En la otra puerta

III. Amalaya la noche

Ricardo Cardone

Faltaba poco para llegar a Coronel Dorrego, la mitad del recorrido entre Tres Arroyos y Bahía Blanca. Los tanques estaban llenos y la primera parte del viaje iba llegando a su fin. Después de todo no habría salido tan mal si no hubiera sido porque esa noche Román había tenido que conformarse con un poco de pan y el queso que quedaba luego de haberle dado una porción al vagabundo. Si hubiera sabido que me iba a pasar esto no le habría dado nada al pordiosero, se dijo, pero enseguida soltó una sonrisa, la primera del día. No creo, al final el vagabundo me habría convencido de que le diera algo de comer o me habría largado al perro, pensó. Ningún resplandor de la ciudad se alcanzaba a ver. Un poco más adelante la ruta se perdía en la oscuridad. Un cartel pasó raudamente por la ventanilla del acompañante. Alcanzó a leer que faltaba algo más de cien kilómetros para Bahía Blanca y muy poco para Coronel Dorrego. Lo dedujo por la cantidad de cifras que había logrado adivinar a la pasada. Hizo unos kilómetros más con el camión en la última marcha, aquella que llega a la velocidad de crucero y con la que el motor parece descansar al hacer su trabajo. Román divisó a alguien sobre la banquina. Una persona estaba por cruzarse en la ruta, frente a él, varios metros más adelante. Disminuyó la velocidad y se aproximó lentamente. Una mujer algo perturbada, como desconcertada por la noche, le estaba haciendo señas para que la llevara a algún lugar. Cuando el camión se acercó lo suficiente, la mujer se hizo a un lado, de otro modo Román no habría alcanzado a frenar. La mujer tenía las prendas deshechas, el pelo revuelto y se le veían algunas manchas de sangre en el rostro. Román se detuvo en la banquina para mirar mejor a la mujer y alcanzó a ver que sus brazos estaban marcados por varios cortes. Ella caminaba con una pronunciada cojera. Le pidió que por favor la alcanzara hasta Coronel Dorrego porque su familia había tenido un accidente y necesitaba ayuda con urgencia. Le rogaba a Román que la acercara a la ciudad, no había pasado nadie en esa noche y el frío la hacía temblar. Román dudó de lo extraño del caso. A varios choferes ya les había ocurrido encontrarse en la ruta con alguien pidiendo ayuda o haciendo señas solamente para que lo alcanzaran al pueblo más cercano y terminaban siendo asaltados por delincuentes que les robaban las pertenencias y el dinero que tenían en su poder. Luego escapaban perdiéndose en los campos aledaños. Los camioneros hacían la denuncia y la causa quedaba olvidada en la comisaría del pueblo más cercano que generalmente se encontraba a muchos kilómetros. Román volvió a mirar a la mujer y le abrió la puerta del acompañante. La mujer entró en la cabina temblando de frío y todavía sangrando por algunas heridas que secaba con el vestido. Sin que Román le preguntara nada la mujer comenzó a hablar. Le dijo que su familia había tenido un accidente con el auto en el que viajaban. El auto se había salido de la calzada y no lo habían podido controlar. Había dado dos vueltas sobre la banquina y había caído en un canal que se había construido al costado de la ruta para encauzar el agua proveniente de las crecidas de los arroyos. Ella había logrado salir por la ventanilla, pero su familia aún estaba adentro. Cuando volcaron, el agua apenas llegaba al techo del auto que había quedado dado vuelta, pero a medida que pasaba el tiempo iba subiendo su nivel. Intentó desprender los cinturones de seguridad que amarraban los cuerpos de su familia pero no tuvo fuerzas para destrabar las puertas. A través de los vidrios rotos no lograba liberarlos de esas ataduras y cada vez que lo intentaba, el filo de los cristales cortaba más su piel. Con el último aliento quiso sacar a los niños, que viajaban en la parte de atrás, por la puerta delantera. Tampoco logró abrirla para llegar hasta ellos. Las puertas traseras habían quedado trabadas con los hierros de las nervaduras de la carrocería.

—¿Usted viajaba en el auto que se accidentó varios kilómetros más atrás? —le preguntó Román.

—Sí, estuve esperando que alguien pasara por la ruta, pero no se ve un alma. Entonces decidí llegar hasta algún pueblo para llamar por teléfono. Hace rato que estoy caminando y usted es la primera persona que pasa por aquí. Necesito pedir ayuda. En esta ruta no hay ningún puesto de auxilio, ni un solo teléfono para llamar a nadie. Estoy desesperada.

—Mire, cuando pasé por el lugar del accidente ya estaban la ambulancia y los bomberos. Además vi dos motos que se habían detenido. Si quiere la llevo hasta allí. Seguramente todavía deben estar los bomberos socorriendo a su familia —dijo Román.

La mujer asintió con la cabeza y su cuerpo comenzó a temblar rápidamente. Román miró hacia ambos lados de la ruta, no vio venir a nadie y dio una media vuelta hasta tomar el carril de enfrente para regresar. La mujer no dejaba de temblar. Román le preguntó si quería algo caliente, aún quedaba agua y podría volver a calentarla en el viaje. La mujer le dijo que así estaba bien, que ya se le iba a pasar y no dejaba de mirar la ruta, como buscando el lugar donde su familia se había accidentado.

No tardaron mucho tiempo en llegar. Los bomberos todavía estaban haciendo trabajos de rescate. Román puso las balizas, detuvo el camión en la banquina y bajó con la intención de ver con más detalles lo que había ocurrido. Dio la vuelta por la parte trasera del camión para abrirle la puerta a la mujer. Le pareció extraño que ella no se hubiera bajado todavía, con lo desesperada que se veía. Pensó que aún seguiría aturdida y fue a ayudarla a descender del camión.

Cuando llegó a la cabina, la mujer ya no estaba.

Román cruzó la ruta y llegó hasta el auto accidentado. Dos enfermeros terminaban de subir a la ambulancia una camilla en la que había una persona cubierta por una manta. Por los cabellos que se dejaban ver daba la sensación de que era una mujer. Román no pudo percibir mucho más porque los enfermeros cerraron la puerta rápidamente y la ambulancia partió hacia Tres Arroyos.

Los chicos de las motocicletas se habían quedado en el lugar mirando el trabajo de los bomberos. Cuando la ambulancia se fue, ellos se subieron a las motos para continuar el viaje. Un policía los detuvo. Les advirtió que antes de llegar a Coronel Dorrego la ruta estaba cortada. Un arroyo había desbordado y el agua había cruzado la ruta inundando toda la zona. Les dijo que el personal de Vialidad ya estaba en el lugar y que no los dejaría pasar mientras hubiera agua sobre el asfalto. Los expertos estimaban que recién al otro día por la tarde la ruta estaría en condiciones para circular. Los motociclistas no entraban en razón y querían continuar el viaje sin importarles que la ruta estuviera cortada. Le decían que se las arreglarían para pasar y el policía los amenazaba con multarlos. Una de las chicas que venía en una de las motos se alejó de la discusión y se acercó a Román. Vestía pantalones de jean y campera de cuero.

Tenía unos veinticinco años y el cabello corto y lacio.

—¡Qué fatalidad! —dijo la joven.

—Esta ruta está mal señalizada —añadió Román—. La curva es muy pronunciada y si uno viene distraído, sigue de largo.

—¿Usted por qué volvió? —preguntó la chica—. Lo vi pasar hace un rato y ahora veo que ha vuelto.

Román miró su camión, que estaba al otro lado de la ruta, buscando a la mujer que había desaparecido.

—Una mujer me detuvo en la ruta, me dijo que su familia había tenido un accidente y que necesitaba buscar ayuda. La traje hasta aquí creyendo que este era el auto accidentado y que la ayuda que necesitaba ya había llegado, pero cuando bajé del camión ella se fue.

La chica miró el camión desvencijado, miró la lona remendada que embolsaba el viento, miró la caja de madera azul despintada, miró las manchas del óxido de la cabina que había levantado la pintura como con una espátula, miró nuevamente a Román vestido de jean y zapatillas blancas, salpicadas por el rocío del pasto pero relucientes, miró el pulóver que él llevaba puesto y al que se le habían saltado varios puntos y creyó que Román no estaba en sus cabales. Pensó que debía tener cuidado con ese hombre que había aparecido en el medio de la noche. Si bien se sentía segura al tener a sus amigos y a la policía tan cerca, mantenía una prudente distancia respecto de Román. Algo a ella le daba vueltas en la cabeza y no le permitía alejarse de él. Algo que Román le había dicho la mantenía en vilo y por eso ella no dejaba de observarlo. Todo le parecía una extraña coincidencia, el camión de Román y Román parecían una misma entidad surgida del abandono pero con destellos que no encajaban con lo que ella veía. Algo misterioso había detrás de ese hombre y su camión, como si fueran viajantes de otra época y alguna inversión en la línea del tiempo había provocado que ellos quedaran abandonados allí. Nada de lo que ella veía se ajustaba a lo que se acostumbraba a encontrar en las rutas, camiones flamantes y veloces como un auto, no tan fáciles de sobrepasar con una motocicleta sin sufrir los embates del viento que succiona todo lo que se encuentra a escasos metros del vehículo. El camión de Román se parecía más a una tienda ambulante que a un vehículo de transporte de larga distancia. Sin embargo Román confiaba más en su camión que en cualquier otro. Más de una vez sirvió de auxilio para acarrear a algún vehículo que se había quedado varado en la ruta. Román no se detenía en las apariencias, husmeaba en el interior de lo que le interesaba, ya sean personas o camiones. Él creía que si había belleza en el interior de alguien, ésta brotaría como si fuera una semilla en la tierra y terminaría cubriendo con esa virtud a quien la portara, sin importar las máscaras ni los vestidos que se usaran para ocultarla. Lo mismo pensaba con respecto a la maldad, siempre terminaría mostrándose por más que uno intentara falsearla. Por eso Román no se preocupaba por el exterior de las cosas y siempre terminaba vistiéndose con deshechos. Lo que él no tenía en cuenta era que no todos podían llegar a ver el interior de las personas tal como Román creía, que algunas veces había que ayudar al otro para que pudiera ver ese interior. Román, cuando miraba a su camión, veía en él un arma contra la soledad, un escudo donde su libertad estaba protegida. Lo que los demás veían era un montón de chatarra que entorpecía uno de los carriles de la ruta.

—¿Cómo era la mujer que encontró en la ruta? —preguntó la chica.

—No era alta, caminaba con dificultad, seguramente por los golpes sufridos en el accidente, llevaba el pelo revuelto y vestía de blanco. Tenía muchas manchas de sangre en el vestido —contestó Román.

—Pero ¿cómo era su cabello? ¿Tenía rulos? ¿Era rubia o morocha? —insistió la joven.

—Tenía rulos, el cabello también tenía manchas de sangre que se habían secado. Era una mujer rubia de unos cuarenta años.

—Ya entiendo —dijo la chica—, de vez en cuando aparece por acá pero nunca la pude ver. Algunos creen que es un fantasma y los que la vieron coinciden con la descripción que usted hace, una mujer de unos cuarenta años, rubia con el pelo enrulado, siempre vestida de blanco. En la zona la llaman la Dama de Blanco y dicen que la suelen ver vagando por la ruta. Algunos piensan que cuando ella se hace presente, ocurre alguna desgracia. La última vez que alguien la vio caminar por la ruta sufrimos una de las peores inundaciones, se perdió la cosecha de ese año y mucha gente del campo terminó en la ruina. Otros creen que cuando esa mujer de blanco se le aparece a alguien es para prevenirlo de alguna fatalidad. Creo que esta gente que se accidentó hoy no ha tenido suerte, si ella anduvo esta noche por aquí no es difícil pensar que ella misma haya sido la causa del accidente.

Uno de los jóvenes de las motocicletas llamó a la chica.

—Apurate, Cora, tenemos hambre y queremos llegar —le gritó.

El policía no había logrado convencer a los motociclistas de no seguir adelante. Cora, la joven que había estado hablando con Román, se acercó a sus compañeros y les contó lo que había conversado con él. Les dijo que el camionero se había encontrado con la Dama de Blanco en la ruta, que la había traído en el camión hasta donde estaban ellos y que después ella había desaparecido. Los dos muchachos y la otra chica se quedaron pensando. El policía se acercó para escuchar lo que Cora decía. Los jóvenes se subieron a las motos y tomaron la ruta en dirección a Tres Arroyos. Cuando pasaron frente a Román, Cora hizo un gesto amable con el brazo. Román respondió el saludo y las motos desaparecieron en la oscuridad.

El policía se acercó a Román. Era un cabo que estaba de guardia en la comisaría de Tres Arroyos. Cuando denunciaron el accidente, dejó lo que estaba haciendo y llegó a esa curva peligrosa en la que más de un automovilista había perecido. En poco tiempo llegaría el camión de auxilio para levantar el auto y lo llevarían a la ciudad, así que su tarea y la de los bomberos terminarían pronto. Para hacer tiempo hasta que el auxilio llegara, se puso a hablar con Román.

—¿Hasta dónde viaja? —preguntó el cabo.

—Voy a Neuquén, pero pensaba hacer noche en Bahía Blanca —respondió Román—. Ya estoy bastante retrasado y no creo poder llegar antes de la madrugada.

—Hoy no va a poder avanzar mucho, unos kilómetros más adelante la ruta está cortada por Vialidad, uno de los arroyos desbordó e inundó la zona. Le conviene regresar a Tres Arroyos, no le aconsejo quedarse a dormir al costado de la ruta, hay muchos robos en la zona. Estos muchachos de las motos querían llegar a Coronel Dorrego a toda costa. No iban a poder pasar pero estaban empecinados en cruzar de todas maneras. Parece ser que la chica los convenció de volver. Hicieron bien.

—¿Usted los conoce? —preguntó Román.

—Sí, son unos chicos de Tres Arroyos y tienen amigos en Dorrego. Acá todos nos conocemos. Son buena gente, vio, pero son pibes. ¿Usted fuma? —preguntó el cabo mientras sacaba un atado de cigarrillos para convidarle a Román.

—No, gracias, soy asmático —contestó Román.

—Ya veo —dijo el cabo—. Dicen que el asma es una enfermedad emocional, como la soriasis y otras tantas. Si usted está nervioso, lo ataca con más fuerza. Tiene que tranquilizarse para volver a respirar con serenidad. Yo también tengo asma, pero no le doy importancia. Si uno piensa que no se va a enfermar, no se enferma. No hay nada como fumar un cigarrillo al costado del camino, en medio de la noche. Usted sabrá de eso.

—No fumo, pero creo entender lo que siente —contestó Román—. Algunas veces, cuando el sueño me vence, me detengo en la banquina, caliento café y miro el cielo. La noche es obsesiva con el pensamiento, si a uno lo toma desprevenido lo termina avasallando. Ahí viene el auxilio.

El remolque se detuvo al costado de la ruta. Dos hombres robustos bajaron y se pusieron a hablar con el cabo. Román les preguntó si necesitaban ayuda pero los hombres dijeron que se podían arreglar solos. Se despidió y cruzó la ruta para volver al camión.

Pensó en llegar a Coronel Dorrego, tal vez el agua a esa hora ya habría bajado y la ruta estaría liberada, pero decidió regresar a Tres Arroyos. Era más seguro quedarse allí a pasar la noche que dormir en la ruta si no lo dejaban continuar con el viaje. Se esperaba que al otro día la ruta estuviera habilitada pero nadie le garantizaba que eso sucedería. Si volvían las lluvias, el agua no terminaría de drenar y la demora en cruzar se prolongaría mucho más de lo esperado. Román puso en marcha el camión, colocó el casete de Atahualpa en el equipo de música y emprendió el regreso a Tres Arroyos.

La ruta estaba desierta. Ahora Román entendía mejor lo que pasaba. Los lugareños ya sabían que no se podía circular hasta que Vialidad levantara el corte y por lo tanto nadie viajaba por allí. Los camioneros se habrían enterado del corte en el puesto policial que estaba a la entrada de la ciudad y habrían decidido pasar la noche en Tres Arroyos esperando que al otro día habilitaran la ruta. Recordó que el jueves debía estar en Neuquén y que si no abrían la ruta al día siguiente, difícilmente llegaría a tiempo. Ya estaba atrasado y tendría que conducir un día entero y toda una noche para descargar en el horario previsto. Pensó que a primera hora de la mañana debía llamar a la empresa de transporte para decirle que estaba demorado por el corte de la ruta. Pensó también que lo primero que haría, antes de decirle de la demora en el viaje, sería mandarlos al diablo por la hoja de ruta que le habían dado donde ninguna de las estaciones de servicio que allí figuraban existían en Tres Arroyos. También les diría que había tenido que cambiar el cheque para cargar combustible y estaba decidido a pedirles que le enviaran dinero para cubrir el gasto de la carga de gasoil. Las luces del camión abrían la ruta en dos mitades, socavándola hasta que el asfalto se quebrara y el camión se hundiera en ese abismo. Nadie se enteraría de que por allí había pasado Román Ulises Beltrán con su antiguo camión Ford al que le había cambiado el motor cuando apenas lo había comprado. El dueño anterior le había dicho que tenía camión para rato, que podría recorrer el país tal como él lo había hecho. El primer viaje que hizo Román con su flamante compra quedó trunco debido a una falla en el cigüeñal. El motor había empezado a consumir demasiado aceite y éste, en vez de lubricar las piezas, se quemaba. Un humo cada vez más negro salía por el caño de escape. Con las horas, el motor se recalentó por la fricción en seco y el camión se detuvo. El mecánico que después lo vio le aconsejó cambiar el motor, nada de lo que allí había se podía reparar. Llamó a la empresa de transporte, les comentó lo que le había pasado y esperó un día entero hasta que llegara el camión que completaría el viaje del flete. Un hombre alto y fuerte se acercó a Román y le dijo que tenían que pasar la carga de su camión al de la empresa. Román preguntó si había venido alguien con él para ayudarlos a cargar. El hombre sonrió, se dio cuenta de que Román era nuevo en el oficio y le dijo que ellos mismos debían hacerlo.

—¿Qué es lo que trae? —preguntó el camionero de la empresa.

—Papa de Balcarce —contestó Román.

El hombre abrió el portón trasero de la caja y le dijo a Román que hiciera lo mismo. Estacionó su camión de cola, enfrentando la caja de uno con la caja del otro, y comenzaron a pasar las bolsas de papas de un camión al otro. Mientras el hombre cargaba las bolsas sobre sus hombros, Román intentaba levantarlas a media altura sin éxito. Al final terminó arrastrándolas. De todas maneras no evitó el principio de hernia que le diagnosticaron en la sala de guardia. Una vez concluido el traspaso de la carga, el camionero cerró su camión y fue a despedirse de Román, que aún estaba terminando de guardar la lona y a punto de cerrar el portón trasero.

—¿Qué le pasó al camión? —le preguntó el hombre.

—Todavía no sé, estuvo tirando mucho humo, se encendió la luz de aceite y se paró el motor —contestó Román.

—Es probable que se haya fundido —dijo el camionero—. Capaz que tiene suerte y con un cambio de aros lo arregla, búsquese un buen mecánico. ¿De dónde es usted?

—De Buenos Aires —contestó Román.

—Allí tiene para elegir —dijo el hombre—. Hace poco que empezó con el camión ¿no?

—Es mi primer viaje —contestó Román.

En la cara de Román se podían ver todos los signos de la frustración. Agotado física y mentalmente, apenas podía hablar con el camionero. El cuerpo de Román estaba completamente mojado por la transpiración y sucio por la tierra de las bolsas de papas. Tenía los músculos acalambrados y la boca pastosa por la deshidratación que le había producido trabajar bajo el sol. El camionero, en cambio, estaba fresco, como si no hubiera hecho demasiado esfuerzo.

—Esto no es un trabajo para usted —dijo el camionero—. En realidad no es un trabajo para nadie. Uno envejece dos años por cada año que pasa. Si usted viera a los que estuvieron toda la vida manejando un camión se daría cuenta. Tienen cincuenta años y parece que tuvieran cien. Uno acá deja mucho más que el cuerpo. Deja el tiempo que la vida le tiene preparado para disfrutar, deja a la familia, deja a sus hijos, deja a sus nietos, deja a sus amigos. Al principio todo parece fácil. Uno se siente libre, cree que es su propio dueño, se quiere comer el mundo. Pero luego comienza a entender que ya no pertenece a ningún lugar, que no es de ninguna parte. Llega a una ciudad y piensa que siempre fue de allí, luego llega a una provincia y piensa que ése es su verdadero hogar. Al final se olvida del lugar al que pertenece, aquel lugar donde nació, aquél donde conoció a su primera novia, donde formó una familia. Algunas veces llego a mi casa y no conozco a mis hijos. Los veo de lejos jugar en la calle y a medida que me voy acercando me parece que son otros, tal vez hijos de algún vecino nuevo porque uno, cuando pasa tanto tiempo fuera de su casa y vuelve, se encuentra con alguna familia recién llegada al barrio. Pero de repente el más chico se me sube al estribo de la puerta y ahí me doy cuenta de que es él. No se ría, es verdad lo que le digo. Las personas cambian rápido mientras uno está ausente, sobre todo los hijos. A mi esposa cada vez la veo más joven y yo estoy cada vez más viejo. Hágame caso, en cuanto pueda venda el camión.

—Si fuera por cómo me siento ahora, no lo dudaría —contestó Román—. Ya no tengo ganas de seguir adelante. Manejaba un taxi y estaba harto de la vida, trabajaba de noche, con los horarios cambiados, muerto de sueño y no me alcanzaba el dinero para llegar a fin de mes. Creí que con el camión las cosas iban a cambiar, pero ya ve, no sólo no cambian sino que empeoran.

—A fin de año me retiro —dijo el camionero—. Ya no soporto más este trabajo. Usted es joven. Búsquese un empleo cerca de su casa y en el tiempo que le quede libre haga alguna actividad física, no se arruine la salud.

El camionero subió al camión, tocó la bocina de aire y se alejó con el brazo en alto. Román miraba cómo ese camión le llevaba la ganancia de ese mes y le dejaba nada más que pérdidas, pérdidas que no sólo formaban parte del plano económico sino que devastaban la fe. Se había quedado vacío en medio de una ruta que no tenía principio ni final. El sol empezaba a caer. El remolque llegaría esa noche o al otro día. Comenzaba a hacer frío. Román entró a la cabina, calentó café, puso algo de música y lloró como llora un hombre en su soledad, sin consuelo.

 

Cielo de invierno (2021)

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