En la otra puerta

El cofre

Ricardo Cardone

Lo asaltó por un instante el mismo abismo. Una tarde de feriado se le cruzó el reflejo de una llave que reposaba sobre un estante. No recordaba cómo había llegado hasta ese lugar, tampoco qué cerrojo abría. Alguien la podría haber olvidado en alguna visita fugaz, aunque hacía tiempo que no recibía gente en su casa. Pero la llave estaba ahí, ocultando algún origen, intacta. La tentación de tenerla en sus manos lo guió hacia ella. Sintió el bronce como hacía tiempo no sentía un frío tan inmóvil y tan urgente. Dudó por un instante al ver que no le encontraba algún uso práctico hasta que la ansiedad le reveló una última idea: el cofre. Corrió a mirar debajo de la cama. Alcanzó a tocar el cajón de madera con los flejes dorados y negros; buscó alguna cerradura posible. El candado permanecía a salvo. Se sentó sobre las sábanas deshechas y apoyó el cofre sobre las piernas. Sus memorias eran vagas y las imágenes le daban vueltas en la cabeza sin que pudiera precisar un sentido concreto. No recordaba la razón del cofre. No entendía cómo había podido permanecer en la casa algo tan antiguo. Nunca quiso saber si la presencia del cofre obedecía a una oscura revelación, a un desamparo que era necesario ocultar. Dio media vuelta de llave y el candado crujió. Desenganchó la traba y levantó la tapa. El olor a roble le devolvió emociones remotas. Buscó algún rastro del pasado, una fotografía que hubiera detenido el paso del tiempo, pero nada de eso encontró, sólo un papel doblado en cuatro. Con recelo levantó la hoja y al desplegarla se quebró en dos partes. Las unió con esmero y leyó en voz baja una frase: “…pienso qué sería de nosotros si después de toda una vida nos volviéramos a encontrar”.

Seguramente era una carta de su madre que tiempo atrás ella habría decidido guardar como un breve tesoro sin que él lo supiera. O de su padre; apenas una declaración de amor. El recuerdo lo llevó a su infancia. Ahora jugaba con autos de plástico sobre el piso. Los hacía formar fila y recorría con ellos toda la casa en una caravana que seguía las líneas de las baldosas como si fueran una autopista. Luego arrojaba con fuerza una pelota hasta donde estaba su madre y ella se la devolvía con un leve movimiento del pie y una risa exagerada. Nunca entendió a los adultos. Veía a su padre sentarse a la mesa con la mirada vacía por cansancio. Veía a su madre ocupada en ser madre. El año anterior había querido ser adulto pero luego cambió de opinión. Una noche, mientras cenaban los tres, les había hablado acerca de su decisión de ser niño para toda la vida. Toda la vida de un niño, rio su padre. Toda la vida, repitió el niño.

La infancia fue corta y la vida demasiado extensa. Si toda la vida para él comprendía la niñez, ahora que era adulto debería estar muerto, se dijo. Volvió a leer la frase. Pensó que su padre se la podría haber escrito en secreto y guardado en el cofre a escondidas, esperando tal vez que años después, cuando él terminara siendo lo que nunca había querido ser, se le revelara por curiosidad. La memoria regresó a su padre y sintió su ausencia. No había un recuerdo junto a él que no involucrara su niñez. Las imágenes lo torturaban. Papá conmigo en el patio de tierra. Papá trayéndome del colegio el día de mi cumpleaños. Papá sacándome fotos en la plaza. Papá contándome un cuento conocido. Papá cantándome una canción. Papá haciéndome dormir. Papá preparando el desayuno. Papá sin mamá, otra ausencia.

Con el puño arrugó el papel y lo arrojó dentro del cofre. Sentía rabia. Ya no era un bebé y tampoco estaban sus padres para poder advertirles sobre su forma de pensar. Había crecido y aquello que había dicho una vez, de niño, no era verdad. Ahora era un hombre y no necesitaba de misericordia alguna. Se puso de pie, abrió la ventana y arrojó el cofre bien lejos, hasta que se estrelló contra la copa de un árbol de plaza. No quiso saber si la carta estaba escrita para él. Ni quién la habría escrito.

El niño cayó del árbol como una manzana, golpeó contra la tierra y se abrió la corteza. En un principio las palomas se acercaron con cautela, luego comieron con saña. Algún perro se habrá llevado el hueso. Cuando comenzó a llover las pocas semillas que quedaban con vida se hundieron en el barro.

 

La noche en el espejo (2018)

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