Cuando uno viaja, el tiempo se expande y se contrae, corre y se detiene, pero con ese viaje definitivamente comienza otro tiempo. Debido a él uno expulsa los últimos despojos de aquel tiempo que abandonó al partir. Todo lo que se vivió hasta el momento de la partida se convierte en el peor de todos los recuerdos, aquel que no se añora y que basta un leve parpadeo para arrojarlo de la memoria. El pasado angustia por ser inalterable, nada se puede modificar allí, lo que fue, será y lo que no fue, se lamentará. El hombre inseguro, aquél sometido por el mandato de alguna divinidad, será el único que podrá sobreponerse a la desazón del tiempo que constantemente lo corroe como lo hace el río con el muelle. El hombre que es consciente de su orfandad claudicará y llorará sin consuelo ante aquello que sabe que no volverá a poseer. Todas las pérdidas muerden la mano hacedora, inyectan su pócima en la sangre y paralizan la voluntad. El hombre se detiene ante el abandono. Una parte de él quiere huir cuanto antes de ese tenebroso lugar sin tener en cuenta que al cuerpo lo gobierna el cerebro y al cerebro, el alma. Nada podrá hacer el hombre cuando el alma se le resista.
El ser humano rige sólo el presente breve. Todo allí es frágil y es fugaz. Es el hombre aquella gota que no vuelve a caer. Nace de la ebullición donde la vida comienza a liberarse de la muerte. El hombre estalla para vivir, necesita fragmentarse en miles de hombres nuevos que se alimentarán de él hasta dejarlo vacío. Y esos hombres nuevos estallarán en otros más nuevos que también los vaciarán y serán sólo recuerdo inmóvil. El presente es el hervor donde el hombre gobierna. No sabe el hombre dónde ni cuándo caerán sus alas luego de estallar, pero sí sabe que estallará. Eso es lo que el hombre controla, el momento efímero de su mutilación, ese presente falaz al que se aferra.
Todo es pasado que vuelve para morder las heridas. La memoria calla lo que el alma ampara. Ningún cuerpo resiste aquel asalto, la pérdida que hostiga, el sueño sofocado. Cada acto del hombre alimenta un pasado amenazante. Cada error que comete le socava la conciencia; el hombre no es más que su pasado y el tiempo ingobernable es su condena. Ese tiempo inmutable lo somete. Si tan solo se pudiera cambiar su orden, invertir esa sucesión constante donde cualquier hecho caduca bajo su huella, donde su paso deja un aliento rancio, el espíritu del hombre al fin podría renacer.
Pero el tiempo necesita de un suelo fértil para alimentarse, necesita de un territorio que le permita gobernar. El tiempo habita un espacio destinado para él y para nadie más. Nada puede hacer el tiempo sin un lugar en donde logre consolidar su extorsión. Es en ese terreno donde el alma reside. Desde allí, con la conciencia atormentada y culpable, el alma somete al hombre. El hombre se detiene donde el alma quiere que se detenga, en ese tiempo que él supo transitar y que se quedó con sus cenizas. En ese lugar yacen las miserias del hombre como tumbas profanadas que esperan que sus muertos regresen. Nada de eso ocurrirá, en cada una de las fosas caerán nuevos muertos como caerán nuevas culpas en cada una de esas miserias.
Olvidar es huir de aquellos lugares donde el tiempo nos tiene sometidos. Olvidar también es dejar abandonada el alma en aquellos mismos lugares a los que ella pertenece. El hombre olvida para sobrevivir a los tormentos con los que el alma lo somete. Sin tierra no hay alma así como sin vida no hay muerte. Libre es quien no tiene vínculos que opriman. El hombre libre no tiene raíz ni alma que lo encadene a la tierra que el tiempo roe. Fuera de los confines de esa tierra de derrotas se encuentra el reino de los hombres que lograron huir a tiempo del tiempo, el reino de los hombres sin lugar, el reino de los hombres desalmados.
Viajar es romper vínculos. La prolongada distancia dilata el tiempo hasta llevarlo a su deslinde. Allí el tiempo es líquido que derrama, agua que vacía corre, barro informe. Quien viaja desafía al tiempo y le da el sentido que siempre debió tener, ser instante y no nexo. Todo vuelve a comenzar, a ser real, a nacer. La noche en la ruta no se parece a ninguna otra noche, las demás noches son sólo recuerdos que quedaron atrapados en las redes de un tiempo arcaico. Ahora todo es instante, sin orden ni prioridades, inmune a la memoria. Nada recuerda el viajante que quiere ser libre, antes habrá tenido que cortar sus vínculos con la tierra. Sin vínculos no hay recuerdo; nadie recordará al viajante que olvida.
La noche cerrada caía sobre la ruta. Todo era oscuridad alrededor de la cabina. Román manejaba tranquilo, escuchando música para ahogar el sonido envolvente de la marcha del camión. La ruta estaba apenas iluminada por los faros del vehículo. Varios metros adelante, la luz se perdía en una sombra profunda, densa, misteriosa. Hacia allí se dirigía Román. Faltaba menos para llegar a Neuquén. Esa tarde había recuperado bastante tiempo del que había perdido la noche anterior buscando un lugar para cargar combustible. Cuando por fin se hubo liberado el tránsito en la rotonda de Tres Arroyos, Román buscó el desvío que le había indicado aquella noche la mujer de la ruta. Pensó que si tomaba aquel camino acortaría el viaje varios kilómetros y tal vez llegaría a Neuquén en la madrugada. No se equivocó. Cuando llegó a la rotonda apareció el desvío que lo llevaba a la ruta del valle sin necesidad de tener que pasar por las zonas urbanas de Coronel Dorrego y de Bahía Blanca. Román no dudó en girar a la derecha y tomó el camino recién asfaltado. La ruta se veía flamante, las señales de tránsito parecían haber sido instaladas hacía poco tiempo y el asfalto estaba impecablemente demarcado. Aún podían verse en varios sectores de la banquina algunas máquinas de Vialidad que habían estado trabajando durante los días previos a la inauguración de la ruta. Román recorrió algo más de un kilómetro y recordó la estación de servicio donde se le habían aparecido el viejo y el perro. Durante largo tiempo miró hacia su derecha para ver si la estación aún se encontraba allí, pero no vio más que un amplio playón de tierra con una edificación derrumbada. Una máquina excavadora removía el terreno y varios obreros trabajaban intensamente en el lugar.
Román sintió que una parte de él había quedado allí, en esa estación de servicio abandonada que tal vez nunca había existido. Todo había sido un sueño producto de la fatiga del viaje y de la urgencia por encontrar un lugar en el que pudiera cargar combustible sin tener que usar el cheque de los viáticos. El tiempo que corría en su cabeza por la necesidad de llegar a destino le había consumido las últimas fuerzas que le quedaban. El sueño había sido reparador, había dormido bastante y ahora se sentía con fuerzas para manejar todo el día y toda la noche si fuera necesario.
Un viaje une dos realidades diferentes, casi opuestas, en una fracción de tiempo. El que viaja es un espejo de sí mismo. Una mitad de él quedó en el lugar del cual partió. La otra mitad lo espera al final del camino. En el viaje, en ese trayecto donde el tiempo se detiene porque nada parece fluir, donde el pasado es olvido y el futuro es deseo, el hombre se encuentra con él mismo, desprovisto de cualquier escudo, desnudo. Nada puede hacer en esa transición que no sea pensar en sí mismo. Durante el trayecto del viaje cada vez se está más lejos del pasado, éste se vuelve una niebla viscosa, grasienta, que atrapa a quien quiera invadirla como si fuera un profundo pantano. Nunca podrá salir de allí el visitante desprevenido. El hombre viaja para alejarse de las redes que lo paralizan. Cuanto más tiempo permanezca atrapado en ellas, más lejos estará de poder liberarse y al final el hombre, ya sin fuerzas, caerá en la resignación.
Román pensaba eso durante ese tiempo detenido donde la noche parece infinita y la ruta, eterna. Recordó el sueño que había tenido cuando cayó exhausto sobre el colchón del camión. Pensó en el viejo y en su perro, personajes de una pesadilla que él nunca hubiera imaginado. ¿Cómo puede ser que la imaginación del hombre construya tantas fantasías para que luego la misma imaginación deba deshacerse de ellas por ser tan inverosímiles?, se preguntaba pasándose la mano sobre la frente para despejarse ante tanta oscuridad.
Al ver que nada quedaba en pie donde supuestamente estaba la estación de servicio abandonada, Román subió una marcha y el camión aumentó su velocidad. Luego de unos pocos kilómetros se encontró con un enorme cartel de una empresa de combustible. El día estaba despejado y Román pudo advertir que se trataba de una estación de servicio que, por lo moderna, daba la sensación de que había sido inaugurada recientemente, junto con la ruta, a escasos kilómetros de la anterior, donde el viejo y el perro lo habían recibido. Román disminuyó la velocidad y vio que estaba colmada de clientes y con varios autos en las dársenas que esperaban ser atendidos. Ahora todo cerraba para Román, quedaban pocos cabos sueltos de aquella noche. La estación de servicio que acababa de descubrir era aquella que el encargado le había mencionado la noche anterior. Román, esa noche, no tendría que haber entrado en la estación de servicio abandonada sino haber hecho unos kilómetros más y haber preguntado en esta estación de servicio recién inaugurada si tenían cuenta con la empresa de transporte. Él se equivocó, había entrado por error en la estación de servicio abandonada pero ¡no! Román se sobresaltó. Nunca fui a la estación de servicio abandonada, fue todo un sueño, se dijo reprendiéndose. Yo debí haber ido a la estación de servicio donde me envió el encargado pero nunca fui porque decidí cargar combustible allí mismo donde me había detenido y mientras me llenaban los tanques me quedé dormido. Eso fue lo que pasó. Román aumentó una marcha nuevamente y subió el volumen de la música para que fuera ella quien lo rescatara de aquella interminable pesadilla.
La tarde se iba cubriendo de un color anaranjado. El frío se podía sentir sólo con mirar los vidrios de la cabina. La nueva ruta atravesaba la llanura en línea recta, no tenía ninguna curva desde su inicio, allá en la rotonda de Tres Arroyos, hasta el camino de empalme que la comunicaba con la ruta del valle. Cerca de la ciudad, en los terrenos aledaños a la ruta, se podía ver una frondosa vegetación pero a medida que se transitaban los kilómetros, el terreno se volvía desértico. El camión de Román viajaba sereno bajo un cielo que era testigo de aquella soledad. Nada había allí más que una tierra estéril resquebrajada por el sol. La ruta se perdía en el infinito sin que el terreno la desviara de su rumbo. Tanta inmovilidad turbó los sentidos de Román. A mitad del recorrido comenzó a tener visiones. Vio que la ruta se agitaba delante de él como si fuera una serpiente que avanzaba por la tierra en su misma dirección. Varias veces creyó ver una señal que indicaba una curva inexistente. Otras veces perdió de vista el asfalto y creyó haber estado conduciendo sobre la arena de un desierto. El hombre expuesto a la monotonía crea nuevos universos para huir de ella. La inmovilidad atormenta al ser humano y la imaginación es el arma que tiene para no caer en el hastío. Algunos viajantes, ante tanto vacío, crean lugares ficticios. Así se suceden oasis inalcanzables que emergen de la arena grave, misteriosas luces que se pierden entre las estrellas de una noche infinita, algún barco que parece ocultarse detrás del horizonte hambriento en alta mar. En todos los desiertos acecha una quimera. No hay en ellos lugar para el reposo. Todo es vacío que condena. Lo que no se ve, aterra.
Atravesar el desierto en plena tarde turbó el ánimo de Román; comenzó a tener alucinaciones cada vez más peligrosas. Más de una vez intentó doblar bruscamente en esa recta interminable por la que circulaba y pisó la banquina. La sacudida del camión lo despabiló y si no fuera por su habilidad con el volante, habría volcado en medio del desierto. En otro momento creyó que el camino bajaba por una pronunciada pendiente y el camión se le volvía incontrolable. La ruta parecía descender abruptamente en línea recta desde aquella planicie y Román no podía detener el camión que se precipitaba hacia el final de un abismo interminable. Pisó el freno con todas sus fuerzas y el camión se detuvo de improviso en medio de la ruta. Miró por el espejo retrovisor y por fortuna nadie venía detrás de él. Hacia adelante, la ruta se perdía tímidamente detrás de ese punto siniestro donde el cielo muere tantas veces.
La noche lo encontró a Román en medio del desierto. Había manejado toda la tarde pero aún no había logrado salir de esa inmensidad tan vacía como opresora. Tantos kilómetros recorridos sin llegar a ver siquiera un caserío, un animal deambulando, un automóvil que compartiera con él esa soledad, al menos por un instante. En todo el trayecto de esa ruta artera, monótona y cruel no había podido encontrar más que ausencia y abandono. La tierra parecía haberse devorado la vegetación y todo había quedado cubierto por un marrón añoso. Román escuchó decir a Atahualpa en una de sus coplas Dios por aquí no pasó y volvió a la guitarra que sonaba en el camión en medio del desierto.
Un punto luminoso apareció al final de la ruta. Nada se veía más que las líneas sobre el asfalto y aquel punto inflexible. Con la vista fija en él, Román se acercaba hipnotizado. Ninguna otra cosa podía desviarle la atención. Se comportaba como un pobre ciervo frente a la luz mortal del cazador. Cuando estuvo a pocos metros, una señal de tránsito le indicó que debía tomar el desvío hacia la izquierda para ir a Choele Choel, en Río Negro. Había llegado al final de esa ruta, la señal también indicaba la última etapa de un desierto agobiante. Román se quitó el sopor que lo mantenía adormecido, tomó nuevas fuerzas y dobló a la izquierda por el camino que lo llevaría a la ruta del valle. El nuevo trayecto le levantó el ánimo. Quiso escuchar algo distinto y buscó la caja de cartón donde guardaba los casetes. La ruta comenzó a descender aceleradamente. Luego de unas curvas y contracurvas, en medio de la oscuridad y de improviso, surgieron innumerables luces que alumbraban todo el valle. Desde lo alto de la ruta se podía ver la ciudad de Choele Choel completamente iluminada. Para Román esas luces eran el oasis que anhela el peregrino en el desierto. La ruta bajó en zigzag hasta la margen del río Negro y Román al fin se despojó de los últimos restos del tedio de ese viaje.
Buscó una estación de servicio para hacer una pausa, aún debía continuar manejando hasta Neuquén si quería llegar a horario. Román entró a una estación de servicio que figuraba en el listado que la empresa de transporte le había entregado. Dudando de si el destino podría volver a jugarle una mala pasada, preguntó al encargado si esa estación de servicio trabajaba con la empresa de Román. El hombre le pidió la planilla, entró a un pequeño despacho donde había algunos libros contables y volvió con el papel doblado por la mitad.
—Así es —dijo el encargado—, puede cargar combustible a nombre de la empresa. Lo debitaremos de la cuenta corriente que ellos tienen con nosotros.
Román suspiró aliviado. Acercó el camión a los surtidores y cuando el empleado terminó de cargar gasoil, corrió su vehículo hacia un costado del playón, donde varios choferes, agotados por el viaje, dormían en el interior de sus camiones. Román buscó algo para comer en su canasta de mimbre. Hacía frío. El silencio de la noche se quebraba con el rumor del río que golpeaba la costa adormeciéndola. Román calentó agua, preparó un café bastante cargado, buscó las empanadas que había comprado en Tres Arroyos y que al final no había probado y en cuatro bocados acabó con ellas. Quizás por el silencio del lugar, quizás por el día perturbador que había tenido, quizás por la cena apresurada de esa noche, una modorra pesada que parecía aplastarle el cuerpo contra el asiento comenzó a hostigarlo. Román sabía que si comía, el sueño lo ceñiría con un fastidioso lazo que le arruinaría su plan de continuar con el viaje. Pero debía llegar esa noche a Neuquén, ya no podía perder más tiempo. Tomó el café caliente. El río bajaba agitado a causa del sinuoso recorrido que estaba obligado a transitar en su camino al mar. Román se quedó algunos minutos contemplando el agua revuelta en medio de la oscuridad. Pequeños cristales helados comenzaban a caer sobre el parabrisas y rápidamente se licuaban. Recordó que al mediodía, en la estación de servicio, había escuchado que el pronóstico anunciaba nevadas en la zona. Temiendo que la ruta se cortara por la nieve, puso en marcha el camión dispuesto a seguir viaje. Los párpados le pesaban, no había comido mucho pero sí lo suficiente como para que el sueño lo castigara. Pensó que sería bueno tomar otro café antes de comenzar a manejar, confiando en que de esa manera se despertaría. El agua en la pava aún estaba caliente, puso tres cucharadas de café en la taza de plástico, le agregó tres cucharadas de azúcar y la llenó con el agua que le quedaba. Cuando acercaba la taza a los labios, el vapor lo despertaba subiendo desde los pómulos hacia las pestañas. Estaba seguro de que esa infusión no sería suficiente para mantenerlo despierto durante todo el trayecto que le quedaba por recorrer pero no tenía dudas de que ayudaría bastante. Sería el último sacrificio que debería hacer para llegar a Neuquén. Restaban poco más de doscientos kilómetros para que Román al fin pudiera descansar.
Un golpe en la ventanilla lo sobresaltó. Un anciano le preguntó si se dirigía hacia General Roca, dijo que allí tenía familia y que necesitaba llegar para ver a su nieto. En lo primero que pensó Román fue en decirle que no. Desconfiaba de los desconocidos que se encontraba en la ruta. Era sabido que muchos de ellos eran delincuentes y que esperaban subirse a la cabina para cometer sus atracos en esa soledad, pero la actitud del hombre le pareció inofensiva. Después de todo podría mantenerlo despierto con la conversación durante el viaje. El anciano estaba vestido con un saco de hilo maltratado por la tierra, tenía una bufanda de lana gris alrededor de su cuello y un gorro también de lana que le llegaba a cubrir la mitad de las orejas. Usaba unos guantes rotos que dejaban escapar los extremos de los dedos. Román imaginó que el hombre habría pasado mucho frío esperando que algún camionero lo acercara a General Roca. Tenía puesto un viejo pantalón de jean más sucio que el de Román y no usaba cinturón, por lo que debía levantárselo de vez en cuando a causa de su extrema delgadez. Calzaba unas alpargatas de yute deshilachadas. Parecía dedicarse a las tareas rurales, aunque ya contaba con una edad avanzada para soportar los embates de las faenas del campo.
Román le dijo que llevaba carga hasta Neuquén, que si quería lo podía dejar en General Roca porque le quedaba de paso. El anciano levantó un pequeño bolso de mano que sin fuerzas acarreaba y subió al camión. Aun dentro de la cabina, mientras hablaba, expulsaba vapor por la boca y se frotaba las manos cerca de la salida de la calefacción para que su cuerpo recuperara la temperatura que había perdido. Román salió de la estación de servicio y tomó la ruta esperando que la nevada que se avecinaba se retrasara al menos unas horas.