En la otra puerta

XIV. Resolution

Ricardo Cardone

Cora abrió una pequeña caja de metal y colocó allí la recaudación del día. La cerró con llave y llamó al encargado de la noche. El hombre entró a la confitería y Cora le dejó en custodia la caja con el dinero. Luego cerró el local, le dio la llave al encargado y éste volvió a su oficina para seguir mirando la televisión. Cora y su compañera de trabajo se fueron a sus respectivos hogares sin decir una palabra en todo el viaje. Cuando Cora entró al living de su casa, el teléfono sonó. Una voz masculina y angustiada preguntaba por Cora.

—Discúlpeme por el horario —dijo un joven—, estoy buscando a Cora. ¿Éste es el número de su casa?

Cora preguntó quién era el que estaba del otro lado del teléfono.

—Mi nombre es Joan —dijo el muchacho—, quisiera hablar con Cora.

Cora quedó inmóvil, sin apartar el auricular de su oído. En un instante se le vinieron todas las imágenes de Joan, aquellas primeras clases en la facultad donde se habían hecho amigos, su pasión por la literatura y la música, aquel viaje en moto que habían hecho en la ruta y pensó en cuánto él había cambiado desde el día en que se habían visto por primera vez hasta la noche de su muerte. Esta imagen la paralizó y no pudo decir ni una palabra. Sintió que una manada de hormigas carnívoras comenzaban a comerle la piel. Sintió también que de su cuerpo salían millones de gusanos que en pocos minutos acabarían con ella. El frío la envolvía con una mortaja de nieve y ella sentía cómo la tierra la consumía. Creyó caer muerta en una siniestra fosa y aquella voz en el auricular no hacía más que arrojarle paladas de tierra fétida sobre el cuerpo. Buscaba la manera de salir pero cada vez que lo intentaba, más y más tierra caía sobre ella. Cora había muerto hacía mucho tiempo, el mismo día que había muerto Joan. La vida para ella había dejado de tener sentido. Nada podía rescatarla del abandono en el que había caído. Luego de la muerte de Joan, Cora había renunciado a la vida. Esperaba que algún día alguien se apiadara de ella y cavara una fosa profunda donde al fin pudiera liberarse de la ausencia que la asediaba. En aquella fosa, decía Cora, encontraré a Joan y ya no volveré a este asilo donde lo único que late es el desamparo.

Cuando Cora escuchó la voz de Joan creyó que su vida al fin había terminado. Había llegado la hora en que ellos se reencontrarían y esta vez sería para siempre. Nadie podría separarlos después de la muerte. Todo este tiempo Cora había esperado en vano la llamada telefónica que Joan nunca había hecho y cada día que pasaba ella estaba más viva y Joan estaba más muerto. Así Cora se iba alejando de él. No quería seguir con vida para que ese débil hilo con el que Cora había zurcido a mano todos los remiendos de Joan no continuara estirándose hasta cortarse. De ninguna manera se permitiría olvidarlo. Pensaba que si algún día ella claudicara en aquella cruzada, ese mismo día Joan moriría definitivamente.

Cora estaba convencida de que mientras llevara a Joan en su corazón, él continuaría viviendo. Creía que el amor era el arma más poderosa que los seres humanos tenían para enfrentar a la muerte. Nadie muere si puede vivir en cada uno de nosotros, pensaba Cora. Y Joan vivía en el corazón de ella. Cora lo cuidaba, hablaba con él cuando se levantaba y le daba las buenas noches al acostarse, luego cerraba los ojos y Joan la abrazaba por la espalda. Algunos días, cuando Cora creía que ya no tenía más fuerzas para resistir el acecho de la muerte, buscaba el disco de Coltrane que Joan le había prestado en la facultad y lo escuchaba varias veces hasta que su ánimo se volvía invulnerable. Aquella noche cuando escuchó la voz de Joan en el teléfono, creyó que por fin había llegado el día en que ella moriría para encontrarse definitivamente con él.

Joan volvió a preguntar si el número de teléfono al que estaba llamando era el de Cora. Dijo también que ella era una persona muy importante para él y que desde hacía mucho tiempo la estaba buscando. También dijo que estaba angustiado porque no sabía nada de ella y preguntó si se encontraba bien o si le había ocurrido algo. Cora quiso decir unas palabras, al menos dar a Joan alguna señal para que él supiera que ése era su teléfono, que ella había estado esperando esa llamada desde hacía un año y que nunca le había llegado a decir cuánto lo amaba. Quiso también pedirle que la perdonara por ser tan cobarde, tenía miedo de que si le demostraba su amor, la amistad de ellos se podría derrumbar como la hoja que un árbol deja secar. Cora no quería que entre ellos cambiara nada de lo que tenían. Pero no poder decirle lo que sentía por él atormentaba su conciencia. Ella se veía como una fiera salvaje a la que habían logrado domar gracias al amor con el que la habían tratado y temía que su instinto irracional echara a perder su amistad con Joan. Si algo se escapaba de sus labios, si ella decía alguna palabra que su cuerpo no lograra reprimir, podía perder a Joan para siempre. Cora no podía saber lo que Joan sentía por ella, quizás no se correspondía con lo que ella sentía por él. Habían logrado estar juntos como verdaderos amigos y ése era el mejor tesoro que un ser humano podía tener. Pero Cora amaba a Joan.

Cora estaba por soltar el aire que se había quedado obstruyendo sus pulmones, quería decir que ése era el número correcto, pero Joan cortó. Cora se quedó un tiempo más con el auricular en el oído. El teléfono volvió a dar tono de línea pero ella no lo escuchaba. Se acordó de Joan desangrándose en la playa de la estación de servicio y se maldijo por no haber podido hacer algo para salvarle la vida. Lo había dejado morir solo. Ella debió haber muerto con él aquella noche. Si ella sabía que sin Joan su vida no tendría sentido, ¿por qué huyó de la muerte?, ¿por qué huyó de Joan? Cora se hacía estas preguntas mientras en el teléfono sonaba un tono monocorde que parecía hipnotizarla, como si de un encantamiento se tratara.

Un dolor en el cuerpo rompió aquel hechizo. Cora no recuerda cuánto tiempo estuvo de pie con el auricular en la mano pero le empezaron a doler los músculos de las piernas. Volvió con la mente al living, colgó el auricular y sin fuerzas se dejó caer en el sillón. Cuando pudo tomar conciencia de lo que había ocurrido, se apesadumbró. Ahora sí que había perdido a Joan para siempre. Él la había llamado y ella no le había podido contestar. Joan no llamaría más, seguramente a partir de ahora seguiría con su vida. Era muy probable que él también pensara que había perdido a Cora para siempre y entonces pronto la olvidaría. Cora se cubrió la cara con las manos y lloró ahogando el llanto. De pronto levantó la cabeza y un pensamiento muy elemental la rescató de aquellas lágrimas. Si Joan había muerto, ¿cómo podía ser que llamara por teléfono? ¿En qué me quedé pensando?, se preguntó Cora. Si Joan había llamado a su casa, había sido porque estaba vivo. La cabeza de Cora giraba como gira de felicidad un perro alrededor de su dueño cuando éste regresa del trabajo. ¡Joan está vivo! dijo al fin. Luego recordó al perro, al viejo indigente y a la sangre que brotaba del cuerpo muerto de Joan y comenzó a dudar de todas las certezas. Otra vez el alma de Cora caía en un profundo embudo.

El teléfono sonó nuevamente. Cora corrió a atenderlo. Esta vez tomó aire y se tranquilizó para poder hablar.

—¿Joan? —preguntó Cora antes de escuchar la voz del otro lado del auricular.

—Hola, Cora —dijo su compañera de trabajo—, perdoname que te moleste a esta hora. No tenía tu número pero lo saqué de la guía telefónica. Quiero hablarte de algo que quizás pueda interesarte. ¿Podemos vernos mañana en la confitería un rato antes del horario de entrada?

Cora contestó que no tenía problemas. Le preguntó a la mujer si podía adelantarle algo de lo que hablarían al otro día pero ella no quiso dar más detalles. Cora preparó la cena. Como todas las noches puso dos platos, dos juegos de cubiertos y dos vasos. Luego abrió una botella de vino que guardaba para alguna ocasión especial y cenó sola en su departamento. Se acostó temprano, estaba cansada y aturdida. Como todas las noches, Joan la abrazó por la espalda.

Al otro día las dos mujeres se encontraron en la confitería. Cuando llegaron se dirigieron a la pequeña oficina del encargado. El hombre se sorprendió al verlas tan temprano. Cora le pidió las llaves del local. El encargado esperaba que Cora no se diera cuenta de que él había estado durmiendo en vez de haber estado vigilando durante toda la noche la estación de servicio, pero no podía abrir los ojos con normalidad, aún estaban contagiados por los restos del sueño bruscamente interrumpido. Cora lo tranquilizó, le dijo que ella no había visto nada.

—Yo sí que vi todo —dijo la compañera de Cora alzando la voz para asegurarse de que el encargado la escuchara.

Las dos mujeres entraron al local y Cora preparó café. Esa mañana hacía más frío que el día anterior.

—Anoche, cuando nos despedimos, me quedé pensando en lo que habíamos hablado —comenzó diciendo la mujer—. No encontraba alguna explicación que fuera válida para todas las versiones que teníamos acerca de ese hecho en común. Aún pienso que es imposible que todos nosotros hayamos formado parte de un mismo sueño pero hay cosas que no me cierran. Vos, Cora, estás convencida de que a Joan lo mató el perro de un viejo vagabundo en la estación de servicio abandonada que ahora fue demolida. También decís que no creés que Joan haya muerto en el accidente de la ruta, tal como lo aseguraron tus amigos en aquella habitación del hospital donde estabas internada. De ser así ¿por qué razón ellos dijeron que Joan murió en aquel accidente? Una probabilidad es que esa internación involucraba mucha medicación analgésica y lo más probable es que ese encuentro que tuviste con ellos lo hayas soñado, según quiero creer. Sigo muy confundida, Cora, pero quiero poner las cosas sobre la mesa para ver si podemos encontrar alguna salida verosímil a todo esto. Supongamos que es verdad que Joan murió en la ruta. De ser así, la moto que encontraron en la estación de servicio abandonada cuando la demolieron no sería la moto de Joan. Pero vos estás convencida de que esa moto era la de Joan sin haberla visto. ¿Por qué? ¿Qué es lo que te lleva a pensar que aquella moto era la de tu amigo? Si se pudiera demostrar que esa moto era la de Joan, entonces tendríamos una prueba de que Joan estuvo en la estación de servicio y no en la ruta. Y si el dueño de esa moto era Joan, es lógico que nadie se haya presentado al juzgado para retirarla porque Joan estaba muerto. Hasta donde yo sabía, nadie había reclamado esa moto. Ahora bien, Joan podría haber muerto en el accidente de la ruta y su moto, por alguna casualidad, también podría haber aparecido en la estación de servicio, alguien la podría haber llevado hasta allí con intención de ponerla en condiciones y quedársela. Pero la moto que encontraron estaba como nueva. Si Joan hubiera tenido el accidente en la ruta, esa moto que desapareció en el agua estaría destrozada, nada de ella serviría ni tendría la apariencia de una motocicleta recién comprada. Pensemos por un momento que todo fue un sueño, que el camionero soñó lo que vos soñaste y lo que yo soñé. Pensemos que ninguna de esas circunstancias formó parte de la realidad. ¿Cómo puede ser que haya aparecido la moto de Joan si esa moto únicamente existió en un sueño?

—Es que para mí no fue un sueño —dijo Cora—, para mí todo fue real, el perro, el indigente, la moto nueva de Joan, lo que ocurrió en el playón, el camionero, el accidente en la ruta, la mujer accidentada. ¡Todo, todo eso es real!

—Cora —dijo la mujer—, en esa historia que vos decís que es real yo vendría a ocupar el lugar de la mujer accidentada. En mi sueño yo era aquella mujer y en la realidad nada de eso me pasó. Tampoco conocía a las personas que viajaban en el auto conmigo. Yo no tengo nada que ver con ese personaje. Estoy convencida de que, en lo que concierne a mi participación en esta historia, todo fue producto de una pesadilla como las tantas que tenemos cuando descansamos mal.

—¿Y si la mujer de la ruta era otra mujer y no vos? —preguntó Cora.

—Puede ser que haya sido otra —respondió la mujer—, pero ¿no te resulta raro que una de las personas que estuvo en ese sueño no haya sido yo? Porque no tengo dudas de que lo que soñé fue tal como te lo conté. Yo era aquella mujer que caminaba por la ruta y no te lo habría contado si vos no me hubieras relatado tu sueño de la misma manera en que yo lo soñé. Ahora bien, si todo fue un sueño ¿por qué aparece la moto de Joan intacta? Solamente en el sueño la moto de Joan no sufre ninguna avería. Y si todo fue real ¿qué hago yo en esa realidad si ni siquiera conozco a las personas que viajaban conmigo en el auto?

Cora no podía dejar de pensar y comenzaba a tener un fuerte dolor de cabeza por estar en medio de esa encrucijada.

—¿Y el camionero? —preguntó Cora—. ¿Por qué aparece también en la realidad si todo fue un sueño?

—Porque el camionero es real como lo sos vos y como lo soy yo —contestó la mujer—. Los tres soñamos algo en común pero somos personas reales, no personajes de una ficción. Las situaciones del sueño son ficticias, pero nosotros, los soñadores, no.

—Entonces ¿cómo murió Joan? —preguntó Cora sin esperar una respuesta convincente de la mujer.

—No lo sé, Cora —contestó la mujer—, pero tengo algunas dudas que si se aclararan, tal vez podríamos averiguarlo. Si la moto que apareció en la estación de servicio fuera la de Joan, entonces él no habría muerto en el accidente de la ruta ya que la moto está como nueva. De ser así, la conversación que creíste tener con los amigos de Joan nunca existió, fue producto de la medicación. Si, en cambio, la moto que encontraron abandonada no fuera la de Joan, el encuentro que tuviste con sus amigos es muy probable que sea cierto.

—De todas maneras —dijo Cora—, si la moto que apareció en la estación de servicio fuera la de Joan, tampoco podríamos estar seguras de cómo fue su muerte. ¿O sí?

—Una posibilidad muy remota sería admitir que un perro lo mató en aquella estación de servicio frente a un viejo vagabundo y frente a vos. No quiero pensar en eso, Cora —dijo la mujer—, es muy macabro. Creo que antes deberíamos averiguar si alguien reclamó la moto de Joan o al menos si esa era su motocicleta.

Cora abrió la confitería. Lentamente el salón comenzó a llenarse de gente. Cora cobraba, daba el vuelto y preparaba las bandejas de desayuno para que los clientes las retiraran. La mujer limpiaba las mesas una y otra vez. El día pasó en silencio. Nadie hablaba en aquel local. Los viajantes ingresaban a él cansados de manejar. La mujer mayor pasaba un trapo sobre las mesas pensando en quiénes serían aquellos niños y aquel hombre que viajaban con ella la noche del accidente. Cora no dejaba de pensar en Joan. Fue hasta la máquina de café, tomó dos tazas grandes y preparó dos cafés con leche. Sacó un plato de un estante y en él puso dos medialunas. Buscó una bandeja y sobre ella apoyó las tazas y el plato. Agregó dos servilletas que dobló por la mitad. Nadie retiró la bandeja. Está vivo, dijo en voz baja.

 

Cielo de invierno (2021)

enlaotrapuerta.com.ar - Archivo de noticias