En la otra puerta

XII. Bajo el puñal del invierno

Ricardo Cardone

Román se detuvo en la estación de servicio de General Roca con la única intención de poner en orden sus ideas. Su cuerpo venía padeciendo el cansancio de haber manejado todo el día. En realidad había manejado desde la tarde hasta la medianoche, pero había sido muy duro para él y ahora comenzaba a tener visiones, hablaba con gente que no existía. El creer que había llevado a un anciano desde Choele Choel hasta General Roca lo perturbó y esa frustración de no estar ubicado en la realidad comenzó a preocuparlo. Temió que, de repetirse aquellas visiones, terminaría enloqueciendo. A pesar de que se sentía exhausto, debía llegar a Neuquén antes del amanecer. Si se detenía a descansar en General Roca y continuaba el viaje al día siguiente, no llegaría a tiempo a la empresa de transporte, el tránsito aletargado de la mañana lo retrasaría varias horas.

Para ingresar a la ciudad de Neuquén, Román tenía que llegar a la ciudad rionegrina de Cipolletti y luego cruzar el río Neuquén por el único paso vial que unía a las dos provincias en esa zona. En el viaducto siempre se formaba una larga hilera de camiones que a paso de hombre cruzaban el viejo puente. Unas cabinas de peaje entorpecían aún más la circulación. Román bajó del camión para despejarse. Aprovechó esa detención para comprobar la presión de los neumáticos usando el palo que siempre guardaba en su habitáculo. Un viento helado sacudía al camión y a la lona que cubría la carga aflojándole las correas que la sujetaban a los soportes de la caja. Román abrió la puerta lateral del lugar en el que dormía, que no era más grande que un armario, acercó la garrafa con el mechero que usaba para cocinar y puso una pava con un poco de agua a calentar sin sacar aquellos enceres del camión. Mientras el agua se calentaba, golpeó cada uno de los neumáticos para comprobar la presión de aire. También aprovechó para ajustar las cuerdas de la lona que habían perdido tensión durante el viaje; ahora el viento terminaba de desatar a las más castigadas. Dio una vuelta completa al camión y cuando llegó al punto de partida el agua ya estaba caliente. Abrió un grifo de un tanque de agua que se encontraba adosado al chasis, bastante oxidado, y se lavó la cara para despertarse. El agua helada le cortaba la piel. Se secó rápidamente con una toalla y fue a buscar la canasta de mimbre que tenía en la cabina para preparar café. Cuando volvió, el agua estaba hirviendo. Cerró la garrafa y guardó la canasta en el precario dormitorio. Luego cerró la puerta y regresó rápidamente a la cabina. El frío le consumía las últimas fuerzas que le quedaban aquella noche.

La estación de servicio tenía un enorme playón alejado de los surtidores. Allí, varios camiones estacionados bajo unas luces de mercurio aguardaban las primeras horas del día para continuar su viaje. Román tomaba su café mientras observaba el estacionamiento. La idea de llevar su camión hasta allí y dormir de una buena vez manipulaba su voluntad. Se dio cuenta de que esa serenidad que veía en aquellos vehículos con las ventanillas cubiertas por unas pequeñas cortinas que no dejaban entrar la luz del exterior lo arrastraba a un fatídico sosiego. De continuar en ese sitio le resultaría imposible liberarse de aquella quietud que lo condenaba al fracaso de su viaje. Bebió de un solo trago el café caliente que aún quedaba en la taza y puso el camión en marcha. Salió de la estación de servicio como si huyera del mismo demonio.

Habían anunciado nevadas en esa zona pero por suerte para Román únicamente hacía frío. Un frío carnívoro que se alimentaba de los vagabundos. Hombres y animales perecían por igual ante su hechizo. La cabina de Román lo protegía de aquella muerte y de otras tantas. Había en ella mucho de lo que Román necesitaba para vivir. Se propuso escuchar música para distraerse y buscó el casete de Atahualpa que guardaba en la caja de cartón. Los álamos se hamacaban por el viento sin que éste lograra someterlos. El frío se hacía ver del otro lado del parabrisas. El camión circulaba sereno entre tanta hostilidad. Román era un aventurero que deambulaba con su nave por el espacio infinito. Fuera de ella no había otra cosa que asfixia y muerte. Dentro de ella su vida tenía sentido. Todo era gobernado por la soledad, un paraje despoblado que regía la vida de Román afuera y adentro del camión, pero esa soledad se comportaba de diferentes maneras de acuerdo al lugar que ocupaba. Dentro de la cabina el tiempo no desgastaba el cuerpo, se detenía a observar lo que Román creaba en su mente, algunos recuerdos lo volvían a asaltar como si fuera la primera vez. La noche le ceñía la vista para que su mente no se distrajera con el vano presente. Así Román viajaba del pasado remoto al futuro imposible cargando con la inocencia que absuelve cualquier culpa. Cuando los recuerdos lo asfixiaban, la imaginación de Román lo llevaba a terrenos vírgenes donde él construía enormes castillos de naipes que luego derrumbaba de un soplo. Otras veces, cuando no podía con su cuerpo herido por todos los fracasos, buscaba en una caja de cartón un casete de Atahualpa escrito con birome. Entonces, el alma de Román empezaba a crecer dentro de su cuerpo hasta que sus pulmones comenzaban a llenarse de aire nuevamente. Dentro de la cabina la soledad era una mano amiga, un consejo sabio, una sonrisa de niño, un silencio respetuoso, un futuro cercano. Fuera de la cabina la soledad no era más que desamparo.

Román ya estaba cerca de Cipolletti. No necesitaba saber el kilometraje de la ruta, se daba cuenta por el paisaje cada vez más poblado y por el tránsito cada vez más activo. Las luces de los pueblos cercanos hacían que la noche fuera más placentera, al menos ante la mirada cansada del viajante. Varios kilómetros antes de llegar al viejo puente, Román comenzó a encontrarse con camiones detenidos al costado del camino. El tránsito había quedado atrapado en medio de su espesura como cualquier insecto que cae en las redes que una araña teje. La mosca sabe que en la tela de la araña puede morir y sin embargo vuela hasta ella, no tiene otro camino que la salve de aquella trampa. El viajante sabe que va a quedar atrapado en el tránsito enmarañado y de todas maneras se dirige hacia allí, tampoco tiene ningún otro camino para llegar a su destino, sólo cuenta con aquél que se queda con la mayor parte de su vida.

Algunos choferes prefirieron dormir al costado del camino antes que perder el tiempo en una caravana que no avanzaba. Otros decidieron permanecer en la ruta con la esperanza de que en poco tiempo la marcha se reanudara. El tránsito se estancó. La fila de camiones se detuvo y los vehículos quedaron tan cerca unos de otros que casi se tocaban los paragolpes. Nadie podía salir de allí, no había forma de maniobrar para llevar el camión a la banquina y acostarse a dormir hasta el otro día. Román permaneció en su sitio con la esperanza de que el tránsito se reanudara pronto. La cabina del camión estaba oscura, la luz del tablero se había quemado hacía tiempo y aún Román no la había reparado. Para poder ver los indicadores del motor se ayudaba con la luz de una linterna. El procedimiento era tedioso, debía soltar una mano del volante, dejar de mirar la ruta, buscar la linterna que siempre estaba en un lugar distinto, encenderla y alumbrar cada uno de los medidores. Algunas veces, por no hacer todos esos pasos, el camión se quedaba sin agua y recalentaba. Otras veces, convencido de que aún le quedaba gasoil, no se detenía en las estaciones de servicio para no retrasarse. Aquella vez que quedó atrapado en medio de una tormenta de nieve a mitad de camino entre Choele Choel y Neuquén, ni siquiera le funcionaba el medidor de combustible. Román pensó que con lo que tenía en el tanque llegaría a Villa Regina pero se quedó sin gasoil treinta kilómetros antes, en medio de una ruta desolada.

Román escuchó un agudo ladrido muy cerca de su cabeza. No se veía mucho dentro de la cabina. Tomó la linterna, dio media vuelta y miró a través del hueco que lo comunicaba con su diminuto dormitorio. Sobre el colchón ladraba un perro. Román lo encandiló con la luz de su linterna y el perro saltó sobre él. El animal no era mucho más grande que cualquier gato adulto. Tenía un fino pelaje blanco con algunas manchas negras y marrones. Su cuerpo era fibroso y atlético. Las orejas le caían hasta la base de las mandíbulas. El largo hocico le pegó a Román en la cara y ambos salieron despedidos. Román golpeó su cabeza contra la ventanilla, dio un empujón al perro y éste cayó primero sobre el asiento y luego, arañando el tapizado, se fue deslizando hasta llegar al piso del camión.

El perro se quedó inmóvil, sorprendido por la vorágine de los hechos. No imaginó que el encuentro terminaría de esa manera. Román encendió la luz de la cabina y se quedó mirando a ese animal sin entender de qué manera había llegado a su camión. El perro seguía quieto, con la boca abierta, agitado. No le quitaba la vista a Román ni dejaba de mover la cola. ¿Y vos quién sos?, preguntó Román, que trataba a los animales como si fueran niños. Descontaba desde ya que fueran seres humanos pero dentro del conjunto de los seres humanos los animales formaban parte del grupo de los niños. Al escuchar la pregunta de Román, el perro volvió a ladrar y desde el piso de la cabina saltó al asiento. Una vez allí continuó ladrando. Daba grandes saltos a causa de la fuerza que debía ejercer para hacerse escuchar. Cada vez que caía sobre el tapizado, hundía las uñas y lo desgarraba de felicidad. Con la cola golpeaba la puerta transformando a la cabina en una estruendosa celda de la que ninguno de los dos quería salir.

Román bajó del camión y se dirigió al compartimiento del pequeño dormitorio a buscar la canasta que había guardado cuando se había detenido en la estación de servicio de General Roca. Al abrir la puerta de esa especie de armario desordenado, recordó que la había dejado abierta en aquella estación de servicio mientras calentaba el agua y daba una revisión general al camión. Alguien habrá dejado abandonado al perro dentro del camión para que no tuviera frío, pensó. Era muy probable que si el animal hubiera quedado expuesto a la intemperie, aquella noche helada habría terminado con su vida. Pero Román no recordaba haber visto a nadie en las inmediaciones del camión. No podía darse el lujo de caer en esos descuidos. Si él no permanecía en alerta en esas situaciones, cualquier extraño podría apoderarse de sus pertenencias o incluso podría robarle el vehículo. Román podía ser muy distraído pero había aprendido esta regla al subirse por primera vez al camión. Un descuido de ese tipo lo llevaría directo a la ruina. Lo primero que aprende el hombre solitario es el valor de la desconfianza.

Cuando Román volvió a la cabina con la canasta, el perro no estaba. Lo buscó debajo del asiento, desde la cabina pasó con mucha dificultad hasta su dormitorio y removió las frazadas revueltas de su cama pero no pudo encontrar al pequeño animal por ningún lado. Desconcertado volvió a la cabina y apagó la luz, el reflejo de ésta en los vidrios no dejaba ver nada hacia afuera. El camión quedó a oscuras. El tránsito no avanzaba. Delante de él, un semirremolque le impedía hacer cualquier tipo de maniobra. Román buscó una frazada gruesa, se cubrió con ella y bajó del camión con su linterna por la puerta del acompañante. Iluminó la banquina y también el campo pero no encontró rastros del animal. Cuando estaba por volver al camión escuchó ladridos que venían de lejos. Unos cuantos camiones más adelante vio saltar a un perro que reflejaba la luz en su pelo blanco. El perro de Román se había escapado pero nadie le prestaba atención. Los saltos del animal llegaban hasta la altura de las ventanillas de los camiones, pero ningún chofer reparaba en su presencia. Román corrió hasta donde estaba el perro. Cuando el animal vio que Román iba a buscarlo, huyó de la banquina y comenzó a correr en círculos sobre el pastizal. De vez en cuando saltaba y le ladraba a Román. Luego volvía a correr desenfrenadamente hasta quedar completamente mojado por la helada. Román quiso entrar al pasto pero el frío lo acobardó. El perro se cansó de correr y comenzó a sentir el frío como un golpe helado en su cuerpo. Una vez que se calmó fue al encuentro de Román.

La caravana de camiones comenzó a moverse. Román quiso levantar al perro pero éste se escurrió entre las ruedas de los camiones que avanzaban cada vez con mayor velocidad. El perro quedó atrapado en medio de las dos hileras de ruedas de aquellas pesadas máquinas. Ninguno de los choferes había reparado en el pequeño animal que estaba debajo de ellos. Román le hizo señas a un camión de gran porte para que se detuviera. El camionero frenó y Román se tiró debajo del vehículo para sacar al perro que había quedado paralizado frente a los neumáticos traseros del remolque, sin lograr encontrar una posible vía de escape. Si no fuera porque el camionero detuvo la marcha bruscamente, los tres pares de ruedas de los tres ejes del remolque habrían acabado con el perro.

El chofer bajó para ver lo que sucedía y se acercó a Román que le mostraba el perro sosteniéndolo con una sola mano. El camionero soltó una carcajada.

—Si no lo veía usted, seguro lo hubiera aplastado y nunca me habría enterado —dijo el chofer.

Luego de eso subió al camión para continuar la marcha. Detrás de ese camión había un largo trecho en la ruta que no estaba ocupado por nadie. El primer camión que se veía a lo lejos era el de Román. Detrás de él, otro camión comenzó a hacer sonar su bocina El chofer se estaba impacientando porque Román no movía su camión. Román apuró un poco el paso pero no tanto, el perro podría escaparse nuevamente. Con una mano lo sostenía a él y con la otra sujetaba la linterna y la frazada. Cuando llegó a la cabina el camionero lo encandiló con las luces altas y volvió a tocar la bocina, esta vez por más tiempo de lo normal. Román se subió a la cabina con el perro y movió el camión hasta alcanzar al semirremolque que estaba delante de él. Otra vez el tránsito se detuvo.

El perro estaba cansado por la travesía que había realizado. Ya no ladraba y se había ovillado en la parte del asiento del acompañante, apoyando el hocico sobre sus patas y con la mirada fija en Román. De pronto se puso en cuatro patas, con las orejas paradas y comenzó a ladrar nuevamente, mirando hacia la ventanilla. Román miró primero al perro y luego miró a su izquierda. Del otro lado del vidrio estaba el chofer del camión que venía detrás de él. El hombre era robusto, más grande que Román y no dejaba de insultarlo gritándole barbaridades y desafiándolo a que bajara del camión. Román abrió la puerta con calma y bajó. El camionero lo empujó contra la puerta lateral del dormitorio. Román abrió la puerta y sacó el palo que usaba para controlar los neumáticos. Cuando el camionero vio que Román se iba a defender con el palo empezó a patear la puerta y a darle puñetazos a la carrocería. Parecía no tener miedo, estaba desencajado y borracho. Román no encontraba la manera de calmarlo. Cuando se cansó de golpear el camión quiso darle un golpe a Román en la mandíbula pero éste lo esquivó a tiempo. Román pensó en pegarle con el palo en la cabeza de la misma manera que lo había hecho con Fiódor, pero el hombre era mucho mayor que aquel perro. El camionero se paró nuevamente frente a Román, se sacó la camisa y volvió a insultarlo, provocándolo. Román intentó golpearle la cara, el camionero lo esquivó y le asestó una trompada en la nariz que lo hizo trastabillar y caer inconsciente sobre el asfalto. El borracho le quitó el palo a Román y cuando estaba a punto de golpearle la cabeza, el perro saltó de la cabina y clavo sus uñas en los ojos del camionero. De un golpe apartó al animal y comenzó a gritar, sus ojos sangraban y no podía ver nada. El perro, asustado, se metió de un salto en la cabina del camión. El escándalo llamó la atención de los demás camioneros. El chofer que estaba adelante del camión de Román bajó armado con una barra de hierro y se acercó para ver lo que pasaba. Encontró a Román inconsciente, tendido en el asfalto, y al otro camionero gritando de dolor, cubriéndose la cara. El hombre reanimó a Román y lo sentó sobre el asfalto. Lo mismo hizo con el camionero borracho. Cuando Román recuperó el conocimiento, abrió el grifo del tanque de agua que tenía en el camión y se mojó la cara para que el frío le calmara el dolor que sentía por el golpe de puño. El borracho siguió gritando un poco más, luego se calmó. Cuando todo estuvo más tranquilo, el camionero que había ayudado a Román fue a ver si el borracho estaba grave. Debajo de sus ojos tenía algunas heridas producidas por las uñas del perro que aún sangraban, pero nada tenía en sus ojos, parecían estar bien. El borracho se levantó con la ayuda del camionero y caminó unos pasos hasta el otro lado de la ruta. Allí vomitó varias veces y luego regresó hasta donde estaba Román. El chofer del semirremolque le alcanzó el palo a Román, era probable que lo necesitara. Pero nada de eso pasó, el borracho estaba calmado y un poco más sobrio. Le preguntó si podía usar el agua que tenía en ese tanque oxidado. Román le hizo una seña para que abriera el grifo y sujetó el palo con fuerza. El chofer del semirremolque tampoco había soltado la barra de hierro con la que había llegado. El borracho, que había recobrado algo de sobriedad, se acercó a los dos camioneros. El hombre que tenía la barra de hierro se puso en guardia pero el borracho le dio una palmada en el hombro y le extendió la mano a Román.

—Sin rencores —dijo el borracho.

Román le dio la mano y los tres se quedaron fuera del camión esperando que la caravana avanzara como el tiempo, pero esas dos entidades no se parecen en nada.

Cielo de invierno (2021)

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