La última vez que vi a Román fue en Buenos Aires. Yo había salido temprano del trabajo y se me ocurrió pasar por su casa, como lo hacía aquellas tardes en que necesitaba fortificar mi espíritu con sentimientos nobles. La mayoría de las veces que pasaba por allí no encontraba a nadie. Era lógico, muy de vez en cuando Román estaba en su casa, casi siempre se encontraba en la ruta recorriendo el país, su otra casa. Al doblar la esquina vi el camión estacionado. Detuve el auto a pocos metros de él y golpeé la puerta. Escuché la voz de Román que me decía que entrara, que la puerta estaba sin llave. Lo encontré en la cocina tomando mate. Tenía un disco de plata en la mano, del tamaño de un plato de pocillo de café. Sobre una de las caras del disco se veía la imagen de un ciclista montado en su bicicleta con los brazos en alto. Una larga cinta acompañaba a esa insignia. Le pregunté a Román qué era aquello —esa pieza definitivamente había atrapado mi atención—. Me contestó que era una medalla que le habían dado el fin de semana anterior por haber ganado una carrera de bicicletas en Lanús. La noticia me sorprendió. Yo sabía que Román había vuelto a andar en bicicleta y que entrenaba todos los días que podía. También sabía que de vez en cuando participaba de alguna carrera en el conurbano pero nunca supe de ninguna en la que él hubiera ganado. Se le hacía difícil competir a causa de los largos viajes que debía hacer por su trabajo. Con el fin de mantener su estado atlético, esos últimos años cargaba su bicicleta en el camión y, mientras esperaba que le consiguieran algún flete en el transporte, Román hacía ciclismo por las rutas del sur del país. Algunas veces llegaba hasta un lago azul. Otras veces, hasta el pie de un volcán.
Para esa época Román había cambiado su camión por otro más nuevo y más cómodo. Había dejado aquel de doble eje con caja de madera y ahora tenía un semirremolque parecido al del chofer con el que se había encontrado hacía tiempo en aquel fogón camino al puente que unía Cipolletti con Neuquén. Me alegró encontrarlo de buen humor y con un reconocimiento al esfuerzo y a la dedicación que él siempre había tenido con el ciclismo. Realmente se merecía ese premio. Aquello me hizo pensar que en la vida todo llega. Tarde o temprano siempre llega. A Román el premio no le había llegado temprano pero tampoco tarde. Lo mismo que el nuevo camión. Cada vez que algún chofer lo pasaba en la ruta con uno de esos camiones modernos, él se quedaba maravillado al oír su andar sereno, le parecía ver a esos vehículos flotar por la suavidad con la que se afirmaban al pavimento y por lo bien que doblaban en alta velocidad. Cuando los camioneros sobrepasaban a su viejo Ford 6000 hacían sonar sus bocinas. Román les devolvía el saludo con el brazo en alto. A varios de ellos ya los conocía, de vez en cuando los encontraba en algunas de las estaciones de servicio donde se detenían a descansar. No pocas veces aquellos choferes lo invitaban a comer y luego, en la sobremesa, antes de ir a dormir, le preguntaban cuándo iba a cambiar el camión. Román contestaba que nunca, no porque no quisiera cambiarlo, sino porque nunca conseguiría el dinero para hacerlo. Cuando logró cambiar el viejo camión por el semirremolque, a Román todo le resultó más fácil. Si quería andar por la ciudad o visitar algún sitio cercano, ya no tenía que mover aquel viejo camión con la enorme caja de madera, tan incómodo para conducir en las calles estrechas, ahora le bastaba con desenganchar el semirremolque, dejarlo en la puerta de su casa y salir únicamente con el tractor.
Román se dio cuenta de mi excitación por el premio que había ganado pero le restó importancia a la medalla. Dijo que los premios no se otorgaban para hacer alarde sino que se obtenían para preguntarse si lo que uno estaba haciendo era lo correcto. Dijo también que a los pocos días uno terminaba olvidándose de ellos. Comprendí que tenía razón. En mi juventud yo había ganado algunos trofeos jugando al fútbol. Al principio los ponía sobre una biblioteca, delante de los libros. Después de un tiempo me molestaban cuando quería sacar algún libro de los estantes y los colocaba sobre algún modular en el que había platos y copas. Luego, como entorpecían el movimiento del brazo cuando necesitaba usar la vajilla, los apoyaba provisoriamente sobre alguna mesa desocupada. La última vez que los vi estaban sobre un taparrollo de madera en una habitación olvidada. En la mudanza siguiente los perdí.
Me gustaba visitar a Román de vez en cuando. Apenas su pequeño perro blanco escuchaba el motor de mi automóvil, subía a la terraza y comenzaba a ladrar pasando la cabeza por entre los barrotes de la reja. Luego entraba a la casa y el perro me esperaba delante de Román, anticipándose a su saludo. Era un ritual que nunca dejaba de hacer. Primero saludaba al perro y luego a Román. De esa manera el animal se sentía a gusto conmigo y se tiraba en el piso a escuchar lo que Román y yo hablábamos. Entonces Román ponía una pava con agua en el fuego, iba hasta el camión y volvía con una canasta de mimbre en la que guardaba la yerba y el mate. Traía además un viejo grabador monoaural y sus antiguos casetes que aún funcionaban. Para esa época él ya tenía en su nuevo camión un poderoso reproductor de discos compactos pero éstos, debido al ajetreo del viaje, se iban arruinando hasta dejar de funcionar. En cambio los casetes, si se cuidaban bien, podían soportar cualquier viaje en camión por difícil que fuera. Casi siempre Román buscaba algún casete de Atahualpa y de esa manera comenzábamos la conversación. Otras veces, pocas, ponía algún tango y pasábamos de Corsini a Pugliese entre mate y anécdotas. El perro de Román escuchaba pacientemente la música. A veces parecía estar dormido pero cuando la música se detenía, comenzaba a ladrar. Durante esos años aprendí mucho de música con Román. Gracias a él llegué a comprender a grandes artistas. Nunca lo habría logrado si no le hubiera prestado atención a lo que Román me contaba sobre ellos. Uno de aquellos músicos que comencé rechazando y que luego formó parte de mi vida fue Atahualpa Yupanqui.
Ese día en que nos vimos por última vez —tiempo después hubo otro día en que yo lo vi pero él no me vio— le recordé a Román el viaje que habíamos hecho con una mudanza en el viejo camión de la caja de madera.
—Fuimos a Córdoba —dijo Román, y se rió.
Un amigo de Román había sido desalojado de la casa que le habían prestado para vivir. El hombre había entrado en la pobreza hacía muchísimo tiempo y se había volcado primero a la bebida y luego al abandono. Cuando estaba en Buenos Aires, de vez en cuando Román pasaba a visitarlo. La casa era una pequeña pieza prestada, al final de un angosto pasillo. Con el tiempo, el hombre había logrado superar la bebida pero no el abandono. Unos perros le hacían compañía en aquel cuarto sucio y maloliente. Había dejado de cuidarse hacía tiempo y esa habitación apestaba. En uno de esos encuentros el hombre le pidió a Román si podía llevarlo, junto a sus muebles, hasta una localidad olvidada de la provincia de Córdoba.
Le prometió pagar el viaje pero Román sabía de antemano que no le cobraría por aquella mudanza. Me preguntó si quería acompañarlo. El hombre cargó una cama deteriorada, un colchón ajado al que se le veía la gomaespuma, un lavarropas de dudoso funcionamiento, algunos cacharros de cocina y varias cajas de cartón. Nunca supimos qué había en el interior de ellas. Antes de que Román cerrara la caja del camión, el hombre metió a los dos perros dentro de ella, como si fueran algunos de sus muebles. Pensé que los perros no lograrían sobrevivir al viaje. O bien se morirían de frío en aquel invierno crudo, o bien el movimiento del camión haría que algunos muebles cayeran sobre ellos. Creo que el hombre pensaba lo mismo. Cada vez que nos deteníamos en alguna estación de servicio, él se aseguraba de que los animales estuvieran bien. Cuando no los oía, golpeaba la madera de la caja y del otro lado se escuchaban algunos ladridos de felicidad. Luego el hombre regresaba a la cabina, mucho más tranquilo. El viaje duró toda la noche. Al amanecer llegamos a un descampado de varias hectáreas, muy lejos de la ciudad. El lugar parecía pertenecer a algún campo abandonado que nunca habían puesto en venta. El hombre hizo detener a Román al lado de un pequeño árbol que sobresalía de los pastizales. Comenzamos a bajar sus pertenencias. Los primeros que salieron del camión fueron los perros. Los animales corrían de alegría entre el pasto crecido, primero cada uno por su lado y luego el uno hacia el otro hasta olfatearse los hocicos. Con gran esfuerzo bajamos el lavarropas y nos preguntamos en dónde lo enchufaría. No encontramos la respuesta. El amigo de Román nos dijo que el terreno se lo había prestado un conocido que él tenía en la zona. Lo cierto es que cuando llegamos al lugar no había nadie para recibirlo y la zona de la que hablaba el hombre era un desierto de malezas que se perdía en el horizonte. Estaba por llover. El amigo de Román tomó una lona y la sujetó entre las ramas de unos árboles bajos. Buscó un lugar para ubicar el colchón debajo de la lona y colocó todas sus pertenencias alrededor de éste. Luego fue hasta donde estaba su amigo para arreglar el pago del viaje. Román, al ver tanta miseria junta que caía sobre un pobre hombre abatido por la vida, no quiso cobrarle. En verdad dudaba si lograría pasar la noche en ese desierto helado. El amigo de Román fue hasta donde estaban sus pertenencias. Metió la mano en una de las cajas de cartón y volvió con un envoltorio de tela. Se lo entregó a Román, le dijo que quería que lo tuviera, que para él no tenía sentido quedárselo, que ya había tenido todo lo que él había querido tener y que ahora era el momento de disfrutar de las cosas más importantes de la vida, del afecto de sus perros, del regalo que Dios le había hecho al conocer a gente como Román.
Teníamos que estar en Buenos Aires esa misma noche. Román abrió el envoltorio. Dentro de él encontró un lujoso reloj. La malla era de cuero marrón oscuro y tenía una hebilla bañada en oro. El cuadrante tenía números romanos y las agujas eran extremadamente finas. Román no lo quiso aceptar y fue a devolvérselo pero su amigo se lo negó. Éste miró fijo a Román, le mostró el inmenso campo donde él había levantado su precaria vivienda y le preguntó para qué necesitaría él aquel reloj. Era dueño de todo ese vacío pero nada le faltaría mientras sus perros estuvieran con él. Román alcanzó a mirar hasta donde le llegaba la vista y no encontró más que pasto quemado y árboles sin hojas, pero vio en el rostro del hombre una felicidad como pocas veces había visto. Nos despedimos de él y subimos al camión. Mientras nos alejábamos por un camino de tierra que nos conducía a la ruta, yo miraba por el espejo retrovisor cómo aquel hombre con el brazo en alto se iba haciendo cada vez más pequeño, al igual que el humilde campamento que había montado en medio de la nada. Luego de unos minutos, el hombre desapareció y todo se hizo asfalto.
Un poco antes de aquel día en que nos vimos por última vez, recibí una llamada en el trabajo. Algo había ocurrido con Román. Abandoné lo que estaba haciendo en mi oficina y fui a su casa. Nadie me recibió. Su pequeño perro no apareció en la azotea. La puerta se encontraba como siempre, sin llave, pero Román no estaba en la cocina. Crucé aquella sala y llegué al patio, donde él tenía un baño a la par de un extenso terreno. Lo encontré en el fondo del jardín con una pala en la mano. Había allí un montículo de tierra removida. No quise preguntar, había comprendido. Román acababa de enterrar a su perro. El animal había enfermado de gravedad y ya no tenía fuerzas para seguir viviendo. Román cavó un pozo en la tierra y allí sepultó a su perro para que estuviera cerca de él. Desde aquella vez que algún desalmado lo había abandonado en el camión de Román, en General Roca, él nunca se había separado de su perro. Tampoco pensaba hacerlo ahora, después de muerto.
Román me miró en silencio. Su rostro era otro. La angustia lo había golpeado con esa misma pala que había usado para enterrar a su amigo. Caminó hasta una canilla que había sobre una pared, lavó la pala y la puso a secar al sol. Miré hacia el suelo, no podía seguir mirando a Román. Él no podía hablar. Debía curar las heridas con el silencio, como siempre lo había hecho. Comprendí que yo estaba de más. Me fui de su casa sin decir una palabra. Román nunca fue el mismo después de aquel día.
Una tarde recibí una llamada. No conocía a la persona que me hablaba pero se comunicaba desde el teléfono celular de Román. Me dijo que Román había tenido un accidente y que el único número que había encontrado en la agenda de su teléfono había sido el mío. El hombre quería que les avisaran a la esposa y a los hijos de Román.
—No tiene esposa ni hijos —le contesté, pero quedé en ir al hospital inmediatamente.
Cuando llegué a la guardia me encontré con un grupo de ciclistas que no conocía. Pasé entre ellos y escuché que hablaban de Román. Llegué a la recepción y pregunté por él. Una enfermera me dijo que los médicos lo estaban revisando, que tenía que esperar para verlo. Uno de los ciclistas entró a la guardia y preguntó lo mismo que yo. Estaba vestido con calzas y una remera ajustada de las que ellos usan cuando entrenan. Caminaba con dificultad a causa de las zapatillas que llevaba puestas, esas que tienen un soporte bajo las suelas para que se ajusten a los pedales. El ciclista vino hacia mí y me preguntó si era familiar de Román. Le contesté que era su amigo.
—Nosotros también lo somos —me dijo, haciendo referencia a los otros ciclistas que estaban con él.
Le pregunté qué le había ocurrido a Román. El hombre se sentó a mi lado y me contó lo que había sucedido. Me dijo que ellos estaban entrenando en la ruta. Al cruzar el puente cercano al hospital habían entrado en un sprint, una especie de embalaje final para ver quién llega primero. La rueda delantera de la bicicleta de Román había chocado contra la rueda trasera del ciclista y ambos habían caído al suelo. Él golpeó su casco contra el asfalto y Román golpeó su cabeza contra el cordón, no llevaba casco. Detuvieron a un automovilista que pasaba por allí, subieron a Román al auto y lo llevaron al hospital. Yo le dije que no sabía más que lo que me habían informado en la guardia. El hombre se levantó, me saludó y prometió volver. Luego se unió al grupo de ciclistas que rápidamente lo rodearon para escuchar lo que el hombre estaba por decir. Algunos sostenían los cascos en la mano, balanceándolos inútilmente. Otros abrían y cerraban la cremallera de sus guantes, algo nerviosos. Los que estaban más lejos escuchaban con los brazos cruzados, apoyados en los asientos de sus bicicletas y con la vista perdida en el piso. Luego el hombre se subió a su bicicleta y lentamente comenzó a alejarse del hospital. Los demás ciclistas lo siguieron formando un grupo unido. A medida que se alejaban, unos se iban ubicando detrás de otros como si formaran parte de una procesión en la que sólo se escuchaba el ruido uniforme de las cadenas.
Pasé la noche en el hospital. A la mañana siguiente una enfermera me dijo que podía ver a Román en la sala de terapia intensiva. Cuando entré, Román estaba en coma, con un hematoma en la cabeza. Le hablé en voz baja, supe enseguida que me estaba escuchando. Le dije que entre todos lo íbamos a sacar de allí, que había llamado a sus amigos, aquellos que se habían quedado con alguna parte valiosa de él, y que ya estaban viniendo en su ayuda, como tantas veces él los había ayudado. Una enfermera entró a la habitación y me dijo que ya había terminado el horario de visita. Saludé a Román y salí del hospital. En la puerta me encontré nuevamente con los ciclistas pero esta vez eran muchos más. Todo el playón del hospital estaba cubierto de bicicletas. Las que no tenían lugar aguardaban en las veredas y en las calles aledañas. Algunas enfermeras vinieron a ver lo que estaba sucediendo. Un mar de hombres vestidos con calzas y remeras elastizadas esperaban noticias de Román. El ciclista con el que me había encontrado la tarde anterior se me acercó. Me preguntó por Román. Le dije que estaba en coma pero que muy pronto saldría del hospital. El hombre me saludó y volvió a unirse al grupo. Montó su bicicleta y cruzó lentamente entre los demás ciclistas. Sus compañeros lo siguieron. En poco tiempo se formó una hilera que varias cuadras más adelante se confundió con algunos árboles. Lo saludé con el brazo en alto y luego lo perdí de vista. Durante largo tiempo las enfermeras y yo vimos pasar ciclistas por el frente del hospital siguiendo a aquella procesión. Antes de ir a mi casa pasé por donde había quedado estacionado el camión de Román, en el que había llevado su bicicleta. Estaba sin llave. Saqué algunas de sus pertenencias: unos discos compactos, el equipo de música y algo de ropa que tenía para cambiarse cuando terminara de entrenar. Encontré su casco apoyado sobre el colchón de su cama. Se me cruzó una idea terrible por la cabeza. Imaginé que Román no había olvidado colocarse el casco, sino que sabía lo que hacía. Imaginé que él había decidido que ésa sería la última vez que andaría en bicicleta, que ya había conseguido todo lo que él podía conseguir en su agitada vida y que había elegido detenerse en ese instante, como si hubiera llegado a destino con cualquier flete. No quise aferrarme a esa idea. Llegué a mi casa y me quedé dormido en el sillón, con el casco de Román en la mano.