Cora lloraba sin consuelo sobre el hombro de su compañera, no podía hablar. Por momentos parecía tomar aire para decir algo pero nuevamente volvía al llanto y a la desolación. La mujer abrazó a Cora como si fuera su madre, apoyó su mano sobre la nuca de ella y le dijo al oído que no dejara de llorar hasta que se liberara de esa angustia que la oprimía. Los pocos clientes que aún permanecían en la confitería distraídamente se volteaban para mirar a las dos mujeres pero rápidamente se encontraban con los ojos de la compañera de Cora que los obligaba a apartar la vista. Cora lloró por un buen rato abrazada a la mujer sin levantar la cabeza de su hombro. Ella le acercó una silla para que la joven se sentara. Cora pasó sus dedos sobre la cara para secarse las últimas lágrimas que al caer sobre sus mejillas se habían llevado restos de maquillaje y habían manchado su rostro con un líquido oscuro y denso. Sobre los pómulos habían quedado negras huellas como si fueran brazos de algún río que se extraviaron de su cauce y que ahora estaban secos. La mujer tomó unas cuantas servilletas de papel y con cuidado le quitó los restos de maquillaje corrido. Cuando Cora pudo recuperar el aire dijo:
“Yo tenía un amigo, Joan. Lo había conocido en la facultad cuando estudiábamos en Bahía Blanca. Él vivía en Tres Arroyos pero debía viajar todos los días a Bahía Blanca para cursar las materias de ese año. Hablábamos mucho de lo que nos gustaba, de la música que escuchábamos, de lo que leíamos. Yo le prestaba algunos libros que él no había leído y él me prestaba discos de jazz. Nunca me había interesado comprar un disco de jazz, era para mí una música aburrida, bastante deprimente. Para él lo era la literatura argentina. Su biblioteca no era vasta, pero se enorgullecía de tener algunas ediciones originales de la literatura fantástica. Con el fin de hacer valer su postura en alguna discusión de las tantas que teníamos, nombraba a Stevenson y así daba por finalizado el debate intelectual sobre el género en el que varias veces caíamos por aburrimiento. Una tarde, a la salida de la facultad, Joan me estaba esperando en la galería de la recepción con un disco en la mano. No esperaba encontrarme con él ese día, me había dicho que debía hacer unos trámites en Tres Arroyos para sacar su licencia de conducir y no iba a poder asistir a clases. Todos los días se levantaba a las cinco de la mañana. Luego de desayunar se dirigía a la terminal de micros de larga distancia para tomar el ómnibus que lo llevaba a Bahía Blanca. Siempre llegaba con el tiempo justo a la primera clase del día. Esa tarde, luego de hacer los trámites en el registro del automotor, tomó el ómnibus y esperó un largo tiempo hasta que terminara mis clases. Encontrarme con él de pie frente a mí, nada más que esperándome, me sorprendió. A Joan no le pedía otra cosa más que la amistad que teníamos. Realmente me sentía muy bien siendo su amiga y él parecía disfrutar de aquella relación. Pero esa tarde descubrí en él a otra persona, a alguien a quien se me haría imposible olvidar. Me di cuenta de que una parte de mí estaba de pie ante mis ojos. Tal vez siempre había sido así pero quizás nunca había tenido el valor para admitirlo. Cuando advertía que las garras con las que una rela-ción atrapa a los pobres enamorados comenzaban a amenazarme, a cercenarme la libertad, hacía todo lo posible para huir de ellas. Joan me esperaba con una sonrisa. Me contó que había rendido bien el examen para conducir. Con un beso en la mejilla me dio un disco de John Coltrane, A love supreme. La tapa tenía una fotografía del sa-xofonista con el perfil de su cara en blanco y negro. Joan quería que escuchara siempre algo distinto, que no me quedara con las mismas cosas para toda la vida. Era un aniquilador de gustos. Cuando por fin algo llegaba a gustarme, él se encargaba de mostrarme otras co-sas que en definitiva terminaban por agradarme más. Así fue como llegué a sorprenderme por amar y odiar a la vez y en tan breve tiempo a grandes músicos que dejaron su sello en la evolución del arte. Cuando Joan se daba cuenta de que lo que me había hecho escuchar una primera vez ahora ya no me gustaba tanto porque otro disco nuevo y original lo suplantaba, me aconsejaba que no olvidara aquello que alguna vez me había gustado, porque en esa primera vez donde alguien abre su corazón a algo nuevo, nunca visto, el amor emerge en su forma más honesta. Después, decía Joan, vamos convenciendo al amor para que actúe de acuerdo a lo que nos dictan nuestras propias miserias. Luego de tanta vorágine, Coltrane buscó lo que había en su interior y encontró este disco, que no era igual a ningún otro. Tal vez éste debió ser el primer disco solista de Coltrane y no el que había grabado siete años antes, pero él se dio cuenta de lo que tenía dentro suyo bastante tiempo después, dijo
Joan. Miré el disco nuevamente. La contratapa tenía escrito un poema. Joan me dijo que lo fuera leyendo mientras escuchaba el último tema del disco, Psalm. Así lo hice esa noche apenas entré a mi casa.
Esa tarde habíamos ido a tomar algo a uno de los barcitos que rodean la facultad. Como siempre, Joan comenzó a hablar de música y de literatura. Intuí que la conversación iba a correr por los senderos de la vana discusión y saqué de la cartera un libro que había terminado de leer. Se lo di a cambio de su disco de Coltrane. Joan miró la portada y leyó el título en voz alta, La trama celeste. Me anticipé a recordarle que yo era una admiradora incondicional de Stevenson, pero que me parecía que sería bueno que él leyera a otros autores, como a Bioy Casares. Joan volvió a mirar el libro con desconfianza, en su cara se notaba una mueca de hastío por tener que leer algo que no deseaba, pero debió haber pensado que yo también estaba obligada a escuchar algo que a primera vista no me gustaba y soltó una sonrisa sin decir una palabra. Nos despedimos con un beso en la mejilla y no nos volvimos a ver durante toda la semana.
Esos días escuché el disco muchísimas veces. Al principio debo reconocer que me llevó al hastío. Recordé que Joan decía que el placer esperaba pacientemente detrás del fastidio. Volví a escuchar el primer tema con la decisión de cruzar la barrera del hartazgo. Una cadencia que se repetía constantemente llamó mi atención. Algo que antes no había escuchado estaba allí, una sucesión de notas como un obstinado mantra adormecía mis oídos y mi corazón latía inconscientemente a la par de ese ritmo aletargado como si fuera arena que en el desierto el viento mece. Fue con ese movimiento donde nada permanecía en pie, donde el tiempo era un abismo, que pude comprender lo que el músico quería transmitir. La música es la palabra de los que no tienen voz. No hay frase más poderosa que aquella que no necesita de los vocablos para conmover. El músico tiene ese misterioso poder. Caminando por ese barranco llegué al último tema del lado B, ese que Joan me había dicho que era un poema escrito con las notas del saxo. Al fin pude comprender lo que él quería mostrarme. No era importante Coltrane. Tampoco el jazz. Lo trascendental era que detrás de la música siempre había un mensaje que debía ser develado. El secreto estaba en cuestionar lo que uno sentía. No debía detenerme en el hartazgo si quería comprender al músico. Algo así me pasaba con varios autores de la literatura argentina, aunque con algunos no tuve éxito.
Tenía la intención de llamar a Joan ese fin de semana pero me distraje releyendo a Stevenson mientras escuchaba a Coltrane. Cuando me di cuenta de la hora que era no me pareció prudente llamarlo, seguramente estaría durmiendo, al día siguiente debía madrugar para ir a cursar a Bahía Blanca. Esperé al otro día para encontrarme con él a la salida de la facultad. Ese lunes no lo vi en los lugares que solíamos frecuentar. Recuerdo que lo esperé sentada en las escaleras de entrada al salón principal, donde acostumbrábamos a encontrar-nos todos los días al finalizar nuestras respectivas clases, pero no apareció. Imaginé que podía haber tenido algún inconveniente, po-siblemente con sus trámites en el registro del automotor. Regresé a mi casa, preocupada. Lo llamé varias veces por teléfono pero nadie me contestó. El único número que tenía era el de su casa, no conocía a ningún familiar de él a quien pudiera preguntarle sobre su situa-ción. Me sentí avergonzada por saber tan poco de mi amigo. Dudé incluso de mi amistad hacia él. Joan no merecía tener a una amiga como yo que ni siquiera sabía dónde vivía ni a quién llamar en un caso de emergencia. La angustia me invadió. Esa noche busqué el disco de Coltrane y lo escuché tantas veces como pude mantenerme despierta. El sueño me venció con la tapa del disco entre mis brazos.
La vorágine de una pesadilla me despertó. Soñé que esa misma noche tomaba el ómnibus a Tres Arroyos para buscar a Joan. Necesitaba saber si se encontraba bien. La ruta estaba oscura y mojada por la lluvia. Hicimos una parada en Coronel Dorrego para que bajaran algunos pasajeros y subieran otros. Un oficial de gendarmería llamó al chofer y estuvieron hablando varios minutos fuera del ómnibus. El chofer subió al micro y pidió nuestra atención. Comentó que la ruta estaba cortada porque uno de los arroyos había desbordado. De todas maneras, agregó, llegaremos hasta el lugar de la inunda-ción y si la gente de Vialidad nos permite pasar, continuaremos el viaje. Los que quieran quedarse acá, pueden hacerlo, dijo para ter-minar. Nadie bajó del ómnibus.
Cuando llegamos a la zona de la inundación no se nos permitió pasar. El chofer bajó del ómnibus y conversó durante largo tiempo con el personal de Vialidad. Insistía en cruzar con el micro, según él la altura del agua que cortaba la ruta no era tanta. La gente de Vialidad decía que si bien el agua que cruzaba era poca, la corriente venía con fuerza y un descuido podría arrastrar al vehículo fuera de la ruta y volcarlo. Del otro lado del corte se alcanzaba a ver al-
gunos camiones que también esperaban que les habilitaran el paso. Yo quería llegar cuanto antes a Tres Arroyos. Bajé del ómnibus y fui hasta donde estaba el chofer hablando con la gente de Vialidad. Le pregunté si se podía avanzar pero ellos lo negaron. Me dio tanta impotencia que decidí cruzar a pie. Caminé hacia donde el agua traspasaba la ruta sin que nadie me lo impidiera. Cuando el personal de Vialidad se dio cuenta de mi intención, corrió para detenerme. Yo también corrí hasta meterme en el agua. La corriente era muy fuerte y me arrastraba las piernas hacia el costado de la ruta, haciéndome trastabillar. Corría con más fuerza levantando las rodillas para vencer la potencia de la corriente, pero cada vez me hundía más. A los pocos metros de haber entrado al agua, ésta ya me llegaba hasta la cintura. Avancé unos pasos y caí en un pozo profundo. El agua me cubrió la cabeza. Logré salir a flote nadando torpemente, nunca fui una buena nadadora. Nada podía ver allí, las luces del micro se confundían con el reflejo del agua. Desde mi lugar no se alcanzaba a ver la orilla opuesta, donde debían estar los otros hombres de Vialidad. La corriente me llevaba lejos de la ruta. Mis brazos hacían movimientos desesperados para evitar ser arrastrada a las profundidades del arroyo, pero nada podía hacer frente a esa fuerza poderosa. Intenté girar mi cabeza para saber dónde estaba la ruta pero nada se veía. Solamente un bullicio de agua que corría pesadamente rompía aquel silencio. Tomé aire para nadar contra la corriente y me desmayé.
Desperté en la casa de Joan. Había pasado la noche con él. Me reprochó que me hubiera arriesgado a viajar a Tres Arroyos con esa tormenta. Le dije que el ómnibus no quería pasar y que había decidido cruzar sola. Joan se rió y me dio un beso. Me abrazó muy fuerte, como si no quisiera perderme, y nos quedamos dormidos un rato más. Cuando nos despertamos, cerca del mediodía, Joan me contó que había leído el libro que le había prestado. Me dijo que lo que Bioy Casares proponía en el cuento era muy probable que existiera. Habló de unas teorías de los universos que no comprendí en su totalidad, pero me dijo que si yo estaba con él en ese momento era porque algo se había salido de sus carriles normales. Quién sabe, dijo, si en verdad no somos más que uno en un millón de seres iguales, repetidos, que deambulan por el universo buscando una realidad como la nuestra. Tal vez Bioy tenga razón, puede ser que haya muchas Cora y muchos Joan en realidades diferentes, en tiempos diferentes. Pero nosotros somos afortunados, Cora, dijo Joan, nosotros debemos ser los únicos que lograron encontrarse. Los otros Joan y las otras Cora aún deben estar buscándose y quizás nunca puedan verse unos con otros. Cuánta angustia correrá por ellos. Cuánta frustración los hará perder la fe.
Es una idea terrible, dije sin pensar en lo que decía pero imaginando la posibilidad de no haberme encontrado nunca con Joan. Luego lo abracé con fuerzas y lo besé al borde del llanto. No podía separarme de su cuerpo, cada vez que dejaba de besarlo para mirar su boca, sus ojos, su cara, sentía que lo estaba por perder y volvía con desesperación a sujetarlo contra mi pecho. Joan se aferraba a mí como si hubiésemos caído al mar sin salvavidas y solamente nos mantuviéramos a flote por el solo hecho de estar juntos y abrazados. De pronto sentí que ese mar nos arrastraba con fuerza hacia un fondo oscuro, arenoso, y Joan quedaba atrapado entre las ramas de una planta que tejían una red tenebrosa. Yo intentaba liberarlo de ellas para que saliéramos a la superficie pero la corriente cada vez me alejaba más de él. Ya sin aire intenté salir a flote. Con desesperación logré sacar mi cabeza del agua y vi a lo lejos las luces de los vehículos detenidos en la ruta. La corriente me arrastró hacia una profunda laguna. Cuando creí que me ahogaba, desperté.
Era de día, ya no llegaría a tiempo para mi clase de la facultad. Aún tenía la tapa del disco entre mis brazos. Estaba transpirada y agitada. Me quedé unos minutos pensando en el sueño. Me llevó tiempo comprender que nada de eso podía ser verdad, como ocurre con los sueños que se viven intensamente, y fui al baño a ducharme. El teléfono sonó varias veces pero no lo pude atender, estaba completamente mojada y con champú en la cabeza. Salí de la ducha, me preparé el desayuno y decidí tomarme el día libre. Necesitaba un descanso. Encendí el televisor y me enteré de que la noche anterior había llovido bastante y de que algunos arroyos habían desbordado. La ruta estaba cortada a la altura de Coronel Dorrego, donde casi siempre se inunda. Me acerqué a la ventana y vi que la lluvia había menguado. El teléfono sonó nuevamente. Era Joan”.