El borracho se acercó al fogón en silencio. Parecía haber estado bebiendo mientras los hombres escuchaban el relato del chofer del semirremolque. El perro de Román ladró un poco más pero cuando el borracho llegó hasta donde él estaba, el animal dio media vuelta al fogón y se ubicó del lado opuesto para que el borracho no lo viera. Se tiró en el piso, apoyó el hocico sobre sus patas y quiso que los demás creyeran que estaba dormido pero tenía las orejas paradas como siempre, escuchando lo que los hombres hablaban. El fuego continuaba alimentándose de las ramas que de tanto en tanto traía el camionero que lo había encendido.
Román comenzó a hablar de la vez que se quedó sin gasoil en esa misma ruta y en medio del desierto. Contó que como no había hecho arreglar el medidor de combustible, calculaba el consumo de gasoil por los kilómetros que recorría. El sistema era bastante efectivo. Román llenaba los tanques antes de partir y luego de viajar todo el día volvía a llenar los tanques. De acuerdo al kilometraje que había hecho según la distancia que él conocía —tampoco le funcionaba el odómetro— deberían entrar según sus cálculos una cantidad exacta de gasoil. Para eso tenía una libreta con espiral, bastante engrasada, en la que anotaba el kilometraje del lugar del que había salido y el kilometraje del lugar al que había llegado. Para conocer esos valores le bastaba con mirar los mojones de la ruta. Luego hacía la diferencia y obtenía la distancia recorrida. El resultado de esa operación también lo anotaba en la libreta, un renglón más abajo y separado por una línea horizontal. Una vez que se terminaban de llenar los tanques, miraba el surtidor para saber cuántos litros de gasoil habían entrado y nuevamente tomaba la libreta para anotar ese valor. Mientras Román esperaba que el empleado regresara con la autorización del cheque, tomaba una calculadora que siempre llevaba en su cartera de cuero junto a las libretas con espiral y dividía los litros de gasoil que había cargado por los kilómetros que había recorrido. El valor resultante le indicaba lo que había consumido por kilómetro. También a ese valor lo anotaba en la agenda, esta vez rodeándolo con un círculo a mano alzada para distinguirlo de los demás números. Cada tanto hacía esa cuenta en lugares y en rutas diferentes y todas las veces el resultado permanecía prácticamente invariable. Ese número, multiplicado por los kilómetros que pensaba recorrer, le indicaba a Román los litros de gasoil que se necesitarían para hacer ese viaje. Luego podía comprobar si llegaría con el gasoil que le quedaba en los tanques o si debería detenerse para cargar combustible.
—¿Y no es más fácil arreglar el tablero? —dijo el borracho.
Todos se rieron de Román. En verdad era muy complicado su sistema de cálculo, aunque a él le daba resultado. Hasta que una vez se quedó sin gasoil en medio de la ruta y contó lo sucedido aquella noche:
“Me faltaban pocos kilómetros para llegar a Villa Regina. Había comenzado a nevar pero no me preocupé demasiado porque en media hora, a más tardar, llegaría a la ciudad. De pronto el camión comenzó a toser, daba fuertes golpes, era como si el motor se detuviera y volviera a arrancar. Lo primero que pensé fue que podrían haberme cargado gasoil adulterado en la última estación de servicio donde había llenado los tanques. Probablemente el gasoil tendría agua, supuse. Pero luego se me ocurrió que alguna basura de los tanques podría haber entrado en la bomba de gasoil. Si hubiera sido así, el combustible que estaba entrando al motor sería el último resto de gasoil que quedaba en los tanques, donde se deposita la suciedad. Sin darme cuenta, el camión había consumido todo el combustible que tenía. Luego de eso, el motor se detuvo. El envión con el que venía circulando me permitió llevar el camión fuera de la ruta. Me detuve sobre un camino lateral, paralelo a la ruta, pero a menor altura. Había hecho mal un cálculo en mi cabeza, no había cargado gasoil donde debería haber cargado y me había quedado varado a mitad de camino. Comenzó a nevar con fuerza y en pocos minutos se desató una feroz tormenta que cubrió la ruta y los campos cercanos. Todo quedó blanco. La nieve comenzó a trepar por el camión. Primero cubrió la parte baja de los neumáticos, luego subió por las llantas hasta llegar a la altura de los ejes. Parecía que el vehículo se estaba hundiendo en la nieve, ésta cada vez cubría más partes del camión, crecía como si fuera una débil bruma que luego se transformaba en una espesa niebla sólida y atroz. Comencé a temblar. Me abrigué con unas frazadas pero el frío no dejaba de azotarme. El parabrisas estaba cubierto de hielo. En poco tiempo la nieve llegó hasta el capot y continuó subiendo hasta que cubrió todo el parabrisas con un blanco espeso. Un enorme bloque de nieve me había devorado junto con el camión. Comencé a sufrir una sensación de ahogo que me desesperó. Imaginé cómo se debe sentir un hombre en un ataúd si pudiera despertar luego de ser enterrado vivo. La cabina del camión era un féretro helado sepultado en una tierra blanquísima que me quitaba el oxígeno. No recuerdo en qué momento perdí el conocimiento”.
—¿Y cómo lograste salir de ahí? —preguntó el chofer del semirremolque mientras miraba al perro de Román cómo paraba las orejas.
Román continuó con el relato: “Eso fue lo más misterioso de esa noche. Me dijeron que durante la madrugada una máquina de las que barren la nieve de la ruta había pasado por allí pero no me había visto. El camión estaba completamente cubierto de nieve. Luego de haber liberado la ruta, la máquina comenzó a despejar el camino lateral. En una parte del trayecto chocó muy fuerte contra un pesado obstáculo. El conductor bajó para ver lo que había pasado y descubrió que la pala con la que barría la nieve estaba averiada. Quiso comprobar contra qué cosa había chocado para que la pala se rompiera de esa manera y se encontró con una columna de hierro que sostenía uno de los laterales de la caja del camión. El hombre tomó una pala de mano y comenzó a quitar la nieve. La lona anaranjada del camión emergió de ese manto helado que lo ocultaba. El hombre se dio cuenta de que había un vehículo atrapado y se comunicó por radio con sus compañeros de Vialidad. Les pidió que trajeran refuerzos para que lo ayudaran a liberar el camión. Llegaron varios hombres y una pala mecánica. Los rescatistas comenzaron a desenterrarlo hasta que llegaron a la cabina. Uno de los hombres alcanzó a ver que había alguien en el interior y pidió que enviaran algún médico para saber cómo me encontraba. La pala mecánica logró quitar la nieve más densa que cercaba al camión y los hombres con sus palas terminaron de liberar las puertas de la cabina. Un médico logró entrar para comprobar que estuviera con vida. Yo estaba inconsciente pero mi corazón latía. En poco tiempo lograron reanimarme, había perdido el conocimiento por el frío y por el pánico. Tuve suerte de que el habitáculo donde dormía fuera bastante amplio y gracias a eso la cabina contenía más aire, según lo que me dijeron los médicos. En ese estado de inconsciencia en el que me encontraba, creí tener un sueño que recordé mucho tiempo después. Soñé que había quedado atrapado en la nieve y que habían llegado unos hombres a rescatarme. Con mucho trabajo habían logrado reanimarme. Las máquinas continuaban quitando la nieve de la ruta. Cuando estuvo despejada yo ya me sentía con fuerzas para volver a conducir. Los médicos me lo prohibieron pero la gente de Vialidad los convenció de que me dejaran ir. Uno de ellos dijo que tenía experiencia con choferes que habían quedado atrapados en la nieve y que podía reconocer a aquellos que estaban en condiciones de conducir. Luego el hombre vino hasta la cabina, yo no había salido de ella, y me confesó que tuvo que mentirles a los médicos, que en realidad él no sabía si yo realmente me había recuperado pero lo que sabía era que si yo no podía seguir manejando me iba a morir de tristeza, que debía hacer el esfuerzo para continuar con el viaje. Encendí el motor, estaba a punto de poner primera y un golpe en el cuerpo me despertó. Era el médico que me había resucitado luego de haber quedado cubierto por la nieve aquella noche. Estuve dos o tres meses sin poder manejar”.
Los hombres quedaron en silencio luego de escuchar el relato de Román. Él también se quedó pensando en lo que le había sucedido aquella noche pero prefirió salir de aquel túnel que no lo llevaba a ningún lado y comenzó otra ronda de mate. El borracho tomó un trago de ginebra y contó un relato despreciable:
“Una noche venía manejando por la ruta y andaba con ganas de parar en algún lado para despejarme un poco, estaba aburrido de conducir, quería ir a alguno de los cabaret que están al costado de la ruta pero no pude encontrar ninguno en ese camino de mierda. En el medio de la nada, a lo lejos, vi a una puta que estaba haciendo dedo. Cuando me acerqué, le puse el camión al lado. Era una vieja de unos cuarenta años pero estaba bastante bien. Como venía la mano no iba a conseguir a ninguna de quince como me hubiera gustado. La vieja primero se hacía rogar, decía que estaba caminando por la ruta porque tenía que pedir ayuda no sé para quién, son todas iguales. Al principio no quieren decir que son putas porque tienen miedo de encontrarse con algún policía que se las lleve detenidas. Yo le seguí el juego y le dije que la iba a acercar hasta donde ella quería ir. Le abrí la puerta del camión y subió a la cabina. Estaba descalza, con la ropa desgarrada y con algo de sangre. Pensé que algún borracho la debió haber golpeado como ocurre cuando no quieren hacer lo que tienen que hacer. Parecía que todavía le dolían los golpes porque de vez en cuando hacía que lloraba. Hicimos unos kilómetros y nos estábamos acercando al pueblo. Paré el camión en la banquina, me abrí el pantalón y le dije que se la metiera en la boca. Ella no quería saber nada, se hacía la desentendida y miraba por la ventanilla. Cansado de que se hiciera la difícil, la agarré de los pelos y le hundí la cara entre las piernas. No le solté la cabeza hasta que abrió la boca. Comencé a aburrirme, parecía que estaba demasiado drogada. La agarré de la cintura y la puse boca abajo en el asiento del acompañante, le saqué la ropa y la violé tantas veces que perdí la cuenta. Le pedía que me dijera que le gustaba, solamente tenía que decirme eso, pero nunca me lo dijo. Cuando me cansé, la bajé en ese mismo lugar y le arrojé la ropa que había quedado en el camión. Estaba cerca de la rotonda de Tres Arroyos. Pensé en ir a la ciudad para tomar algo. Me debo haber confundido con alguna señal porque en lugar de agarrar la avenida principal, entré en una ruta sin señalizar que me llevó a una estación de servicio. El lugar parecía abandonado, era bastante siniestro. Me detuve allí, quería preguntar si tenían ginebra. El local de venta estaba cerrado. Al lado había un taller mecánico completamente oscuro. Solamente un farol alumbraba a los surtidores. Golpeé fuerte las manos y pregunté si había alguien que me pudiera atender. Un viejo maloliente salió del galpón donde funcionaba el taller. Parecía tener más de cien años. Estaba completamente arrugado y vestía nada más que unos trapos sucios. El viejo me pidió que le dijera lo que había hecho con la mujer de la ruta. Antes de que le pudiera contestar me agarró del cuello y me amenazó diciéndome que si algo malo le había ocurrido a ella, él no dudaría en hacer lo mismo conmigo. Con un empujón logré que sacara las manos de mi cuello. Le estaba por dar un cachetazo para que se dejara de joder pero un perro enorme y pesado saltó sobre mí y me arrojó al suelo. El animal quería morderme el cuello en el mismo lugar donde el viejo me había dejado las marcas de sus dedos, pero no pudo hacerlo. Lo agarré de la trompa y con las dos manos le mantuve cerrada la mandíbula. El perro sacudía el cuerpo para intentar liberarse de mí pero no lo conseguía. Cuando logré reducirlo, el viejo me dio un golpe en la cabeza con una pesada barra de hierro que no supe cómo hizo para levantar y quedé inconsciente. La caída de un rayo me despertó. Estaba detenido en la banquina, a pocos kilómetros de la rotonda. Quise buscar la estación de servicio donde estaban el viejo y el perro pero llovía de tal manera que las ruedas del camión se habían hundido en el barro. Busqué unos troncos para poner debajo de los neumáticos y así logré sacar al camión de la tierra. Cuando volví a pasar por la estación de servicio, la encontré completamente cubierta de agua. Llegué a la rotonda y... ”.
Una luz potente y blanca se acercaba rápidamente por el carril donde los camioneros habían hecho el fogón. Empezaban a llegar los primero vehículos que venían desde el puente. El paso ya estaba habilitado. Los camioneros apagaron el fuego y cada uno volvió a su camión. Luego de escuchar el relato del borracho, Román comenzó a dudar de todo lo que había pasado y de lo que él entendía que había pasado. Quiso seguir creyendo que el suceso de la estación de servicio había sido un sueño pero el miserable relato del borracho lo hizo dudar. Y si ahora dudaba de que hubiera sido un sueño, entonces al camión que estaba detrás de su camión lo conducía una persona abominable. La caravana de camiones comenzó a avanzar lentamente. Delante de él estaba muy cerca el final de ese viaje. Detrás de él, ese mismo viaje volvía a comenzar. El perro de Román dio un salto y pasó de la cabina al colchón del dormitorio. Recostado miraba la ruta y también a Román que manejaba en silencio y preocupado. De vez en cuando le olfateaba la cabeza y pasaba la lengua por su cabello para que estuviera presentable.