La noche estaba helada pero ninguno de los tres hombres tenía frío. El incidente les había hervido la sangre y sus cuerpos todavía se conservaban calientes.
—¿Hacia dónde se dirige? —preguntó a Román el chofer del semirremolque.
—Voy hasta acá nomás —contestó Román—, termino en Neuquén. Traigo una mudanza de Buenos Aires.
—Esto va muy lento, me parece que no vamos a poder cruzar hasta que amanezca —reflexionó el camionero.
—¿Y vos para dónde vas? —preguntó el borracho al chofer del semirremolque.
—Yo sigo hasta Piedra del Águila, descargo algo allí y termino en Bariloche.
—Yo voy para Corrientes —dijo el borracho.
Román y el camionero lanzaron una carcajada que pudo escucharse desde el último camión de la caravana y que volvió a calentar el clima en esa noche perdida. Los hombres no dejaban de reírse de aquel camionero ebrio. Cuando lograron calmarse, el chofer del semirremolque le dijo que se había equivocado de ruta, que Corrientes estaba como a dos mil kilómetros hacia el norte.
—Tenés que largar la bebida de una buena vez —dijo Román riéndose todavía.
—Este puente es poderoso —dijo el borracho—. Antes de avanzar hay que imaginar el lugar adonde uno quiere ir y bastará con cruzar para llegar a ese lugar. Todos los que lo cruzan llegan a Neuquén porque están convencidos de que del otro lado está Neuquén. Lo mismo ocurre con los que cruzan desde Neuquén hacia Cipolletti, llegan a Cipolletti porque creen que del otro lado está Cipolletti. Pero si en vez de creer que cruzando el puente se llega a Neuquén, se cree que del otro lado está Corrientes, se llegará a Corrientes. Ya lo he hecho varias veces y nunca ha fallado.
Román y el chofer del semirremolque se quedaron pensativos. La idea era muy absurda pero tenía su lógica, uno llega adonde cree que llega. ¿Qué pasaría si alguien se nos presentara de improviso, algún ser con un conocimiento superior al nuestro, y nos dijera que estamos viviendo una mentira, que el lugar que creemos habitar es en realidad otro lugar que no reconocemos por un convencimiento inútil? ¿Y si esa misma persona con ese conocimiento superior nos hace ver que nuestra realidad forma parte del sueño de algún desconocido? ¿O si nos hace ver que la realidad que vivimos forma parte de nuestro propio sueño? ¿Quién podría contradecirlo? ¿Alguien podría negar aquella afirmación? ¿Con qué fundamentos? ¿Con los del mismo sueño en el que nos encontramos?
La idea quedó dando vueltas en la cabeza de Román. En dirección al puente se veía una larga hilera de luces rojas que se perdía al final de la ruta. A la par se formaba un extenso cordón de luces verdes que nacían en el puente, pasaban por donde los tres camioneros conversaban en medio de la ruta y continuaban hasta perderse en el final de la caravana. Los camiones tenían apagadas las luces delanteras para no encandilar al de adelante y esa línea verde formada por pequeños focos laterales que indicaban el lado habilitado para el sobrepaso del camión junto con la hilera de luces rojas eran lo único que desgarraba el velo negro de la noche.
Román fue hasta el habitáculo donde dormía, bajó la garrafa, la apoyó sobre el asfalto y encendió el mechero. Sobre el fuego puso la pava con agua, buscó yerba y preparó unos mates para combatir el frío. Dos hombres se acercaron caminando por el medio de la ruta. Eran camioneros que, hastiados de esperar que el tránsito se reanudara, llegaron hasta allí en busca de conversación. Uno de ellos, al ver que estaban calentando agua para el mate, cruzó al otro lado de la ruta y trajo unas gruesas ramas que el viento había arrancado de los árboles. Las amontonó sobre el carril de la mano contraria, arrojó unos papeles y encendió un fogón. El borracho le dijo que iba a llamar la atención y que la policía podía venir a despejar el carril. El hombre le aseguró que no iba a pasar nada, que el tránsito no se reanudaría hasta que amaneciera. Unos camioneros que estaban mucho más adelante le habían dicho que el puente estaba cortado por una reparación de emergencia y que no esperaban habilitarlo hasta las primeras horas de la mañana. El borracho les preguntó a los nuevos visitantes hacia dónde viajaban. Uno de ellos dijo que iba a los cuarteles de Zapala.
—¿Ahí fue donde tuvieron que rescatar al camionero que quedó varado en la nieve? —preguntó Román.
—Eso fue camino al Regimiento de Infantería de Covunco —contestó el camionero—, yo voy a la ciudad, donde está el Grupo de Artillería.
—El que quedó varado en la nieve fue un amigo mío —dijo el borracho, pero nadie le creyó.
El fogón había levantado la temperatura de la noche. El minúsculo perro de Román se paró en el asiento sobre su dos patas traseras, apoyó las otras dos en la puerta y miró por la ventanilla lo que estaba sucediendo afuera del camión. La puerta estaba mal cerrada y se abrió por el peso del animal. Éste saltó desde la cabina al asfalto y comenzó a dar vueltas alrededor de los hombres desbordado por la felicidad que sentía de estar libre y cerca del fuego. Cuando por fin se cansó, olfateó los zapatos de uno de los camioneros que recién había llegado, metió el hocico dentro de la botamanga del pantalón y continuó con los pies de su compañero. Por fin se calmó, dio una vuelta alrededor del fogón para buscar un lugar confortable y se recostó en el asfalto a escuchar con atención lo que los hombres decían.
El mate estaba listo. Román comenzó la rueda por el lado de los recién llegados. El borracho protestó, quería que empezara por él. El chofer del semirremolque le dijo que recién había vomitado, que ni se le ocurriera tomar mate. El borracho se levantó ofuscado y se alejó en dirección a su camión.
—Ese hombre que rescataron camino a Covunco quedó mal de la cabeza —dijo el otro camionero—, nunca pudo recordar lo que le pasó aquella vez y eso lo traumó. Vive en Cutral Co, lejos de la gente. Cuando le preguntan por aquel hecho insiste en que él había estado caminando en la nieve hasta perder el conocimiento en aquella curva. Por miedo a enloquecer aún más, ya no quiere hablar del tema. El hombre tiene las facultades mentales alteradas.
—Y no es para menos. A mí me pasó algo parecido la primera vez que hice un viaje desde El Bolsón hacia Bariloche —dijo el chofer del semirremolque y contó algo que le había sucedido tiempo atrás:
“Yo volvía vacío de Esquel porque debía llevar una carga desde El Bolsón hasta Bariloche por la ruta 40. Era pleno invierno, una noche como la de hoy. Habían terminado de cargar en El Bolsón a la tarde. Tomé la ruta casi de noche. Yo manejaba en esa época un Mercedes Benz 1114 de doble eje, muy parecido a éste —dijo señalando el camión de Román—. El camino estaba muy oscuro y la mayor parte era de tierra. Se notaba que la ruta iba bajando porque el camión se me escapaba cada vez más rápido del acelerador y debía pisar el freno con bastante frecuencia. Al anochecer llegué hasta un río. Luego de cruzarlo, la ruta comenzó a subir con una débil pendiente. La noche me alcanzó en medio de ese camino solitario y la oscuridad me invadió. Nada podía verse más allá de lo que las luces del camión lograban iluminar, unos pocos metros hacia adelante. Los carriles se fueron haciendo cada vez más angostos y en algunos tramos sólo había lugar para que pasara un único vehículo. La noche estaba cerrada, a mi alrededor todo era oscuridad. Yo seguía mirando únicamente lo que las luces del camión alumbraban, como si estuviera hipnotizado. No me desprendía de ellas por miedo a extraviarme para siempre. Estaba seguro de que era la única persona que viajaba por allí a esa hora de la noche. En un momento el camino comenzó a subir en forma muy pronunciada. Trepé una pendiente y después de la primera curva la ruta se hizo tan angosta que solamente veía hacia un lado la ladera de la montaña y hacia el otro, una oscuridad abismal que me cegaba. Continué subiendo sin poder ver nada más que eso a mi alrededor. Las marchas altas del camión no lograban hacerlo avanzar cómodamente y comencé a bajarlas para que el vehículo tuviera más fuerza. Por el ruido que hacía el motor, me daba cuenta de que se estaba esforzando más de lo normal. No podía regresar, no tenía lugar para dar la vuelta en ese angosto sendero de tierra. Subiendo con una de las marchas más bajas llegué a lo que me pareció el final del camino. La ruta se cortaba abruptamente, las luces del camión iluminaban un escaso tramo de tierra y más allá de él no se venía otra cosa que una densa oscuridad que devoraba el camino. No podía detener la marcha, el camión se quedaría sin fuerzas y comenzaría a descender hacia atrás sin control llevándome a un abismo del que no podría escapar. Al llegar a ese vacío me di cuenta de que la ruta repentinamente giraba noventa grados bordeando la ladera de la montaña. Intenté doblar pero no logré hacerlo, el camión quedó atascado en aquella curva sin poder avanzar. Yo pisaba el freno para que el camión no se fuera hacia atrás. La curva era tan estrecha y aguda que el radio de giro del camión no alcanzaba para tomarla. Tuve que levantar un poco el pie del pedal del freno, el camión retrocedería cayendo por la pendiente y yo tendría otra posibilidad de realizar mejor esa maniobra.
Apenas solté el freno el camión comenzó a retroceder cayendo libremente y a gran velocidad. Enseguida pisé el freno nuevamente y puse la marcha más baja para volver a trepar la pendiente y poder maniobrar mejor en aquella curva. No tenía otra manera de salir de allí. Si no lograba pasar, quedaría atrapado en medio de la montaña hasta que alguien viniera a rescatarme vaya a saber cuándo. Aceleré a fondo para que el camión trepara nuevamente la pendiente y lo acerqué hasta el final del camino. Delante de la trompa solamente se veía una oscuridad absoluta. Las luces perdían su fuerza en medio de ese abismo, ya no se veía el sendero, había llevado al camión al borde del camino para poder doblar. Una vez allí tomé la curva y el camión logró avanzar un poco más, pero no llegó a completar el giro. Sentí que las ruedas delanteras mordían la cornisa. Escuché que algunas piedras caían al vacío. Nuevamente solté el pedal del freno girando el volante hacia el otro lado. El camión rápidamente se fue hacia atrás y otra vez pisé el pedal con todas mis fuerzas. Sentí que los neumáticos traseros derrapaban. El camión se ladeó un poco. Miré por el espejo retrovisor y al ver la penumbra de las luces traseras me di cuenta de que estaba parado en el borde del camino. La cola del camión había quedado suspendida en el aire; debajo de ella, un interminable precipicio aguardaba la caída. Puse la marcha más baja y aceleré nuevamente. El camión golpeó la caja contra la ladera de la montaña, dio un fuerte sacudón y logré pasar. Hacia arriba me aguardaban algunas curvas más. La montaña parecía empujarme hacia el barranco. Yo me acercaba a él inconscientemente, alejándome de aquella pared rocosa que amenazaba con derrumbarse sobre mi cabeza. La siguiente curva no era tan cerrada. Pude girar bien pero comenzó a nevar. Los primeros copos no me preocuparon pero en pocos minutos se desató un temporal. Llegué a la curva siguiente. Luego de girar me encontré con una pronunciada pendiente. Aceleré con la marcha más baja del camión. Avanzaba muy lento. Pensé que de un momento a otro el motor se clavaría y me quedaría sin tracción. No podía dejar de acelerar. Mi vida dependía ahora del motor del camión. La nieve ya había cubierto el camino y las ruedas comenzaban a derrapar. Yo soltaba el acelerador por un instante y lo apretaba nuevamente para que los neumáticos volvieran a agarrarse a la tierra. La cola del camión se balanceaba hacia los costados cada vez que yo hacía ese movimiento. Continué acelerando pero el camión ya no pudo avanzar. Las ruedas comenzaron a girar en falso sobre la nieve y no podían afirmarse en la tierra. Aprovechando que la cola del camión se movía hacia los costados, la acerqué como pude a la ladera de la montaña hasta que casi golpeara con la roca. La tormenta de nieve no disminuía, el viento era feroz y sacudía a los copos de un lado hacia el otro de manera horizontal. Debajo del camión la nieve aumentaba su altura. Una vez que estuve bien cerca de la ladera, giré el volante hacia la derecha, solté el acelerador y pisé el freno con fuerza. El camión rápidamente se fue hacia atrás y la caja chocó contra la ladera de la montaña evitando que siguiera descendiendo hasta caer al precipicio. Apagué el motor, inmovilicé las ruedas con el freno de mano y dejé el camión en cambio. No sé cuánto tiempo estuve ahí. El frío me estaba turbando la conciencia. Temía que en cualquier momento una ráfaga de viento moviera al camión y lo liberara de la roca. Moriría allí. Pasaron por mi mente los momentos más importantes de mi vida. También pasaron las personas que ya no estaban conmigo. Una poderosa angustia me quitó el aire. Esa noche creí que sería la última noche de mi vida y lloré por primera vez, con la frente apoyada en el volante. Cuando logré calmarme, levanté la vista y vi en la curva un fuerte resplandor que venía hacia mí. Aquella luz me encegueció. Se acercaba lentamente, a paso firme se abría camino entre la nieve. Se detuvo muy cerca del camión. Vi bajar dos siluetas y no recuerdo lo que pasó después, creo que por un momento perdí el conocimiento. Un hombre abrió la puerta de la cabina y sacudió mi cuerpo con tanta fuerza que me despertó. Frente al camión había una máquina vial, de esas que tienen unas cremalleras como ruedas. Uno de los hombres trajo una lanza de acero y la sujetó con firmeza al camión. El otro hombre me dijo que me iban a sacar de ahí. Me preguntó si estaba en condiciones de conducir. Yo estaba algo mareado pero le contesté que sí. Durante ese breve tiempo en el que el hombre me estuvo hablando con la puerta abierta, la cabina se llenó de nieve. No me importó, quería salir cuanto antes de ahí aunque la nevada me cubriera por completo. El viento golpeaba contra la caja del camión moviéndola peligrosamente. Una vez que el otro hombre aseguró la lanza de auxilio a la máquina vial, le hizo una seña a su compañero para avisarle que ya había terminado. El hombre que estaba conmigo me pidió que pusiera en marcha el camión y que lo llevara andando en primera baja para ayudar a la máquina vial con el acarreo. Los dos hombres se subieron a la máquina y sentí un fuerte tirón en el camión. Empecé a subir por el camino sin poder ver nada a mi alrededor. La luz de la máquina me enceguecía. Aceleré en primera y el ascenso se hizo más sereno. Doblamos en la última curva y subimos lentamente por una larga pendiente. La noche estaba enfurecida, la nieve caída dificultaba aún más el ascenso. Finalmente llegamos a una amplia planicie. La máquina llevó al camión hacia un costado y los hombres bajaron. Uno comenzó a quitar la lanza que había sujetado al camión y el otro vino a avisarme que ya estábamos en la cima del camino. Bajé del camión con el alma en el cuerpo y crucé algunas palabras con los hombres. Estábamos en un puesto de Vialidad. Algunas máquinas que trabajaban en la reparación de la ruta permanecían allí para pasar la noche. Los hombres me dijeron que habían recibido un aviso por radio. Una persona de otro puesto de Vialidad quería saber si habían visto pasar a algún camión a esas horas de la noche. El hombre que se comunicó por radio me había visto entrar al camino de montaña antes de que comenzara a nevar. Pensó que con la tormenta probablemente quedaría varado a mitad de camino y quiso saber si yo había llegado a la cima. Ante la negativa de los hombres, les aconsejó que me fueran a buscar. Por suerte me encontraron. No habría salido con vida de allí, habría muerto de frío o me habría despeñado al vacío. Nos dimos un fuerte apretón de manos y uno de ellos me sugirió que pasara la noche allí, que no continuara con el viaje hasta la mañana siguiente, que con la tormenta de esa noche sería muy peligroso conducir. Le hice caso y estacioné el camión debajo de un solitario farol. Cuando desperté, me acerqué a la cornisa para ver el camino que había recorrido. Si en vez de haber sido de noche hubiera sido de día, seguramente no habría pasado por allí. La ruta parecía un delgado hilo de coser que colgaba de una abismal pared de montaña. Mirar hacia esa fosa interminable me espantó. Antes de partir fui a saludar a los hombres que me habían salvado la vida. No encontré a nadie. Tampoco había ninguna máquina vial. El lugar estaba desolado. Solamente vi un refugio de chapa que parecía estar abandonado. Imaginé que los hombres podrían haber salido temprano a continuar con sus trabajos en la ruta y ahora se encontrarían en el camino de montaña por el que yo había venido. Me asomé al camino pero no se veía más que nieve que el sol derretía. La tormenta había pasado. Puse el camión en marcha y antes de partir le dije a Dios que yo no creía en él pero que le iba a estar agradecido durante toda mi vida por haberme enviado a esos hombres. Aún sigo en deuda con ellos. Quiero pensar que aquellos hombres existieron, no quiero volverme loco”.
Román cebó un mate caliente y se lo pasó al chofer del semirremolque. El fogón ardía aplomado y misterioso. El perro comenzó a ladrar. Román intentó hacerlo callar pero el animal seguía ladrando cada vez más fuerte. Los hombres miraron hacia donde el perro ladraba y vieron que el borracho venía caminando en dirección al fogón con una botella de ginebra en la mano.