En la otra puerta

IV. Se han dormido las luces

Ricardo Cardone

Román volvió a las luces sobre el asfalto, las únicas luces que podían verse en esa noche. En poco tiempo debería asomar el resplandor de la ciudad de Tres Arroyos pero aún la noche era ciega. Atahualpa cantaba Y paso las madrugadas buscando un rayo de luz y Román agregaba ¿Por qué la noche es tan larga? Guitarra dímelo tú.

Otra vez, como le había sucedido unas horas antes mientras manejaba en dirección a Bahía Blanca, el sueño comenzaba a torturarlo, le caía sobre los párpados como si fuera una gota que cae sobre otra gota hasta terminar aplastándolos sobre los pómulos. Román se sacudió como si escapara de un hechizo. Al final de la ruta vio un extraño movimiento. Alguien caminaba sobre su carril, en su mismo sentido. Román hizo señas de luces para que se apartara del asfalto, pero quien caminaba no parecía darse cuenta de que él venía detrás. Román comenzó a disminuir la velocidad. Circulando a paso de hombre con las balizas encendidas pudo ver que era la mujer accidentada que había subido al camión. Cuando se acercó lo suficiente, Román le tocó bocina y la alumbró con las luces altas. La mujer se dio vuelta y bruscamente se apartó del asfalto. Como aquella vez, también le hizo señas para que se detuviera. Román le abrió la puerta del acompañante y ella subió al camión.

Román quería saber qué le había pasado, por qué se había bajado del camión. Pensó que la mujer debía padecer alguna enfermedad mental. Nadie en sus cabales anda caminando por la ruta a estas horas, se dijo. Recordó también lo que le había contado Cora, la chica que viajaba en una de las motocicletas. Para Román todos esos relatos no eran más que cuentos que alguien había inventado para matar el tiempo. Cada vez estaba más convencido de que la mujer necesitaba atención médica y decidió seguirle la conversación hasta llegar a Tres Arroyos para dejarla en un hospital o en algún destacamento policial con el fin de que la ayudaran a encontrar a su familia.

La mujer comenzó diciendo que había tenido un accidente y que necesitaba hacer una llamada para pedir auxilio. Con los ojos vacíos miró a Román y reconoció al hombre que le había prestado ayuda hacía nada más que un rato. Recordó que se habían detenido en el accidente de la curva.

—Estoy caminando desde que usted se detuvo en esa curva — dijo la mujer—. Necesito que me ayuden, estoy lastimada y mi familia también lo está. Usted se quedó socorriendo a esa gente, me pareció bien, ellos necesitaban asistencia pero yo también la necesito. No encontré a nadie en la ruta, solamente unas motos a gran velocidad que casi me atropellan. Pasaron a mi lado como si hubieran sido disparadas por un arma de fuego. Aparecieron súbitamente y desaparecieron de inmediato. Iban agazapados. Alcancé a ver a uno de los acompañantes que se volteó para mirarme. No dejó de hacerlo hasta que desaparecieron en la noche en cuestión de segundos. Ni siquiera alcancé a pedirles auxilio. Estaba temblando de frío; aquí se está mejor.

—La voy a acercar a Tres Arroyos —dijo Román.

—Sí, por favor, allí voy a poder llamar por teléfono —contestó la mujer—. ¿Qué es lo que está escuchando?

—Atahualpa Yupanqui —contestó Román.

—¿No se duerme con eso? —preguntó la mujer.

—Al contrario —contestó Román—, estoy más despierto que nunca.

—No parece —añadió ella.

El resplandor de la ciudad comenzaba a verse desde la cabina del camión. La ruta parecía ir cobrando vida a medida que éste se iba acercando a esas luces. Román se liberó de las últimas gotas de sueño que le colgaban de los ojos y subió el volumen de la música. Quiso preguntarle algo más a la mujer pero ella dormía profundamente, apoyada sobre la puerta del acompañante. Román la tomó de un hombro, la recostó sobre el respaldo del asiento y se aseguró de que la puerta del acompañante estuviera bien cerrada. Cuando faltaba poco para llegar a la rotonda, Román miró por la ventanilla para ver si aparecía la estación de servicio donde habían quedado comiendo el vagabundo y el perro, pero otra vez volvió a encontrarse con un descampado que surgía de la rotonda y se perdía en la oscuridad. El camión parecía haber escapado de las fauces de la noche, ya estaba llegando a la rotonda de entrada a la ciudad y dentro de él viajaban un par de abandonados que intentaban en vano encontrar su rumbo.

Al llegar a la rotonda, la mujer despertó. Por unos segundos pareció estar perdida, pero enseguida se ubicó.

—Déjeme en la estación de servicio que está a la salida de la rotonda —dijo la mujer—. ¿La conoce?

—Sí, la que está a metros del control policial —contestó Román—. Ahí cargué combustible hace un rato.

—No hay ninguna estación de servicio ahí —dijo la mujer—. Apenas llegue a la rotonda, gire a la izquierda, rodeándola, y tome la primera salida a la derecha.

—¿Cómo no va haber una estación de servicio si allí cargué combustible? —dijo ofuscado Román—, ¿no le estuve diciendo eso, acaso?

—No sé de qué habla —dijo la mujer—. Gire en la rotonda a la izquierda, hágame caso, yo le indico. Luego de pasar la entrada a la ciudad va a encontrarse con un desvío. Si toma el que dice Bahía Blanca va a volver por donde vinimos pero si toma el camino que se abre a la derecha, llegará a la estación de servicio. Es la ruta nueva que todavía no está inaugurada. No tiene buena señalización pero va a ser un buen atajo para los que van hacia el valle, pasa por el norte de Bahía Blanca sin entrar a la ciudad.

Román comenzó a dudar. No había visto tal desvío cuando había pasado por allí no hacía más que unas horas. Decidió comprobar lo que decía la mujer. Se había convencido de que ella no estaba en sus cabales y no tenía sentido discutir. Román bordeó la rotonda, pasó por el acceso de entrada a la ciudad y ante su sorpresa apareció el desvío. Un poste hundido en la tierra tenía un cartel provisorio con dos flechas que indicaban cada una de las rutas que se abrían al final de la rotonda. La flecha de la izquierda señalaba la ruta por donde Román y la mujer habían venido; la flecha de la derecha indicaba el desvío del que la mujer hablaba. Román dobló a la derecha, hizo un kilómetro o dos y se encontró con la estación de servicio abandonada donde le había dado comida al vagabundo. La mujer le pidió que la dejara allí, ella haría una llamada para que la pasaran a buscar. Román le dijo que en esa estación de servicio no había nadie, que ni siquiera había teléfono. Cuando se acercó a los surtidores, un perro comenzó a ladrar y un pordiosero se cruzó delante del camión.

La mujer abrió la puerta aún con el camión en marcha y se bajó antes de que Román llegara a detenerse. El perro olvidó por un momento a Román y se abalanzó sobre la mujer. El peso del animal sumado a la fuerza del salto la hicieron trastabillar y ambos cayeron al suelo. El perro comenzó a olfatearla y a pasarle la lengua por la cara sin darse cuenta de que le estaba quitando la respiración. La mujer abrazó al animal como si se conocieran desde siempre y por fin el perro le dio libertad para que se pusiera de pie. El vagabundo se acercó al camión por el lado de Román, se subió al estribo de la cabina y trató de ver a través del vidrio si aún quedaba algo de comida. Como no vio nada que le sirviera para calmar el hambre le preguntó a Román si le había quedado algo más para comer. Román abrió la puerta, bajó del camión y en menos tiempo de lo que tardó en cerrarla el perro se cruzó en su camino, con los dientes asomándole por la boca y los ojos fijos en él. Román dio un paso atrás, buscando algo en el camión. El vagabundo le decía a Román que hacía mucho frío y que tenía hambre, que lo que le había dado no había alcanzado para él y su perro. Del otro lado del camión la mujer hablaba en voz alta. El perro comenzó a ladrar sin dejar de mirar a Román. El vagabundo se quejaba de no escuchar lo que la mujer decía. El perro, mientras ladraba, se iba acercando a Román con las patas traseras flexionadas, como si se dispusiera a saltar sobre él. La mujer gritaba más fuerte, le decía al vagabundo que necesitaba la llave de la confitería, que tenía que hacer una llamada. El hombre no la escuchaba por los ladridos del perro. La mujer perdía la paciencia y gritaba más fuerte. El perro se alteraba cada vez más por los gritos de la mujer y los del vagabundo. El hombre comprendió en el último clamor de la mujer que quería las llaves y fue hasta donde ella estaba. El perro dio un salto y cayó con Román al suelo. La mandíbula del animal parecía tener la fuerza de una prensa. Román apenas podía mantenerla alejada de su cuello con sus dos manos pero el perro se movía rápido, queriendo zafarse para morderlo. Román logró mantenerlo a distancia con la fuerza de sus brazos y cuando el perro tomó aire para volver a atacar, Román sacó el palo que tenía para controlar la presión de los neumáticos y lo descargó con todas sus fuerzas sobre el lomo del animal. El perro sintió el golpe pero enfureció aún más y volvió a atacar con la determinación de hincar los dientes en el cuello de Román. Esta vez Román le asestó con el palo un golpe en la mandíbula. El perro pareció caer desmayado. Román no se movía del lugar. El animal respiraba con dificultad aunque no parecía haberse calmado. Su tórax se hinchaba con el aire y al exhalar se le notaban las costillas. Había caído con la boca abierta y expulsaba saliva que mojaba la tierra. Por un buen rato se quedaron los dos sin moverse. Román en alerta temiendo que el perro se levantara y volviera a dar batalla. El perro tendido en el piso, tragando el aire a bocanadas.

—¡Fiódor! —gritó el vagabundo desde la puerta de la confitería.

El perro sacudió la cabeza, se apoyó sobre sus patas delanteras y luego se puso de pie. Todavía aturdido miró a Román que aún permanecía en guardia sosteniendo el palo con las dos manos. Con dificultad cruzó por debajo del camión y fue hasta donde estaba su dueño.

—Tranquilo, hombre, tranquilo —dijo el vagabundo a su perro mientras le daba palmadas en el pescuezo.

Detrás del camión apareció Román, aún sosteniendo el palo. Caminó hacia donde estaba el hombre con el perro, dispuesto a dar palazos a mansalva si alguno de los dos decidía atacarlo. Román se acercaba pensando qué podría ser peor, la boca rabiosa del perro o la boca hambrienta del hombre.

—Cuide a su perro —le advirtió al vagabundo—. Si no se calmaba lo mataba con un golpe en la cabeza.

—No se asuste, parece bravo pero es más manso de lo que usted cree. Se entusiasma cuando ve gente nueva, pasa muy poca gente por acá.

El hombre hablaba sentado sobre unos cajones de gaseosas que habían quedado abandonados dentro del taller mecánico. A su lado estaba el perro, todavía agitado y descansando delante de otro cajón. Román se acercó hasta donde ellos estaban, un alto tinglado que supo hacer las veces de taller mecánico y gomería en los tiempos en que la estación de servicio se había mantenido en actividad. El perro se levantó y dejó el lugar libre para que Román se sentara. Con la cola entre las patas se recostó en la tierra, a los pies de Román, y apoyó la mandíbula sobre las patas delanteras. De vez en cuando alzaba los ojos sin mover la cabeza, prestando atención a la conversación de los dos hombres. Román preguntó por la mujer.

—Está en la confitería, hablando por teléfono —contestó el vagabundo—. Siempre hace lo mismo, me pide las llaves porque tiene que hacer una llamada y se queda esperando toda la noche que la vengan a buscar. Al final, cansada de esperar, se queda dormida sentada en una silla del local, cuando ya empieza a amanecer. Hacía algunos días que no la veía por acá, alguien la habrá levantado en la ruta y se la habrá llevado a algún lugar. Seguramente después la habrá abandonado en el mismo sitio donde la encontró. De vez en cuando algún camionero se acerca a la estación de servicio y, sin detener la marcha, abre la puerta y la empuja del camión. Una vez la dejaron bastante mal herida. Fiódor se sobresaltó, comenzó a ladrar fuerte y corrió hacia la ruta. Yo me desperté y salí a ver qué pasaba. Creí que había venido alguien a cargar combustible y ya iba a pedirle algo de comida, pero no había nadie en la dársena. Fiódor me llamaba desde la ruta. La pobre mujer no podía caminar. Estaba tendida sobre la tierra, a la entrada de la estación de servicio. Tenía golpes en todo el cuerpo. La cara no dejaba de sangrarle. La trajimos con Fiódor hasta la confitería y la abrigamos para que dejara de temblar. Fiódor le pasó la lengua por las heridas y, vea usted, al poco tiempo dejaron de sangrar. La mujer apenas podía hablar. Me pidió que llamara a un número de teléfono y luego se desmayó. Llamé a ese número pero una voz decía que esa línea no existía o algo así, no me acuerdo bien. Después me enteré de que habían sido unos muchachos de mala calaña de Tres Arroyos los que la habían golpeado. Parece ser que la encontraron en la ruta y la llevaron a una fiesta de esas que hacen estos tipos, con alcohol y mujeres. La fiesta se descontroló y los hombres, borrachos, se la agarraron con la pobre mujer. Si no hubiera sido por Fiódor, que la vio y la curó, no estaría con vida.

El perro escuchaba disimuladamente la conversación recostado en la tierra. Cada vez que oía su nombre levantaba la cabeza y miraba a su dueño. Luego volvía a hacerse el desinteresado, apoyando la mandíbula en las patas y levantando las orejas.

—¿Por qué nunca hay gente en este lugar? —preguntó Román mientras balanceaba el palo que usaba para controlar los neumáticos como si fuera un péndulo. En uno de los extremos Román había fabricado con una soga un pequeño lazo y, pasando sus dedos por él, el palo se movía de un lado al otro frente a los ojos de Fiódor.

—La estación de servicio está abandonada. Nadie pasa por esta ruta, dicen que es muy peligrosa porque no está terminada. Es un viejo camino al que recientemente lo hicieron ruta provincial. Se puede llegar directamente al valle sin entrar a Bahía Blanca. A la gente, usted sabe cómo es, no le gusta la soledad, quiere llegar a algún lugar y parar para comer, para hablar con otras personas, para estirar las piernas; no están acostumbrados a manejar muchas horas sin detenerse. La gente quiere pasear, no quiere sufrir arriba de un auto. Ustedes, los camioneros, son extraños. En mi juventud supe ser camionero pero me cansé. Cada vez que me sorprendía la noche en la ruta, el sueño se apoderaba de mí y no había forma de poder continuar manejando, tenía que detenerme a dormir. Era como si sobre mi cuerpo cayera una maldición, un embrujo. Quedaba frente a esa oscuridad y sin razón alguna perdía todas las fuerzas.

Román escuchaba con atención lo que el viejo vagabundo decía. De vez en cuando quería agregar algo pero se contenía para no interrumpirlo. Sólo se limitaba a mover con más fuerza el palo hasta que éste golpeaba el cajón de gaseosas sobre el que estaba sentado y ese ruido era lo único que alteraba la voz del vagabundo. Los ojos de Fiódor seguían el recorrido del palo mientras el viejo hablaba. Cuando el palo pasaba cerca de su hocico, Fiódor levantaba la cabeza en señal de alerta pero el palo seguía su rumbo y otra vez se alejaba de él. Román pensaba en las palabras del vagabundo; él también era un extraño al igual que el viejo y los otros camioneros. Tal vez nunca había reparado en que las demás personas no se le parecían a él en nada, que su presencia era como una hierba mala que había que cortar de raíz porque rompía la armonía de cualquier lugar. El vagabundo hablaba y Román se miraba el pantalón de jean sucio, el pulóver gastado, las zapatillas blancas, relucientes, y seguía sin entender por qué debería tener tanta importancia la vestimenta para que a uno lo valoraran por lo que realmente era. Ahora Román movía el palo en círculos, éste golpeaba el cajón de gaseosas, daba media vuelta y rozaba el hocico del perro. Fiódor no dejaba de mirar el balanceo del palo que no le permitía descansar tranquilo apoyado sobre sus patas. Una vez más, el palo llegaba al fondo de su recorrido, golpeaba con fuerza contra el cajón y con el envión que tomaba volvía hasta la cara del perro. Fiódor movía tenso la cabeza imitando el movimiento circular del palo, sin perderlo de vista.

—Con mi hermano traíamos verdura del norte —continuó diciendo el vagabundo—, teníamos veinticuatro horas para llegar al Mercado de Abasto, en Buenos Aires. No había tiempo para dormir. Siempre se necesitaba viajar con un acompañante que hiciera de relevo. El camión no podía detenerse, debíamos llegar a tiempo. Si la verdura se echaba a perder, los del mercado no la aceptaban y no cobrábamos el flete. Un hombre tiene que estar muy necesitado para tomar esos trabajos. Después fue más fácil, aparecieron los camiones con caja térmica, pero yo me había hecho la promesa de no volver a subirme a un camión nunca más. La noche es siniestra. Por un momento parece que estuviera cubierta de un halo fantástico, deslumbrante, que atrapa a cualquier desprevenido. Pero cuando la noche deja de ser aquel lugar de bienestar donde uno puede entrar y salir cuando lo desea para pasar a ser la única posibilidad que tiene el hombre de ganarse la vida, la noche se vuelve perversa. El hombre de la noche está atado a su soledad. No habrá nadie que lo pueda acompañar en esa cruzada. Y si alguna vez aparece alguien dispuesto a seguirle el juego, tarde o temprano terminará por sacarlo a uno de ahí. La noche no tiene buenas intenciones. Poca gente la habita en forma permanente, igual que a esta ruta. El hombre que debe transitar la noche para sobrevivir no tiene paz, está continuamente en alerta, sabe que allí nada bueno encontrará. Al final, la noche terminará socavándole el cuerpo.

Román pensaba en lo que el viejo decía mientras seguía balanceando el palo en círculos. No le prestaba demasiada atención a ese movimiento monótono y en cada vuelta el palo golpeaba más fuerte contra el cajón de gaseosas y pasaba más rápido delante del hocico del perro. Fiódor gruñía frente al palo y golpeaba con fuerza la cola contra la tierra. De su boca salía una saliva espesa que se le escapaba a través de los dientes. El viejo hizo una pausa, acomodó el cajón donde estaba sentado y le preguntó a Román si quería comprar un reloj.

La pregunta sorprendió a Román. No tenía nada que ver con la conversación. Aún él estaba pensando en lo que el viejo había contado hacía apenas un instante y recordaba algunas situaciones vividas donde había tenido esa sensación de hartazgo, de desamparo, de decepción. Román se distrajo con la pregunta y el palo golpeó la boca del perro. Fiodor se abalanzó sobre el palo y lo mordió con tal fuerza que casi arroja a Román al piso. El perro no soltaba el palo y gruñía con ira, movía la cabeza como si un demonio se hubiera apoderado de él. Con los colmillos clavados en la madera sacudía todo el cuerpo. Román tampoco soltaba el palo. El viejo le gritaba al perro para que se calmara, pero éste arrastraba el palo junto con Román hacia el playón de tierra fuera del tinglado. El perro mordía el palo con tanta furia que daba la sensación de que era el brazo de Román. Román se puso de pie y con un rápido movimiento le sacó el palo de la boca. Fiódor comenzó a ladrar tan fuerte que el tinglado parecía caerse por la vibración. Pensó saltar sobre Román, pero el animal recordó lo que le había pasado no hacía mucho con él y se quedó parado mostrándole los dientes y gruñendo de rabia. El viejo se acercó a Fiódor pero el perro se apartó caminando hacia atrás sin dejar de ladrar ni de mostrar los dientes. Estaba decidido a cobrarse venganza pero aún no tenía el valor para atacar. Román se acercó al perro, le arrimó el palo al hocico como si fuera una espada y antes de que Fiódor le clavara los colmillos arrojó el palo bien lejos, cerca de los límites del terreno de la estación de servicio. Ahora Román estaba indefenso frente al perro pero sus ojos no se apartaban de los ojos de Fiódor. Román miró al perro con determinación, desafiante, decidido a descuartizarlo si intentaba morderlo. Fiódor se quedó inmóvil, fijos sus ojos en los de Román, con la lengua colgando de su boca abierta, expulsando saliva y con la respiración agitada. El perro se pasó la lengua por la cara, cerró apenas la boca y la volvió a abrir para respirar mejor, bajó la cabeza y trotando fue a buscar el palo sumergiéndose en esa oscuridad donde la luz del farol de los surtidores se extinguía.

El viejo quedó inmóvil, parado detrás de Román. Nadie había enfrentado a su perro de esa manera. Pensó que a Fiódor los años lo habían vuelto temeroso. Pensó también que a todos les llega su final, un final vergonzoso, denigrante, sin dignidad. Su perro nunca se había comportado como un cobarde, tampoco debía hacerlo ahora. Algo habrá visto Fiódor en Román para no atacarlo, algún tormento en esos ojos desorbitados con los que Román lo miraba decidido a matarlo si quisiera; el hombre que se resigna a la pérdida es invulnerable.

—Parece que a usted le hace caso —dijo el viejo para aliviar la tensión.

—Parece que sí —contestó Román, luego buscó el cajón de gaseosas y se volvió a sentar.

El vagabundo se sentó a su lado. Los dos hombres se quedaron en silencio, cansados de esa noche que parecía no avanzar. El viejo volvió a preguntarle a Román si le interesaba comprar un reloj. Román creyó que le estaba haciendo una broma y sonrió.

—¿Para qué quiero un reloj? —preguntó Román sin dejar de reírse.

—Para saber la hora —contestó el viejo—. ¿O a usted no le interesa saber la hora? ¿Cómo sabe a qué hora tiene que llegar a algún lugar si no tiene un reloj? Seguro que usted es de esas personas que siempre llegan tarde porque no les gusta que les impongan un horario. Seguro que me va a decir que se guía por el sol, como los egipcios.

El viejo buscaba una luz en la conversación para que Román de una buena vez perdiera la paciencia.

—Mire usted, no le interesa saber la hora y anda yendo y viniendo con el camión detrás de un horario. Estoy seguro de que varias veces tiene que manejar sin dormir para llegar a tiempo. Y dice que no le interesa la hora. Claro, no le interesa la hora porque la tiene en la cabeza carcomiéndole el cerebro con cada minuto que pasa, haciéndolo correr por la ruta para no llegar tarde con el flete. Duerme pensando que en tres horas tiene que levantarse y si se le rompe el camión, las horas se le pasan como segundos y le queman la cabeza como agua hirviendo —dijo el viejo y lanzó una risa socarrona.

Román dio un golpe con su mano en el cajón que resonó en todo el tinglado.

—La boca se le haga a un lado —le dijo al viejo y sin sacarle los ojos de encima prosiguió—. El camión no se va a romper, no se puede romper. Le juro que si el camión llega a tener un desperfecto, vengo acá y le prendo fuego este taller inmundo.

—Tranquilo, hombre, tranquilo, no va a pasar nada que no tenga que pasar —dijo el viejo y se puso de pie.

Román quedó mirando lo que el viejo estaba por hacer. El vagabundo caminó con dificultad hasta el fondo del taller. Revolvió unas mantas que parecían ser de una cama improvisada y volvió con una lata de dulce de membrillo. En la tapa estaba impresa la imagen de La Gioconda, bastante maltratada por el uso. El viejo se sentó al lado de Román, abrió la lata, sacó primero unos pañuelos limpios de algodón con ribetes bordados y luego extrajo un paño de seda atado por sus puntas. El viejo desató el envoltorio y apareció un lujoso reloj que encandiló a Román.

El reloj tenía el cuadrante con números romanos, dorados como el aro que sujetaba al vidrio sobre la máquina. La malla era de cuero marrón oscuro con la hebilla bañada en oro. Las agujas eran extremadamente finas. El segundero marchaba de manera natural, sin dar saltos. Ese movimiento le llamó la atención a Román. En todos los relojes que él había visto, el segundero daba pequeños saltos para pasar de un segundo a otro, aun en los de cuerda. Pero en este reloj la aguja del segundero parecía tener un movimiento continuo, sin detenerse en ningún momento. En el cuerpo del reloj se leía la marca en letras mayúsculas.

—Es un Bulova —dijo el viejo—, uno de los mejores relojes que se hayan fabricado en el mundo. Dicen que los astronautas llevaron uno al espacio. Fíjese cómo se mueve el segundero, no salta, gira constantemente, como debe ser. Ahora usted compra uno de esos relojes a cuarzo y la aguja parece un canguro, una porquería. ¡Éstos son relojes! Fíjese qué bien cuidado está. No lo usé nunca.

Román miraba el reloj como si buscara algo que lo decepcionara pero, en lugar de encontrar algún defecto, cada vez quedaba más maravillado con esa pieza que le parecía única. Cuando vio el reloj por primera vez le sucedió lo mismo que lo que le había ocurrido con el camión, creyó que el reloj había sido fabricado para él. Le preguntó al vagabundo cuánto pedía por el reloj.

—¿Cuánto me ofrece? —preguntó el viejo.

—No le puedo ofrecer mucho dinero porque no tengo —contestó Román—. Tuve que cargar combustible con el cheque que me habían dado para los viáticos y me quedé sin plata. Pero quiero saber cuánto vale, parece ser un reloj de lujo.

—¡Y claro que lo es! —dijo el viejo casi gritando—. Si le digo que es bueno, no es bueno, es el mejor. Este reloj es único. No se encuentran estas máquinas en estos lugares. Si quiere comprar algo parecido tendrá que ir a Estados Unidos, aunque no creo que pueda encontrar uno igual a éste, es una edición limitada, fíjese.

El viejo dio vuelta el reloj y le mostró a Román un número grabado en la parte posterior.

—Prácticamente se lo estoy regalando, hombre —continuó diciendo el viejo—, yo no lo uso y quiero sacármelo de encima.

Román comenzó a dudar del origen del reloj. Pensó que el vagabundo podría haberlo robado. La idea comenzó a morderle la conciencia. Le gustaba el reloj y seguramente haría todo lo posible por conseguir el dinero pero también pensaba que si lo compraba sería cómplice de un robo y no quería llevar esa carga en su conciencia, aunque algunas personas de dudosa moral se cuelgan esa misma carga en la solapa como si fuera una cucarda.

—No, gracias —contestó Román—, no tengo dinero para comprárselo y tampoco me dijo cuánto pedía por él. Me voy a dormir, manejé todo el día y estoy cansado.

Román se puso de pie, se acomodó el pulóver gastado, estiró los pantalones de jean para que le cubrieran la parte superior de sus zapatillas blancas y caminó en dirección al camión.

—¡Oiga! —gritó el viejo y fue hasta donde Román estaba—. Usted parece ser una buena persona, téngalo. Cuando vuelva a pasar por acá me lo paga.

El viejo le dio el reloj a Román y se fue caminando para ponerse a cubierto debajo del tinglado; el frío lastimaba la piel. Román se quedó unos segundos sin entender lo que el vagabundo buscaba, no podía ser tan confiado con alguien que apenas conocía. Decidió que no debía quedarse con el reloj y se fue hasta donde estaba el viejo con la intención de devolvérselo. El vagabundo no se veía bien, sufría demasiado el frío, parecía estar bajo los efectos de una hipotermia. El viejo buscó la manta que había dejado cerca de los cajones y se cubrió con ella. Le pidió a Román que no se preocupara por él, que estaba bien.

—Es mejor que se abrigue pronto —le dijo el vagabundo—, está haciendo mucho frío y si no está acostumbrado, puede tener serias complicaciones. Vaya, póngase algo más abrigado y acuéstese.

La mirada del viejo había cambiado. Ya no tenía aquella mirada sagaz, astuta, con los ojos bien abiertos y en alerta, a la defensiva. Ahora el vagabundo miraba a Román con los párpados caídos, cansado, como si los años le hubieran caído todos juntos, como si fueran ese rocío que lastimaba la piel y que de repente al viejo pareció abatirlo.

Román entendió que el hombre estaba muy agotado, era tarde. Pensó que él también debía dormir. Al otro día tendría que manejar varias horas más para recuperar el tiempo que había perdido. Se despidió del vagabundo y se dirigió al camión. Se acordó de que la mujer aún no había salido de la confitería. Pensó que tal vez le había pasado algo. Rápidamente fue hasta el local y miró a través del vidrio para comprobar si ella aún estaba en el interior. Nada vio allí. Movió el picaporte de la puerta, estaba abierta. Entró al local pero no encontró a nadie. Pensó que alguien habría pasado a buscar a la mujer mientras él estaba hablando con el viejo.

Salió de la confitería, cerró la puerta y caminó hasta el camión. Dio la vuelta por la parte de atrás y cuando estaba por llegar a la cabina se le cruzó Fiódor. En la boca tenía el palo que Román había arrojado. El perro se acercó hasta los pies de Román, dejó caer el palo sobre la tierra, refregó el hocico en su pantalón y esperó a que Román le acariciara el lomo. Román le dio unas palmadas y le calentó el cuerpo frotándole el cuello, tan ancho como su tórax. Luego Román abrió la puerta, sacó un trozo de pan y se lo arrojó. De un salto Fiódor lo atrapó con la boca, movió la cola y se fue trotando despacio hasta donde estaba su dueño. Román levantó el palo. Tenía las marcas profundas de los colmillos de Fiódor. Arrojó el palo sobre el asiento, del lado del acompañante, subió al camión y cerró la puerta. Encendió la luz de la cabina. Se quedó mirando un buen tiempo el reloj que el viejo le había dado, convencido de que ese reloj estaba hecho para él pero luego pensó que debía devolvérselo a ese hombre que ya nada tenía, ni siquiera salud. Decidió que a la mañana siguiente se lo entregaría.

La máquina tenía un indicador de fecha y día de la semana. Decía martes 28. Román quiso saber si marcaba la hora correcta. Faltaban unos minutos para que dieran las dos, según el reloj. Era más o menos la hora que Román tenía en mente, pero para sacarse la duda encendió la radio. El locutor hablaba de las lluvias que habían inundado los campos en la zona de Coronel Dorrego. Decía también que la ruta estaría cortada hasta el jueves. Si Román no conseguía pasar, no llegaría a Neuquén a tiempo. Pensó que al levantarse debería tomar la ruta nueva que pasaba por la estación de servicio donde él estaba ahora, sin importar que fuera peligrosa por no estar señalizada. Le quedaba un día para llegar a Neuquén. Manejaría todo ese día y llegaría con suerte por la noche a la capital de la provincia, de esa manera estaría en el transporte a primera hora del jueves para descargar. Era miércoles, ya no tenía más oportunidades para llegar a tiempo. La hora oficial interrumpió la conversación del locutor. Los pitidos en la radio indicaban las dos de la mañana. Román miró el reloj, marcaba las dos en punto. Sintió satisfacción de ver ese reloj que no dejaba de marchar y que tampoco perdía exactitud. Vaya a saber cuándo el viejo lo habría puesto en hora, pensó. Tampoco era necesario darle cuerda, la maquinaria era electrónica, según una inscripción que llevaba en el dorso.

Le llamó la atención la fecha que indicaba: martes 28. Estaba bien, era 28 de junio pero no era martes, era miércoles. Dudó por un momento. Pensó que tal vez el reloj no era tan exacto y que en realidad estaba doce horas atrasado. Pero de haber sido así, no debería tener tal precisión, no podía ser que atrasara doce horas con tanta exactitud. Pensó que tal vez el viejo se había equivocado al ajustar la fecha y lo había hecho doce horas después. Román decidió cambiar el día por miércoles, de tal manera que ahora el reloj marcaba las dos de la madrugada del miércoles 28 de junio. El jueves 29 debía estar en Neuquén, así que se olvidó del reloj, apagó la radio y preparó su cama para descansar en aquella estación de servicio.

Las estrellas comenzaron a cubrirse de nubes. Un poderoso viento proveniente de la rotonda comenzó a soplar y a arrastrar todo lo que encontraba a su paso. Restos de carteles viejos, bolsas de nylon, latas de aceite de automóviles, cajas de cartón y tierra, mucha tierra, se arremolinaban cerca de la ruta y salían despedidos como proyectiles hacia todas las direcciones. El único farol que había en la estación de servicio se balanceaba con tanta fuerza que daba la sensación de que se fuera a soltar del soporte que aún lo mantenía alumbrando los surtidores. La noche se volvió gris. Desde la ruta llegó una nube de tierra que golpeó contra el camión y entró en el taller mecánico como si fuera un alud, chocó contra la pared del fondo y sacudió las chapas del tinglado. El viento agitaba los vidrios de la confitería con tanta tenacidad que estaban a punto de estallar. Un rayo cayó sobre la ruta y comenzó a diluviar. El ruido del agua que golpeaba sobre el tinglado era ensordecedor. El playón de la estación de servicio comenzó a inundarse. El vagabundo fue hasta el fondo del taller y desde allí llamó a Fiódor para que se pusiera a salvo de algún rayo que pudiera caer cerca de la entrada. El agua caía desde el tinglado, se desplomaba en la tierra y desde allí corría velozmente en dirección a los surtidores. Luego se acumulaba en charcos aislados que rápidamente se unían para formar una enorme laguna debajo del camión. Román pensó que de continuar esa lluvia, no iba a poder sacar el camión de ese lugar y, de ser así, debería esperar hasta que el agua bajara. Pensó en poner en marcha el camión y buscar un sitio para resguardarlo. El tinglado era alto y tenía espacio de sobra para que entrara el vehículo, sería un buen lugar para estar a salvo. Román puso en marcha el camión y cuando quiso salir de la laguna no pudo hacerlo. Las ruedas traseras derrapaban bajo el agua, removiendo el barro y hundiéndose cada vez más. Probó moverlo con la caja de cambios en baja, pero el camión se sacudió un instante hacia los costados y nuevamente quedó inmóvil. La lluvia caía con fuerza y nada podía verse a través de los vidrios de la cabina. Todo alrededor era agua que caía violentamente, golpeando sobre la chapa y moviendo al camión hacia ambos lados, fortalecida por la fuerza del viento. Román prefirió quedarse en la cabina hasta que la lluvia menguara, luego volvería al resguardo del tinglado y a asegurarse de que el viejo y Fiódor estuvieran bien. Pero la lluvia, en vez de perder fuerza, aumentaba su violencia. Román encendió los limpiaparabrisas para lograr ver algo de lo que sucedía afuera de la cabina pero nada pudo observar. Las escobillas quitaban el agua del parabrisas pero una nueva cortina de agua, más espesa que la anterior, volvía a interrumpir la visibilidad. El farol de los surtidores resistía los azotes del viento balanceándose hasta llegar al límite de su recorrido. Una explosión se escuchó sobre el tinglado. Un rayo cayó sobre él iluminando el taller mecánico y la confitería. Román apenas alcanzó a ver el estallido que lo encandiló. El farol no soportó más el asedio de la lluvia y del viento y cayó sobre el capot. La lámpara estalló en mil pedazos y el estruendo sacudió a Román que no dejaba de sorprenderse por todo lo que había sucedido en apenas un instante. La estación de servicio se ahogó en la oscuridad, una oscuridad que crecía con cada relámpago, que se arrastraba en medio del diluvio como un reptil y que devoraba todo lo que encontraba a su paso. El taller mecánico, la confitería, el camión, los surtidores, todo lo que allí había estaba atrapado en la boca de un pantano hambriento.

A la oscuridad le siguió el silencio. Nada más que el agua que caía se podía escuchar. Román hizo un esfuerzo por intentar oír al vagabundo o a Fiódor, pero no había señales de ninguno de los dos. Dudó de que se encontraran bien. Reparó en el rayo que había caído sobre el tinglado y pensó que podía haberlos lastimado. Si Fiódor estuviera bien, seguramente estaría ladrando pero si el rayo alcanzó a traspasar el tinglado, los dos estarían mal heridos o sin vida. Preocupado por el hombre y por el perro, Román tomó una linterna que llevaba en la guantera y bajó del camión. El agua llegaba hasta el estribo de la puerta. Hundió sus piernas hasta las rodillas y caminó en medio de la oscuridad buscando el galpón. A medida que se acercaba al tinglado la altura del agua disminuía. Cuando por fin estuvo más cerca de la confitería que del taller, el agua le cubría apenas las zapatillas blancas. Abrió la puerta del local, iluminó con su linterna debajo de las mesas, detrás del mostrador donde había una caja registradora y una vieja heladera, pero no vio a nadie. Le pareció poco prudente encender la luz, estaba mojado de los pies a la cabeza y había demasiada agua sobre el piso. Salió de la confitería y se dirigió al taller mecánico. El viento agitaba unas chapas del tinglado que se habían aflojado sin llegar a desprenderse. El ruido se amplificaba en esa caja de resonancia en la que se había convertido el galpón vacío pero no se oía más que ese alboroto. Román llegó hasta el fondo del taller esperando encontrar al vagabundo pero no había rastros de aquel hombre. Tampoco estaba Fiódor. Pensó que tal vez habían logrado huir hacia algún sitio más seguro que sólo ellos conocían. Lo cierto es que en esa noche nada se podía ver más allá de la luz débil y amarillenta de la linterna de Román. El cielo se iluminó con un relámpago y un trueno hizo estallar las nubes. La lluvia comenzó a caer con más fuerza que antes. Román corrió hacia el camión, hundió las piernas en la laguna, abrió la puerta y entró en la cabina. Se quedó un rato en silencio, luego guardó la linterna en la guantera y pasó al habitáculo trasero donde tenía el catre con el colchón de goma espuma. Un último rayo cayó cerca de los surtidores. Román no lo escuchó, se había quedado dormido con las zapatillas blancas, el pantalón de jean y el viejo pulóver de lana completamente mojados.

 

Cielo de invierno (2021)

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