En la otra puerta

X. Acknowledgement

Ricardo Cardone

La mujer miraba a Cora con ternura de madre. De a ratos le secaba las lágrimas con una servilleta de papel y le tomaba las manos para que no se ahogara en su angustia. Nadie quedaba en el salón de la confitería. Algunos autos se detenían en los surtidores pero volvían a la ruta sin entrar al local. Cora estaba más tranquila. Poder hablar de lo que la oprimía la liberaba, aunque no sin dolor. Levantó la vista para mirar a la mujer y continuó:

“Joan me llamó ese martes al mediodía y me contó que se había comprado la moto. Había manejado hasta Bahía Blanca para pasar a buscarme. Quedamos en encontrarnos en el patio que comparten los barcitos que rodean la facultad. Respiré aliviada cuando oí su voz en el teléfono. Él se encontraba bien y eso era lo que más me importaba. Me vestí, me maquillé con prisa y fui hasta el lugar donde habíamos quedado en encontrarnos. Había dejado de llover pero aún se veían algunos charcos sobre el piso, cerca de las mesas. No había mucha gente, era horario de clases y además parecía que iba a volver a llover. Joan estaba apoyado en el asiento de su moto. Le hice una seña y enseguida me reconoció entre la gente que pasaba. Cuando llegué hasta él lo abracé con fuerzas, como si temiera que fuera a huir de mí. Luego me mostró orgulloso su nueva adquisición. Era una moto japonesa negra —siempre me confundo las marcas— y de gran cilindrada, según me parecía. Por un momento pensé que sería peligroso andar en ella pero confiaba en la destreza de Joan para conducirla. Me comentó que a la noche les mostraría la moto a unos amigos de Coronel Dorrego, ellos pasarían por su casa a visitarlo. Pero quería probar la moto en la ruta y por eso había viajado hasta Bahía Blanca. Me pidió que lo acompañara en el viaje de regreso a Tres Arroyos. La idea me atrapó, yo nunca había andado en una moto tan grande. Siempre me pregunté qué se sentiría viajar a tanta velocidad con el viento acariciándome la cara y sacudiéndome el cabello en medio de la ruta. Me subí detrás de Joan y me sujeté a él con mis brazos y con mis piernas. Apoyé mi mejilla en su espalda y cerré los ojos. Una sensación de paz se apoderó de mí.

Enseguida tomamos la ruta. Ninguno de los dos llevábamos casco. Durante el viaje Joan esquivó los controles policiales para que no le hicieran ninguna multa. En menos de dos horas llegamos a Tres Arroyos. Joan compró una pizza y una botella de cerveza. Era tarde para almorzar pero los dos teníamos hambre. Cuando terminamos de comer le conté el sueño que había tenido. Joan prestaba poca atención a mi relato. De vez en cuando se levantaba para sacarle brillo al tanque de la moto o a los guardabarros. Yo me quedaba en silencio hasta que él regresaba a mi lado y luego continuaba con el sueño. De pronto lanzó una ruidosa carcajada. Tuvo que tomar un trago de cerveza para calmarse de esa excitación incomprensible. Le pregunté qué era lo que le causaba tanta gracia. Me contestó que él jamás diría eso, en referencia a su respuesta en el sueño sobre los muchos Joan y las muchas Cora. Volvió a reír y a tomar otro vaso de cerveza. Luego dijo que no existía nadie más en el mundo que nosotros mismos, que si no estuviéramos donde estábamos ahora, estaríamos muertos. Me di cuenta en su mirada de que algo en él había cambiado. Algo no estaba bien, él seguía siendo para mí tan interesante como el día que lo conocí pero su carácter no era el mismo y estaba convencida de que había sido por culpa de esa motocicleta. Pensé que lo único importante que ahora tenía en su vida era ese vehículo que estaba interfiriendo en nuestra amistad. No podía soportar la idea de que Joan se fuera de mi lado. Terminé mi vaso de cerveza, me saqué la ropa y me abalancé sobre él para besarlo con todas mis fuerzas. Los dos caímos al suelo, él se quitó los pantalones y con la camisa abierta me hizo el amor tantas veces que ni recuerdo. Despertamos al anochecer abrazados en su cama. Lo besé una vez más, temía olvidarme de su olor. Le pregunté si al menos había leído el libro de Bioy que le había prestado. Joan se levantó de la cama y me dijo que no le había gustado.

No creo que no le haya gustado. Algo pasaba con él aquella tarde. Esa motocicleta era la culpable, estoy segura. Joan no era así. Él siempre fue cariñoso conmigo. Y si algo no le gustaba me lo hacía saber de otra manera, no con esa forma tan fría como lo había hecho esa tarde. Me dio mucha rabia. Me levanté de la cama y le dije que a mí tampoco me había gustado el disco de Coltrane, que era aburrido y que eso no era música. Lo dije por bronca, no era eso lo que yo pensaba realmente. Joan rió sarcásticamente y volvió a hablarme de Stevenson. Busqué mi ropa en silencio, sin escuchar las incoherencias que decía. No respondí a ninguna de sus ironías. Me vestí y fui hasta donde él estaba, junto a la moto. No entendía cómo podía ser tan frío y tan materialista. Le iba a decir que yo sí creía en que podía haber varias Cora y varios Joan y que no me sentía ignorante por creer eso y también que a mí sí me gustaba la literatura argentina y que no soportaba verlo al lado de esa motocicleta nefasta. Pero no logré decir ni una palabra porque en ese momento llamaron a la puerta.

Los amigos de Joan resultaron ser personas agradables. Habían venido en moto por la ruta escapándole a la lluvia. Estaban sedientos. Joan los hizo pasar y les ofreció las sobras de pizza y de cerveza caliente. La pareja de su amigo, una chica de mi edad, no tomaba alcohol. Fui hasta el refrigerador a buscar una botella de agua. Ellos eran de Tres Arroyos pero habían decidido ir a vivir juntos a Coronel Dorrego. Allí les había surgido una posibilidad laboral y no la quisieron desaprovechar. Joan me presentó como su amiga, algo que me hizo enfadar todavía más. No me habría molestado si nada de lo que había pasado hubiera pasado pero que él dijera eso después de haber hecho el amor conmigo y luego de la poca cortesía con la que se había comportado aquella tarde hirió mis sentimientos. No dije nada.

Luego de que ellos se pusieran cómodos en la casa, Joan les mostró la moto. Dijo que fue lo mejor que tuvo en su vida, que siempre había querido tener una así y como ahora tenía registro para conducir no dudó en comprarla. Una excusa obvia, todos sabíamos que la había comprado porque había sacado el registro, no necesitaba hacer hincapié en esa cuestión. Él quería hacer alarde delante de ellos diciendo que ahora tenía registro y no se le ocurría qué otra cosa decir. Algunas gotas comenzaron a caer sobre el vidrio de la ventana. Estaba lloviznando. El amigo de Joan dijo que si queríamos viajar tranquilos, sin mucha lluvia, tendríamos que salir para Coronel Dorrego cuanto antes. Su novia agregó que cuando ellos salieron a la ruta ya estaba lloviendo en la ciudad. Joan abandonó lo que estaba haciendo y se preparó para el viaje. Sacó la moto por la puerta del living —no tenía garaje— y nos dispusimos a tomar la ruta. Su amigo le preguntó si no llevaba casco ni ropa de lluvia. Joan le contestó que aún no había comprado aquellos accesorios pero que en caso de tenerlos tampoco los usaría. En realidad Joan estaba seguro de que no iba a llover esa tarde. Confiaba en que la llovizna se detendría en poco tiempo. Pensé en lo necia que se puede volver una persona ante el deslumbramiento de la novedad. Unas gotas cayeron sobre mi cabeza y abracé a Joan con resentimiento mientras cruzábamos la rotonda.

Era de noche. Joan aceleraba su moto como si estuviera probando su velocidad máxima. En varios tramos perdió de vista a sus amigos que venían muy retrasados, con la prudencia que se debe tener para transitar sobre el asfalto mojado. Joan tuvo que disminuir la velocidad varias veces para esperar que sus amigos nos alcanzaran. La última vez que lo hizo, Joan les advirtió que si seguían viajando con tanta lentitud nos iba a sorprender la tormenta. Había parado de llover pero la noche estaba espantosa. Al ver que el asfalto se había secado, el amigo de Joan aumentó la velocidad y lo sobrepasó. Joan aceleró su moto para seguirlo de cerca. Íbamos muy rápido por la ruta y comencé a tener miedo de que algo grave nos pudiera ocurrir. Joan no bajaba la velocidad y su amigo tampoco. A lo lejos vimos un vehículo que marchaba bastante lento. Cuando estuvimos cerca nos dimos cuenta de que se trataba de un camión desvencijado. Por la velocidad que llevábamos, nos pareció que el vehículo estaba detenido. El amigo de Joan se cruzó de carril y lo sobrepasó. Joan no quiso ser menos e hizo lo mismo. Alcancé a ver el camión con detenimiento. Era un modelo viejo, ni siquiera era un semirremolque. Parecía que el dueño lo había comprado hacía muchísimos años. En pocos minutos perdimos de vista las luces delanteras del camión. Ya me estaba acostumbrando a andar en moto. Me gustaba sentir el vértigo de no saber en qué iba a terminar ese viaje. Varios kilómetros más adelante la policía nos detuvo por un accidente que había ocurrido recientemente. Un automóvil había seguido derecho en una curva y había volcado en medio del campo. El oficial de policía que nos había hecho señas para que disminuyéramos la velocidad no nos dijo nada acerca de los cascos que Joan y yo no llevábamos puestos. Daba la sensación de que estaba muy ocupado con las tareas de auxilio. El amigo de Joan se acercó para observar quiénes eran los ocupantes del auto. No se podía ver mucho en esa noche. Nos quedamos apoyados en las motos mientras los bomberos hacían su trabajo. Joan dijo que le había parecido ver a más personas de las que podían entrar en aquel auto. Luego de un tiempo no muy corto surgieron unas luces en medio de la ruta. Era el camión con el que nos habíamos encontrado en el viaje. Tardó en llegar hasta el lugar del accidente. El policía no dejó que se detuviera. El conductor avanzó lentamente para poder ver el coche accidentado y luego aceleró la marcha. No recuerdo cuánto tiempo permanecimos ahí. Aquella fatalidad parecía encandilarnos. No podíamos alejarnos de ese lugar.

Algo rompió ese hechizo y decidimos continuar el viaje pero el policía no nos dejó avanzar. Nos dijo que la ruta estaba cortada cerca de Coronel Dorrego. Joan se enfureció, quería seguir viaje, estaba convencido de que él podría cruzar aunque la ruta estuviera cortada. El oficial de policía amenazó con multarlo por no usar casco pero unos médicos que estaban atendiendo a los accidentados lo llamaron. De repente vi regresar a aquel camión al lugar del accidente. Me pareció muy extraño verlo ahí nuevamente, los camioneros cumplen un horario estricto y no tienen mucho tiempo para andar dando vueltas por la ruta. El chofer del camión cruzó el asfalto para ver si alguien necesitaba ayuda. Estaba vestido bastante desprolijo, sucio, con un pulóver remendado. Me llamaron la atención sus zapatillas, brillaban de tan limpias. Todo lo que veía en él era tan viejo y vetusto que por un momento pensé en el libro que le había prestado a Joan. Se me cruzó la idea de que él o yo estábamos en una época distinta. Ese hombre no parecía ser de este tiempo. O tal vez yo no pertenecía a ese tiempo. Algo extraño había sucedido ese día no sólo por el accidente y ese camionero sino también por la conducta de Joan. Él había cambiado sus gustos radicalmente. Ese martes se había comportado como un desconocido. Me parecía estar dentro de una novela de Stevenson donde el personaje sufre un maléfico trastorno de la personalidad.

El chofer del camión me dijo que había encontrado en la ruta a una mujer accidentada y que la había llevado hasta ese lugar pensando que la conmoción que había tenido por el vuelco la había desorientado. Pensó también que allí, en el lugar del accidente, la podrían atender pero la mujer desapareció del camión cuando él se detuvo. Yo creí que podía ser cierto lo que él me contó. Relacioné el hecho con una maldición de la que todavía se habla en la ciudad y que trata sobre una mujer accidentada que aparece en la ruta a medianoche, luego no se la ve más y algo trágico sucede. Tenía temor de acercarme al camionero pero quería saber más sobre lo que le había sucedido aquella noche. De repente Joan me llamó, estaba decidido a continuar el viaje a pesar de que la ruta estuviera cortada.

Me acerqué hasta donde él estaba junto con sus amigos y les conté sobre la mujer que había encontrado el camionero. La amiga de Joan dijo que no quería continuar por esa ruta y le rogó a su novio que buscáramos otro camino. Temía que algo nos sucediera esa noche si seguíamos viaje por ahí. Joan y su amigo dudaron y decidieron ir a Coronel Dorrego por otro camino. No supe nada más del hombre del camión hasta el día de hoy, cuando entró a la confitería y habló conmigo, un año después”.

La mujer escuchó a Cora con esmerada atención. Durante varios pasajes de su relato quiso interrumpirla pero se arrepintió todas las veces. Prefirió que la chica se liberara de todo el mal que la oprimía. Cuando Cora terminó de hablar, la mujer le preguntó por Joan. Se había quedado pensando en algunas cosas que la chica había dicho sobre el comportamiento de su amigo. Cora no supo qué contestarle. Joan había cambiado tanto que la había desconcertado. Le aseguraba a la mujer que su amigo no era así y estaba convencida de que algún embrujo había caído sobre él durante los días en los que no se habían visto.

—Hace un tiempo me enteré que encontraron una moto abandonada del otro lado de la rotonda, donde había una vieja estación de servicio —dijo la mujer— pero no pudieron dar con el dueño, el vehículo estaba nuevo, aún no tenía patente. Decían que podría ser de uno de los fallecidos por la inundación del año pasado.

Cora quedó paralizada, como si estuviera frente a una revelación trascendental que le podría cambiar la vida. Abrió sus ojos enormes, su boca quería soltar todas las preguntas pero éstas se enmarañaban en la garganta y le turbaban la lengua, no podía hablar. Cora tenía tantos secretos guardados que ella sola no podía ni con la mitad de ellos. Tanto le pesaban que le vencían el cuerpo. Caminaba encorvada, como si la angustia la sometiera con la culpa. Cora era otra Cora luego de aquel desenlace. Al igual que Joan era otro Joan, un Joan tan distinto a Cora que aún ahora la vergüenza de haberse desnudado ante aquel extraño le socavaba la dignidad. Nunca se supo lo que había ocurrido con la motocicleta de Joan. Nadie en la ciudad pudo aventurarse a dar una versión confiable. La policía había cerrado el caso por no tener testigos. Ese día Cora lloró tanto como lloraba ahora frente a su compañera de trabajo. Tomó aire nuevamente y le contó lo que había ocurrido luego de cruzarse en su regreso a Tres Arroyos con la mujer que deambulaba en medio de la ruta.

“Joan quería llegar de todas maneras a Coronel Dorrego. Sus amigos trataron de hacerlo desistir de esa idea. Ellos estaban convencidos de que la lluvia no les permitiría llegar, por algo habían cortado la ruta. No lograron persuadir a Joan del peligro. Decidimos volver a Tres Arroyos para tomar otro camino que Joan decía conocer. En el viaje vimos a lo lejos a alguien caminando por el medio de la ruta. Enseguida nos acercamos pero no alcanzamos a frenar por lo rápido que íbamos. Joan se inclinó hacia un lado y esquivamos a una mujer que caminaba con el rumbo perdido sobre nuestro carril. Casi la atropellamos. Por instinto me di vuelta, quería saber de quién se trataba. Luego me acordé de la mujer de la ruta y de su maldición. Imaginé que era ella la que deambulaba frente a nosotros y no quise mirar más, cerré los ojos bien fuerte para que nada de lo que había visto entrara en mi cuerpo. Los volví a abrir cuando llegamos a la rotonda.

Tomamos la curva de la rotonda a muy alta velocidad, nuevamente habíamos perdido de vista a los amigos de Joan. La moto se inclinó peligrosamente para doblar por esa larga circunferencia sin que saliéramos despedidos hacia los costados, casi rozábamos nuestras cabezas con el cordón del asfalto. Joan tenía pensado tomar un camino que nacía del otro lado de la ciudad, donde comienzan las casas de campo. No sé qué fue lo que me ocurrió, perdí el equilibrio y casi me caigo en medio de esa prolongada curva por la que estábamos circulando velozmente. Tuve la sensación de haber perdido el conocimiento por un instante. Un profesor de física en la facultad nos comentaba a manera de ejemplo que si uno se mueve a gran velocidad, muy pero muy rápido, y de pronto gira o entra en un leve plano inclinado que le haga perder bruscamente la posición en la que se encuentra, puede ocasionar que la sangre que el corazón debe irrigar al cerebro no lo haga durante una fracción de segundo. Ese corte del flujo sanguíneo era, según él, lo que los corredores de autos sentían como una pérdida momentánea del conocimiento, de tan corta duración que ni siquiera ellos mismos llegaban a darse cuenta. Siempre me habían causado gracia las situaciones que ponía como ejemplo este profesor que nada sabía de medicina, sólo era un gran improvisador, pero aquella vez en la rotonda recordé aquel ejemplo y me asusté. No creo que éste haya sido el caso, la moto no debía alcanzar aquellas velocidades de competición y si las hubiéramos alcanzado nos habríamos matado al tomar esa curva. Pero a esta altura yo dudo de todo. Dentro de mí todas son preguntas. No llevo conmigo ninguna certeza que pueda calmar esta angustia.

Cuando recobré el conocimiento, después de esa fracción de segundo, habíamos entrado en la nueva ruta que en ese momento no estaba terminada y llegamos a la antigua estación de servicio abandonada. Un farol bastante maltratado por los años se balanceaba sobre los dos únicos surtidores que había en el playón. Joan quiso detenerse para cargar nafta y esperar allí a sus amigos. Le dije que a ellos los habíamos perdido antes de llegar a la rotonda, que no se darían cuenta de que nosotros estábamos en esa estación de servicio, que debíamos volver al cruce de rutas para que nos pudieran ver. Joan dijo que si no nos encontraban en la ciudad buscarían en la estación de servicio donde estábamos. Nos bajamos de la moto pero nadie salió a nuestro encuentro. Joan golpeó las manos con fuerza. Luego preguntó en voz alta si había alguien que vinera a atendernos. Se escuchó ladrar a un perro. Había una confitería que parecía estar cerrada desde hacía varios años. A su lado se levantaba un sombrío tinglado que oscurecía aún más la estación. Joan caminó hacia lo que parecía haber sido un taller mecánico que se encontraba bajo ese enorme techo de chapa. La luz del farol dejó de alumbrarlo. Nuevamente golpeó sus manos con fuerzas y otra vez el perro ladró, esta vez con algo de malicia. Los ladridos no cesaban, cada vez eran más fuertes y retumbaban en el tinglado volviéndose aterradores. Joan gritó exigiendo que alguien le cargara nafta. Desde el fondo de aquella penumbra salió un viejo vagabundo. Tenía una barba que había olvidado atender desde hacía tiempo y el cabello tan largo que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Mantenía los pantalones sujetos con un cable de electricidad que usaba a manera de cinturón. La prenda estaba muy desgastada, los agujeros que tenía habían terminado por desgarrar la tela y la mayor parte de sus piernas quedaban al descubierto. Usaba una camisa abrochada con un solo botón, dejándose ver debajo de ella una camiseta de frisa bastante agujereada. Parecía no tener tanto frío como teníamos nosotros.

Cuando Joan vio al indigente, dio un paso hacia atrás poniéndose a resguardo bajo la luz del farol. El viejo caminó rápido con una leve cojera hasta donde se encontraba Joan y le gritó que se fuera de allí, que en ese lugar no había nada que a él pudiera interesarle. Cuando escuché que el indigente le gritó a Joan me acerqué hasta ellos. El rostro del viejo parecía poseído por alguna fuerza del mal. Le tomé la mano a Joan y le insistí para que nos fuéramos de ahí pero él no me hizo caso. Bajo el tinglado se escuchaban cada vez más fuertes los ladridos del perro. El viejo tomó a Joan de la campera y le advirtió por última vez que se fuera. Joan no quiso entrar en razón y con un empujón quitó la mano del viejo de su campera. El viejo trastabilló y cayó al suelo. Un perro salvaje, enorme como un lobo, salió del taller mecánico, saltó sobre Joan y se prendió a su cuello. Comencé a gritar aturdida por el espanto de ver a esa bestia hincándole los dientes a Joan. Yo quería separarlo de él pero no podía hacer nada. El perro estaba enceguecido con Joan, lo había arrojado a la tierra y había puesto las dos patas sobre su pecho para que no se levantara. Joan perdió mucha sangre y en pocos minutos quedó inconsciente. El viejo se puso de pie y llamó al perro para que se calmara. Luego me miró con unos ojos desorbitados, como si miles de venas afiladas hubieran estallado dentro de ellos colmándolos de sangre y de rabia; me gritó que me fuera, que nada tenía que hacer ahí. El perro no dejaba de mirarme ni de mostrarme los dientes manchados con la sangre de Joan. Una espesa saliva roja le colgaba de la boca y respiraba con dificultad. Cuando apretaba los dientes, los colmillos se le escapaban fuera de los labios. Vi que el animal se disponía a atacarme y corrí con todas mis fuerzas hasta llegar a la ruta. Desde allí pude ver cómo el viejo le sacaba la ropa a Joan. Mi impotencia era tan grande que volví a la estación de servicio y me escondí detrás de uno de los surtidores. Mientras el viejo le quitaba los zapatos y los pantalones a Joan, el perro no dejaba de olfatearle la piel. Luego de que el pordiosero le quitó la campera, el perro comenzó a ladrar y a morder el brazo izquierdo de Joan. El vagabundo levantó la muñeca de Joan y le quitó un reloj que hasta ese momento yo no sabía que tenía. Tal vez las mangas largas de la campera lo habían ocultado todo este tiempo. Joan quedó tendido en la penumbra completamente desnudo. El viejo se puso de pie y miró hacia los surtidores. Imaginé lo peor, pero ni ese perro asesino ni aquel viejo siniestro lograron ver mi escondite. Cuando al fin se perdieron en la oscuridad del tinglado, corrí por la ruta con el último aliento que me quedaba hasta que llegué a la rotonda para pedir ayuda.

Desperté en el hospital frente a los amigos de Joan, varios días después. No recordaba nada de lo que había ocurrido aquella noche. Me encontraba sedada y no podía hablar correctamente, tenía adormecidos los labios y la lengua. Intenté decirles algo pero el sueño me venció. Hacia la noche sentí que alguien tocó mi mano. Era la novia del amigo de Joan. Ella se había quedado todo el día en mi habitación para que no me sintiera sola. Cuando la vi, apreté su mano con la mía. Yo seguía sin poder hablar. Una enfermera entró a la habitación y me preguntó cómo me sentía. No pude contestarle pero moví la cabeza para que se diera cuenta de que al menos podía escucharla. Una sonda estaba unida a mi antebrazo. La enfermera reemplazó un recipiente de suero que estaba casi vacío por uno nuevo y con una jeringa inyectó en la sonda una medicación. Dormí toda la noche.

Al día siguiente ya me encontraba mejor. El sol que ingresaba por la ventana de la habitación me levantó el ánimo. Tenía hambre. Me trajeron el desayuno pero no podía tomarlo sin ayuda, aún no podía mover mi cuerpo sin sentir dolor. Esperé a que viniera alguna enfermera para que me ayudara a desayunar. Nadie apareció. Volví a dormirme para reprimir el hambre con el sueño. Al mediodía entraron a la habitación los amigos de Joan. Se alegraron al encontrarme despierta y más animada. Me abrazaron entre lágrimas. Estaban conmovidos por mi recuperación. Yo también me emocioné un poco pero el dolor en mi espalda volvió a quitarme cualquier resto de felicidad. Pregunté por Joan.

Ninguno de los dos me respondió. Hicieron caso omiso a mi pregunta y comenzaron a hablar de la pronta recuperación que los médicos aseguraban que iba a tener. Ella se acercó, me tomó la mano y me dijo que yo debía descansar, que ya tendríamos tiempo para hablar de todo lo que nos había pasado. Para seguirle la conversación y liberar mi mente de los temores que comenzaban a acecharme, le pregunté si habían dejado la moto estacionada en las inmediaciones del hospital. Me dijeron que sí. Le pregunté al amigo de Joan si no tenía miedo de que se la robaran, que por las dudas la encadenara bien a algún poste de luz o a algún árbol. Me contestó que la tenía asegurada en una compañía de seguros confiable. De todas maneras, decidió bajar para ver si la moto aún estaba en la vereda. Mi pregunta pareció preocuparlo. Cuando se fue, le tomé la mano a su novia y le pregunté nuevamente por Joan. Su rostro se puso serio. Sus párpados se movían nerviosamente y sus labios parecían temblar. Tomó con fuerza mi mano entre las suyas y me dijo lo que yo ya sabía. Joan había muerto. Recuerdo que no lloré, mis ojos ya no tenían lágrimas. Le pregunté si sabía cómo había ocurrido. Me dijo que había sido en el accidente que habíamos sufrido en la ruta. Según ella, Joan y yo viajábamos a muy alta velocidad hacia Coronel Dorrego. Había comenzado a llover. Los amigos de Joan habían quedado bastante retrasados y nos habían perdido de vista. Cuando llegaron a una curva nos encontraron accidentados en un canal aliviador de agua construido al costado de la banquina. Según dijo la policía, la moto no habría alcanzado a doblar por la velocidad que llevaba y había derrapado en el asfalto mojado. El amigo de Joan y su novia se habían bajado para auxiliarnos. Joan tenía golpes en todo el cuerpo. Estaba inconsciente, no respondía a ningún estímulo. Yo estaba con vida, mi corazón latía. La ambulancia nos llevó a Joan y a mí al hospital de Tres Arroyos, donde quedé internada. Los médicos pensaron que lo mejor sería trasladarnos al hospital de Bahía Blanca pero la ruta estaba cortada. En el canal donde nos accidentamos se estaba acumulando bastante agua que provenía del desborde de los arroyos. Tuve suerte de no caer dentro del canal. Luego de salir despedida quedé inconsciente sobre un terraplén. La motocicleta cayó al canal que por la lluvia ya traía mucha agua. Esa noche podría haber muerto ahogada si los médicos no me hubieran rescatado rápidamente. En poco tiempo el canal desbordó. La policía buscó la motocicleta bajo el agua pero nada se podía ver más allá de las luces de la ambulancia. Dijeron que debían llamar a los buzos porque el canal era profundo y oscuro. Nada encontraron los buzos cuando llegaron al otro día. Probablemente la fuerza de la corriente habría arrastrado la moto hasta alguna desembocadura del canal y el agua profunda de algún arroyo la habría hecho desaparecer. Me quedé asombrada con la respuesta de la novia del amigo de Joan. No podía ser verdad que Joan hubiera perdido la vida de esa manera. Yo lo había visto morir desangrándose en esa macabra estación de servicio”.

Cora no pudo controlar el llanto y otra vez comenzó a llorar sobre el hombro de su compañera de trabajo.

—¿Cómo es eso de que encontraron la moto? ¿Dónde estaba exactamente? ¿Cómo saben que es la moto de Joan? —preguntó de repente Cora al borde de la desesperación—. Si la encontraron en la estación de servicio, no hay dudas de que es la moto de él. Nadie dejaría una moto nueva en una estación de servicio abandonada.

Si hubiera sido de otra persona, ya la habría reclamado. Y si esa persona hubiera muerto en aquella inundación, algún familiar se habría presentado ante la policía para que se la entregaran. Esto es una prueba de que Joan murió en ese lugar y de que todo lo que me contaron sus amigos es mentira. ¡Siempre supe la verdad y nunca nadie me creyó!

La mujer decidió empezar por el principio.

 

Cielo de invierno (2021)

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