En la otra puerta

VI. Con su tambor de desvelos

Ricardo Cardone

Desde el interior de la confitería se alcanzaba a ver el pesado tránsito de la ruta. Algunos automovilistas escapaban de esa interminable caravana entrando a la estación de servicio con el fin de despejarse. Aprovechaban el tiempo perdido para llenar los tanques de los autos y para almorzar. A medida que pasaban los minutos se hacía más difícil conseguir una mesa en el local de comidas. Como si el destino les hubiera jugado una mala pasada, aquellos que antes habían escapado de la fila de autos estancados en la ruta ahora debían hacer largas colas para cargar combustible y los que no querían perder tiempo ni en la ruta ni en los surtidores, debían aguardar su turno detrás de una molesta fila de gente frente a la caja registradora de la confitería donde Cora los atendía como podía.

Una mujer mayor limpiaba las mesas que los viajantes dejaban para que la gente que esperaba de pie con la bandeja en la mano pudiera sentarse. El televisor continuaba encendido y algunos mataban el tiempo mirando las noticias. Las nevadas en Neuquén se esperaban para el día siguiente. El frío polar de la cordillera llegaría al sur de la provincia de Buenos Aires esa noche. Había probabilidades de que nevara en Bahía Blanca y en zonas aledañas, decía el hombre del Servicio Meteorológico. Cora tomaba los pedidos y de vez en cuando miraba hacia la ruta, más precisamente al camión de Román. Hacía tiempo que él había salido de la confitería, sin embargo el camión había avanzado apenas una decena de metros. Todavía Cora podía divisarlo desde el interior del local. La mujer mayor se acercó a la gente que estaba rodeando el mostrador y les dijo a los que ya habían realizado el pedido que podían sentarse en las mesas, que ella les alcanzaría el menú cuando estuviera listo. La gente se dispersó, algunos buscaron unas mesas libres donde sentarse, otros decidieron esperar en sus autos.

Cora atendía a los clientes pero su mente estaba en otra cosa. Sus acciones eran solamente reflejos que respondían a las urgencias de las personas que esperaban ser atendidas. Tomaba el dinero, daba el vuelto y despachaba las bandejas de comida sin reparar en sus actos, todo lo hacía mecánicamente, sin la necesidad de pensar en esos menesteres. La conciencia de Cora estaba ocupada en otros asuntos que iban más allá del local de comidas, cruzaban el enorme ventanal de vidrio, luego la playa repleta de autos que esperaban ser atendidos frente a los surtidores y llegaban hasta el camión inmóvil de Román. Cora pensaba en ese hombre callado que había conocido el año anterior en el lugar del accidente. Todo lo que él decía, vestía y llevaba consigo le había llamado la atención. Incluso ese camión vetusto que se parecía más a un carro de feria que a un transporte de carga. Se preguntaba cómo un hombre podía vivir despojado de todo y no importarle. Su pulóver remendado, el pantalón de jean sucio, su forma anticuada de hablar, tan formal, tan remota. Pero Cora aún no estaba convencida de que todo fuera tal como ella lo pensaba. Algo había en Román que la llevaba a cuestionarse sus primeras impresiones. Ese hombre que a primera vista le pareció un indigente se volvía cada vez más misterioso. En Román había secretos que Cora debía develar. Ya no lo veía como a aquel hombre envejecido por el desgaste de los años sino que ahora él era para ella como un vino añejo, curado por el tiempo, un hombre con más respuestas que preguntas.

La noche que Cora lo encontró en la ruta, ella se había acercado para prevenirlo de lo que le podría llegar a suceder pero, al encontrarse con una persona invadida por el abandono y tal vez violenta, le dio temor y no dijo lo que pensaba decir. Pero luego Román nombró a la mujer accidentada en la ruta y Cora sintió que podía hablar con mayor confianza. Hacía varios días que algunos camioneros habían visto a la mujer deambular por la ruta. Se decía que todo aquel que se encontrara con la mujer no debía brindarle ayuda ni llevarla en su vehículo. Ella misma era una maldición que cualquiera debía evitar. De vez en cuando algún desprevenido, sensibilizado por el dolor ajeno, se detenía ante la mujer y la alcanzaba al lugar más cercano para que pudiera pedir la ayuda que necesitaba. Esa misma noche o al otro día, la estación de policía recibía un llamado anónimo que alertaba sobre un accidente en la ruta. Los conductores que continuaban con vida después del accidente confirmaban la leyenda, todos ellos habían socorrido a la mujer ensangrentada. Esa noche había sucedido algo similar. A pesar de que la familia accidentada era de la zona y de que estaba al tanto de lo que se decía de la mujer, estaba convencida de que se trataba nada más que de un mito con el que atemorizaban a los niños. Partieron desde Tres Arroyos en dirección a Bahía Blanca y se encontraron con la mujer accidentada. El conductor se detuvo, hizo lugar en el asiento de atrás, la mujer se sentó al lado de los niños y regresaron a Tres Arroyos para que le prestaran ayuda en la comisaría. Luego continuaron el viaje a Bahía Blanca. La policía interrogó a la mujer pero no pudo obtener de ella ninguna respuesta coherente. Estaba en un estado de crisis, respondía agresivamente ante la pregunta del oficial de turno, insistía en que no era allí adónde la debían haber llevado, ella tenía que hacer una llamada para que la fueran a buscar. El oficial le ofreció el teléfono para que hiciera esa llamada, pero ella reaccionó con unas cuantas maldiciones y escapó. La policía buscó a la mujer por todo Tres Arroyos pero no pudo encontrarla. La gente, asustada por el misterio insondable que envolvía a la mujer, no quiso dar información alguna. Nunca se supo si llegaron a verla o no en la ciudad luego de que escapara de la comisaría. Horas después el teléfono del destacamento sonó. La familia que había ayudado a la mujer había tenido un accidente en la ruta, el conductor aparentemente no habría visto la señal que indicaba una curva peligrosa.

Cora sabía, al igual que sus amigos, lo que había sucedido en la comisaría y lo comprobaron al llegar con las motos al lugar del accidente. Cuando se encontró con Román quiso prevenirlo de la presencia de la mujer pero él ya había hecho lo que no debía hacer. Y para aumentar su desgracia la mujer se había escapado. Cora alcanzó a advertirle a Román sobre la maldición que podría caer sobre él y convenció a sus amigos de regresar, quién sabe qué podría depararles el destino en medio de esa noche en la que las lluvias habían desbordado los arroyos hasta cortar la ruta. No imaginaron que se iban a encontrar con la mujer en el camino de regreso a Tres Arroyos. Ninguno se animó a mirarla salvo Cora, que se dio vuelta movida por la curiosidad. De inmediato aumentaron la velocidad y se alejaron rápidamente de esa imagen maléfica. La mujer continuó caminando con el rumbo perdido por el medio de la ruta esperando que alguien la llevara a la ciudad.

Esa misma noche, la del accidente, las lluvias de Coronel Dorrego llegaron a Tres Arroyos, donde descargaron su ira. En poco tiempo inundaron toda la ciudad cubriendo calles, autos y casas humildes que se habían edificado en los terrenos más bajos. Lo único que había quedado a salvo de la inundación había sido la ruta gracias al terraplén que la elevaba algunos metros. Hacia ambos lados todo estaba cubierto por agua que corría buscando un cauce donde desagotar su furia. En ese devenir la corriente se llevaba todo lo que encontraba a su paso: tachos de basura, tambores de aceite de los talleres mecánicos, mesas y sillas de las casas de comida que estaban al costado de la ruta, chapas de los puestos de venta ambulante, bicicletas e incluso automóviles. Un rayo cayó del otro lado de la rotonda, sobre una estación de servicio abandonada cubierta por el agua, y la ciudad quedó completamente a oscuras. Varios días después, cuando dejó de llover y el agua comenzó a bajar, la estación de servicio emergió con las instalaciones destruidas, sin el techo del local de comidas y sin el tinglado del taller mecánico. El interior de lo que una vez había sido la confitería, ahora era un depósito de mesas y sillas amontonadas unas sobre otras con los asientos arrancados y las tablas desprendidas. Todo era un caos. No encontraron a nadie allí, solamente a un perro que mordió a algunos bomberos y al personal de Defensa Civil antes de que lo sedaran por seguridad. Cuando los hombres se fueron, la estación de servicio quedó reducida a una montaña de escombros. Únicamente los dos surtidores quedaron en pie. El perro se despertó antes de lo previsto y logró escapar.

Cora estaba convencida de que aquella tragedia se había debido a la mujer que deambulaba por la ruta. Recordaba también que el último que la había visto y hablado con ella había sido Román. Le resultaba raro que él, que había estado en contacto con la mujer, no hubiera sufrido ningún accidente. O tal vez algo en verdad le había pasado. Cora necesitaba saber qué había ocurrido con Román luego de las tragedias de aquella noche cuando él se había encontrado con la mujer, por qué ella volvía a cruzarse con él un año después. No tenía dudas de que esa mujer traía únicamente desgracias y Román algo tenía que ver en todo eso aunque ella no sabía si era para mal o para bien.

—¿Qué estás mirando, Cora? —preguntó la mujer mayor que limpiaba las mesas.

Cora volvió a mirar el mostrador sobresaltada, como si la hubieran despertado de un sueño bruscamente. Tomó el dinero del último cliente que aguardaba en la fila, le dio el vuelto y fue a buscar una hamburguesa caliente y un vaso de gaseosa. Lo despidió con una sonrisa y volvió a mirar hacia la ruta.

—Miro a ese camión —contestó y le preguntó a la mujer—: ¿Te acordás de las inundaciones del año pasado? Yo me crucé con él en una situación bastante extraña andando en moto con mis amigos. El chofer se había encontrado con la Dama de Blanco. Luego de eso vino la tragedia con la inundación y los muertos.

La mujer parecía no entender lo que Cora le decía. Ella se acordaba de la inundación pero no sabía nada sobre la Dama de Blanco. Cora continuó:

—La Dama de Blanco es una mujer a la que algunas veces se la puede ver caminando por la ruta, generalmente de noche, pidiendo ayuda por un accidente que asegura haber sufrido. Dicen que los que intentan socorrerla padecen fatídicos sucesos. También se dice que su presencia predice grandes catástrofes. Esa noche fue trágica y ese camionero que está ahí en la ruta estuvo con ella. La llevó hasta un lugar donde había ocurrido un accidente suponiendo que ése era el accidente por el cual ella le pedía ayuda. Como ya estaban allí los médicos y los bomberos, él pensó que esa era la ayuda que la mujer buscaba pero ella desapreció.

La compañera de Cora lanzó una carcajada, riéndose de las supersticiones de la gente.

—Jamás escuché esa historia —dijo la mujer.

—Hace poco que estás en la ciudad —objetó Cora sin dejar de mirar el camión—, te vas enterando de algunas cosas con el tiempo.

—Hace bastante que vivo acá —dijo la mujer—, pocos me conocen porque no hablo con nadie, no tengo amigos ni quiero tenerlos. Las personas hieren hasta que la víctima sangra, luego olfatean su sangre y se alimentan de las heridas hasta dejarla vacía. El hombre vive a costa de otros hombres. Es el peor de todos los animales.

Cora se sorprendió con los dichos de la mujer. Alguien que piensa así de los demás debe sufrir muchísimo. Algún mal le habrán hecho, alguna crueldad habrá marcado para siempre sus sentimientos y por más nobles que éstos hayan sido alguna vez ahora parecían agresivos, dispuestos a herir para no ser heridos. No había querido ofenderla con sus dichos, quiso pedirle disculpas pero la mujer ya no estaba. Volvió a mirar hacia la ruta, el tránsito era ágil y el camión había desaparecido. Cora sintió que algo de ella se había ido con el fluir del tránsito y que ese camión le había quitado para siempre algunas respuestas que necesitaba conocer.

Lo que Cora sabía de la mujer de la ruta era lo que le habían contado, su tipo y color de cabello, cómo andaba vestida, su edad promedio pero nada más que eso. Nunca había hablado con ella —por suerte— pero quería saber quién era. El único que podía contarle algo más era ese camionero que la había llevado en la ruta y que ahora había perdido de vista para siempre. Pero recordó que Román tenía una cuenta corriente en la estación de servicio. Pronto va a regresar, pensó. Ese razonamiento le sirvió de consuelo. La mujer que limpiaba las mesas volvió y le preguntó a Cora por sus amigos de esa época, los chicos de las motos.

Cora cerró la caja registradora. Poca gente quedaba en el local, el tránsito se había liberado y los automovilistas habían retomado sus viajes. Intentó decir a la mujer unas palabras pero rompió en llanto.

 

Cielo de invierno (2021)

enlaotrapuerta.com.ar - Archivo de noticias