Está bastante fresco, dijo Román, parece que va a nevar. Usted habrá pasado mucho frío parado allí afuera, acérquese a la calefacción, la voy a subir un poco. Ya está cayendo aguanieve. Esta ruta se pone peligrosa a la noche y con nieve, aún más. La primera vez que vine por acá me quedé sin gasoil a mitad de camino. Tuve que pasar la noche al costado de la ruta esperando que alguien me remolcara hasta la ciudad. La helada que había comenzado esa noche y que se había prolongado por varios días había arruinado la cosecha que se esperaba para aquel verano. No encontraba la manera de subir la temperatura de la cabina, la calefacción no funciona si el motor no está en marcha. El agua que goteaba de los espejos se congelaba antes de desprenderse y una capa de hielo comenzaba a cubrir el camión. A medida que pasaba el tiempo esa corteza se hacía más gruesa. Luego de unas horas comenzó a nevar. La ruta se cubrió de nieve y luego se congeló. Nadie circulaba por allí. Yo estaba varado al costado del camino, en la banquina, envuelto con unas frazadas que usaba para dormir y aun así no lograba conciliar el sueño, mi cuerpo temblaba de frío. El viento cruzaba por los sembradíos y silbaba al atravesar la barrera de álamos que protegen a los árboles frutales. Todo era blanco del otro lado del parabrisas, un blanco aterrador, espectral. La nieve comenzó a amontonarse sobre las ruedas del camión. A través del espejo veía cómo esa masa blanca me rodeaba sin que pudiera hacer nada para evitarlo. El paisaje era una gran llanura plateada de la que lo único que sobresalía era una alta hilera de álamos. Por momentos, el sueño parecía vencerme pero temía morir de frío si me quedaba dormido. Intenté mantenerme despierto. Recordé que una noche como aquella, al calor de un fogón, un camionero de la zona me contó la historia de un chofer que había quedado atrapado en medio de la ruta durante una intensa nevada. El hombre había salido tarde desde Neuquén, tenía poco tiempo para dejar unas encomiendas en los cuarteles del regimiento de infantería que está en Covunco, a pocos kilómetros de la ciudad de Zapala, y debía regresar a Neuquén a la mañana siguiente. No era mucha la distancia que debía recorrer. El chofer llegó a Zapala después de la medianoche sabiendo que en los cuarteles lo estarían aguardando durante la madrugada. El frío era intenso. A medida que uno avanza por esa ruta, la cordillera lo va oprimiendo con sus muros de hielo. El hombre debía recorrer una veintena de kilómetros por un solitario camino de montaña hasta llegar al cuartel. Cuando partió de Zapala comenzó a nevar con fuerza. La nieve ya había cubierto el camino de montaña. El regimiento no estaba lejos. Por prudencia, el chofer se detuvo al costado de la ruta para colocar las cadenas en los neumáticos que lo ayudarían a circular en la nieve con mayor seguridad. Cuando volvió a la cabina con la intención de continuar el viaje, el motor se detuvo. Algunos conductos por donde debía pasar el combustible se congelaron y bloquearon su circulación. El chofer quiso derretir algunos de ellos con la ayuda del fuego de un calentador a garrafa, pero pronto se quedó sin gas y la nieve comenzó a rodear el camión. El hombre intentó poner el motor en marcha nuevamente pero nada pudo hacer, quedó preso en su cabina, hostigado por la tormenta que golpeaba cada vez más fuerte los vidrios y movía peligrosamente el camión hacia uno de sus lados. Nadie viajaba por esa ruta en aquella madrugada. El chofer creyó que si se quedaba allí, iba a perecer por el frío. Decidió caminar los pocos kilómetros que restaban para llegar al cuartel y buscar ayuda. Nada podía ver desde aquel lugar donde el camión se había detenido, pero estaba seguro de que no más de uno o dos kilómetros lo separaban de Covunco. El hombre bajó del camión y comenzó a caminar. La nieve le llegaba hasta las rodillas. Todo era blanco en esa noche, blanco el suelo pantanoso, blanco el viento que lastimaba su cara como si fuera un látigo, blanco el aire congelado que se quedaba en sus pulmones. El camión se veía cada vez más lejos y el hombre comenzó a preguntarse si estaba caminando sobre la ruta. Una señal que indicaba una curva y cuyo reflejo se veía a lo lejos le dio la seguridad de que aún se hallaba sobre el camino. Si alcanzaba aquella curva, seguramente vería el cuartel al que debía llegar para pedir ayuda. La nieve caía con más fuerza pero él ya estaba cerca de la señal vial. No faltaba mucho para llegar, aunque cada vez caminaba con mayor dificultad entre esa nieve fangosa. Sus pies estaban completamente mojados pero la desesperación por alcanzar aquel sitio donde estaría a salvo le hizo olvidar el frío que padecía. Cuando llegó a la señal de la curva ya no pudo distinguir el camión. Una densa tormenta de nieve que el viento arrastraba hacia todos lados no lo dejaba ver más allá de unos pocos pasos. Estaba cerca del cuartel, le quedaba por recorrer apenas un centenar de metros. Pero, a causa de la tormenta, aún no podía divisar las luces del edificio militar. Debía llegar a él caminando a ciegas, no tenía ninguna otra referencia más que su instinto de ubicación. Dio unos pasos más y dejó de ver la señal a su espalda. Un torbellino de nieve se apoderó de él. Los que salieron en su búsqueda desde Covunco lo encontraron inconsciente dentro de la cabina del camión. Luego de que los médicos lograran reanimarlo, el hombre contó lo que le había ocurrido aquella noche. Habló del momento en que se había bajado del camión para poner las cadenas en los neumáticos, de la detención del motor por el congelamiento del combustible y de la travesía que había padecido hasta llegar a la señal que indicaba una curva. Los primeros rescatistas que llegaron comprobaron que las ruedas del vehículo no tenían colocadas las cadenas, que cuando lo encontraron desvanecido en la cabina el camión estaba en marcha, que no había en ese lugar ninguna señal de tránsito y que tampoco había evidencia alguna de que el hombre hubiera salido a caminar. El chofer se había desvanecido por el frío y su conciencia había quedado perturbada. Nunca pudo recordar lo que en realidad le había ocurrido en aquel viaje. Usted me dirá que exagero como todos los camioneros, que de algo pequeño, sin sentido, hago una cosa tremenda, que invento fábulas de fantasmas, historias de muertos que caminan al costado de la ruta, dudosos relatos de luces misteriosas que se mueven en el cielo como gobernadas por el mismo demonio. Y ¿sabe qué? Tiene razón. Los camioneros hablamos de esas cosas pero no somos nosotros quienes las inventamos. La gente del lugar nos cuenta esos relatos y uno se queda pensando. Quiero decirle que aquella vez que me quedé sin gasoil en medio de la nevada realmente creí que iba a morir en aquel lugar. Empecé a pensar todo lo que había pasado en mi vida. Vinieron a mi memoria los buenos momentos, el día que compré este camión, la primera vez que hice un viaje al sur. En una noche como ésta, tan oscura y tan fría pero con una luna enorme, como si fuera del tamaño de un plato de fideos, salí de Neuquén en dirección a Zapala. Por primera vez vi la cordillera de noche y fue en ese momento cuando decidí que ése sería mi lugar. Ver cómo la luz de la luna caía sobre la cordillera completamente nevada me cambió la vida por completo. Nunca había reparado en la naturaleza como lo había hecho aquella noche. Pienso que a la montaña hay que tenerla enfrente para admirar su misterio. Eso es, misterio. Si no hay misterio, no hay vida. La vida es un misterio, por eso la valoramos tanto, siempre nos ofrece algo nuevo para descubrir. Yo soy un misterio, usted lo es. Esa noche de la tormenta también me acordé de cuánto disfrutaba correr en bicicleta y juré que si seguía con vida después de esa noche, lo volvería a hacer. En mi juventud supe ganar varias carreras, de esas que se realizaban en los circuitos callejeros, y realmente andaba bien. Podría haber sido un ciclista aceptable si hubiera puesto más dedicación, pero usted vio cómo es esto, el trabajo, la necesidad de sobrevivir, el primer sueldo, luego el segundo que viene con aumento y así uno va abandonando primero los ideales de la niñez y luego, los de la juventud. Al final uno termina dominado por el trabajo y cuando toma conciencia de aquella pérdida ya es tarde para volver a los sueños, quizás porque uno ya no es joven, quizás porque uno ya no sueña. Pero tengo una deuda conmigo, cumplir la promesa que hice aquella noche. Los juramentos están para ser cumplidos. Mire hacia adelante, ¿qué es lo que ve? Nada, ¿verdad? Fíjese en mis pies, estoy sin pisar el acelerador. Solamente tengo un pie apoyado en el freno. ¿Se da cuenta cómo aumenta la velocidad? Estamos bajando por la ruta desde una altura importante. Hay que estar muy atento en esta parte del camino. Nos habíamos alejado del río y ahora estamos volviendo a su margen. Fíjese cómo baja el camión sin necesidad de acelerar. Cada vez toma las curvas con mayor velocidad. Siento que el volante me pide que no lo suelte. Con mucho cuidado piso el freno, lo voy acariciando con el pie para que no se recalienten los discos. Le voy a bajar una marcha al camión para que el motor lo vaya frenando de a poco. Preste atención a esta curva. Cuente dos curvas más y verá lo que pasa. Estamos descendiendo muy rápido. La primera vez que bajé por acá casi vuelco. Fue en esta misma curva. Pensando que estaba manejando en el llano no solté el acelerador y cuando me di cuenta de la pendiente ya no podía frenar el camión. Los discos de freno se recalentaron de tanto pisar el pedal y el camión dejó de obedecer. Alcancé a reducir la velocidad bajando varias marchas con la caja de cambios hasta romper un engranaje. Si no hubiera sido porque algo me iluminó y me dijo que usara la caja aunque ésta se arruinara, no estaría contándole esta historia. ¿Siente el viento zumbar en los vidrios? ¿Contó las curvas tal como le dije? Ésta es la última. Mire lo que aparece detrás de ella. ¿No es mágico? Mire esa ciudad iluminada que surge en medio de este oscuro vacío como si fuera la Atlántida en las profundidades del océano, cuánta luz escondida detrás de una curva olvidada. Y hacia allá vamos nosotros, gobernados por alguna fuerza de la física, dejándonos caer con la misma fe del niño que desde lo alto se arroja a los brazos de su padre. Esto es como volver a nacer. ¿Será así el cielo, un baño de luz entre tanta oscuridad? ¿Usted cree en Dios? Yo no, pero algo hay, algo hay. Estamos llegando a Villa Regina. Hicimos bastante rápido. Conversando se pasa el tiempo, no hay lugar para la monotonía. ¿A usted le gusta la música? A mí también. Escucho tango y folclore. De chico mi madre nos llevaba a mis hermanos y a mí a los bailes de carnaval para ver a las grandes orquestas. Yo me quedaba al pie del escenario mirando a los músicos tocar sus instrumentos mientras mis hermanos bailaban. Nunca me gustó bailar, nunca supe hacerlo bien, pero aprendí a distinguir la buena música. A mí me gusta Atahualpa, es un hombre sabio que conoce la humildad. Escribe como un poeta. Este hombre ve la vida con ojos de artista. Uno escucha lo que dice y allí encuentra profundidad. Tal vez él nunca haya visitado todos los lugares de los que habla en sus obras pero seguro que se le quedaron grabados en la memoria al escuchar a alguien hablar sobre ellos. Solía reunirse con gente de campo donde cada peón contaba una historia más o menos cierta. No era importante la veracidad del relato, lo importante era cuánto horadaba en la imaginación del que escuchaba. Algunas veces su canto habrá sido fiel reflejo de la tierra por la que habrá transitado en algunos de sus recorridos a caballo. Parece ser un hombre que supo viajar bastante, aunque para el arte no basta el conocimiento. Se necesita algo más, tiene que haber poesía. El que escribe una canción, un relato campero, una milonga, tiene que hacerlo de tal forma que ninguna otra persona lo pueda hacer. Esa letra escrita debe ser única. Nadie más debería poder escribir del mismo modo en que lo hizo el autor. Por eso se necesita de la poesía, para ver en las cosas simples lo que otros no ven. El hombre de la guitarra renegaba de ser poeta, ése era el lugar de los grandes escritores, decía, no quería que lo confundieran a él con los verdaderos artistas de las letras. Pero dígame quién otro pudo definirlo a él como él mismo se definió: “Yo siempre fui un adiós, un brazo en alto”. Eso es lo que me gusta, encontrarme con la humildad en los poetas que son genuinos. Ellos hacen todo lo posible para que no se les note ese don que les pesa como la misma muerte, que les pesa como ese Dios con mayúscula que con amor gobierna la voluntad. Yo voy a usar las mismas palabras de Atahualpa, no soy creyente, soy dudante. Por eso él me acompaña en esta soledad, porque entre él y yo tenemos un misterio que nos mantiene con vida. A los dos nos une la soledad, pero también los dos tenemos la gracia del camino, ese sendero que no nos abandona. Él en su caballo y yo aquí, haciendo lo que puedo, como usted me ve, pero feliz de hacerlo. Atahualpa decía que andando a caballo el camino se compone de infinitas llegadas, se llega a una flor, a un cruce, a un árbol, a la sombra de una nube, a la piedra extraña. Se llega como nosotros llegamos hace un rato a la margen del río Negro y ahora llegamos a Villa Regina y antes llegamos a Choele Choel y llegaremos en poco tiempo a General Roca como tantas otras veces yo mismo he llegado. Ayer llegué a un perro fastidioso, a un anciano abandonado, a una joven curiosa, sin saber el cómo ni el porqué. El hombre que viaja siempre está llegando. Y una vez que el viajante llega, nuevamente se va. El camino siempre le va inventando sorpresas al alma del viajero, decía Atahualpa con bastante razón. Los que viajamos tenemos el corazón ansioso, anhelante. Lo que el destino guarda para nosotros no se halla en el lugar donde nos encontramos, siempre está un paso más allá. Y hacia ese lugar partimos, buscando un sitio de paz que nunca encontraremos. El viajante es disidente, nunca se podrá convencer de permanecer en aquel rincón que para él es estéril. No hay tierra donde el viajante pueda echar raíces, ningún sitio le pertenece porque él no pertenece a ningún sitio. El alma del viajante siempre escapa de alguna pena y el camino es el único que le da esperanzas de que esa pena calle. Ese dolor que lo aqueja queda olvidado ante el deseo de llegar. Cuando el hombre culmina su viaje, la pena vuelve para atormentarlo. Ya estamos entrando a General Roca. Sin darme cuenta hicimos casi doscientos kilómetros en medio de esta noche helada. Si no hubiera sido por usted, seguramente el sueño me habría acobardado. Poder ingresar en esta aureola de luz frente a tanta oscuridad siempre es reconfortante. Dan ganas de bajarse a preparar un café caliente para después seguir viaje. Cuando la ruta ingresa a una ciudad que emerge en medio de la noche siento que comienzo a vivir nuevamente. Parece que de pronto me olvidara del cansancio de haber manejado todo el día. Llegar es partir de nuevo para llegar otra vez. Lo dejo en aquella estación de servicio que está sobre la ruta.
Cuando Román giró la cabeza para mirar al anciano, se encontró con el asiento vacío.