Cora salió del trabajo y volvió caminando a su casa. En el viaje pensaba cómo podía ser posible que Joan estuviera vivo y que no la hubiera llamado hasta el día anterior, cuando había escuchado su voz en el teléfono y no había podido decir una palabra. Pensaba también que en el año que había pasado desde el accidente hasta ese día, bien podría haberse cruzado con él en algún momento. Y si él hubiera retirado la moto, tal como lo aseguraba la policía, seguramente debería haber pasado algún día por la estación de servicio para cargar nafta. Inmediatamente Cora reconoció que de tan concentrada que estaba en sus tareas había dejado de prestarle atención a la gente que se acercaba a los surtidores, solamente reparaba en las personas que entraban en la confitería. Otra vez volvió a pensar en lo que había pasado aquella noche. Recordó que luego del encuentro con el camionero, se encontraron con la mujer de la ruta y que ella no quiso mirarla demasiado. Luego vino el suceso de la rotonda, donde tuvo un leve mareo por tomar la curva tan rápido. Y después de eso llegaron a la estación de servicio abandonada, donde se encontraron con el viejo y con el perro. Allí había visto morir a Joan.
Pero Joan estaba vivo, él había sido quien había retirado la motocicleta, según lo que le había asegurado el comisario. Recordó Cora que aquella vez hubo una gran inundación en la ciudad debido a las fuertes lluvias que se habían desatado a la medianoche. También recordó que en el momento en que ella y Joan se encontraban en la estación de servicio todavía no llovía. Luego del ataque del perro, se acordó de que había salido corriendo y de que días después había despertado en un hospital creyendo que Joan estaba muerto, había perdido mucha sangre y no reaccionaba cuando el viejo lo desvestía. Mientras caminaba con la mirada perdida hacia su casa en una noche tan fría como cualquier relato sin importancia, Cora comenzó a dudar de que Joan estuviera muerto cuando ella lo abandonó. Ésa era la única razón lógica que había encontrado para unir todas las puntas de ese ovillo que se había cortado en mil pedazos un año atrás. Si todo había sucedido tal como Cora siempre lo había creído, lo ocurrido aquella noche no había sido un sueño. Cada uno de los hechos había formado parte de una trama que había llevado a Cora y a Joan hasta la estación de servicio abandonada. No hubo ningún accidente de moto en la ruta tal como los amigos de Joan aseguraban. Todo había sido real: el accidente del auto en la curva, el camionero, la mujer de la ruta, la estación de servicio que ya no está, el viejo y el perro. Y si todo aquello había sido real, ¿cómo podía ser que también formara parte del sueño de su amiga un año después? Cora se hacía esta pregunta pero no encontraba respuestas. Los sueños son extraños, dijo al fin para que nada le hiciera cambiar su forma de pensar.
Cora entró a su casa, dejó su cartera y la campera de cuero negra sobre una silla, respiró profundamente para que el pánico no la invadiera como lo había hecho la noche anterior y llamó a Joan. El teléfono sonó dos veces y su amigo atendió. Cuando escuchó aquella voz inconfundible, Cora regresó al año anterior, a la facultad de Bahía Blanca, al viaje en moto por la ruta, a la casa de Joan en Tres Arroyos, a la única vez que habían hecho el amor y a lo extraño que se había comportado él aquella tarde.
—Soy Cora —dijo ella y quedó en silencio.
Joan se sorprendió. Ya no pensaba que Cora lo fuera a llamar. La noche anterior había sido la última vez que él buscaría a Cora, luego comprendería que ella no lo quería ver más. El llamado de Cora era el llamado que él había estado esperando todo este tiempo.
—¡Cora! ¿Qué te pasó? ¿Estás bien? —preguntó Joan.
Cora comenzó a extrañarse por esa conversación. Cómo le iba a preguntar si estaba bien. Lo había estado buscando todo el año, pensaba que estaba muerto, lo había llorado tantas veces que ya no tenía fuerzas para explicarle todo lo que ella había pasado por no estar a su lado. Y Joan ahora le preguntaba si estaba bien.
—No, no estoy bien —contestó Cora—. Estoy mal, te estuve buscando por todos lados, pensé que ese perro te había matado. Llamé a tu casa varias veces, muchísimas veces, pero nadie me atendió. No encontré a ninguna persona que supiera decirme dónde estabas. Yo terminé internada en un hospital sin saber la causa y vos un día cualquiera te presentás en la comisaría a retirar tu moto y ni siquiera me venís a buscar. ¿Qué pasó por tu cabeza? ¿Creíste que te ibas a liberar tan fácilmente de mí luego de que me hicieras el amor? ¿Pensabas que de un día para el otro se puede descartar a una per sona sin decirle una palabra, sin tener en cuenta siquiera la amistad que ella tiene con vos? Puedo entender que no te haya gustado que nuestra relación hubiera ido más allá de lo que entonces teníamos, puedo entender que no buscabas otra cosa en mí más que aquella amistad. Todo eso puedo entenderlo pero la otra persona tiene derecho a saber si está actuando de manera equivocada. Luego ella podrá elegir entre quedarse o irse para siempre. Yo hubiera podido elegir entre seguir siendo amigos o desaparecer, merecía contar con esa posibilidad pero ni siquiera me la diste. Qué mal amigo resultaste, Joan.
Joan no comprendía lo que Cora le estaba reclamando. Creyó que estaba hablando con alguien desconocido. Pensó que la chica que lo había llamado era otra mujer que se llamaba igual que su amiga, que tenía su misma voz pero que se había equivocado de número, que buscaba a otra persona. Le preguntó si estaba llamando al número correcto.
—Sí, Joan, éste es tu número de teléfono, el que tuviste siempre, el mismo número que todo este tiempo nadie atendió. Soy Cora, Joan, Cora, tu amiga.
Joan estaba muy perturbado por lo que Cora decía. No entendía su fastidio, no era la Cora que él había conocido, ahora alguien que se llamaba Cora le hablaba por teléfono recriminándole alguna mala acción que consideraba que él había tenido con ella. Joan quedó en silencio, no quería discutir hasta entender lo que estaba sucediendo. Luego de que Cora también callara, Joan le preguntó por la moto.
Cora le contó lo que ellos habían hecho desde el momento en que Joan la había llamado para encontrarse en la facultad. Le contó también que habían viajado juntos hasta su casa de Tres Arroyos. No le dijo nada acerca de que ella se había desnudado frente a él, le dio vergüenza hablar de eso ahora que veía en Joan a un desconocido. Luego habló de la noche en la ruta, del camionero, de la mujer que casi atropellan, de la rotonda y terminó con la estación de servicio, con el viejo y con el perro. Joan no recordaba nada de lo que Cora le contaba. En cambio, le preguntó a Cora por qué se había mudado. Le dijo que él la había estado buscando todo ese tiempo pero que no la había podido encontrar. Al salir de la facultad se quedaba esperándola en el mismo lugar donde acostumbraban a encontrarse pero ella no aparecía. Tampoco atendía sus llamadas. El teléfono sonaba durante un largo tiempo y luego se quedaba sin tono. Le contó también que varias veces en el día había pasado por su casa pero nunca nadie lo había atendido. Luego habló de lo que sucedió después:
“Estaba preocupado por lo que te podría haber pasado. No sabía nada de vos, nadie me daba noticias tuyas. Te busqué a la salida de la facultad, llamé a tu casa y pasé por ella infinidad de veces en el día sin tener respuesta. Pregunté a los vecinos si sabían algo de vos pero me enteré que mucho no te conocían. Una persona que vivía en el piso de arriba de tu departamento me dijo que creía conocer a una chica como la que yo le describía, pero que, como ella no se daba con nadie, él no sabía si continuaba viviendo ahí o si se había mudado. Sos una persona muy reservada, Cora, demasiado reservada. La tarde siguiente llamé al departamento y me dio tono de ocupado. Me di cuenta de que había alguien viviendo allí, de que no estaba vacío como ya empezaba a creer. Esperé unos minutos y volví a llamar. Una voz de una mujer mayor me atendió. Le pregunté por vos. Me dijo que ahí no vivía nadie que se llamara Cora pero que quizás estaría buscando a la inquilina anterior. El departamento había quedado vacío y lo habían puesto en alquiler nuevamente. Esta mujer se había mudado esa misma semana. Nada pudo ella decirme de vos. Le pregunté el nombre de la inmobiliaria que le había alquilado el departamento, tal vez allí podrían decirme algo más. Fui hasta la inmobiliaria pero no me quisieron dar esos datos, me dijeron que no brindaban información a desconocidos. Abandoné el local bastante angustiado, preocupado por vos. Creí que estabas huyendo de mí por algo malo que podría haberte hecho. Acepté la idea de que no querías verme, intenté olvidarte pero no pude hacerlo. Apenas me subía al micro que me llevaba todos los días a Bahía Blanca me dormía para que el viaje se me hiciera más corto y soñaba que estabas esperándome en la terminal para ir a la facultad. Llegaba a la terminal y te buscaba, creyendo que el sueño había sido real. Terminaba mis clases y caminaba hasta la sala de entrada para esperar que salieras de tu última clase. Luego me daba cuenta de la inutilidad de mis actos y volvía a la terminal para tomar el micro que me llevaba de regreso a Tres Arroyos.
Una noche, cuando volví de la facultad, quise escuchar música y busqué por instinto un disco de Coltrane. Había olvidado que te lo había prestado aquella tarde en la que habíamos estado hablando de Stevenson. Ese disco me hizo acordar de que aquella misma tar de me habías prestado un libro de Bioy Casares. ¿Te acordás de cuál era? Ese mismo. Había comenzado a leerlo durante el viaje de regreso a Tres Arroyos y lo terminé ese fin de semana. Yo quería hablarte de lo que me había parecido uno de los cuentos, más precisamente el que le daba nombre al libro. Como no logré encontrarte, no tuve la oportunidad de comentarte acerca de una sospecha bastante infrecuente que me había asaltado al terminar la lectura. La ausencia me nublaba la vista y la razón. Creía ver cosas que no existían. Pensaba cosas imposibles que me llevaran muy lejos de aquella ciénaga donde me estaba ahogando. Una mañana me levanto para desayunar y encuentro el disco de Coltrane que estaba buscando. No entendía de qué manera el disco había regresado a mi casa. Estaba apoyado sobre la mesa de la cocina. Lo tomé para ver si se trataba del mismo disco que te había prestado. De repente apareciste detrás de mí y me lo sacaste de la mano. Te sentaste en el sillón, lo abrazaste contra tu pecho y me dijiste que no te lo quitara, que ahora era tuyo y que gracias a él vos me recordabas cuando te sentías sola. Quise decirte algo que ahora no recuerdo y me desperté sobresaltado. Fui hasta la mesa de la cocina para saber si aún el disco estaba allí pero la mesa estaba vacía. Vos tampoco estabas.
Comencé a dudar de lo que había pasado. Seguía sin entender cómo podías haberte alejado de mí de un día para el otro. Me aferraba al libro que me prestaste como si en él estuviera la llave que abriría el cofre encantado donde te refugiabas. Todas las noches releía algún pasaje para que me llevara hasta aquel rincón en el que creía que te habías exiliado junto con todos tus secretos. Pero no podía leer por mucho tiempo, la angustia me doblegaba y a partir de entonces todo lo que hacía dejaba de tener sentido. La frustración y el desgano comenzaban a agobiarme. Me amparaba en el misterio de la noche, ella aplacaba mi obsesión. Intentaba dormir cuanto antes para escapar de aquel tormento que al final del día desbordaba como los arroyos lo hacen sobre la ruta, llevándose todo lo que encuentran a su paso. Una noche soñé con aquellos arroyos que de vez en cuando cortan la ruta. Me había quedado dormido pensando que te había pasado algo malo, que por esa razón nos habíamos dejado de ver. La sensación de ahogo por no tenerte cerca me atormentaba y salí a buscarte. Estaba decidido a recorrer toda Bahía Blanca si fuera necesario para encontrarte. El micro partió de Tres Arroyos con lluvia, muy tarde en la noche. La ruta estaba cortada antes de llegar a Coronel Dorrego, uno de los arroyos había desbordado y no podíamos continuar el viaje hasta que el agua no bajara. Algunos pasajeros se habían acercado a las ventanillas para ver la creciente pero en un momento entraron en pánico por algo que estaba ocurriendo afuera del micro. Yo estaba sentado del lado opuesto al que ellos estaban mirando. Me levanté pero no alcancé a ver nada. Los pasajeros llamaban a unos hombres de Vialidad. El chofer bajó del micro y yo bajé detrás de él. Un gran río cruzaba por la ruta y la corriente se llevaba todo lo que encontraba a su paso. La noche estaba cerrada y no se podía ver mucho más que eso. Un hombre pedía por radio que vinieran cuanto antes los bomberos. Una chica había querido cruzar a pie por la ruta y aquel río la estaba arrastrando hacia alguna remota desembocadura. Yo no sé por qué pero enseguida supe que eras vos, Cora. Me tiré al agua y nadé con todas mis fuerzas para rescatarte. El agua quería llevarnos hasta el mar pero llegué hasta donde vos estabas y te tomé de un brazo. Un remolino nos arrolló y los dos nos despertamos en mi casa sin entender lo que nos había pasado. Recuerdo que en ese sueño te hablé de mi teoría. Luego me desperté”.
—La de las muchas Cora y los muchos Joan —dijo ella.
—¿Cómo lo sabés? —preguntó sorprendido Joan.
—Porque me la contaste en ese sueño —dijo Cora.
Joan no podía entender cómo Cora se había enterado de lo que él había soñado. No creía que los sueños fueran compartidos. El soñado nunca se entera de lo que el soñador está soñando. Era imposible que Cora supiera lo que él había soñado, pero a esta altura de los hechos a Joan nada le parecía imposible.
—Sí, eso mismo —contestó Joan—. Te estuve llamando todos estos días pero nadie me había atendido hasta ayer. Fue como si te hubieras ido a otro lugar y ayer hubieras regresado a tu casa. Yo recordaba tu número de teléfono de memoria pero por un momento dudé de estar en lo cierto. Ayer lo busqué en la guía y comprobé que tenías otro número, que estabas viviendo en Tres Arroyos. Me sorprendió saber que te habías mudado tan rápidamente. Eso confirmó lo que pensaba, querías huir de mí. No sé lo que te habré hecho, Cora, pero si algo malo hice para que te alejaras de mí, te pido perdón. Jamás te lastimaría, sos la única amiga que tengo.
—Eso es mentira —dijo Cora interrumpiendo su relato—. Vos tenés dos amigos en Coronel Dorrego. Hablás de ellos como si fue ran tus mejores amigos. Cuando te compraste la moto se la quisiste mostrar ese mismo día.
—Nunca me compré ninguna moto, Cora —dijo Joan—, no me gusta andar en moto, me parecen unas máquinas muy peligrosas. Jamás me compraría una. Tampoco tengo amigos en Coronel Dorrego.
—Definitivamente estoy hablando con otra persona, me parece muy cruel que niegues todo lo que hicimos ese día. Realmente estás mal de la cabeza —dijo Cora y luego cortó.
Cora llevó la campera y la cartera al dormitorio y por primera vez en mucho tiempo vio la cama vacía. Joan no estaba allí esperando que ella lo despertase con un beso en la mejilla para compartir la cena. El teléfono sonó.
—No me llames más, Joan —dijo Cora.
—Hola, Cora, ¿estabas hablando con Joan? Soy tu compañera de trabajo.
Cora comprendió que no era Joan el que llamaba y sintió vergüenza por lo descortés que había sido con su amiga.
—Sí —contestó Cora—. Me parece que está perdido, dice cosas incoherentes, niega todo lo que hicimos, es como hablarle a una pared.
—Es extraño —dijo la mujer—. Tal vez la conmoción que tuvo por los golpes que recibió en la estación de servicio le haya dejado secuelas graves.
—Puede ser, pero ya no me interesa.
—Cora —continuó hablando la mujer—, te quería contar que mañana voy a llevarle al comisario una caja de habanos. Se los había prometido con el fin de que nos dijera el nombre completo del dueño de la moto. Cuando llegué a mi casa llamé a la comisaría y él aún estaba en su despacho. Le dije que quería entregarle un presente por lo amable que había sido con nosotras. El hombre hizo silencio y luego con un tono más cordial que el del principio de la conversación me dijo que pasara a primera hora por la comisaría, que en ese momento del día lo iba a encontrar más tranquilo. Me animé y le conté lo que me había pasado con el preso cuando él fue a atender el teléfono a su despacho. Se puso furioso. No era por mi causa el motivo de aquella ira, sino porque estaba indignado con el cabo que debía vigilar a los presos. Esos reclusos eran peligrosos y esperaban ser trasladados al penal de Bahía Blanca cuanto antes. Uno de ellos estaba acusado de violar a una mujer en Tres Arroyos hacía tiempo. Ayer lo habían atrapado conduciendo un camión en una ruta de Río Negro, muy cerca de Neuquén, un año después de que había sido hecha la denuncia. El comisario no quería recibirlo en su destacamento, esperaba que lo llevaran directamente a Bahía Blanca pero la justicia había dicho que primero debía pasar por Tres Arroyos, según el procedimiento judicial. Ese asunto lo tenía bastante alterado. Se volvió a disculpar conmigo. Me resultó agradable la charla que tuvimos.
—Al menos nos permitió saber que Joan está vivo —dijo Cora y se quedó pensando en cómo esa situación que debía ser la causa de su felicidad se había convertido en el final de su relación con Joan.
La mujer le preguntó a Cora si podía entrar al trabajo un poco más tarde para poder encontrarse con el comisario. Cora le dijo que contara con ella, que la cubriría durante ese tiempo. Luego cortó.
El teléfono sonó nuevamente, era Joan. El joven había llamado para contarle a Cora lo que él creía que había pasado:
“Cuando terminé de leer el libro de Bioy comencé a pensar que tal vez sería posible que existieran varios universos al mismo tiempo. Y que en ellos también estuviéramos nosotros. No en todos, pero sí en algunos. En unos podría estar yo, en otros, vos y en otros, los dos juntos. Pero en algunos de ellos podría ocurrir que no nos conociéramos, seríamos extraños el uno para el otro. En otros tendríamos alguna relación más o menos vana. Pero en uno solo lograríamos encontrarnos plenamente, con lo que cada uno tiene para completar en el otro. Nosotros dos habitábamos ese universo, Cora, pero de repente algo salió mal. Un día desapareciste, no te encontré más. Creí que te había perdido para siempre. Se me ocurrió pensar en lo que decía Bioy. Él hablaba de algo que conectaba a los diferentes universos, algo que él llamaba pase, como si fuera un pase de manos que los magos hacen en sus trucos. Esos pases, según Bioy, conectaban un universo con el otro. Todos los universos están juntos, unos sobre otros, como si fuera una gran torta de panqueques o un bizcochuelo con infinitas capas. Pongo ese ejemplo para que los dos podamos entender de manera clara la idea. Algo ocurrió los días siguientes que provocó que alguno de nosotros hiciéramos sin querer ese pase de magia que nos trasladó a otro universo, más o menos igual al que teníamos pero con otras características. Aquel día ingresaste a otro universo sin darte cuenta y conociste a otro Joan, que no era yo. Ese Joan andaba en motocicleta y su carácter no se parecía al mío. Además ese Joan tenía amigos en Coronel Dorrego, amigos que yo no tengo. Con ese Joan viajaste por la ruta en la noche y te encontraste con el accidente y con el camionero. Luego, regresando a Tres Arroyos te cruzaste con la mujer de la ruta y después llegaron a una estación de servicio que parecía abandonada. Allí viste que un viejo y un perro habían matado a aquel Joan. Lo que no me queda claro en este asunto es en qué momento pudiste haber realizado el pase del que habla Bioy pero creo que fue en la rotonda. Cada vez que cruzo ese siniestro laberinto tengo algunas alucinaciones que luego descarto. No sé si será por la hora en la que debo levantarme, pero luego de cruzar entro en un sueño profundo que me parece real. Una vez me encontré en el sur del país, en medio de la nieve. Otra mañana creí que el micro se había detenido en el desierto y todos moríamos de sed. La última vez me encontré con vos en Neuquén alrededor de un fogón donde alguien tocaba una guitarra. Luego de todas aquellas alucinaciones siempre me despierto y respiro aliviado al darme cuenta de que aún estoy en el asiento del micro, muy cerca de Bahía Blanca. Tal vez lo que ocurrió con vos fue algo más poderoso y lograste pasar al otro lado, a ese universo parecido al nuestro pero no igual. Tal vez aquella rotonda fue la causante de ese pase de manos. Lo cierto es que en todo este tiempo vos estuviste ausente en mi mundo. Habías desaparecido pero ahora regresaste”.
Cora se quedó pensando en lo probable que podría ser la hipótesis de Joan.
—¿Ves? Estaba segura de que aquello que me pasó en la ruta el año pasado había sido cierto —afirmó Cora—. Luego de eso abandoné la facultad.
—No sabía que habías abandonado la facultad —dijo Joan—, pensé que te habías mudado nada más. Con razón no te encontraba.
—Sí, no pude sobrellevar todas las cosas que me pasaron aquella noche. El haberte perdido terminó por vencerme. Por esa razón comencé a trabajar en la estación de servicio de la ruta.
—¿Entraste a trabajar en la estación de servicio donde habían matado al otro Joan? —preguntó el joven asombrado por la fortaleza emocional que Cora debía tener.
—No, no pude volver allí nunca más —contestó Cora—. Además siempre estuvo cerrada hasta que la demolieron hace poco tiempo.
Estoy trabajando en la estación de servicio que inauguraron a fin del año pasado.
—¿Ya la terminaron? —preguntó con asombro Joan—. Yo pasé estos días por ahí y recién estaban construyendo el comedor y haciendo los pozos para los tanques de combustible.
—Sí, se terminó a fines de noviembre del año pasado, en el ’88. Yo fui una de las primeras empleadas.
Joan le iba a decir a Cora que estaban en junio de 1988, que noviembre todavía no había llegado, pero se detuvo. Sus sospechas ahora tenían mucho más sentido. Cora, la joven con la que estaba hablando, era la Cora que él conocía pero por alguna misteriosa razón había entrado en el mismo universo en el que ellos estaban, pero un año después. Ahora no le bastaba entender a Joan el concepto de los universos paralelos, sino que también tendría que aceptar que había un corrimiento en el tiempo entre esos universos. Cora estaba hablando con él pero en 1989. Esa Cora del futuro, su verdadera amiga, había ingresado a un universo diferente, a aquél donde habían matado al otro Joan. Luego, no sabía bien cómo explicarlo, ella había vuelto a su universo pero al año siguiente. Prefirió no decir nada hasta aclarar esa idea y quedaron en verse al otro día.
Cora había perdido el apetito. Lo que le había ocurrido ese día le había dejado un gusto agridulce, como las tostadas de la mañana. Por un lado había encontrado a Joan pero por el otro él había estado sin llamarla durante un año. Prefirió quedarse con la primera sensación que tuvo al saber que Joan estaba con vida. Encendió el equipo de música y se sentó a escuchar A Love Supreme, el disco de Coltrane que Joan le había prestado. Se durmió en el sillón abrazada a la tapa del disco como si fuera Joan.
Despertó a la madrugada. Poco se veía en aquella oscuridad. No quiso encender la luz para no despabilarse. Había soñado con Joan y para que ese sueño no se esfumara decidió no ir a trabajar ese día. A oscuras buscó el teléfono y llamó a su amiga, la mujer mayor, para decirle que ella no iría a trabajar, que fuera igual a ver al comisario pero que volviera pronto para abrir la confitería. Una voz desconocida atendió el teléfono. Cora preguntó por su amiga. Aquella voz le dijo a Cora que la persona que buscaba había tenido un terrible accidente en la ruta hacía unas horas, su familia había muerto y su amiga estaba desaparecida. Le dijo también que estaba muy preocupada y le pidió a Cora que, de tener alguna información sobre su amiga, no dudara en llamar a cualquier hora. Luego escuchó un llanto desconsolado y alguien cortó la comunicación. Cora despertó completamente. El sueño que había tenido con Joan y que quería mantener en su cuerpo había desaparecido ante esa trágica noticia. Como si quisiera alejarse de todo aquello que había terminado derrumbándola, fue hasta su cama y se acostó a dormir con la esperanza de que al despertarse se diera cuenta de que esa noche no había sido más que una pesadilla.
Cora despertó cuando el sol entró en su dormitorio. Se levantó y fue hasta la cocina. No la encontró en el lugar donde estaba. El living tampoco se encontraba al lado del dormitorio. El departamento tenía otra distribución que le resultó familiar. Estaba en su casa de Bahía Blanca. De alguna manera que ella no comprendía había vuelto al departamento donde había vivido el año anterior. En la cocina encontró algunos libros de la facultad que había dejado sobre la mesa aquel día en el que Joan había aparecido con la moto. Un almanaque estaba pegado sobre la heladera. Tenía arrancados los meses que habían pasado del año 1988. Aún quedaba por separar del talón el mes de junio y los meses siguientes. Cora recordó lo que le había contado Joan sobre los universos paralelos y también reconoció que nunca le había prestado atención; pensaba que era una excusa para justificar el destrato que él había tenido con ella. Pero ahora estaba convencida de que algo misterioso había ocurrido con Joan y con el tiempo. Recordó la llamada que había hecho a la casa de su amiga durante la noche y se convenció de que ella había tenido un accidente. Aquella mujer que había conocido en la nueva estación de servicio no era la misma mujer que había tenido el accidente en la ruta, era una de las tantas mujeres iguales que habitaban cada uno de los distintos universos, según la teoría de Joan. Sin embargo, la amiga de Cora era igual que aquella mujer que había visto en la ruta. La diferencia era que la amiga de Cora no había pasado por aquel accidente, ella habría llegado al universo donde se había encontrado con Cora de la misma manera que la joven lo había hecho, tal vez mediante un pase de magia. O tal vez a través de la rotonda. Cora se dio cuenta de que había estado rodeada de personas extrañas que decían conocerla. Seguramente ella era conocida para aquellas personas pero no era la verdadera Cora que las personas habían conocido. Luego se preguntó por la Cora de la estación de servicio. Si ella había ocupado el lugar de la otra Cora, ¿dónde estaría la otra Cora?
No podía ser que la otra Cora no hubiera ido a ocupar su puesto de trabajo en todo el tiempo que Cora había estado trabajando en la nueva estación de servicio. El planteo de Joan se ajustaba a todas las situaciones extrañas por las que Cora había pasado aquella noche del accidente en la ruta. Eso, definitivamente, había ocurrido. Pero, desde el hospital donde había despertado hasta su reencuentro con Joan, nada había sucedido en otro universo. Eso le había sucedido a ella misma, no tenía ninguna duda. No había otra Cora en la nueva estación de servicio, siempre había sido ella la que había estado ahí. Cora se dio cuenta que algo la había llevado al futuro, más precisamente a un año después. Algún otro pase de magia, se dijo, y luego pensó otra vez en la rotonda.
El teléfono sonó y Cora corrió a atenderlo. Era Joan. Le decía que se había comprado una moto y que quería encontrarse con ella a la salida de la facultad para que lo acompañara a Tres Arroyos, allí les mostraría la moto a unos amigos de Coronel Dorrego. Cora le dijo que no se sentía bien y aterrada cortó la comunicación. El teléfono sonó varias veces más hasta que Cora lo desconectó. Ahora todo cerraba. Ahora volvería a tener al Joan que siempre había amado y no a aquel impostor de la motocicleta. Se acordó de lo que ocurrió aquella noche con las motos y quedó muy angustiada por la mujer de la ruta. Después recordó que ella en aquel momento no era su amiga. Cora conocería a su amiga al año siguiente, cuando ambas se encontrarían en la estación de servicio que estaban construyendo en Tres Arroyos. Recordó también que, de ser cierto que había llegado a vivir lo que le sucedería el año siguiente, ella tendría un accidente que la llevaría a estar internada en el hospital. Prefirió no seguir atormentándose. Las cosas sucederán cuando tengan que suceder y no voy a tener otra solución que aceptarlas, como cualquier persona debe aceptar su propio destino, dijo al fin.
Terminó el desayuno y salió para la facultad. Había perdido las clases de la mañana pero quería cursar las materias que tenía por la tarde. Prefirió tomar un camino que la llevara por alguna plaza o por algún parque para despejar su mente. Cora volvía a ser feliz. Joan estaba con ella nuevamente y ella estaba en su ciudad, Bahía Blanca. Caminando por un amplio parque en aquel mediodía de invierno se acordó de Román.