En la otra puerta

La noche en el espejo

Ricardo Cardone

Mientras la noche se deshila en las tardías luces de mercurio, lo rescata del sueño el primer despertador. Y se encuentra desenrollándose entre las sábanas sin apartarse de la almohada, el único eslabón que lo mantiene con vida. Pero son las seis de la mañana y la muerte acecha. No fueron pocos los intentos por dejar la noche intacta, con el amor transpirándole el cuerpo, volviendo a escuchar los golpes de Virginia en la puerta, la del cuarto B, que venía a preguntar cómo se hacía para llegar a Nazca y Beiró y de paso a pedirle algunos discos de John Coltrane. La invita a pasar pero a los discos hay que buscarlos en no se sabe qué caja de qué libros de qué mudanza olvidada, entonces el abrazo certero por la espalda, buscando los botones de la camisa como él a los discos, con los dedos delicados, inquietos y sin detenerse en el disco de Coltrane para saber si In a Sentimental Mood estaba en la pista diez. Tan inocente Virginia y ahí la tenía, a su espalda, rodeándolo con sus brazos, completamente desnuda y diciéndole que no importaba Coltrane, que quizás no iría a Villa del Parque porque ahora prefería quedarse entre las sábanas. Y Augusto que busca a Virginia. Y él que no la vi pero Augusto que sí, que está acá. Y Virginia hola mi amor como si no pasara nada. Y Augusto por dónde entraste. Y ahora tiene que salir corriendo tan rápido como resistan sus pies con Augusto que no da tregua. Baja la escalera sin tocar un escalón y la vereda se abre con Augusto detrás de él; siente el aliento rabioso cada vez más cerca y las piernas están como en la luna, haciendo fuerza con una y sin poder mover la otra; no avanza a pesar del esfuerzo y la gente lo ve entregando el alma por correr. Augusto enloquecido está por alcanzarlo, sufre por darle impulso a sus piernas con los brazos. Los pies descalzos se hunden en las baldosas de cemento fresco, la esquina tan lejos para cruzar la calle, Augusto cada vez más vengativo y Virginia, qué será de Virginia.

Volvió a mirar hacia atrás y Augusto ya no estaba. Mejor no preguntarse. Ahora conviene buscar a Virginia, descifrar el corazón de Virginia, saber en quién piensa Virginia. Tan linda Virginia y tan sola que la había dejado en el departamento. Mejor entrar a buscarla entre las sábanas, seguramente estará esperando que cierre la puerta y ponga a Coltrane. No conviene preguntar por Augusto, vendrá más tarde del trabajo. Tan desnuda Virginia. La mira en la cama y se acuerda de ayer, cuando se volvía para saludarla mientras pasaba de la mano con Augusto. Buenos días Augusto, hola Virginia, hola Augusto, buenas noches Virginia, tengo carta para usted, debe ser lo de siempre, de nada Virginia, si necesita algo usted ya sabe, no tiene más que llamar. Tan linda Virginia con la piel dormida y él a las seis de la mañana empezó a vivir la muerte con el despertador. El día aún espera y él se ve desfallecer en el vapor de la ducha. Tiene unas ojeras que ayer no tenía. La toalla le seca la noche aplastándose contra los pómulos mientras gotean los últimos minutos. Se seca una vez más desde la nariz hasta el mechón de pelo; se acerca al espejo y se descubre desde ese lugar en el que la noche no duerme. No quiere cruzar porque sabe que del otro lado está la muerte. En cambio aquí todavía está Virginia, tan linda Virginia. Falta poco para recuperar el cuerpo, para que se queden los ojos en la cara, la nariz perpendicular y los labios se separen. Busca a manotazos la pasta dental. De arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba se le va estirando la boca con el cepillo; lo va despertando el sabor a mentol. Mientras tanto lo mira. Lo ve enjuagarse, secarse la cara, colgar la toalla; le apoya la palma de la mano y le desempaña la vista. Una cara desnuda como la suya, con los ojos alargados y el pelo mojado, lo mira con compasión. Niega con la cabeza una o dos veces, guarda el disco de Coltrane, apaga la luz antes de salir y cierra la noche con llave.

 

La noche en el espejo (2018)

enlaotrapuerta.com.ar - Archivo de noticias