Un empleado golpeó con fuerza el vidrio de la cabina. Román despertó súbitamente, algo aturdido por el desconocido que lo buscaba.
—Oiga, necesito que mueva el camión —dijo el muchacho—, tiene que entrar aquel auto a cambiar el aceite y usted está obstruyendo la entrada al taller.
Román abrió la puerta del compartimiento en el que dormía. Bajó del camión. El sol estaba en su punto más alto. No había restos de agua en la playa de la estación de servicio. Caminó unos pasos para entender lo que le quería decir el encargado. ¿Qué diablos podría estar obstruyendo su vehículo si la estación de servicio estaba abandonada? Alejándose del camión y ante la mirada aguda del empleado, Román reconoció la estación de servicio donde él había cargado combustible. Había despertado en aquella estación en la que había pagado con el cheque que le habían adelantado para los viáticos. Imaginó que se había quedado dormido y que había tenido una extraña pesadilla. Una bocina estridente de un automóvil lo apartó de lo que estaba pensando.
—¡Por favor, señor, puede correr el camión! ¡El auto tiene que entrar al taller! —dijo el muchacho de la estación de servicio.
Román entró a la cabina, puso en marcha el camión y lo estacionó cerca de la confitería. A esa hora el local estaba abierto y repleto de gente. La estación de servicio nada tenía que ver con aquella playa solitaria donde había cargado gasoil la noche anterior. El movimiento de autos y de gente era continuo. Los surtidores no dejaban de cargar combustible. En la confitería la mayoría de las mesas estaban ocupadas.
Román pensó que debió estar muy cansado para haber dormido por tanto tiempo y se dio cuenta de que era tarde y de que tenía que salir cuanto antes si quería llegar a la noche a Neuquén. Antes de partir recordó que apenas se levantara debía llamar a la empresa de transporte para decirles que ninguna de las estaciones de servicio de Tres Arroyos tenía cuenta corriente con la empresa. Bajó del camión y entró a la confitería. Pidió un teléfono a una de las chicas que atendían en el local. La joven le indicó el lugar donde estaban los teléfonos públicos. También le dijo que esos teléfonos aceptaban monedas. Román entró a una cabina y se comunicó con la empresa. Lo atendió una mujer. Román le reclamó por el listado que le habían dado, le dijo que no había podido cargar combustible a nombre de la empresa y que debió abonarlo con el cheque que le habían adelantado en concepto de viáticos. La mujer se tomó unos minutos para leer una copia del listado que le habían entregado a Román y comprobó que allí no había ninguna estación de servicio que trabajara con la empresa. Le pidió disculpas, dijo que el listado no había sido actualizado y que la única estación de servicio que trabajaba con ellos había cerrado hacía varios meses. Como posible solución le sugirió que podía cargar combustible en Coronel Dorrego, que allí había dos estaciones de servicio que trabajaban con la empresa, pero que en Tres Arroyos no quedaba ninguna. Con respecto al adelanto, la chica le dijo que podrían acercarle un cheque en la sucursal que tenía la empresa en Bahía Blanca, pero que no sería del veinte por ciento, sino de apenas un cinco por ciento del valor del flete.
—No puedo cruzar a Coronel Dorrego, la ruta está cortada y… —Román se quedó en silencio. Estaba por decirle que no llegaría el jueves a Neuquén porque las lluvias habían desbordado los arroyos y éstos habían obstruido la ruta, pero después pensó que todo había sido un sueño, que seguramente la ruta estaría habilitada porque jamás había llovido en la zona.
—No importa —terminó diciendo Román—, está bien, si puedo me detengo en Bahía Blanca para retirar el cheque, pero como estoy con poco tiempo quizás cobre lo que falta en Neuquén.
Román estaba desconcertado. No podía distinguir lo que formaba parte de la realidad de lo que no. Le tomaba un tiempo razonar cada situación vivida aquella noche para poder ubicarla en el plano de lo real o en el de los sueños. Recordó que allí había cargado combustible la noche anterior y quiso comprobar si en verdad le habían abierto una cuenta corriente. Se acercó a la empleada y le preguntó si ella podía averiguar si él tenía una cuenta corriente en esa estación de servicio. La chica le preguntó el nombre, le pidió algunos datos y revisó los libros de clientes de la empresa.
—Anoche le abrieron una cuenta corriente, ¿puede ser? —preguntó la chica.
—Sí —contestó aliviado Román—, el encargado de la noche me tomó un cheque.
—Así es —dijo la chica—, tiene saldo a favor. Puede cargar combustible cuando pase nuevamente por aquí. Luego anotó el número de cuenta en una tarjeta con el membrete de la empresa y se la entregó.
Román vio que la gente estaba almorzando y sintió hambre, no había cenado. Le preguntó a la empleada qué tenía para almorzar.
—Tenemos empanadas y hamburguesas, nada más que eso — contestó la joven.
Pidió dos empanadas y un vaso de gaseosa. La chica le dijo que eligiera un lugar para sentarse y que en unos minutos ella misma le llevaría el almuerzo. Román se sentó cerca de la vidriera de la confitería para poder ver el camión, estaba bastante apartado de los automóviles que se encontraban en la playa de estacionamiento. También podía ver que en la ruta había demasiado tránsito. Los vehículos se concentraban un centenar de metros antes de llegar a la rotonda y desde allí se formaba una larga fila de automóviles y camiones que parecía no avanzar. En el local, un televisor estaba sintonizado con la programación del noticiero del mediodía. El hombre del pronóstico anunciaba nevadas en la zona cordillerana, además de probables cortes de rutas, que se acentuarían hacia el fin de semana. La chica le trajo la gaseosa y las empanadas y se quedó un instante mirando a Román como si lo conociera de algún lado.
—Su cara me resulta familiar —le dijo la empleada— pero no sé de dónde.
—Puede que me haya visto en alguna otra estación de servicio, algunas veces hago viajes al sur y paso por esta ruta pero nunca cargué combustible aquí —comentó Román—, generalmente lo hago en Bahía Blanca. ¿Hace mucho que trabaja en este lugar?
—Hace casi un año —contestó la chica—, tal vez lo estoy confundiendo con otra persona. Discúlpeme.
La empleada dio media vuelta para volver a atender la caja del restaurante, el cabello le llegaba hasta los hombros y estaba vestida con el uniforme de la empresa. Román se quedó pensando en ella por unos minutos pero la olvidó cuando probó el primer bocado de la empanada. Se dio cuenta de que hacía más de un día que no comía y el hambre lo invadió por completo. Masticaba desesperadamente. Cada mordisco tenía el tamaño de media empanada. Román se sentía a gusto con la comida pero ésta era tan poca que en un instante se le terminó. Bebió un poco de gaseosa. El hambre se le había despertado y ya no había manera de engañarla como lo había hecho el día anterior. Ahora necesitaba comer por todo lo que no había comido. Se levantó de la mesa y fue hasta el mostrador. Pidió dos empanadas más y le preguntó a la empleada si lo que había consumido se lo podía debitar de la cuenta corriente. La chica volvió a mirar a Román detenidamente y algo en su rostro se iluminó.
—¿Usted no es el hombre que se encontraba la noche del accidente en la curva cerca de Coronel Dorrego? —le preguntó la chica—. Si no es usted, es alguien igual a usted.
Román quedó sosprendido con la pregunta. Él había estado en ese accidente la noche anterior, cuando encontró a la mujer en la ruta, pero eso formaba parte de un sueño, más bien de una pesadilla que había tenido.
—¿Usted habla del accidente en el que volcó un auto y una ambulancia llevó a una persona herida a Tres Arroyos? —preguntó Román.
—No a una, sino a toda la familia —respondió la chica—. Recuerdo muy bien lo que sucedió aquella noche. El camionero del que le hablo había estacionado el camión sobre la banquina de la mano de enfrente y había cruzado hasta donde estaba la policía y los bomberos trabajando.
Román seguía sin comprender. Ya no estaba seguro de lo que la chica decía, de si el accidente había ocurrido o no. Podía ser que nuevamente estuviera soñando pero había dormido demasiado y había soñado tantas cosas sin sentido que no soportaría volver a ese sueño. Ahora era de día y todo parecía ser real. Dudar de la realidad lo estaba enloqueciendo.
—¿Cómo se llama usted? —le preguntó Román.
—Cora —contestó.
—Entonces ¿usted es la chica que andaba en moto con sus amigos? —preguntó Román con la esperanza de que le dijera que no.
—La misma. Al final era usted, no estaba equivocada —contestó Cora—. Es muy difícil que me olvide de alguien. ¿Recuerda que estuvimos hablando y que me dijo que había ayudado a una mujer que se había accidentado en la ruta?
Román comenzó a dudar de todo lo que le había sucedido desde la noche anterior hasta ese momento. Estaba pálido como aquel que pierde la ubicación del lugar en el que se encuentra y se desespera por salir cuanto antes de ese abandono con el que la memoria lo azota.
—Fue una tragedia —continuó hablando Cora—. Era una familia de Tres Arroyos. Ya hace como un año de esto y todavía no lo puedo olvidar. Me acordé de usted porque está vestido como aquella noche, con ese mismo pulóver.
—¿Cómo que hace un año? ¿El accidente fue hace un año? —preguntó Román asombrado.
—Sí, en 1988, el año pasado —contestó Cora—, para esta misma fecha, en invierno. Me acuerdo que hacía mucho frío para andar en moto. En esa época yo no trabajaba aquí, aún estudiaba en la facultad. Esta estación de servicio se inauguró a fines del año pasado y como necesitaban gente, tomé el trabajo y abandoné los estudios. Además la facultad quedaba muy lejos, en Bahía Blanca.
—Claro, muy lejos —dijo Román pensando en otras cosas que nada tenían que ver con la facultad—. Me voy a llevar las empanadas para el viaje. Las llevo frías, no se tome la molestia de calentarlas. Si es posible, debítelas de mi cuenta corriente.
—No hay problema, Román —dijo Cora y sonrió—. Ahora sé su nombre.
Cora envolvió las empanadas, Román las tomó rápidamente y se despidió de ella, aturdido y desconfiando de todo. Pasó por la mesa donde aún estaba su vaso de gaseosa, bebió de un sorbo lo que le quedaba y salió de la confitería en dirección al camión.
La ruta estaba colmada de vehículos. Apenas salió de la estación de servicio quedó atrapado entre dos camiones que no lograban avanzar. La rotonda estaba a un centenar de metros pero para llegar hasta allí faltaba muchísimo. Luego de la rotonda el tráfico se agilizaba. Román pensaba en todo lo que le había sucedido esa noche. Pensaba en la mujer, en la estación de servicio, en el vagabundo, en el perro, en las motos, en Cora y nada tenía sentido. Dudaba también de la lluvia de esa noche. Cuando el empleado de la estación de servicio lo llamó para que moviera el camión, Román estaba completamente seco, al igual que el colchón donde se había quedado dormido. Había despertado convencido de que había tenido una pesadilla y por fin ahora sabía dónde estaba. Pero la conversación con Cora lo llevó nuevamente a sus sueños. ¿Y si en este momento Román estaba transitando un sueño y la realidad era otra? Tal vez la realidad era aquella que habitaban el viejo vagabundo y su perro en la estación de servicio abandonada. Probablemente ahora Román estaría durmiendo en su camión bajo una lluvia torrencial más infranqueable que la noche que lo cercaba como lo hace un felino con un pobre ciervo o como el desconsuelo lo hace con el desengaño. ¿Y si todo esto fuera un nuevo sueño de Román dentro del sueño de Román?
El camión que Román tenía adelante no avanzaba. Todo lo que podía ver era un enorme portón de madera pintado con una leyenda de la empresa de transporte para la que trabajaba. Estaba cubierto por una lona anaranjada. En el espejo retrovisor se veía una larga fila de camiones y autos que también esperaban avanzar. Román comenzó a atar cabos. Recordó la primera vez que había llegado a la estación de servicio donde trabaja Cora. Luego recordó que había seguido viaje hasta la estación de servicio abandonada y que se había encontrado con el viejo y con el perro. Al no poder cargar gasoil allí, había vuelto a la estación de servicio que aún seguía viendo por la ventanilla del camión ya que no lograba avanzar debido a la congestión de tránsito. A partir de ahí Román comienza a tener algunos huecos en su memoria. Recuerda que cargó combustible, que continuó su viaje y que no vio el desvío hacia la vieja estación de servicio. También se acuerda de que el encargado le había dicho que en ese lugar, donde estaba la estación de servicio abandonada, podía preguntar si trabajaban con la empresa de transporte de Román. Si el encargado lo había enviado hasta allí, debía ser porque sabía que en ese lugar había una estación de servicio. De ninguna manera le habría recomendado una estación de servicio abandonada. Un golpe en la ventanilla lo sorprendió. Un niño le hacía señas del otro lado del vidrio. Román bajó la ventanilla. El niño vendía unos paños de limpieza para automóviles. Román le dijo que no necesitaba nada de eso pero el chico, de unos diez años, insistía en que le comprara uno, aunque sea para ayudar a su familia. Román buscó unas monedas que guardaba en el cenicero del camión para tener cambio en caso de necesitarlo y se las dio. El chico se enfureció, le dio una patada a la rueda y se fue caminando hasta el camión de adelante. Los automovilistas comenzaron a hacer sonar insistentemente sus bocinas, como si de esa manera el tránsito lograra avanzar. Román, al igual que los otros camioneros, esperaba pacientemente y en silencio que el tránsito se liberara. Uno de los automovilistas bajó de su auto e increpó al conductor del camión que estaba delante de él y detrás del camión de Román. Al parecer, el camionero le habría hecho una seña de mala manera para que dejara de tocar bocina, nada lograría con semejante ruido. El camionero bajó con un palo muy parecido al que Román usaba para controlar los neumáticos y golpeó con fuerza una de la ruedas del camión sin dejar de mirar al automovilista. El conductor del auto ensayó algún insulto que no llegó a pronunciar y, al ver que el camionero estaba decidido a usar el palo contra él, se tranquilizó y volvió a su vehículo. El chofer se quedó parado en la ruta sin dejar de mirar al hombre del auto. Los demás automovilistas dejaron de tocar bocina. Cuando todo volvió a la calma, el conductor del camión entró a su cabina.
Román estaba envuelto en una espiral de tiempo. Todo en su mente parecía ser un acertijo sin solución. Pensaba que una de las posibilidades podía ser que él se hubiera quedado dormido y hubiera soñado que estuvo con el viejo en la estación de servicio abandonada. Luego el chico de la estación de servicio lo despertó, le cargó combustible y Román tomó la ruta en dirección a Coronel Dorrego. Allí se encontró con la mujer accidentada y con Cora. Pero de haber sucedido de esa manera, el encuentro con Cora habría sido la noche anterior y no un año atrás. Definitivamente Cora no estaría bien de la cabeza, pensó Román. ¿Y la mujer accidentada, que para él estaba loca? Román recordó que la había llevado hasta la estación de servicio abandonada y que allí él mismo se había quedado largo tiempo hablando con el viejo. Si el vagabundo y el perro formaban parte del sueño, también formaría parte de ese sueño la mujer accidentada, al igual que el accidente donde se encontró con Cora porque todo había sucedido en ese mismo tiempo. Sin embargo, según Cora, el accidente fue real, sólo que ella dice que sucedió un año antes. Es decir, se preguntó Román, que el encuentro con el viejo, con el perro, con la mujer accidentada, con Cora, el accidente, ¿todo eso sucedió hace un año? Nada tenía sentido. Román decidió que por alguna punta de ese ovillo tenía que empezar a creer porque si no, enloquecería. Y decidió creer que lo único real era lo que le estaba sucediendo en ese momento y en ese lugar donde ahora se encontraba, una ruta completamente atascada por el tránsito, con gente impaciente que culpaba a otra gente por su desgracia. Román encendió el reproductor de música. Atahualpa cantaba Cada cual cree que no cambia y que cambian los demás.