En la otra puerta

XV. Pursuance

Ricardo Cardone

Al día siguiente las dos mujeres se levantaron muy temprano. Habían quedado en pasar por la comisaría antes de ir al trabajo. Cora despertó cuando aún era de noche. Creyó que se había quedado dormida. Abrió el armario, sacó un jean viejo que no usaba desde el año anterior y lo dejó sobre la cama. Fue hasta el baño y volvió al dormitorio con la cara lavada. Sin hacer mucho ruido para no despertar a Joan, levantó la persiana que daba a la calle. Un tenue resplandor de luna entraba a la habitación y bañaba la cama vacía con una luz mortecina. Nadie más que Cora estaba en ese dormitorio. De todas maneras ella se recostó sobre la cama y le dijo a Joan algo al oído. Luego le dio un beso y fue hasta la cocina para preparar el desayuno. Mientras se calentaba el café encendió la otra hornalla y puso a tostar pan. Regresó al dormitorio y se vistió con el jean que había usado aquella noche en la que se había encontrado con la mujer y con el camionero. Hacía frío. Sobre una blusa escotada se puso un pulóver de lana y volvió a la cocina. El café ya estaba caliente. A las tostadas les faltaba todavía algunos minutos. Abrió la heladera, sacó un frasco de mermelada y lo puso sobre la mesa. Sirvió una taza grande de café y le agregó un débil hilo de leche para que tuviera color. Estaba preocupada por lo que debía hacer ese día. No había podido dormir bien. Tener que ir a la comisaría para preguntar por Joan la aterraba. Pensaba en cómo iba a reaccionar si el comisario le decía que la moto encontrada no era la de Joan. Esa respuesta le arrebataría la fe y la sepultaría en aquella fosa siniestra. Nada tendría sentido después de ese encuentro en la comisaría. Había decidido que si eso ocurría, no volvería a trabajar en la estación de servicio. Ya no tendría las fuerzas necesarias para seguir con vida. Demasiado había hecho para llegar hasta donde había llegado. Aquella fosa la esperaba al final del día. Después de todo, pensaba Cora, si así sucediera, habría llegado el momento de estar para siempre con Joan. Pero ¿qué pasaría si la moto que habían encontrado en la estación de servicio abandonada era la de Joan? Cora tampoco sabía cómo podría reaccionar. Temía no tener la fortaleza que se requería para asumir que Joan estaba muerto, definitivamente muerto, y tendría que empezar a despedirse de él; no soportaría seguir con vida de la manera en que lo había estado haciendo hasta ahora. Nuevamente pensó en la fosa y se dio cuenta de que ya no importaba la respuesta del comisario. De las dos maneras posibles ella terminaría en aquel pozo donde caen los cuerpos que el destino vació. Cora no tenía más fuerzas para seguir viviendo.

Una lágrima corrió por su mejilla. La angustia comenzaba a ahogarla pero un fuerte olor la alejó de su pensamiento. Las tostadas se estaban quemando y corrió a sacarlas del fuego. Raspó con un cuchillo la parte del pan carbonizada y con ese mismo cuchillo las untó con mermelada dejando sobre ellas varios restos de miga quemada que se mezclaron con aquella sustancia dulce y gelatinosa y que le dieron un sabor agrio. Cora se levantó rápidamente de la mesa y fue a cerrar la puerta del dormitorio, no quería que Joan se despertara por ese olor horrible que había en la casa. Luego abrió la ventana del living para cambiar el aire y vio que estaba amaneciendo. Un frío glacial entró por la ventana. Cora se frotó las manos sobre el pulóver a la altura de los brazos y de los hombros para que su cuerpo levantara temperatura pero no la cerró. No quería que nada desagradable permaneciera en la casa. Cuando ya no quedaron restos de olor a quemado, cerró la ventana y se sentó a terminar el desayuno.

Ya era la hora en que Cora debía encontrarse con su compañera de trabajo para ir las dos juntas a la comisaría. Antes de salir pasó por el dormitorio, abrió el armario y sacó la campera de cuero negra sin hacer ruido. Le dio un beso a Joan en la mejilla y dejó aquel departamento vacío. La mujer mayor ya había llegado a la estación de servicio. Desde allí irían a la comisaría que no estaba a más de tres cuadras. Cora llegó algo retrasada. Se había quedado pensando en lo que debería enfrentar ese día y sin darse cuenta había caminado más lento que de costumbre. Incluso en algunos tramos del camino se había detenido sin tener conciencia de lo que estaba haciendo. Cuando se descubría con la mirada perdida, parada en medio de la vereda, dejaba de pensar y retomaba el paso. Cora no podía controlar sus temores. Se tranquilizó cuando llegó a la estación de servicio y vio a su compañera que la esperaba de pie como si fuera su madre a la salida de primer grado. La mujer le tomó la mano con una sonrisa y las dos fueron caminando hasta la comisaría.

El destacamento tenía una oscura sala de recepción. En el centro había un largo banco de madera y sobre las paredes algunas sillas desordenadas dejaban marcas en la pintura con sus respaldos roídos por el tiempo. Al fondo del salón, una pequeña ventanilla atendía a los recién llegados. La mujer habló con un oficial administrativo que se encontraba de guardia. Le dijo que necesitaba ver al comisario. El joven salió de la oficina y caminó por un sombrío pasillo hasta un despacho que se encontraba al final del mismo, frente al calabozo. El oficial entró a esa pequeña habitación y luego de unos minutos, asomando la cabeza por la puerta y casi gritando, les preguntó a las mujeres cuál era el asunto por el que buscaban al comisario. Unos presos comenzaron a golpear las rejas, querían desayunar. El ruido no dejaba escuchar lo que las mujeres le respondían al oficial.

—Necesitamos hablar con él por un asunto importante —dijo la compañera de Cora.

El oficial entendió la mitad de las palabras por el alboroto que hacían los presos.

—¿Por qué asunto lo buscan? —repitió a los gritos el oficial sin acercarse a las mujeres.

Cora caminó por el pasillo hasta donde el joven se encontraba. Los presos golpeaban cacharros contra los barrotes de la celda vociferando insultos.

—¡Vengo a retirar una motocicleta secuestrada! —le gritó Cora al oficial muy cerca de su cara—. ¡Y ustedes se pueden callar de una buena vez! ¡No se puede hablar así! —les gritó a los presos.

El comisario se levantó sorprendido de su escritorio y se dirigió hacia la puerta. El joven oficial estaba por increpar a Cora pero el comisario rugió:

—¡Cabo, vaya a traer el desayuno inmediatamente!

Los presos poco a poco se fueron calmando. Algunos continuaron golpeando las rejas durante unos minutos más pero al final se sentaron en uno de los bancos de madera despintados que estaban apoyados sobre las paredes del calabozo. Uno de ellos, sentado en un banco que parecía estar destinado únicamente para él, separó las piernas y con la vista fija en la compañera de Cora se metió la mano dentro del pantalón. La mujer se dio cuenta de que alguien la estaba mirando y cuando vio al preso quedó aterrada. El comisario hizo pasar a las mujeres y cerró la puerta de la oficina.

La compañera de Cora se sentó frente al escritorio del comisario. Cora se quedó de pie y, sin esperar que el comisario dijera algo, le preguntó por la moto secuestrada.

—No tenemos ninguna motocicleta secuestrada —respondió el comisario.

—Nosotras sabemos que, hace un tiempo, ustedes encontraron una motocicleta abandonada en la estación de servicio que estaba al otro lado de la rotonda —dijo la compañera de Cora.

—¿Tienen los datos de la moto? —preguntó el comisario—. ¿El número de patente? ¿La marca y el modelo?

—No tenemos nada de eso —contestó Cora—. Solamente sabemos que aquella moto fue encontrada en la estación de servicio antes de que la demolieran. Queríamos saber qué había pasado con la moto, si al final había aparecido el dueño o si aún permanecía retenida en algún juzgado.

—¿Y para qué quieren saber qué pasó con la moto? —preguntó el comisario.

—Tiene un valor sentimental muy importante para nosotras — dijo la mujer.

El comisario se quedó pensando, no recordaba aquel incidente. Se puso de pie y abrió la puerta para llamar al cabo pero no llegó a hacerlo porque enseguida vio venir al joven con una jarra de mate cocido y cuatro panes para los presos. Luego de que el cabo pasara la jarra y los panes a través de los barrotes de las celdas, el comisario le pidió que buscara en los archivos del año anterior algún acta de extravío o de robo de una moto. El hombre cerró nuevamente la puerta de la oficina sin olvidarse de dar un vistazo a los presos. Luego se disculpó con las mujeres, dijo que lo habían trasladado a Tres Arroyos hacía unos meses y que no estaba al tanto de lo que había sucedido antes de su gestión en ese destacamento.

—De todas maneras, en cuanto tenga alguna información sobre el hecho se los haré saber —dijo el comisario y rápidamente se puso de pie para despedir a las mujeres.

—Pero nosotras necesitamos esa información —dijo Cora—, ¡quiero que me diga qué pasó con la moto!

El comisario, que ya se encontraba cerca de la puerta, se detuvo ofuscado y volvió hasta donde estaba Cora.

—¿Y usted quién es para decirme a mí lo que tengo que hacer? —dijo sin separar la vista de los ojos de Cora—. ¡Ya le dije que no tengo esa información! No sé nada de esa moto ni de ninguna otra. En cuanto sepamos algo se lo haré saber. Si quiere puede hacer una denuncia de extravío. Pídale al cabo un formulario y complételo.

El comisario fue hasta la puerta y la abrió con un fuerte impulso para que las mujeres se dieran cuenta de que estaba a punto de darle una patada a cada una y arrojarlas a la calle si no salían en ese momento de su oficina. La mujer mayor tomó coraje, se acercó al comisario y buscó en él algún hueco en el que todavía quedara algo de sensibilidad.

—Mire, señor comisario —comenzó diciendo la mujer—, nosotras no queremos hacerle perder el poco tiempo que usted tiene. Las dos entendemos que lo que estamos buscando es algo tal vez difícil de saber ya que no hay ninguna documentación que hable de esta motocicleta. Pero mi amiga está desesperada porque desde hace un año no sabe nada de su novio, el dueño de la moto. Ella cree que lo secuestraron pero nunca se atrevió a hacer la denuncia por temor a que pensaran que estaba loca. Ella dice que en aquella estación de servicio un viejo y su perro atacaron a su novio, pero nunca tuvo pruebas de que eso haya pasado. El cuerpo del joven no apareció, pero dicen que encontraron su moto, prácticamente nueva, en la estación de servicio cuando fueron a demolerla. Hace un año que mi amiga no duerme y realmente la está pasando muy mal, si sigue así va a enloquecer. Yo quiero ayudarla y por eso vinimos hasta aquí, confiando en que la policía podría aclararnos algunas dudas. Le pido disculpas si le hemos faltado el respeto. Si fuera posible que usted se pusiera en nuestro lugar, se daría cuenta de que estamos muy angustiadas.

La mujer quiso seguir hablando pero la garganta se le cerró. De todas maneras ella dio un argumento convincente y de extrema sensibilidad que golpeó al comisario más de lo que él creía mientras escuchaba ese relato. El hombre les prometió que esa misma tarde se iba a ocupar del asunto. Le pidió a Cora que se acercara a la oficina del cabo, en la sala de recepción, y que le dejara sus datos para que se pudieran comunicar con ella en caso de tener alguna novedad. La mujer mayor salió detrás de Cora, hablando unas pocas palabras con el comisario. Los dos se quedaron conversando del tema en el angosto pasillo que separaba al despacho del calabozo donde los presos desayunaban. El teléfono de la oficina del comisario sonó y éste entró para atender la llamada. La compañera de Cora sintió que alguien le tocaba el cabello, primero acariciándolo y luego tirando de él con fuerza. Se dio vuelta y vio que un preso se había quedado con un mechón de pelo en la mano. La mujer quedó aterrada cuando vio su cara, era el mismo que la había estado mirando al entrar al despacho del comisario. Corrió por el pasillo hasta alcanzar a Cora. La joven ya le había dejado sus datos al cabo y juntas salieron de la comisaría. El preso se metió parte del mechón de pelo en la boca y lo saboreó varias veces con los ojos cerrados.

Las dos compañeras llegaron a la estación de servicio. Cora fue hasta la oficina del encargado para buscar las llaves de la confitería y entraron al local. El día estaba completamente despejado. La mujer acomodó las mesas y las sillas que habían quedado desordenadas del día anterior y Cora encendió la máquina de café. Faltaban algunos minutos para abrir la confitería. Cora llamó a la mujer, que comenzaba a pasar un trapo sobre las mesas, y la invitó a desayunar. Preparó dos cafés con leche, sacó algunas medialunas del canasto de las facturas y tomaron un descanso antes de comenzar el día de trabajo.

La mujer le contó lo que le había sucedido en la comisaría. Le dijo que un preso le había tocado la cabeza. Cora quedó sorprendida. Le preguntó si era el mismo que estaba sentado solo en un banco cuando entraron al despacho.

—El mismo —dijo la mujer.

Ella no sabía que Cora también lo había visto.

—Es un degenerado —dijo Cora—, se estaba tocando mientras te miraba.

—Sí, nos miraba a las dos ese depravado —dijo la mujer—, cuando me di cuenta, entré a la oficina.

—No, te miraba a vos, no nos miraba a las dos. Yo vi cómo te miraba. El alboroto de ese momento me había irritado tanto que estaba dispuesta a ir hasta las rejas para insultarlo. Pero no hice nada y me quedé mirándolo fijo para que se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Pero ni siquiera reparó en mí. Te miraba a vos como si estuviera escarbando algo. Te acechaba con la mirada mientras se masturbaba. Qué asqueroso hijo de puta —dijo Cora estallando de rabia e impotencia—. ¿Le dijiste al comisario?

—No le dije nada, no quería que perdiera la calma nuevamente y que eso pudiera interferir en lo que buscábamos —contestó la mujer.

—En cuanto vuelva a hablar con él le voy a decir lo que te pasó —dijo Cora con disgusto.

Las mujeres terminaron de desayunar. Era la hora de abrir el local. Cora fue hasta la puerta, le quitó la traba y dio vuelta el cartel que colgaba del vidrio para indicar que la confitería estaba abierta. En poco tiempo las mesas se llenaron de viajantes que se detenían para cargar combustible y aprovechaban para desayunar. Otra vez se formaban largas colas ante la caja donde atendía Cora. Otra vez había gente de pie esperando que se desocupara alguna mesa. La compañera de Cora no daba abasto a limpiar las mesas para que los nuevos clientes las pudieran ocupar. Cuando todavía no había terminado con una mesa, otra se desocupaba pero cuando llegaba hasta ella, se encontraba con una nueva bandeja apoyada sobre la mesa sucia y con la gente sentada haciendo una mueca de desprecio por la falta de limpieza. Ni siquiera tenía tiempo para pasarle un paño con detergente y cuando lo hacía, tarde, los nuevos ocupantes la alejaban hacéndole una seña con la mano para que no ensuciara con su presencia lo que ya estaba sucio.

Cora llamó a su compañera para que fuera hasta la caja, donde la joven se encontraba. La mujer estaba concentrada en aquel tumulto, le hizo una seña a Cora para que aguardara unos minutos hasta que encontrara el hueco que la sacara de esa maraña que la había cercado. Cora le hablaba desde su puesto de trabajo en voz muy alta para que la mujer pudiera escucharla. Le decía que necesitaba hablar con ella, que era importante. La fila de clientes llegaba hasta la puerta de entrada. Otra fila igual o más larga que aquella aguardaba por una mesa limpia pero no tenían tiempo de esperar a que la mujer terminara con su trabajo. Una mesa se desocupó y, antes de que la mujer llegara con el trapo y el detergente, una pareja se sentó y apoyó la bandeja con tanta prisa que volcó las dos tazas de café. El hombre sacó de la bandeja las tazas empapadas de café y las apoyó sobre la mesa sucia. Luego fue a buscar otra bandeja y cuando volvió a su mesa miró con desprecio a la compañera de Cora porque aún no había limpiado el desastre que ellos mismos habían hecho. Harta, la mujer dio media vuelta y fue hasta donde estaba Cora para saber qué era lo que la joven necesitaba.

Cora dejó de atender la caja y le dijo a su compañera que diera la vuelta por el mostrador para tenerla cerca. La mujer se abrió paso entre la gente que esperaba ser atendida y cruzó hasta el otro lado, donde la esperaba Cora. La joven miró los ojos cansados de su compañera, el rostro abatido por los años que parecía tener y que no tenía, las manos arrugadas por el agua y el detergente, los labios grandes y vio que nada de eso podía ocultar su belleza. Aquella mujer era realmente hermosa y si no fuera por el destino que le toca sobrellevar a cada uno y que no tiene contemplaciones —es tan perverso y envidioso—, seguramente su vida habría sido otra. No debía llevarle más de diez años a Cora pero parecía su madre. Cora tomó su mano entre las suyas.

—Gracias —dijo Cora—. Gracias por todo lo que estás haciendo para ayudarme.

La mujer no entendía muy bien la intención de Cora pero vio en ella la más profunda de las noblezas.

—Lo hago por mí, Cora —dijo la mujer—. No puedo ver que alguien cercano esté sufriendo y quedarme sin hacer nada. Sé que si te ayudo a vivir mejor, también me estoy ayudando. Hoy me sentí tan bien como hacía mucho tiempo no me había sentido. Y eso fue gracias a vos que dejaste que te ayudara. Es sanador ayudar al otro desinteresadamente. Algunas veces pienso que en un punto también es egoísta porque uno lo hace para sentirse bien, es decir, cuando uno ayuda lo hace para ayudarse. En definitiva, lo hace por uno mismo.

—Mi mamá me decía que cuando yo era bebé y lloraba porque me dolía la panza, a ella también le dolía la panza. Y también me decía que cuando yo reía, ella también reía. Me di cuenta de aquellas palabras muy tarde, cuando ya no estuvo conmigo. Pero recuerdo que siempre me decía que tenía que ser agradecida porque si seguía con vida era porque alguien me cuidaba. Y desde que perdí a Joan, nadie me cuidó de la manera en que lo hiciste vos.

La mujer miró hacia otro lado pero no encontró una excusa que evitara el llanto. Se esforzó para no llorar ante Cora. La abrazó con fuerza sobre su pecho y le dijo que no sabía por qué, pero que tenía la sensación de que ese día sería el último en el que ellas estarían juntas. Cora no le creyó.

—Sos mi amiga —dijo Cora—. Eso nos hace invencibles. Nada nos puede pasar mientras seamos amigas.

Esta vez la mujer no aguantó más y rompió en llanto. Nunca la habían considerado una amiga. Siempre la habían menospreciado tanto que debió recluirse en la soledad. Ese abandono parecía haberla desgastado, dejándola con todos los despojos, con todos los vacíos, con todos los tormentos. Nadie puede sobrevivir ni un solo día sin tener un amigo en quien pensar, a quien ayudar, alguien en el que uno pueda depositar todo el amor que permanentemente le estalla en el cuerpo. El amor de la amistad es el más puro de todos los amores, es aquel que está despojado de mezquinas individualidades, es aquel que no tiene compromisos que cumplir. El único amor que está por encima de ése es el que siente un padre o una madre por un hijo. Pero ese amor no siempre es recíproco, tiene pasadizos misteriosos, atajos fatales, callejuelas que parecen abandonadas y que al final resultan ser las más seguras para transitar, fastuosas galerías que encierran muchas decepciones, túneles aberrantes por los que hay que cruzar para encontrar una salida. Es un laberinto indescifrable, un amor sin condiciones, natural y que nada espera del otro. En cambio, el amor por un amigo se alimenta de las dos partes. Si una de ellas cae en el egoísmo bajo, en la estéril conveniencia, el amor también cae. No se puede tener amigos si no se los puede amar. Tampoco se puede amar a todo el mundo. Nadie elige a un amigo como si fuera una novia o un novio. La amistad está por encima de eso. Dos amigos se eligen cuando deciden amarse. Dos novios se eligen cuando deciden comprometerse. El amor no requiere compromiso. Alcanza y sobra con ser amor. Si un amigo se alimenta de algo más que del amor, entonces no es amigo. La amistad es el secreto más poderoso que guardan dos personas. Secreto porque no necesita quedar expuesto a la aprobación de los demás, poderoso porque gracias a él se puede sobrellevar la vida ruin. La mujer y Cora eran amigas porque se habían dado cuenta de que una vivía dentro de la otra. Alguien gritó del otro lado del mostrador.

—¡Hasta cuándo vamos a tener que esperar para que nos atiendan! —dijo un hombre bastante malhumorado.

Cora volvió a la caja, la mujer a las mesas y, al final del desayuno, la gente a sus vehículos.

Esa tarde de invierno duró poco. Anocheció de improviso, el sol se derrumbó en el horizonte en vez de perder altura balanceándose como lo hace un barrilete cuando se suelta de la mano de un niño. El encargado entró a la confitería con un mensaje para Cora. La policía había llamado y quería hablar con la joven. Aún esperaba en línea en la oficina del encargado. Cora fue hasta allí y del otro lado del auricular escuchó la voz del comisario que había hablado con ellas esa mañana. El hombre le dijo que habían encontrado el expediente de la motocicleta de la estación de servicio. Dijo también que el dueño había pasado a retirarla por el destacamento unos días después de la demolición. Cora se quedó muda, con el cuerpo paralizado por la noticia, sin poder decir una palabra. El encargado llegó a la oficina y le preguntó algo, pero ella no pudo contestar. El hombre se alarmó, la joven permanecía inmóvil con el auricular en el oído. Le golpeó el hombro y la chica pestañeó, le temblaban los labios; no podía moverse. El encargado corrió a buscar a su compañera y ambos entraron a la pequeña oficina. Cora volvió a hablar y le preguntó por el nombre del dueño de la moto.

—Su apellido es Fabrés, presentó los papeles y retiró la moto — dijo el comisario.

—¡Pero qué nombre tiene! —preguntó Cora sin darse cuenta de que le estaba gritando.

—¡No lo tengo acá, señorita, en la comisaría solamente tenemos esos datos! —contestó el comisario—. Y le pido que me hable con respeto.

La compañera de Cora le quitó el auricular y habló con el hombre.

—Buenas noches, comisario —comenzó diciendo—. Soy una de las dos personas que estuvo hablando con usted hoy a la mañana. No sabe cuánto estamos agradecidas por la información que nos dio. No teníamos dudas de que encontrarían algún expediente con el caso de aquella moto. Mi amiga está muy alterada, sepa usted disculparla, esta persona que desapareció la tiene muy angustiada. Yo le quería pedir, si no fuera mucha molestia, aunque considerando la hora debe ser tarde para usted, si fuera posible saber el nombre de la persona que retiró la moto. Le aseguro que si tenemos ese dato no lo molestaremos más, salvo para llevarle alguna atención de nuestra parte como agradecimiento por su esfuerzo. ¿Usted fuma? ¿Le gustan los habanos o algún whisky importado?

El comisario hizo una pausa y le pidió a la mujer que lo aguardara unos minutos. En el auricular se escuchó un grito que llamaba al cabo para que le llevara toda la documentación del caso. Le dijo que se fijara bien en el libro de actas y que fuera con la carpeta completa, no con una hoja miserable como la que le había llevado. Unos minutos después el comisario volvió al teléfono.

—Le pido perdón por la demora —dijo el comisario—. Se trata de un civil masculino radicado en Tres Arroyos de nombre Joan Fabrés. Es todo lo que puedo decirle. Espero que le sea útil esta información. Luego cortó.

—Es Joan Fabrés —repitió la mujer.

—¡Es Joan! ¡Está vivo! —dijo Cora y abrazó a su amiga con tanta fuerza que no la dejó colgar el teléfono.

El encargado se puso feliz por Cora y por la mujer; fue a abrazarlas pero éstas salieron de la oficina corriendo hacia la confitería. Esa noche Cora llamó a la casa de Joan.

 

Cielo de invierno (2021)

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