Un perro ladró y se sintió un fuerte golpe en la ventanilla. La luz del farol caía como una débil cascada sobre la lona del camión y se derramaba sobre el piso de tierra, al pie de los surtidores que parecían sofocados por el viento frío que venía de la ruta. Una persona desarreglada, con el cabello y la barba sin cortar, vistiendo unas viejas prendas sucias y con su cuerpo cubierto por una manta, golpeaba con fuerza el vidrio. Mientras tanto, un perro a su lado ladraba con la mirada fija en Román que despertó de su pensamiento, asustado, y que no dejaba de mirar a ese hombre y a ese perro. Cuando por fin pudo comprender la situación, Román bajó la ventanilla y un aire helado invadió la cabina. El vagabundo le preguntó si estaba esperando a alguien, porque allí no había nadie a quien esperar.
—Me detuve a cargar gasoil, pero parece que está todo cerrado —contestó Román.
—Aquí no hay gente. Esta estación de servicio cerró hace tiempo y desde entonces nadie ha venido a trabajar —dijo el vagabundo—. Le agradecería si tuviera algo que pudiéramos comer mi perro y yo.
Román dudó por un momento. Mientras buscaba algo de comida para ofrecerle al vagabundo, le comentó lo que le había sucedido en la estación de servicio por la que había pasado esa noche. El vagabundo lo miraba extrañado, como si las palabras que escuchaba provinieran de alguien alucinado. Román sacó de una bolsa de almacén algo de pan, cortó una porción de queso, metió todo dentro de una bolsa más pequeña y se la dio al vagabundo. Si no fuera por la rapidez con la que el hombre tomó la bolsa, el perro se la habría sacado de un mordisco. Cuando el animal saltó sobre la comida, el vagabundo le arrebató la bolsa a Román y se alejó rápidamente hasta llegar a un tinglado donde se cubrió de la helada que ya estaba cayendo. Junto a él corrió su perro dando saltos como queriendo morder la bolsa que el hombre llevaba. Desde allí, el hombre levantó la mano en señal de agradecimiento por la comida y le aconsejó a Román que buscara otra estación de servicio que estuviera abierta porque en la que se encontraban hacía tiempo que no trabajaba nadie.
Román puso en marcha su camión y lo llevó hasta el tinglado donde el hombre y el perro comían. Se acercó a la ventanilla y le preguntó si conocía alguna otra estación de servicio en esa ruta, porque seguramente en alguna de la zona deberían cargarle combustible a cargo de la empresa.
—Esta es la única estación de servicio en la ruta —dijo el vagabundo—. Si quiere cargar gasoil tendrá que entrar al pueblo, pero no creo que lo dejen pasar con el camión.
—Y hacia aquel lado, antes de llegar a la estación de servicio donde me detuve la primera vez, ¿puede ser que encuentre alguna que tal vez se me haya pasado por alto? —preguntó Román.
—Hacia aquel lado no hay ninguna estación de servicio. Esta es la única que está sobre la ruta —contestó el hombre y volvió a masticar el pan que ya tenía en la boca.
Turbado, Román miró el medidor de combustible en el tablero. Aún tenía carga para llegar con lo justo a Bahía Blanca. Allí había un lugar donde podría reabastecerse a cargo de la empresa, de acuerdo con lo que tenía anotado en el listado de las estaciones de servicio que le habían dado. Pero ahora dudaba de la veracidad de esos datos. Se sintió estafado, humillado y brotó en él una furia contra él mismo por ser tan creído, por confiar en los demás a pesar de que tenía la seguridad de que lo estaban embaucando. Era de noche y ya no habría nadie en la empresa de transporte. Debía llamar al día siguiente bien temprano para que le solucionaran el problema. Pero si se quedaba en Tres Arroyos esa noche, no llegaría el jueves a Neuquén y probablemente le descontarían ese retraso del pago del flete.
Aún tenía en su poder el cheque que le habían extendido en la empresa para que comprara comida. Pensó que si él podía arreglarse con lo que llevaba, llegaría a Neuquén sin necesidad de usar el cheque. Hizo cálculos y dedujo que, como estaba a casi doscientos kilómetros de Bahía Blanca, probablemente llegaría con el poco combustible que le quedaba pero si no le alcanzaba, difícilmente podría pedir ayuda a esa hora en medio de la ruta, debería quedarse allí hasta el día siguiente cuando pasara alguien que pudiera acercarlo a la ciudad. Decidió usar el cheque para cargar gasoil en la estación de servicio donde había parado por primera vez por lo que tomó el carril contrario para volver a aquel lugar.
Al salir de la rotonda que comunicaba la ruta con la entrada del pueblo, Román divisó enseguida la estación de servicio donde antes se había detenido. Más lejos alcanzó a ver las luces del puesto de control vial donde el gendarme le había pedido la documentación. Disminuyó la velocidad, se aseguró de que no circulara nadie por la ruta y giró hacia la izquierda para entrar en la estación de servicio. Estacionó el camión en la dársena y el mismo joven que lo había atendido la primera vez se acercó calentándose las manos con el aliento que salía de su boca. Román le dijo que el encargado lo había mandado a una estación de servicio que estaba cerrada y que quería hablar con ese hombre. Tal vez entendí mal, pensó Román.
—El encargado ya se fue —dijo el joven—. ¿Le lleno los dos tanques?
—Sí —contestó Román—, ¿aceptan cheques?
—Sí, señor —dijo el muchacho—. Déjeme ver.
Román le entregó el cheque, el joven lo miró y dijo que no había problema pero que no podía darle el vuelto. Dijo también que la empresa acostumbraba a abrir una cuenta corriente a los clientes que abonaran con cheques.
—Lo que quede a su favor puede canjearlo por combustible cuando pase nuevamente. Usted es transportista, así que seguramente volverá a andar por aquí —dijo el joven.
Román sabía que no podría recuperar el dinero del cheque hasta que volviera a Tres Arroyos pero no estaba dispuesto a perder más tiempo y a soportar más frío, cosa que seguramente ocurriría si seguía dando vueltas inútilmente en el mismo lugar.
—No hay problema —dijo Román.
Mientras el chico cargaba gasoil, Román aprovechó para comprobar la presión de los neumáticos. Abrió la puerta del compartimiento donde dormía y sacó el palo que siempre utilizaba para golpear las cubiertas. Golpeó rueda por rueda, revisó las ataduras de la lona y al ver que todo estaba en orden guardó el palo, cerró la puerta y buscó el baño para lavarse la cara y así despertarse. Cuando regresó, el chico ya había terminado de cargar el combustible. Román cerró con llave los tanques, el muchacho le dio un vale por el dinero que le quedaba a cuenta, luego tomó el cheque que había dejado debajo de la caja registradora mientras atendía a Román y fue hasta la oficina del encargado, que en ese momento estaba vacía, para resguardarse del frío.
Román volvió a la ruta. Bordeó nuevamente la rotonda a muy baja velocidad para asegurarse de que ninguna otra estación de servicio se le hubiera pasado por alto, pero no vio nada más que algunos puestos de venta ambulante que permanecían cerrados. Al salir de la rotonda recordó que estaba cerca de la otra estación de servicio, donde le había dado de comer al vagabundo. Continuó avanzando a baja velocidad, tal vez habría alguien atendiendo cuando pasara por allí. Avanzó con las marchas más bajas durante dos kilómetros pero donde él pensaba que estaba la estación de servicio no había nada más que un extenso descampado que se perdía en la oscuridad. Las luces del camión alumbraban la ruta y también los alrededores, pero nunca pudo encontrar ese lugar donde se había detenido a darle de comer a un hombre mientras escuchaba decir a Atahualpa Los hombres son dioses muertos de un templo ya derrumbao.
Por un momento creyó que estaba perdiendo la cordura. No tenía dudas de que allí había una estación de servicio con apenas un farol que iluminaba a dos viejos surtidores. Tampoco se olvidaba del hombre y de su perro. Subió una marcha, el camión aumentó la velocidad y Román comenzó a despedirse de la ciudad pensando que tal vez se habría quedado dormido mientras el chico le estaba cargando gasoil. Recordó que en ese momento, antes de que él se dispusiera a volver a la estación donde había cargado combustible, el vagabundo le había dicho que allí no había ninguna estación de servicio, que la única que se encontraba sobre la ruta era ésa donde ellos estaban y que no atendía desde hacía tiempo. Mientras la ruta se internaba en la noche, esa noche que no era como ninguna otra noche, en la que la oscuridad pesaba y la ruta abría una puerta a todo el universo, en la que el cielo caía como un manto de piedad ante tanta soledad, mientras la noche lo atrapaba, se fue convenciendo de que esa estación de servicio, de que ese hombre pordiosero, de que ese perro hambriento, nunca habían existido. Se aferró a la idea de que al fin el cansancio del viaje lo había terminado venciendo en la estación de servicio que atendía el muchacho.
En pocos minutos la noche lo devoró. Román miró por el espejo y las luces de la ciudad eran un leve resplandor de una vela que se estaba consumiendo. Hacia adelante lo único que podía ver eran las líneas fluorescentes que demarcaban los carriles de la ruta. Las señales viales aparecían cada vez con menor frecuencia. A lo lejos, un cartel verde anunciaba la distancia a Bahía Blanca, le quedaban por delante ciento ochenta kilómetros y al fin podría descansar. No había mucho tránsito. Ninguna luz se veía venir de frente ni tampoco se veían las luces rojas de otros vehículos que podrían marchar delante del suyo. Román manejaba solo en ese tramo de la noche. Mientras escuchaba música pensaba que de surgir un desperfecto en el camión no podría pedir ayuda en medio de ese desamparo. Tampoco había alcanzado a ver ningún poste de auxilio que algunas rutas suelen tener de tanto en tanto al costado del camino. Sin comunicación posible no habría manera de que alguien pudiera rescatarlo. El monótono ruido de la marcha se confundía con la música y la noche absorbía todo de forma inconsciente, dejando a Román solo con su pensamiento, sin escuchar nada de lo que sonaba en la cabina. Manejaba con el ceño fruncido, quizás tratando de ver mejor el camino en esa oscuridad, quizás dudando de la confianza que le tenía al buen funcionamiento de su vehículo, quizás por el hambre que ya se hacía presente.
Unas luces en el espejo retrovisor lo distrajeron de sus pensamientos. Miró con detenimiento para ver qué era lo que se aproximaba a tanta velocidad. En un instante las luces estuvieron cerca de la cola del camión, moviéndose hacia el centro de la ruta y ocultándose detrás de la caja. Se separaban y se volvían a juntar. Por momentos una parecía más potente que la otra pero luego perdía fuerza. Con la otra luz sucedía lo mismo. Cuando llegaron a estar muy cerca del camión, casi pegadas a la caja, la primera se abrió hacia el carril contrario y lo sobrepasó en pocos segundos. Román alcanzó a ver a dos personas montadas en una motocicleta que viajaban a gran velocidad, el conductor aferrado al manubrio y el acompañante abrazado a la cintura de aquél, ambos agazapados para vencer al viento. Detrás de la primera motocicleta pasó la segunda, también con dos ocupantes, aferrado a la cintura el último y al manubrio el primero, encogidos por la velocidad y por el frío.
Las motos se alejaron rápidamente delante del camión y las dos luces rojas con que se las podía distinguir a la distancia se perdieron en el infinito de la ruta. Cuando volvió la oscuridad, las estrellas parecían estar dispuestas a desplomarse de un momento a otro. Román miró el velocímetro y calculó que esas motos habrían pasado a más de doscientos kilómetros por hora. Pensó que cualquier animal que se les pudiera cruzar, un simple insecto que a la noche saliera a revolotear por el campo y que quedara enceguecido por la luz podría causarles un grave accidente. Peor sería que se encontraran con un roedor o con un sapo que cruzara la ruta, en ese caso no tendrían chances de salir ilesos. Me estoy poniendo viejo, se dijo. Él también recordó que cuando era joven le gustaba la velocidad y la sensación de sentir el viento en el cuerpo sobre una motocicleta. Pero con el tiempo la gente se va poniendo grande y temerosa. Da la impresión de que la edad lo hace al hombre más frágil, más desconfiado y ya no se siente invencible como creía serlo cuando era joven. Seguramente las pérdidas que va teniendo en el transcurso de su vida lo vuelven más vulnerable. Nace temeroso, lo educan para que tenga confianza en sí mismo, se vuelve arrogante y muere indefenso, repleto de temores. Román ya había pasado por las primeras etapas y pensaba que, de ser cierto, lo único que le quedaría serían las dudas. No le gustaba la idea de que la vida estuviera acabando con él, tan joven. Aún no había llegado a los cincuenta años. Recién había comenzado a vivir lo que él había deseado desde siempre. No habían pasado tantos años desde que había abandonado el taxi para viajar por todo el país, libre de cualquier amenaza, sin jefe ni dueño de su vida, contemplando la naturaleza como si fuera un privilegiado entre tantos hombres sojuzgados que la modernidad construye, pensaba. Ese razonamiento lo animó. Decidió que en el próximo viaje cargaría su bicicleta así podría hacer algo de ejercicio en los tiempos muertos que tenía entre las descargas del camión y los viajes nuevos que aparecieran. No siempre que llegaba a destino se encontraba con un cargamento esperándolo para regresar a Buenos Aires. Algunas veces debían pasar varios días hasta que surgiera algún flete que le permitiera volver y otras veces se debía conformar con llevar algunas encomiendas hacia otras provincias y recién desde allí buscar la posibilidad de encontrar algo de carga para regresar. Pero en vez de mortificarse con el devenir del destino, para Román esos viajes eran una aventura, una fuente de conocimiento, una posibilidad para despojarse de cualquier rutina que terminara doblegando la voluntad, como le había ocurrido cuando conducía el taxi inmerso en el ruidoso centro porteño.
Estaba llegando a la mitad del recorrido, hacía un tiempo que las motos lo habían sobrepasado y otra vez la monotonía lo volvía a llevar al sueño. A lo lejos vio una luz que parecía estar ubicada a un costado de la ruta. Imaginó que debía haber algún vehículo detenido sobre la banquina porque, a medida que se acercaba, la luz parpadeaba como si fuera la baliza de un auto. Le llevó un tiempo distinguir lo que allí estaba sucediendo. Lo primero que vio con claridad fueron las luces rojas de los bomberos y detrás de ellos se podía ver una ambulancia con luz en el interior. Román bajó la marcha, encendió las balizas del camión y se acercó al lugar circulando a muy baja velocidad, conduciendo casi a paso de hombre. Un policía le hacía señas para que no se detuviera y así evitar que algún distraído lo embistiera por detrás, aunque no se veía venir a nadie por el carril donde él circulaba. Román se fue acercando lentamente, encendió las luces de su cabina y bajó la ventanilla para hablar con el oficial de policía. Le preguntó qué ocurría. Un auto se había desbarrancado a la entrada de una curva.
—Probablemente el conductor se quedó dormido —dijo el policía—. Continúe, por favor —agregó.
El camión pasó el puesto de detención y unos metros más adelante Román pudo ver un automóvil con las ruedas hacia arriba y con las pertenencias de los ocupantes esparcidas sobre el campo. Unos hombres, que parecían ser los rescatistas, hacían trabajos en el interior del vehículo. Más adelante, a un costado de la banquina, estaban detenidas las motos que lo habían pasado a toda velocidad. Los conductores y sus acompañantes estaban de pie, algunos apoyados sobre los asientos de las motocicletas, mirando la escena con detenimiento. Román miró una vez más a los muchachos de las motos, cambió de marcha y se fue alejando cada vez más rápido del lugar del accidente.
El camión marchaba sereno por la ruta. Ahora la noche parecía no apresurarse, como si ese letargo por donde ella se mecía estuviera acompañado por una melodía con forma de réquiem. Lentas y constantes, las cuerdas de la guitarra que Román escuchaba en su cabina parecían formar parte de ese paisaje de sombras donde la única luz que se veía era la de los faros delanteros que alumbraban el camino. Recordó las largas madrugadas en Buenos Aires, cuando esperaba que algún pasajero le hiciera señas para subirse al taxi y, sobre todo, para que alguien le hablara en esas noches donde era muy difícil poder confiar en algún extraño. A Román no le quedaba otro remedio que encomendarse a la buena fe de quien subía a su auto, aunque más de una vez alguien tomaba el taxi con destino a algún barrio de la periferia, lo apuntaba con un arma en la cabeza y se quedaba con la recaudación de la noche. Román debía confiar para poder trabajar. No le costaba mucho creer en alguien. Para él bastaba la palabra, aunque no era así para los demás. Hombre pensativo, muchas veces se lo veía volver a su casa al amanecer y quedarse un largo rato en el interior del auto como si estuviera meditando, tal vez alguna idea le daría vueltas en su cabeza y no podía liberarse de ella tan fácilmente. En ese silencio en el que él se hallaba consigo mismo, frente a la casa en la que vivía de forma más parecida a la de un huésped que a la de un propietario, Román pensaba y no dejaba de pensar. De vez en cuando sacaba del bolsillo de su camisa gastada de hilo azul su libreta con espiral, buscaba una birome que guardaba en algún lugar del auto y comenzaba a anotar alguna idea o simplemente a dibujar algo sin sentido, como aquello que se tiene en la memoria sin tomar conciencia pero que aflora cuando uno levanta el lápiz y se deja llevar por las formas que la mano gobierna. Podía quedarse dentro del auto anotando ideas, pensando o haciendo dibujos durante largo tiempo, con la música encendida diciéndole que había algo sobrenatural que no dependía de los hombres, que Dios hacía tiempo que lo había abandonado pero que le había dejado la guitarra de Atahualpa para esos momentos en que la soledad muerde con furia y uno tiene que resistir, porque la soledad no es para cualquiera sino que está destinada a unos pocos, a aquellos a quienes la vida nunca les encontró el camino correcto y por esa razón debieron abrirse paso con sus propias miserias, cargando con todos sus despojos.