En cuál de todos los abandonos caerá herido el destino. En qué noche escribirá la condena de un nombre incierto.
Madame Césarine abría en abanico las cartas sobre la mesa y con su dedo mayor elegía una al azar. La deslizaba sobre el paño hasta apartarla de las demás. Con los ojos cerrados y con fina percepción, develaba el misterio. La sabiduría en su arte desconocía profecías aventuradas. Un rey de diamantes siempre anunciaba el sereno y sólido porvenir. Un as de corazones aseguraba a Rosa, devota del oráculo de Madame Césarine, la llegada del amor con fines matrimoniales. Pero si una reina de tréboles se daba vuelta sobre el paño, Madame Césarine se quedaba por un instante en silencio y luego, con la mirada fija en los ojos del creyente, advertía sobre la envidia —cualquier azar menor podría tentar al destino—. Madame Césarine sabía mejor que nadie que bajo la sombra de la reina de tréboles sólo existe lugar para la soledad de la muerte. La mañana siguiente encontró a Madame Césarine inmóvil en la alfombra con la hoja de un puñal hundida en su espalda. La mesa revelaba un abanico de cartas boca abajo y una sola dada vuelta. La reina de tréboles había sentenciado el desenlace.
Días atrás, la virtud de una carta le anticipó al gobernador Del Campo una elección eficaz, sin necesidad de fraudes arriesgados. Madame Césarine cerró los ojos. Varios anillos con formas de pretéritos animales le cubrían los dedos deformes. Agitó una carta, la separó del resto sin levantarla del paño y la ubicó frente a las manos del gobernador. Abrió los ojos intuyendo el signo. Lo miró fijo y la dio vuelta. La reina de diamantes lo seguía protegiendo de los ataques oportunistas de un tenaz grupo de disidentes y no predecía una imagen social desfavorable; la elección de ese fin de semana sería afortunada. El oráculo de Madame Césarine coincidía con el futuro del gobernador, también con el presente de Estela Del Campo, su inmaculada esposa. Ella planeaba los encuentros con Madame Césarine teniendo en cuenta que la agenda de su marido le impidiera a él visitarla, así que a eso de las diez de la mañana un lunes, los jueves a las tres de la tarde y algún sábado por la noche detenía a su chofer frente a su casa y lo despedía durante dos horas, tiempo suficiente para consultar a Madame Césarine y degustar un té con masas o beber una copa de champán dependiendo de la hora y de las cartas. Estela Del Campo no buscaba reconocimientos de multitudes. Ciertas banalidades se las dejaba a su esposo. En cambio, preguntaba a Madame Césarine y a las cartas por el origen de dudosas llamadas telefónicas, por las risas cómplices, por la falda corta y por los labios pintados de la entusiasta secretaria que tenía su marido. La principiante había pasado a ocupar un lugar inapropiado. Tanto el tres de tréboles como el cinco de diamantes confirmaban la sospecha y un grosero as de corazones anticipaba un escandaloso romance que llevaba varios años de presentimientos. Estela Del Campo apenas apretó los labios y firmó el cheque sin ocultar una sonrisa que lejos estaba del olvido. El té que le siguió al encuentro fue reparador.
Las certezas de las predicciones de éxito del gobernador eran definitivas. Por esos días, Madame Césarine había forjado a un hombre sin posibles adversarios, había desviado a tiempo la noticia de un romance en primera plana y había conseguido un novio para Rosa. Madame Césarine cerró los ojos nuevamente. Su mano desplegó en abanico el mazo de cartas y el conjuro de anillos que seguía el recorrido de sus dedos hizo deslizar lentamente la carta hacia adelante. Volvió a abrir los ojos y antes de que mediara alguna palabra de consuelo, una reina de tréboles asomó asesina sobre el paño negro. Miró como evitando el destino. Conjeturó improbables razones por las cuales las cartas podrían equivocarse. Habló de la fe. Habló de la envidia. Habló de evitar accidentes y antes de que siguiera justificando sus dones, entendió que ya no era posible cambiar la fortuna. Sabía que de una forma u otra la muerte era cuestión de horas y de la miserable precisión de Madame Césarine, bruja de mierda, maldigo el día en que te cruzaste en mi vida con tus cartas marcadas por la envidia, con tu ambición de poder a costa de mí, con tu reina de tréboles sobre el paño roñoso de esta mesa, con tu repugnante anhelo de muerte para apartarme de su lado. Porque solamente yo, bruja malparida, solamente yo sabía que tus estúpidas cartas únicamente servían a los que se dejaban aturdir por tus palabras, a los de convicciones inciertas, a todos los ciegos del amor, al inocente corazón que me robaste. Y yo, maldita seas por todos los infiernos, jamás creí una sola mentira que haya salido de tu boca y te aseguro, esclava imbécil que crees ser reina de todas las voluntades, que sin tu necio juicio no habrá en la tierra ningún infeliz que rebaje a ofrenda su destino por cuatro inmundas cartas de consuelo. Con ira me abalancé sobre ella y clavé tantas veces el puñal en su espalda que la fatiga me venció.
La crónica no habla del infortunado hecho ni da fe de tanto rencor en el llanto de Estela. Apenas nombra dos traiciones. La de una mujer que olvidó a un hombre por elegir a otro y la de otra que nunca lo aprobará. Aún hoy, Rosa Del Campo sonríe junto al gobernador mientras la sombra de un condenado oculta el signo de una carta que promete.