La compañera de Cora comenzó diciendo que hacía tiempo que vivía en Tres Arroyos. Los vecinos de la ciudad que fortuitamente se cruzaban con ella la describían como una persona huraña. Era verdad que a la mujer no le interesaba la vida privada de nadie y por esa razón la rechazaban. Esa marginación la había obligado a recluirse en su casa y a salir únicamente para hacer trámites impostergables. Así había perdido la posibilidad de conocer a la gente y la gente había perdido la posibilidad de conocerla a ella. Le dijo a Cora que la había visto por primera vez cuando había ido a pedir trabajo a esa estación de servicio y que en ese momento había visto en ella una nobleza inusual. La mujer se sentía a gusto trabajando en las afueras de la ciudad, no toleraba la vorágine del centro. Cora recordó que ella se había presentado para ese mismo puesto, el que ahora la mujer tenía, unos meses antes, cuando recién habían inaugurado la estación de servicio, pero como la empresa estaba creciendo rápidamente y necesitaban una cajera confiable que se encargara de todo el salón comedor, le ofrecieron ese puesto a Cora y buscaron a una reemplazante para la atención de las mesas. Fue ahí cuando las dos mujeres se encontraron por primera vez. La compañera de Cora continuó su relato:
“Anoche tuve un sueño que me llamó la atención. Había terminado tarde de trabajar. Estaba muy cansada. Llegué a mi casa y encendí el televisor para distraerme. No pude hacerlo, el cansancio pesaba más que mi cuerpo. Me propuse preparar la cena pero no encontré nada en la heladera. Solamente había unos huevos y un tomate. Hacía frío para comer ensalada pero el hambre era más fuerte. Encendí la calefacción, había olvidado hacerlo por el cansancio que tenía pero comencé a temblar cuando imaginé el frío que me iba a producir la ensalada al probarla. Encendí la hornalla de la cocina, puse agua y dos huevos en un jarro de acero inoxidable. Me quedé sentada en el sillón esperando que los huevos estuvieran cocidos. El sueño me venció. De repente me encontré viajando con mi esposo y mis hijos por la ruta camino a Bahía Blanca. Recién habíamos partido de Tres Arroyos. Yo estaba muy cansada, había trabajado todo el día. Mi marido se sentía igual de cansado pero debíamos llegar a Bahía Blanca. La sobrina de mi marido se había recibido en la facultad y esa noche sus padres hacían una reunión para agasajarla. No teníamos ganas de salir a la ruta pero tampoco podíamos faltar a esa cita. Decidimos emprender el viaje cuanto antes. Una llovizna plomiza caía sobre nosotros. Debíamos conducir con mucho cuidado. La ruta no estaba bien señalizada —todavía no lo está— y de noche se vuelve peligrosa. Pusimos algo de música para despabilarnos. Los chicos dormían profundamente en el asiento de atrás. A mi marido le gustaba el jazz, música que detesto, pero yo no quería cambiar de emisora por temor a que se quedara dormido. El locutor anunciaba fuertes nevadas para los días siguientes en el norte de la Patagonia. También decía que había probabilidades de tormentas eléctricas para esa madrugada en la zona sur de la provincia de Buenos Aires. Como ya había comenzado a llover en la ruta, era muy probable que esas tormentas nos encontraran camino a Bahía Blanca. El locutor anunció un tema de Coltrane —nombre que se me vino a la memoria cuando hablaste de él— y dijo que a pedido de un oyente iban a pasar un disco completo, amparándose en la noche lluviosa que para él parecía ser melancólica. Quise cambiar de emisora convencida de que no soportaría escuchar todo el viaje esa música tediosa. Mi marido escuchó el primer tema y luego cambió de estación. Yo me estaba quedando dormida por la monotonía del viaje y por aquella música. En la radio decían que estaba lloviendo en Coronel Dorrego y que un arroyo había desbordado. El agua había llegado a la ruta y el personal de Vialidad había decidido cortar el tránsito por precaución. Nosotros habíamos salido de Tres Arroyos demasiado tarde y si no nos apurábamos llegaríamos a la madrugada, cuando todo hubiera finalizado. Mi marido aumentó la velocidad. Le dije que no tenía sentido que se apurara, que era muy probable que tuviéramos que volver porque la gente de Vialidad no nos dejaría llegar ni siquiera a Coronel Dorrego. No me hizo caso y continuó con el pie en el acelerador. La noche estaba muy oscura. Nadie viajaba por esa ruta. Hacía frío, llovía y, para peor, la ruta estaría cortada varios kilómetros más adelante. Mi esposo quería llegar hasta el lugar del corte con la esperanza de que lo dejaran cruzar. El auto perdía estabilidad en las curvas, los neumáticos derrapaban por el barro que formaba la llovizna en el asfalto. Yo me sacudía en cada maniobra, mi cuerpo se golpeaba contra los bordes de la butaca. Me di vuelta para ver cómo estaban los niños. Dormían tranquilamente. Sujeté con fuerza el cinturón de seguridad de cada uno de ellos. Lo mismo hice con el mío, lo acorté un poco para que me protegiera mejor. Nada más que las líneas rectas que delimitaban la ruta se veían en esa noche. Con la vista fija en ellas el cansancio empezó a vencerme. Mis párpados comenzaban a pesar. Hacía un esfuerzo enorme para mantener los ojos abiertos pero varias veces se cerraban con tal fuerza que empujaban mi cabeza hasta golpear el mentón contra mi pecho. Ese golpe me despertaba y otra vez volvía al ensueño de la ruta. Me encontraba atrapada entre las líneas luminosas que se perdían debajo de las ruedas del auto. Ese reflejo que me encandilaba en medio de aquella oscuridad aterradora dañaba mi vista hasta hacerla claudicar. Los ojos me ardían del cansancio. Un último haz de luz hizo que cayera rendida ante un sueño profundo.
Un golpe me sobresaltó. Desperté en medio de una tempestad. Todo giraba a mi alrededor. Tardé en comprender que el auto se había salido del carril y que estábamos dando vueltas por el campo, cayendo hacia lo profundo de un canal con agua. Los chicos gritaban desesperados llamándonos para que los protegiéramos. Mi marido movía el volante hacia todos lados pero nada podía hacer, seguíamos dando vueltas y el techo nos iba golpeando las cabezas con cada vuelco que dábamos. En una última maniobra, mi esposo dio un giro al volante y chocamos de frente contra el cauce del canal aliviador que comenzaba a traer bastante agua debido a las lluvias que se estaban registrando más adelante. La corriente comenzó a cubrir el auto, éste había quedado con las ruedas hacia arriba. Quise ver cómo estaban los niños. No vi que respiraran, habían quedado inmóviles colgando de los cinturones de seguridad. Mi marido sangraba por la nariz, había golpeado su cabeza contra el volante y contra el parabrisas. No supe qué pasó con su cinturón de seguridad, por qué se desprendió. Yo estaba sujeta a mi butaca, boca abajo, y el agua ya mojaba mi cabeza. Pensé que si seguía lloviendo en la zona de los arroyos, el canal se inundaría rápidamente y moriríamos ahogados. Luego dudé de que estuviéramos con vida, nadie hablaba ni se movía dentro del auto. Desabroché mi cinturón de seguridad para sacar a los niños pero caí con la cabeza dentro del agua. Si no hubiera sido porque rápidamente logré romper el vidrio de la puerta y salir del auto, habría muerto ahogada. Los niños se mantenían fuera del agua con sus cabezas hacia abajo, aún sujetos a sus cinturones de seguridad. Intenté abrir las puertas traseras pero no pude. El auto estaba irreconocible, era un manojo de hierro donde lo único que había mantenido su forma había sido el interior de la cabina. Intenté sacar a los niños por las ventanillas pero mis brazos apenas entraban con mucha dificultad. Desde aquella posición mis manos no llegaban ni siquiera a tocar sus cuerpos. Desesperada, subí a la ruta para buscar ayuda. Nadie pasaba por allí. Comencé a caminar sin saber bien en qué dirección lo estaba haciendo. Pensé que hacia cualquiera de los dos sentidos encontraría a alguien que pudiera auxiliarnos. Si caminaba en dirección a Coronel Dorrego, me cruzaría con la gente de Vialidad que se encontraba en el corte de la ruta. Si caminaba en dirección a Tres Arroyos, podría pedir ayuda al primero que pasara por allí. Caminé sin saber cuánto tiempo lo estuve haciendo en medio de esa espantosa oscuridad. Había dejado de llover. Yo tenía golpes en todo el cuerpo y las plantas de mis pies sangraban por haber pisado descalza los vidrios esparcidos sobre la tierra. Avanzaba sintiendo que la piel se me infectaba con el barro que cubría mis pies ensangrentados. Tenía que salvar a mis hijos y a mi esposo. No sabía si aún estaban con vida y esa sensación me desesperaba. Se me cerraba la garganta de solo pensar que ellos podrían estar muertos. Unas luces débiles aparecieron detrás de mí, muy lejos de donde yo estaba caminando. Me aferré a esas luces como si fuera el último aliento de vida que me quedaba. Un viejo camión se acercaba. Me crucé delante de él. Tuvo que frenar de golpe, casi me atropella. Lo manejaba un hombre mayor, mal vestido, descuidado. Antes de que preguntara qué me había pasado le dije lo que había ocurrido con mi familia, necesitaba que me acercara a algún lugar para pedir ayuda. Me dijo que él había visto más atrás un auto accidentado y que ya había llegado una ambulancia junto con la policía y los bomberos. Se ofreció a llevarme al lugar del accidente. Cuando llegamos me di cuenta de que ése no era el auto de mi familia. Me bajé del camión y corrí para alejarme de allí, necesitaba buscar ayuda para mi esposo y mis hijos. Yo estaba muy perturbada, con el rumbo perdido. Debí pedirle ayuda al policía pero en lugar de eso decidí caminar por la ruta buscando a alguien que me llevara a algún sitio en el que pudiera encontrar un teléfono. Lo que necesitaba en ese momento era hacer una llamada de vital importancia para mí, ninguna otra cosa podría tranquilizarme más que aquella comunicación. Esa tragedia me había hecho perder el juicio.
Las pérdidas de las personas que uno ama son devastadoras, nada ni nadie puede remediar esa falta. Ni siquiera el olvido puede paliar tanto dolor. Ese vacío que uno siente en el cuerpo y que oprime cada una de las costillas hasta quebrarlas lo llevaremos como una carga cada uno de los días que nos restan por vivir. A partir de ese momento nuestras vidas pasan a ser otras vidas. Nos sentimos desconocidos, como si no fuéramos los mismos de siempre. Y es verdad, ya no somos los que una vez fuimos. Nos falta algo irrecuperable, algo nos han quitado por la fuerza sin preguntarnos si nosotros queríamos deshacernos de ello. Uno es la suma de todos los vacíos. A partir de ese momento en el que se descubre solo, con todas sus faltas, es cuando uno comienza a transitar su verdadera vida. El único objetivo será sobrevivir a esas ausencias. Ya nada importará de la materia que a uno lo rodea. Cuando la angustia es grande, el deseo perece. No hay futuro posible cuando el alma está vacía. Luego la soledad cubrirá el alma con el manto de la compasión. Nada le prometerá, nada le pedirá. Sólo quien acepta su soledad podrá cargar con todas sus ausencias.
Un olor nauseabundo me despertó. El agua del jarro se había evaporado y los huevos se estaban quemando. Rápidamente me levanté del sillón y apagué la hornalla. Abrí las ventanas para expulsar ese olor repugnante pero el frío me congeló los huesos. Esperé unos minutos y decidí convivir con aquel olor intenso antes de morirme de frío. Me quedaba para comer nada más que un tomate. De tan cansada que estaba me fui a la cama. Pensé en desayunar bien al otro día en el trabajo. Me acosté vestida y me dormí a los pocos segundos.
Nuevamente volví al sueño. Había quedado sugestionada con la horrible pesadilla que había tenido antes de que el olor a podrido me despertara. Aún me dolía el cuerpo por todo lo que había pasado en aquel delirio. Sentía que en verdad los pies se me fundían en el asfalto por haber caminado tanto tiempo descalza, pisando sangre y barro. Me encontré nuevamente caminando por la ruta. Una moto pasó raudamente a mi lado, casi me atropella. Yo estaba perdida, caminaba de manera inconsciente sin tener la certeza de lo que pasaba a mi alrededor. Alcancé a ver en esa noche la cara de la chica que viajaba atrás en la moto. Y me di cuenta de que eras vos, Cora. No me preguntes cómo hice para reconocerte porque no tengo la respuesta. En los sueños suceden cosas inexplicables. Una de las tantas cosas que me sucedieron en ese sueño fue ésa. Vos te diste vuelta por un instante y cerraste los ojos. Tampoco me preguntes cómo pude ver tus ojos en medio de aquella noche oscura y a la velocidad con que pasaron. Luego se perdieron en la oscuridad del camino.
Otra vez el camión me alcanzó, otra vez lo detuve y otra vez volví a subirme. Le supliqué al chofer que me llevara hasta la estación de servicio abandonada. El hombre no creía que allí había una estación de servicio. Cuando llegamos, un vagabundo y un perro me recibieron. El animal parecía contento de verme, se me subió a los hombros, me tiró al piso y pasó varias veces la lengua por mi cara. Yo quería hacer una llamada pero no recordaba a quién debía llamar. Le dije al vagabundo que quería entrar a la confitería; una cadena con candado trababa la puerta. El viejo llegó con una llave. El interior estaba completamente oscuro pero yo podía ver todo lo que había sin necesidad de encender la luz. Busqué un teléfono y llamé a la policía, creo. No me acuerdo de lo que les dije. El despertador sonó y en mi cabeza comencé a sentir un dolor agudo que me torturaba. Realmente había dormido muy mal”.
—¿El perro no te atacó? —preguntó Cora.
—No, parecía que éramos conocidos —contestó la mujer.
—¿Y el viejo vagabundo tampoco? —continuó preguntando Cora.
—Tampoco, hacía caso a lo que yo le pedía —respondió la mujer.
—¿Cómo estaba vestido el camionero? —preguntó Cora sin detenerse en las respuestas que le estaba dando su compañera.
—Vestía unas prendas desgastadas —dijo la mujer—. Usaba un pulóver o algo de lana con agujeros y varios remiendos. Tenía puesto un pantalón de jean sucio. Me llamaron la atención las zapatillas que calzaba, tan blancas y relucientes que no correspondían con aquella vestimenta. Nada más que eso alcancé a ver en la oscuridad de la noche.
—¡Es él, el mismo que vino hoy a la confitería y con quien hablé la noche del accidente! —gritó Cora como si se le hubiera revelado algo poderoso—. ¡Es el mismo hombre del camión que encontraste en el sueño!
La mujer mayor no entendía adónde quería llegar Cora. Tampoco comprendía cómo podía haber soñado algo que fuera real. Ella estaba convencida de que lo que Cora había vivido en aquella ruta había sido una alucinación que la chica había tenido durante aquellos días de internación. Esa tarde del martes Cora y Joan, luego de encontrarse con los amigos de él, habían salido a la ruta con su nueva moto y habían sufrido un trágico accidente en el que Joan había perdido la vida. Luego de eso, Cora permaneció internada durante varios días, sedada la mayor parte del tiempo debido a la gravedad de sus heridas, y ese desvarío producido por la medicación la habría llevado a la fantasía de la ruta que terminó con la absurda muerte de Joan en aquella extravagante estación de servicio abandonada. No cabía explicación más coherente para justificar aquellos hechos. Nada de eso había ocurrido, sólo la imaginación de Cora alimentada por su afición la literatura fantástica había tejido en su mente una sombría trama con todos los matices de una novela de terror.
Sin embargo algo no cerraba en la raíz del relato. Si lo que Cora contaba había sido un sueño, ¿cómo era posible que aquella trama enmarañada coincidiera con lo que su compañera había soñado? La mujer hablaba de su sueño y cada elemento que en él se presentaba coincidía en tiempo y lugar con la fantasía de Cora. El sueño de la mujer y la alucinación de Cora parecían estar completamente sincronizados. Cora y su compañera relataban lo que había sucedido aquella noche desde sus propios lugares y todo parecía encastrar como si fuera un rompecabezas. En algunos tramos las historias de las dos mujeres se juntaban. En otros se separaban hasta llegar al desconocimiento de cada una de las partes involucradas. Pero la historia cada vez se volvía más verosímil gracias al aporte de las dos.
La mujer mayor tenía en cuenta éstos y otros atenuantes antes de echar por tierra la teoría de la alucinación de la chica. Cora, sin embargo, seguía convencida de que aquella historia había sido real y buscaba cualquier elemento que justificara su verdad. Cora no tenía más que el recuerdo de lo que para ella había sucedido el año anterior. Luego había un gran vacío producto de su pérdida de conciencia en el hospital.
La joven volvió al hombre del camión. Recordó que al mediodía él había entrado al local de comidas. No tenía ninguna duda de que la persona que le había pedido hablar por teléfono y que le había comprado las empanadas y la gaseosa era la misma persona con la que se había encontrado aquella noche nefasta en medio de la ruta. Y como si fuera poco, estaba vestida con las mismas prendas que usaba aquella noche y conducía un camión igual a aquel desvencijado con el que se había cruzado en la ruta. Además recordó que ella le había preguntado por el accidente y que él se acordaba de todo lo que había ocurrido, del auto volcado, de la ambulancia, de la mujer de la ruta, de lo que ellos habían hablado aquella noche. Cada vez se convencía más de que lo que había sucedido era real. No podía ser que tantas personas hubieran soñado lo mismo.
Cora le contó a su compañera acerca del chofer del camión. Le dijo que aquel camionero que ella se había quedado mirando a través del vidrio, aquel hombre que hacía apenas unas horas estaba detenido en la ruta esperando que se liberara el tránsito, era el mismo camionero que el del sueño. Le dijo también que cuando le preguntó sobre aquel accidente del año pasado, él recordó todo lo que había sucedido como si hubiera ocurrido el día anterior. La mujer se quedó pensando en esas coincidencias. Lo que le había contado el camionero a Cora era lo que a la mujer le había ocurrido con él y comenzó a dudar de que la historia de la chica fuera nada más que una fantasía.
—De ser así, de existir la posibilidad de que todos fuéramos parte de la misma historia, significaría que todos soñamos lo mismo —dijo la mujer después de un prolongado silencio.
—Ninguno de nosotros soñó nada, lo que creímos que era un sueño ocurrió en realidad. No es posible que hayamos entrado cada uno de nosotros en los sueños del otro. Es absurdo —replicó la chica.
—Cora, yo vivo sola, no tengo familia, nunca me casé, tampoco tengo hijos. Ni siquiera tengo auto —dijo la mujer—. ¿Cómo voy a ser parte de un accidente de ruta si nada de lo que ocurrió allí tiene relación alguna con mi vida?
Las dos mujeres permanecieron en silencio. Cora se quedó sin respuestas. No era posible que el sueño de su compañera fuera cierto teniendo en cuenta lo que la mujer estaba diciendo. La angustia le quitó a Cora la esperanza de que aquella noche hubiera existido.
—¿Entonces los tres soñamos el mismo sueño? —preguntó Cora con un hilo de voz.
—Qué extraño es todo esto —dijo la mujer.