Román Ulises Beltrán había recibido el llamado telefónico algo tarde en la mañana del martes. Una voz del otro lado del auricular le dijo que tenía que presentarse antes del mediodía en el depósito que la empresa de transporte tenía en Pompeya. Dijo también que la carga debería estar a más tardar el jueves en Neuquén y cortó. Román caminó hasta el baño que había en el patio, se lavó la cara y volvió a la cocina con una toalla en el cuello que caía sobre su torso desnudo. No hacía más de diez grados pero Román nunca tenía frío, aunque la lluvia de invierno cayera como hielo granizado. Cruzó la cocina como si estuviera de paseo y entró a su habitación. Se vistió con una camisa gastada de color celeste con un bolsillo a la altura del corazón, una bermuda que le llegaba a las rodillas y unas zapatillas de tenis que relucían por su blanco inmaculado. Abrió el cajón de la mesa de luz, tomó las llaves del vehículo y un sobre de cuero en el que siempre guardaba la documentación para conducir. Tomó también varias agendas con espiral en las que anotaba los números de teléfono de sus amigos, familiares y empresas de transporte. Sobre la cama de una plaza lo aguardaba un bolso deportivo con algunas prendas: un pantalón de jean azul, varias camisas lisas y gastadas, una remera agujereada en la zona de las axilas, un pulóver mal remendado y una chomba a rayas sin estrenar que pensaba usar cuando tuviera que estar bien vestido. Tomó el bolso, guardó las llaves del camión en el bolsillo de la camisa, cerró la puerta de su casa con dos vueltas de llave y puso en marcha el motor del camión para que se calentara y cargara el circuito de aire.
La mañana era fría. El sol asomaba detrás de lo que parecía una nube. La niebla recién se había levantado y sobre el césped de los frentes de las casas aún quedaban restos de rocío que el día no había alcanzado a evaporar. Bajó del camión y abrió el compartimiento en el que dormía durante sus viajes, justo detrás de la cabina. Se aseguró de que no faltaran sábanas ni frazadas —el frío en las rutas del sur no tiene contemplaciones— y verificó que la garrafa del calentador que usaba para cocinar y como medio de calefacción tuviera carga suficiente para todo el viaje. De un costado del catre sacó un palo de madera tan grueso como el mango de una pala y se dirigió hacia la parte de atrás del camión, a la altura de las ruedas. Golpeó con el palo una por una las diez ruedas para comprobar la presión de aire y, cuando por fin estuvo seguro de que estaba en condiciones de partir, subió nuevamente a la cabina y puso la primera marcha en dirección a Pompeya.
En el depósito de la empresa de transporte lo estaban esperando desde hacía más de una hora. Uno de los empleados le hizo señas para que acercara el camión a la plataforma. Una vez allí detuvo la marcha, quitó la lona que cubría la caja de madera maltratada por la continua carga y descarga de la mercadería y abrió las puertas laterales y el portón trasero para que los hombres pudieran cargar lo que debía llevar al sur. En la oficina del primer piso le dieron una hoja de ruta y volvieron a advertirle que era necesario que el envío llegara a la ciudad de Neuquén a más tardar el jueves. Dijeron también que en esa ciudad le pagarían el flete. Antes de que el encargado del transporte continuara hablando, Román le pidió un adelanto de dinero para el viaje. Necesitaba cargar gasoil y comer. No tenía dinero, hacía más de dos semanas que no conseguía ningún viaje para el sur, lugar desde donde sabía que era posible volver a Buenos Aires con algo de carga que costeara el regreso. A regañadientes, el encargado le pidió a la secretaria que le hiciera un cheque por el veinte por ciento del viaje como parte de pago. Con respecto al combustible, el hombre le entregó un listado de los lugares en donde podría cargar gasoil a cuenta de la empresa.
—Ellos ya saben que usted va a pasar por allí, simplemente nombre al dueño de la empresa y no tendrán problema en cargarle combustible—, dijo el encargado.
—¿Y cómo se llama el dueño? —preguntó Román.
—Kurt, a secas —contestó el encargado—. El apellido es muy difícil de pronunciar.
Uno de los empleados que estaba cargando el camión entró a la oficina del primer piso. Desde allí se podía ver el enorme playón y la dársena de carga.
—¿Me buscaba, señor? —preguntó.
—Sí, Beltrán ya cuenta con toda la documentación para conducir; necesito que apenas terminen de cargar le hagan firmar estas planillas para que pueda salir con el flete lo antes posible. Tiene que estar en Neuquén el jueves —dijo el encargado y preguntó—: ¿Cuánto tiempo les falta para completar la carga?
—Más o menos una hora —contestó el empleado—. Luego tomó el juego de planillas y salió apresurado de la oficina para acelerar el trabajo de carga.
—¿Qué tengo que transportar a Neuquén? —preguntó Román.
—Es la mudanza de una oficina —contestó el encargado—. Me recomendaron que tuviera en cuenta la fragilidad de algunos muebles. Por lo demás, nada nuevo.
Román salió de la oficina del primer piso y se dirigió al camión. Los hombres cargaban una cantidad de estanterías que parecía que no iban a caber en la caja que ya estaba repleta de escritorios, sillas, armarios y otros mobiliarios. La hora del almuerzo había pasado. Comenzó a tener hambre, abrió la puerta del compartimiento donde dormía y sacó el calentador y una canasta de mimbre en la que había una taza de plástico, un frasco de café instantáneo y un juego de mate con dos recipientes unidos a los costados, uno para la yerba y otro para el azúcar. Entró a la cabina. Faltaba poco para que terminaran de completar la carga pero aún tenía tiempo para tomar algo caliente. Sabía que no podría detenerse en el camino hasta la noche si quería llegar a Neuquén sin retraso. Abrió la guantera y sacó una caja con casetes. Tomó uno que decía Atahualpa Yupanqui escrito con birome, lo puso en el equipo de música y, mientras el agua se calentaba, se recostó sobre el respaldo del asiento de cuero cuarteado. Algunas partes, las más dañadas, habían sido reparadas con una cinta de empaque para que no se arruinaran más de lo que estaban. Sonaba una zamba conocida. Un fuerte golpe en la ventanilla lo sobresaltó. Uno de los hombres le avisaba que ya habían terminado con la carga. Miró la pava hervir sobre el fuego y se dio cuenta de que se había quedado dormido. La música se había detenido.
Bajó del camión, firmó unas planillas y cerró las puertas de la caja. No podía entender cómo había entrado todo aquello en el camión. Por una escalera de hierro amurada a uno de los laterales de la caja, Román subió hasta el tope de la baranda y extendió una lona con varios remiendos sobre la carga. Bajó y ató las cuerdas de la lona a la caja del camión. Saludó a los hombres que habían terminado su trabajo y se sentó frente al volante con el propósito de no levantarse de allí hasta bien entrada la noche.
En menos de una hora ya estaba en la ruta. Debía conducir hasta Bahía Blanca, pasar la noche allí y a la mañana temprano tomar por la ruta del valle, lugar donde crecen los manzanos y los perales, donde el aire es seco y la vida en la época de cosecha tiene el trajín de Buenos Aires.
La tarde caía plomiza, nada más era campo el costado del camino. El camión viajaba a paso lento pero firme. No había mucho tránsito ese invierno y la ruta parecía entrar en cualquier momento en un túnel de sombra. El letargo de la noche lo esperaba donde la vista se perdía. Comenzaron a caer unas gotas sobre el vidrio que fácilmente desaparecían con las escobillas de los limpiaparabrisas. El asfalto parecía estar mojado desde hacía tiempo en esa parte de la ruta. Debe haber estado lloviendo toda la tarde, pensó Román y subió el volumen de la música para dejar de oír el sonido fuerte y monótono de la marcha. En la cabina se escuchaba decir a Atahualpa No necesito silencio, yo no tengo en qué pensar.
Como por acto reflejo, para sacarse aquella frase de la cabeza, Román miró hacia el espejo retrovisor para que la vista le trajera nuevas emociones a esa rutina vacía en la que se iba convirtiendo el viaje. Todo era soledad en esa tarde pero a Román esa soledad le caía bien. Era una celda sin llave. Una celda que le permitía estar con él mismo y de la que podía salir cuando lo deseara a contemplar la devastación del mundo. Román miró por el espejo retrovisor como si quisiera descubrir algo de su vida que hubiera quedado atrás, tendido en la ruta, algo que él hubiera perdido sin darse cuenta: los años de la escuela en su pueblo natal, la migración a la ciudad, la nueva vida en Buenos Aires, los nuevos amigos por hacer, las carreras en bicicleta. Atrás habían quedado su casa y la muerte de su madre. Ella estaba transitando sus últimos días de vida y Román había tenido que manejar día y noche para llegar a tiempo y despedirla. Quizás su madre estaba en ese espejo retrovisor diciéndole que debía buscar otro trabajo, que manejar un camión siempre es peligroso, que un segundo de distracción podría terminar con su vida. Román miró como todas las veces, buscando a su madre en el espejo y nada encontró en la ruta, ésta se iba haciendo cada vez más delgada, como su vida, cada vez más lejos de la juventud, cada vez más cerca de la resignación.
Cuando Román volvió a mirar hacia adelante, el reflejo de la noche lo sacudió. Las señales de tránsito comenzaban a cobrar vida con el cambio de luces. Las líneas de la ruta parecían levantarse del asfalto cuando las iluminaban los faros del vehículo. Ahora el camión viajaba seguro en su carril, delimitado por dos líneas blancas, a la derecha una línea constante y a la izquierda una línea intermitente. En menos tiempo que un suspiro, esa tarde lluviosa de invierno también quedó atrás, en el espejo retrovisor del camión. Adelante lo esperaba el túnel de la noche, donde debía sumergirse si quería llegar a Bahía Blanca lo más pronto posible. El frío se sentía con sólo ver las gotas que corrían por el vidrio de la ventanilla. La noche acabaría con cualquier desprevenido que anduviera por la ruta sin abrigo, pero la cabina se mantenía cálida gracias a la calefacción. Unos kilómetros más adelante Román se encontró con la ruta completamente seca, ahora podía circular con mayor seguridad y tal vez llegaría a Tres Arroyos en menos de una hora. Desde esa ciudad le quedarían unas tres horas para llegar a Bahía Blanca. La noche ya había devorado al paisaje y lo único que quedaba en pie era una ruta apenas iluminada por los faros de un camión que no tardaría en ingresar en sus fauces.
No había almorzado. No por no tener hambre, sino porque sabía que con el estómago lleno era muy probable que el sueño lo invadiera y, si eso sucedía, tendría que detenerse para despabilarse. En cambio, si no cargaba con el peso de la comida en su estómago, podría combatir la amenaza del sueño con determinación. Pero ahora la noche lo amenazaba con su oscuridad y ya no podía descansar la vista mirando el paisaje. Todo era una sombra que se iba cerrando cada vez más sobre el parabrisas, una boca cada vez más grande con la que la noche pensaba tragarlo. De vez en cuando una señal de tránsito iluminada por el reflejo de los faros del camión lo sacaba de ese sosiego que lo iba adormeciendo, pero otra vez las interminables líneas del asfalto lo volvían a arrastrar a ese estado de sopor. Buscó algo de música para distraerse. Lo primero que encontró fue un casete de tango. Un bandoneón lo mantuvo despierto por unos pocos kilómetros. En su marcha veía cómo se acercaba a esa boca hambrienta con la que la noche lo acechaba y se convencía cada vez más de que debía detenerse a preparar un café caliente. Si lo hacía, no llegaría a Bahía Blanca esa misma noche y en la mañana siguiente debería continuar el viaje con menos horas de sueño para recuperar el tiempo perdido. Pensando en esto se aferraba al volante y no dejaba de apretar el acelerador con sus zapatillas blancas que brillaban cuando el reflejo de la luna caía sobre ellas. A pesar de no saber cómo iba a terminar su viaje, envuelto en la noche y escuchando música para despabilarse, pensó que debía llegar a Tres Arroyos cuanto antes. Allí cargaría combustible, se lavaría la cara, se libraría del sueño y tendría la fuerza necesaria para conducir esa noche hasta Bahía Blanca. Después de todo no eran más que tres o cuatro horas las que le quedaban de viaje pero el sueño era un péndulo filoso que se balanceaba sobre su cabeza. Miró al cielo y miles de estrellas habían cubierto la ruta. Incontables luces de todas las intensidades que él pudiera imaginar parecían haberse encendido sobre su cuerpo, como si lo estuvieran acompañando en esa travesía. Tan juntas estaban que parecían formar manchas blancas en el cielo. Podía distinguir claramente la Cruz del Sur que le indicaba un rumbo seguro. El camión trepó una lomada y a lo lejos aparecieron las primeras luces de la cuidad de Tres Arroyos. Ya pasó lo peor, pensó. La ruta se iluminaba a medida que él avanzaba, las señales viales aparecían con mayor frecuencia y los carteles de publicidad anunciaban la cercanía de la ciudad. Las luces de las primeras casas que surgían al costado del camino y el movimiento de los lugareños en la ruta terminaron de despertarlo. Se detuvo ante una señal que le hicieron en medio del camino. Un gendarme de un puesto de control de carga le pidió la documentación. El joven leyó los papeles ayudado con la luz de una linterna, le hizo la venia y con la misma linterna le indicó que podía continuar. Un kilómetro más adelante estaba la rotonda de entrada a la ciudad y un poco antes, la estación de servicio donde le llenarían los tanques, según le habían dicho en la empresa de transporte.
Román estacionó su camión en la dársena de carga. Un muchacho de unos veinte años se acercó, descolgó la manguera del surtidor y le preguntó si iba a cargar gasoil. Román le dijo que trabajaba para Kurt y que la empresa de transporte se haría cargo del pago del combustible.
—No conocemos a ningún hombre llamado así —contestó el joven—. Si no puede pagar en efectivo, no le puedo cargar combustible. Haga una cosa, vaya a la oficina, hable con el encargado y pregúntele si me autoriza la carga.
Román presintió que lo habían engañado, que nadie se llamaba Kurt y que, de no inventar una historia creíble ante el encargado, se quedaría varado allí hasta vaya a saber cuándo. Al otro día llamaría a la empresa para insultarlos por haberlo abandonado en esa estación de servicio.
La oficina del encargado estaba al lado del salón comedor. Era una pequeña habitación con estanterías repletas de envases de aceite y artículos relacionados con la mecánica de los autos. En un escritorio de madera y sobre un rincón, detrás de unos papeles que nadie atendía, se encontraba el encargado mirando televisión. Román entró y le explicó al hombre su situación. Éste le pidió la planilla de viaje y le dijo que no conocía a nadie que se llamara Kurt.
—¿Cómo se llama la empresa de transporte? —preguntó el encargado.
—Expreso Lanín —dijo Román con algo de resignación.
—Déjeme ver —dijo el hombre y salió a la puerta de la oficina para hablar con uno de los empleados.
El frío era cada vez más intenso. Román se dio cuenta de que aún estaba vestido con su bermuda y la camisa de mangas cortas. Su cuerpo comenzó a temblar. Se acercó a una estufa de cuarzo que estaba encendida al lado del escritorio y desde allí pudo ver que el empleado le hacía unas señas al encargado; el joven negaba con la cabeza lo que el encargado le preguntaba. Por fin el hombre entró nuevamente a la oficina, se sentó en su escritorio, dio un vistazo a la televisión para asegurarse de que no había perdido la trama de la película que estaba viendo y le dijo a Román que ésa no era la estación de servicio que buscaba.
—Nosotros estamos en el kilómetro cuatrocientos noventa y seis, usted tiene que ir a la que está después del quinientos —le indicó el encargado—. Tiene que cruzar la rotonda y hacer dos o tres kilómetros más. Seguramente ellos trabajan con su empresa. Yo no tenía conocimiento de que había una estación de servicio cruzando la rotonda. Hoy me incorporé al trabajo, me trasladaron desde el sur esta mañana.
Román salió de la oficina y corrió hasta el camión para que el frío no le paralizara los músculos. Sacó del bolso deportivo el pantalón largo de jean y el pulóver grueso de lana. Se los puso sobre la ropa que vestía y rápidamente se metió en la cabina, dio arranque al camión y tomó nuevamente la ruta.
La estación de servicio que él buscaba estaba invadida por el de samparo. Nadie había allí. Ningún vehículo se detenía a cargar combustible. A diferencia de la anterior, ésta parecía haber estado fuera de actividad desde hacía mucho tiempo. Apenas se veía un farol con una débil luz que caía sobre los dos únicos surtidores. Frente a ellos se encontraba un gran salón comedor, completamente oscuro y con las cortinas cerradas. Las puertas estaban trabadas con una cadena con candado. Román estacionó su camión en la dársena de los surtidores y se quedó dentro de la cabina esperando que apareciera algún empleado para atenderlo. Aguardó unos minutos y, al no ver a nadie, bajó del camión, abrió la puerta del compartimiento para dormir y sacó la canasta de mimbre donde estaban los frascos con azúcar, café y algunas galletitas. Cerró de un golpe la puerta movido por el frío y entró otra vez a la cabina. Recordó que necesitaba agua caliente. Todo estaba cerrado y seguramente nadie le conseguiría agua. Encendió entonces el calentador y puso nuevamente al fuego el agua para el mate que no había llegado a tomar mientras esperaba que los empleados del transporte terminaran de cargar. El calor del mechero subió la temperatura de la cabina y ahora el frío quedaba afuera, arañando la ventanilla para poder entrar. Román puso en una taza tres cucharadas de café, tres de azúcar y el agua caliente. Ahora podría esperar un poco más que alguien apareciera para atenderlo, el café le reanimaba el cuerpo.
Román sabía que debía cargar gasoil y llegar a Bahía Blanca. Sabía también que no podía pasar toda la noche en esa estación de servicio perdida en el tiempo. Pero su alma estaba paralizada. El cansancio del día, la salida rápida de su casa al recibir la noticia de que al fin había conseguido trabajo después de estar parado dos semanas, la tensión por alejarse rápido de la ciudad para alcanzar la ruta y recorrer la mayor parte del trayecto con la luz del día y la incertidumbre de no saber si finalmente podría cargar combustible y continuar el viaje hasta Bahía Blanca, le habían abatido la voluntad. Pensó en descansar unos minutos, tomarse un café bien caliente con bastante azúcar para mantenerse despierto y escuchar algo de música. Buscó la caja donde guardaba las cintas y sacó el mismo casete de Atahualpa que había escuchado esa tarde. Lo cargó en el reproductor, subió el volumen y se recostó sobre el respaldo del asiento, del lado del acompañante, lejos del volante y de los pedales para poder estirar un poco más las piernas, tensas todavía por la fatiga del viaje. Bebía a sorbos el café mientras pensaba en el pasado. Aún se acordaba de la primera vez que había decidido cambiar de trabajo y viajar por las rutas. Una noche en Buenos Aires, cuando manejaba su taxi por San Telmo, un hombre solitario que parecía haber salido de uno de los restaurantes de la zona detuvo al auto de Román y le pidió que lo llevara al barrio de Barracas. No era el recorrido que Román tenía en mente, prefería ir al centro donde se podía trabajar mejor y los viajes eran más cortos y más frecuentes pero, como el hombre ya se había subido al auto, resolvió que después de dejarlo en Barracas volvería al centro para trabajar cerca de la avenida Corrientes. El hombre le dijo que tenía prisa, que no estaban a más de veinte cuadras del lugar al que debían ir y le preguntó cuánto le costaría el viaje. Tenía un acento extranjero y se lo veía preocupado, como escapándose de algo. Le dijo también que no tenía pesos, que había llegado recientemente al país para ver el Mundial de Fútbol y que todavía no había podido cambiar más que unos pocos dólares. Durante el viaje el hombre permaneció en silencio. Cuando llegaron a destino, sacó de un bolsillo del sobretodo un billete de veinte dólares. Román le dio el vuelto en pesos. El hombre guardó el dinero sin contarlo y salió del taxi con prisa. Casi corriendo se perdió en la oscuridad de una calle cercana al Riachuelo. Román volvió a mirar el billete, lo dobló por la mitad y lo guardó en el bolsillo de la camisa. Buscó una avenida que lo llevara al centro de la ciudad. Saliendo de Barracas pasó por una zona de empresas de transporte. Los camioneros hacían vigilia durante la noche para que a primera hora de la mañana comenzaran a descargar la mercadería que traían del interior del país. Largas filas de camiones estacionados unos detrás de otros bordeaban las calles. De tanto en tanto, en alguna vereda abandonada, se veían pequeños grupos de choferes reunidos alrededor del fuego, calentando agua y conversando entre ellos a pesar del frío de junio. Uno de los camiones tenía pegado en el vidrio un papel de venta con un número de teléfono. Román detuvo su taxi, anotó el número en su agenda con espiral y continuó viaje hacia el centro de la ciudad.
Mientras conducía pensaba que tal vez podría cambiar de trabajo. Manejar un camión sería algo más tranquilo que andar en taxi en el enmarañado centro porteño. Tal vez en la lejanía, fuera de la ciudad, la vida sería otra, sin prisas, como a él le gustaba. Manejaba y no dejaba de pensar en esa idea sin reparar en las personas que le hacían señas para tomar el taxi, sin importarle adónde querían ir ni cuántos viajes se estaba perdiendo por soñar con una utopía, como le pasaba con frecuencia. Ya había dejado atrás las carreras en bicicleta por manejar el taxi. Ahora su abdomen iba aumentando de tamaño, las piernas cada vez estaban más débiles y sentía un cansancio en todo el cuerpo desde que se levantaba hasta que se acostaba bastante entrada la madrugada, a poco de salir el sol desde el río. No había sido una buena elección la del taxi, por lo menos no para él que siempre había tenido un buen estado físico. Desde joven entrenaba diariamente con su bicicleta. Durante los días de semana se mantenía en forma para poder competir en algún circuito callejero de los barrios del conurbano. Alguna vez supo correr en pista con buenos resultados. Pero ahora manejaba un taxi; él era dueño de su vida y el taxi, dueño de él.
Al otro día, apenas se levantó, llamó por teléfono al número que había anotado la noche anterior. El camión estaba en venta y, si conseguía algo de dinero prestado, podría llegar a comprarlo en menos tiempo del que había imaginado. Desayunó rápido y fue a encontrarse con el dueño del camión. El deseo es poderoso, nos hace creer que lo que deseamos está hecho para nosotros o para nadie. Román estaba convencido de que ese camión desvencijado al que le hacían falta unas cuantas reparaciones en la caja de madera, ése que necesitaba un cambio de aros en el motor, en el mejor de los casos, o un motor nuevo según el mecánico que meses después lo reparó, estaba hecho para él. Lo que más le llamó la atención fue el compartimiento donde podía dormir. Vio tan amplio ese lugar, más parecido a un armario que a un dormitorio donde no entraba más que su cuerpo, que a él le pareció que tenía las dimensiones de un departamento de un ambiente. Y si, además, podía trasladarse llevando esa habitación al lugar que más quisiera, no estaba en su mente pensar en la posibilidad de que el camión podría escapársele de las manos como si fuera el pez que todo pescador quiere pescar. Ese camión y yo somos la misma persona, pensaba. Al final de esa semana vendió el taxi y compró el camión.