El acuerdo se firmó con la ausencia de la razón —construir imposibles estructuras ocupaba todo su tiempo— y de la paciencia —no había llegado; ciertamente nadie la esperaría—. La justicia debía resolver el conflicto: el sí exigía el inmediato relevo del no. Las evidencias habían sido presentadas ante jurados diversos pero fueron objetadas una a una en sucesivas sentencias. Los últimos planteos del sí delataban premeditada intolerancia al disenso. La fidelidad a un sentimiento que no obedeciera a francas voluntades hería los ideales del amor, por lo que éste suplicó temple para evitar la inminente destitución. Con convicción, el sí afirmó que el amor no se encuentra en decisiones sujetas a la represión y acusó al no de alentar absurdas privaciones. De ser cierta esta síntesis, una vez más el amor sería relegado a los confines del abandono. Por temor al consecuente desamparo, la justicia condenó al no a quedar excluido de los términos aceptados por el idioma; su significado se desvanecería hasta el olvido gracias al irrefutable argumento de un fallo precipitado.
La euforia contenida por el sí durante las épocas de censura se alzaba ahora en todas las voces. Vio surgir de sus manos la gracia que complacía los deseos más urgentes y el amor fue el primero en tentar sus milagros. Su ferviente devoción —todo amor es ferviente y devoto— se fortalecía en cada uno de los gestos. Con ingenuidad cubrió de verde las palabras y pintó de celeste el vuelo de los pájaros. Al tiempo que las sílabas se convertían en voz el aire vibraba con el ritmo de las emociones fáciles.
De la misma manera en que el amor fue admitido, cruzaron las discretas fronteras del no la ambición y la codicia —desde hacía tiempo bregaban por su lugar entre las necesidades insatisfechas y los deseos de superación—. Las defensas se derrumbaron ante el devastador paso del sí volviendo inútiles los límites del no. La facilidad del amor condujo al desánimo y una envidia precoz de débiles autoestimas se alistó al frente y a la retaguardia de la cruzada.
La invasión más importante en territorio del no fue llevada a cabo en cuestión de horas gracias a la audacia que empuñan los sentimientos libres de toda culpa. Aquella convicción dio lugar a la soberbia y el amor se derrumbó en alguna frontera olvidada del enemigo. El odio, al ver el arbitrario impartir de justicias e injusticias, persuadió a los fieles. Infinidad de sublevaciones originadas en la envidia, alentadas por el odio y sostenidas por la codicia causaron una revolución dentro de las filas del sí. Muy lejos de la razón, la guerra ya había alistado a sus siervos a fin de sostener un poder que se licuaba como lava.
Un manuscrito da fe de la restitución del no a cargo del ejército vencedor en un último intento por tomar el poder. Obedeciendo a reformas de naturaleza constitutiva, un alto jefe del ejército sublevado —ahora suprema autoridad del nuevo régimen— le informa al sí que en el día de la fecha ha sido reemplazado por el yes.