperaturas de la altura. La última noche el frío condenó a ciento dos de ellos. Tres mulas se desbarrancaron —aunque obedezca a una contradicción, las mulas se desbarrancan de la misma manera que un hombre pierde su fe o duda de su existencia—; hubo que sacrificar a tres caballos para poder alimentarse. Los nobles, que ya habían desistido de tamaño esfuerzo, se sublevarían esa víspera. El rey debió martirizar a dos de ellos como prueba de autoridad irrefutable. Fue esa noche cuando se apartó junto a sus dos hijos hacia el centro del Rahjanük para estar a solas y tejió el plan. El mayor de ellos seguiría con el ejército diezmado hasta llevar a cabo la Epopeya de los Bajos. El otro lo acompañaría de regreso a Prusia junto a los nobles y el clero. Bajo esa orden marcial los hijos asumieron su destino y tentaron al sueño con la resignación de la noche. El rey se quedó buscando respuestas entre las alturas y las estrellas. O pidiendo excusas. Todos durmieron aquella noche menos él, que bajó de la cima con el sol a sus pies.

Aquí la historia se vuelve ambigua. Se lee entre líneas que unos pocos caballos devolvieron a Prusia al rey junto a su hijo menor. No dan cuenta de la primera noche del viaje. No hablan de las nubes que comenzarían a precipitarse. Ni del silencio en la cima del Rahjanük, donde el rey decidió el regreso. Los escritos coinciden en el angustiante cruce de su hijo Maurice y los pocos sobrevivientes del ejército de su padre hacia el valle de Hoëb durante las dos noches siguientes. Se habla del valor de Maurice. No se hace caso omiso de sus hombres hambrientos, ásperos de sed, que se adelantaban a algún peligro que pudiera presentar el campo enemigo. Entiendo que confundieron el sendero de descenso varias veces. El sol ardía en los torsos y la piel se descamaba bajo los tejidos de las prendas hechas jirones. Descalzos alcanzaron la noche. Sin agua ni hierbas, se vieron morir bajo el cielo estrellado. Cuentan aquellos que lo vieron —no dudo de que lo hayan visto— que esa noche Maurice imploró a un dios antes de blandirse entre la tierra. A causa de sus escasas fuerzas, la noche le duró siglos. Durmieron por debilidad de la carne. Creyeron ajusticiarse en medio de una cordillera a la que jamás tendrían que haber ascendido. Habrán soñado condenas con torturas agobiantes. Habrán recorrido cada uno de los infiernos jamás imaginados. Habrán conocido lo que ellos llaman Dios y en ese instante habrán muerto entre sueños. Es sabido que de toda pesadilla se logra despertar, salvo de la propia muerte.

Amanecieron frente al lago sin recordar que habían desfallecido en sus costas. A sus espaldas habían quedado las hostiles laderas cordilleranas, los grandes picos, el Rahjanük, imponente vigía. Al frente volvieron a conocer el agua, a hundir en ella las manos y las caras, los cuerpos deshojados por el calor con la sangre seca del hambre y la sed. Habían cruzado hasta los Bajos. Habían llegado al primer lago de Hoëb. Habían escrito el primer volumen de la Epopeya. Se convencieron de esto apenas recuperaron la cordura e intentaron hallar a Maurice. Lo buscaron por cielo y tierra, mucho más por necesidad que por decisión. El valle nacía en la costa y se perdía en las temibles montañas. Casi desesperados lo encontraron sobre una roca, mirando a Occidente, a Hoëb, al fin del mundo. De espaldas a la cordillera —no volvió a mirar hacia atrás hasta mucho tiempo después— imaginó la invasión con ojos de estratega. Necesitaron animales para comer y esa noche durmieron al borde del lago.

Antes de que el sol ascendiera detrás del Rahjanük ya habían sentenciado a la ciudad. Sorprendieron al primer batallón fronterizo, se hicieron de armas y caballos y entraron troyanos al palacio enemigo. Habían aniquilado al ejército real sin que pudiese ofrecer resistencia y Maurice ese día se proclamaría príncipe de los Bajos, en honor a su padre, rey de Prusia y de Occidente.

Exageró si se quiere los nombramientos, los títulos, por creer que Hoëb era Occidente todo. Exageró su fe, su corona de príncipe cuando le escribió a su padre acerca de su postergado regreso. Los libros ignoran datos que hacen a la historia, la fecha exacta en que comenzó a llover en Prusia, de qué forma los ríos derramaron agua sobre los sedientos campos vecinos a los acantilados. Ignoran además si el rey alcanzó a leer el oficio de su hijo Maurice. Alguna celebración por tal epopeya lo apartaría de aquella realidad. El pueblo de Prusia —en definitiva todo pueblo en iguales condiciones— juzgó al rey como aquel David que derrotó a Goliat en el desamparo de la arena. El fervor de sus discípulos justificó ungirlo dios y lo veneró en su cielo que era Prusia. Había arrasado con el hambre de esa tierra abrumada por la sequía. Creyó —o le hicieron creer— que era el hacedor de una naturaleza predecible en el agua de todos los ríos, en el calor de todos los solsticios, en el despertar de todas las cosechas. Olvidó de manera imperdonable para un dios aquella vigilia en el Rahjanük cuando los ríos aún eran piedras y las nubes, extenso mar. Mayúscula tarea ha sido ordenar en mi memoria las palabras de esa noche. Me atrevo a aseverar que fue más arduo que cambiar el ciclo del agua o el curso de un río. Desconozco algún pacto secreto, algún dios a quien haya herido en su orgullo. Me es lícito pensar que los hombres crean dioses para justificar faltas a la voluntad. Ignoro los destinos que escribieron la muerte de Maurice en Hoëb. No recuerdo haber hablado con él. Un dios presente —permítanme esta última licencia— sólo habla con dioses pretéritos o venideros. Esa noche en el Rahjanük hablé únicamente con un dios urgente. Imaginé un cielo vacío, con la fe abatida por el hambre y decidí apartarlo del tormentoso devenir de su corona. Con el alma desgastada por tantos cuestionamientos inútiles en que ciertos e inciertos volúmenes tratan el arte de lo intangible, hace tiempo he comprendido que un cielo despoblado tampoco es saludable. Será por eso que lo ayudé a ser dios. No recuerdo haber reclamado nada a cambio. Aquella noche en el Rahjanük surgió por necesidad franca. No fue origen de un mezquino y secreto pacto. Se equivocan aquellos aventurados que descreen de mí. Tampoco he cometido la torpeza de haber rozado hombre alguno al despedirme. Ni he seguido los pasos de Maurice Broerg hacia Hoëb. Poco me ha interesado Occidente como ahora. Quiero creer que el azar obró en los Bajos por propia voluntad. En tal caso será otro dios el que hoy deba morir.

La noche en el espejo (2018)

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