En la otra puerta

Breve teoría de los lugares

Ricardo Cardone

Los lugares se me hacen cada vez más inútiles. Con el paso de los años, la búsqueda del sitio adecuado tomó la importancia que tiene para mí el buen cine documental. Y si cuenta sobre selvas y animales, mucho mejor. No puedo dejar de ver resúmenes que revelan esa naturaleza tan dulce y voraz. Insectos de importancia menor que doblegan a todo un desierto con el solo hecho de sembrar polen y extraer néctar. Ásperos reptiles que llagan el suelo, zorros que husmean a desprevenidos roedores o ciervos gemelos que de cualquier color uniforme hacen una dieta. Alguna leona dispuesta a correr a su víctima o un imperturbable felino que contempla todo ese siniestro vacío desde lo alto de un árbol. Cada lugar, al igual que el cine o los animales, pierde su gravedad si no encuentro la forma de ocuparme de él.

Otro amanecer en soledad me abandonó en aquel sitio donde guardo cada uno de los lugares que elegí para vivir. No hablo del espacio que ocupo en la casa de la calle Caupolicán al quinientos sino de aquel paño que enmudece la súplica de una carta o del segundo cajón de la derecha que conserva cada una de las fotos ordenadas por año o de la hoja de papel en la que alguna vez escribí palabras livianas y urgentes. Cuando el tiempo se deshace, como hoy, todos los años con sus meses y sus días se dispersan por el suelo como alfileres de un costurero que se cae. Los lugares, esos huecos en el aire que se balancean como lo hace el sol de una tarde a la otra, dejan de ser inalterables. Antes los podía distinguir a simple vista pero en estos días en que el prisma que llevamos detrás de los ojos le quita colores a la luz, los lugares se confunden a fuerza del mismo desamparo. Las paredes reducen su espesor hasta fingir una tela y las puertas, que antes se cerraban con dos vueltas de llave, hoy permanecen abiertas durante días. El resultado es previsible. En otoño, el viento húmedo entra como tromba por la puerta y levanta a los pálidos muros por el aire hasta enredarlos en las ramas más altas de los pinos. Esto hace que los lugares se vuelvan huérfanos. Mi tía Elvira, que sabe un poco más de hombres que de lugares, dice que no es importante el otoño. Piensa que así como el viento entra furioso, retuerce esas telas y abre los cajones hasta que el aire se llena de hojas amarillas también se ocupa de desempolvar el abandono de cada una de las cartas y de revelar una vez más las fotos ordenadas por año del segundo cajón de la derecha. Luego las arroja al cielo y las deja suspendidas el tiempo que sea necesario para que madure un olvido. Cuando por fin la sed las resquebraje de amarillo, habrán de caer lejos, de a pedacitos, donde tal vez alguien pueda llegar a rescatarlas de un aroma invisible. Al final de un día de lluvia, dice mi tía Elvira, los caracoles suelen aparecer trepados a las paredes sin que uno los haya visto brotar de la tierra. Es por eso que al descubrirlos como manchas sobre la desteñida pared del patio de Caupolicán al quinientos nos recuerdan que siempre estuvieron escondidos en el jardín y que si no fuera por el agua que casi los ahoga nunca hubiéramos reparado en ellos. Los lugares, como esos caracoles que se mueven sin distraernos, tarde o temprano aparecen trepando algún muro, en constante huida, hasta que alguno de nosotros vuelve de la cocina con un puñado de sal y los espanta para ver si desisten de su éxodo. Esos lugares caracol que llevan el silencio de los años dentro de cada caparazón y que al menguar una lluvia otoñal se van aturdiendo en la lentitud de una fuga, ciertas veces nos devuelven, fuera de tiempo, la voz de aquellas cartas apiladas que el viento había resquebrajado o dan vuelta en horas de la noche alguna de las fotos ordenadas por año que creíamos haber ocultado en el segundo cajón de la derecha. Y al caer el sol sobre nuestras espaldas, atardecemos trepados a la vieja pared blanca del jardín huyendo de la lluvia que ahoga como el recuerdo. En aquellas tardes, cuando el viento termina de agitar las hojas amarillas y otra vez volvemos al olvido, nos angustia ver a mi tía Elvira perseguir a los caracoles con un puñado de sal en la mano procurando en vano que dejen de correr.

 

La noche en el espejo (2018)

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