Algún suceso inevitable nos reveló la pena de ser enemigos francos. Con el brazo en alto había matado y en su memoria llevaba el asombro de mis ojos. Fui testigo de un crimen y esa sería mi condena. Como si de un desafío se tratase, me buscaba en cada esquina, en cada noche. Había matado y esa era la sentencia que había tallado en mí esta imagen de justiciero.
El tránsito ausente, las plazas húmedas y el aire profundo nada tenían que ver con el horizonte de la avenida. Allí la ciudad formaba un nudo entre los autos y la gente. De este lado, hacia el río, el paisaje olvidaba su altura de cemento. Los árboles se teñían de un color uniforme hasta desembocar en un cielo abismal de calles lentas. Era la ciudad del descanso, la hermana menor de la capital urgente. Simétricas y opuestas. Dos espejos necesarios. Una con el sentido del tiempo. La otra con el viento en los veranos tardíos. Pero ahora pesaba un aire grave a causa de aquél que, en una tarde breve, había dejado escapar el rostro inevitable del miedo.
Temía hallarlo al doblar una esquina, detrás de algún árbol de una plaza cualquiera, cruzando la calle, sentado en un banco. Con decisión caminé por las veredas débiles. Las ramas florecidas atrapaban los rayos del sol como si fueran redes hasta ahogarlos entre las hojas. La tarde se iba agotando y la desconfianza me invadió con las primeras sombras de la noche. No quería encontrarlo. Yo no debía estar allí. Se me hacía necesario que fuera un sueño; yo sería aquel soñado que deambulaba sobre baldosas muertas. ¿Qué profecía habrá llevado mi nombre como signo involuntario de algún plan fatal? Nunca lo sabré. El destino no comparte límites con la razón. Escondí mi mano debajo del abrigo y acaricié el frío del acero.
Una figura oscureció el aire. Retrocedí hasta perderme detrás de un arbusto falseado por la noche. Esperé a oír la cercanía de sus pasos y me abalancé sobre él con desprecio. Sangraron el pecho y la mano. Se oyó una súplica y cayó mi brazo sin vida. Al fin había matado a aquel que, con un cuchillo entre la ropa, atormentaba mi alma con la herida del remordimiento.