Román despertó de improviso. Un médico estaba a su lado tomándole la presión. El hombre se sobresaltó al igual que Román. Luego se tranquilizó al saber que había recuperado el conocimiento. Los dos estaban dentro de la cabina. Un hombre se acercó al viejo camión, Román bajó la ventanilla. Le avisaba que la ruta ya estaba despejada. El médico que atendía a Román bajó por la puerta del acompañante y habló unas palabras con el hombre de Vialidad. Luego fueron a hablar con Román. Le preguntaron hasta dónde debía llevar la carga. Román le contestó que tenía que estar ese día en Neuquén. Los hombres discutieron algunas cosas que Román no alcanzó a oír. El hombre de Vialidad le explicó la situación en la que Román se encontraba. Le dijo que uno de sus hombres había encontrado su camión cubierto completamente por la nieve. Cuando quitaron la nieve de la cabina se dieron cuenta de que adentro había una persona atrapada. Román había perdido el conocimiento, tal vez por hipotermia o por falta de oxígeno. Le dijo también que el médico aseguraba, con bastante criterio, que Román no estaba en condiciones de conducir el camión pero como sabían que la carga debía llegar a tiempo a Neuquén, le propusieron a Román que enganchara su camión a un semirremolque. Éste lo dejaría en el transporte donde Román debía entregar la carga. Aún estaba un poco mareado, por lo que terminó aceptando que remolcaran su camión. La gente de Vialidad había detenido a algunos camioneros. Les había preguntado a los choferes si podían remolcar el camión de Román hasta alguna ciudad cercana. Uno de ellos con un semirremolque se ofreció a llevarlo hasta Neuquén, él iba a Cipolletti pero no tendría problemas en cruzar el puente.
El hombre estacionó su camión adelante del de Román, trajo una lanza de acero y enganchó el camión de Román al semirremolque. Luego encendió un cigarrillo y Román bajó para hablar con él. Le dijo al hombre que él iba hasta Neuquén pero que si tenía que detenerse antes no tendría problemas, para esa hora él ya estaría en condiciones de volver a manejar. El hombre apoyó la espalda sobre la caja, puso un pie en el paragolpes, dio una pitada a su cigarrillo y miró el camión de Román con detenimiento.
—Yo tuve uno de éstos —le dijo a Román—, hará cosa de diez años. Nunca tuve un problema.
Román se sintió orgulloso por lo que le había dicho el camionero. Luego el chofer dijo que lo llevaría hasta Neuquén si Román no se oponía, pero que, si en algún momento él quería continuar el viaje solo porque se sentía con fuerzas para hacerlo, no dudara en avisarle haciéndole unas señas de luces. De ser así, el chofer desengancharía el camión para que Román continuara el viaje sin ayuda.
—Esta gente no sabe lo que es manejar un camión —dijo en voz baja a Román para que los demás no escucharan—. El día que yo no lo pueda hacer más, me pego un tiro.
El chofer subió a la cabina, puso en marcha el camión, saludó a los médicos y a la gente de Vialidad y tomó la ruta.
En poco tiempo cruzaron Villa Regina y continuaron viaje por la ruta 22. Román sostenía el volante con firmeza. El semirremolque era nuevo y viajaba bastante rápido, parecía no sentir el peso del viejo camión. Román miró el velocímetro. Estaban circulando más rápido de lo que el camión de Román podía andar. Los álamos que protegían a los manzanares pasaban raudos por la ventanilla de la cabina. Román quiso escuchar algo de música pero tuvo miedo de soltar el volante para buscar los casetes, una mala maniobra a esa velocidad podría ser fatal. Lo único que veía Román frente al parabrisas era el portón metálico del semirremolque. En poco tiempo llegaron a General Roca, disminuyeron la velocidad para cruzar la rotonda y continuaron viaje hacia Cipolletti. A lo lejos, Román alcanzó a ver el puente que cruza el río Neuquén. En la mitad de tiempo del que hubiera tardado él con su viejo camión, llegaron a Cipolletti. El chofer no levantaba el pie del acelerador y los dos camiones se aprestaban a cruzar el puente a toda velocidad. Román pasó por el lugar donde un camionero había hecho un fogón junto a él y a otras personas. Recordó que esa vez, detrás de él se encontraba el camión de un chofer borracho y despreciable. También recordó que delante de su camión había un semirremolque conducido por un chofer que le pareció buena persona. Creyó encontrarse en esa misma situación pero luego se acordó de que alguien lo acompañaba en ese tramo de la ruta. Era un pequeño perro blanco que esta vez faltaba en su cabina. Miró por el espejo retrovisor para ver si el borracho se encontraba detrás de él pero no vio a nadie. Delante de su camión aún estaba el semirremolque que lo llevaba a gran velocidad hacia el puente.
Román recordó aquella conversación que tuvieron con el borracho. Ese chofer ruin había dicho que aquel puente era poderoso, que antes de cruzarlo había que imaginar hacia dónde se quería ir y que el puente lo dejaría en el lugar deseado. Román pensaba en el poder de ese puente mientras se acercaba a él a toda velocidad. Imaginó que ese poder debería provenir de algún truco de magia, de algún pase de manos que provocaría que uno se transportara de un lugar a otro por cuestiones del azar o del deseo. Los camiones ya estaban ingresando al puente. Las barreras del peaje estaban abiertas. Román cerró los ojos e imaginó un lugar que le pareció maravilloso. Luego los abrió y se encontró cruzando el puente solo, sin estar enganchado al semirremolque. Miró por el espejo para ver si aquel camión que lo había remolcado venía detrás del suyo pero nada vio. Se quedó preocupado, había pensado en detenerse cuando llegaran al puente para agradecerle a aquel chofer. El río Neuquén formaba algunos remolinos debajo del camión. Román llegó al otro lado del puente y nada extraño encontró allí.
Cuando el camión entró a Neuquén vio que la ciudad no había cambiado desde la última vez que él había pasado por allí. Todo estaba en su lugar y Neuquén continuaba tan transitada como siempre. Se sintió un poco frustrado por la ilusión que se había hecho de llegar a otro lugar. Luego se preguntó qué había pasado con el chofer del camión que lo había remolcado pero, como durante ese viaje Román había soñado con tantas cosas extrañas, se convenció de que ése sería un sueño más de los que había tenido.
Buscó la calle donde estaba la empresa de transporte para descargar la mudanza. Cuando llegó, estacionó el camión frente a las dársenas de carga y fue hasta las oficinas. Lo recibió el dueño de la empresa, Kurt, el del apellido difícil.
—¡Cómo le va, hombre! —dijo Kurt, fumando un habano y con una cordialidad que no le era propia.
—Buenos días —dijo Román—. Traigo la mudanza de Buenos Aires.
—Era hora —contestó Kurt, ahora sí, tan apático como siempre—. Lo estábamos esperando. Acabamos de mudarnos a Neuquén, ya no trabajaremos más en Buenos Aires. Usted trajo los últimos muebles que quedaban. A partir de ahora nos dedicaremos a las encomiendas locales.
Luego se dirigió a la ventana y dio unos gritos a los empleados:
—¡Qué esperan para descargar, muévanse, manga de vagos!
Una empleada le pagó a Román el resto del flete y el valor del combustible que había cargado usando el cheque de los viáticos. Kurt se acercó, le entregó un papel con una anotación a mano alzada que Román guardó en el bolsillo de su camisa y le dijo algo en secreto para que no escucharan los demás. Quería invitarlo a una fiesta privada que él daba en la estancia que tenía en las afueras de Neuquén con motivo de la mudanza de la empresa. También le dijo que guardara ese secreto, no quería que los empleados se invitaran solos a esa reunión que no estaba pensada para ellos. Mordió el habano mostrando los dientes, guiñó un ojo y fue a sentarse nuevamente en su escritorio.
Román salió de la oficina y fue hasta el camión. Tomó el bolso deportivo donde guardaba su ropa y caminó hasta la estación de servicio por la que siempre pasaba cuando llegaba a Neuquén. En la estación de servicio el encargado lo recibió con un apretón de manos, complacido de volver a encontrarse con él. Román le pidió la llave de las duchas, quería despejar su mente y sacarse la tierra que traía por el agitado viaje. Tomó una ducha caliente, luego se afeitó, volvió a ponerse el único jean que tenía, sacó una remera agujereada del bolso, se puso sobre ella una de las camisas gastadas, cerró con llave las duchas, dejó la llave en la oficina del encargado, saludó con el brazo en alto al hombre que estaba atendiendo un asunto en los surtidores y regresó al camión. Los hombres aún seguían descargando los muebles de oficina. Román miró la hora. El lujoso reloj que llevaba en su muñeca marcaba las dos de la tarde del jueves 29. Tenía tiempo para dormir una siesta antes de ir a la estancia de Kurt. Abrió el compartimiento del camión donde estaba su cama y durmió por todo lo que no había podido dormir.
Despertó sobresaltado, pensó que había dormido por unos cuantos días. Miró su reloj. Eran las nueve de la noche del jueves 29. Respiró aliviado. Los hombres del depósito ya se habían ido. Nada más que un farol con una luz de mercurio iluminaba el camión. Román encendió el motor, buscó el papel que le había entregado Kurt pero no lo encontró. Allí debería estar la dirección de la estancia, pensó. Se acordó de que luego de la conversación que habían tenido, había ido a ducharse a la estación de servicio. Buscó en el bolso deportivo la camisa que había usado esa mañana. En el bolsillo encontró el papel con la dirección de la estancia. Dio marcha atrás para sacar el camión de la dársena, puso primera, hizo una corta maniobra y tomó la ruta por unos pocos kilómetros. Un desvío de tierra lo llevó hasta la estancia. Un peón abrió la tranquera y le dijo que estacionara el camión donde quisiera. Román buscó un lugar alejado, detuvo el motor y abrió el bolso deportivo. Sacó la chomba a rayas sin estrenar que pensaba usar cuando tuviera que estar bien vestido. Se quitó la camisa y la remera agujereada y se puso la chomba. Miró sus zapatillas, estaban impecables. Bajó del camión y a lo lejos vio gente reunida alrededor de un fogón. Caminó hasta allí. Kurt fue el primero en recibirlo.
—Bienvenido, amigo, acérquese, póngase cómodo, lo estábamos esperando —dijo el hombre del apellido difícil.
Román vio a varias personas que conversaban alrededor del fuego. Detrás del fogón había algunas mesas ocupadas por gente que le pareció conocida. Cora salió a su encuentro.
—Buenas noches, Román —dijo la joven—. Le presento a mi novio, Joan.
Román le dio la mano al muchacho sin entender lo que pasaba. Le preguntó a la chica por qué estaban allí.
—El dueño de la estancia nos llamó por teléfono, dijo que era un acontecimiento muy importante y que no podíamos faltar —contestó la chica—. Esta mañana tomamos el ómnibus en Tres Arroyos y llegamos hace un rato. Nos están atendiendo muy bien.
Román se acordó de todos los años que había trabajado en la empresa pero nunca imaginó que fueran a hacer una recepción como ésta a ninguno de sus choferes. Avanzó unos pasos hacia el fogón y dos perros le saltaron encima haciéndolo trastabillar y caer al pasto. Los animales lo olfateaban y le pasaban la lengua por la cara. El más grande le apoyaba las patas en el pecho y el más chico, un perro blanco, daba vueltas alrededor de Román buscando un lugar por donde él también pudiera treparse.
—¡Fiódor! —gritó un viejo que caminaba con dificultad hacia donde estaban los perros y Román.
Los animales liberaron a Román y se dispusieron a escuchar lo que el viejo estaba por decir.
—A ese viejo me parece que lo conozco —dijo Joan.
—No creo —dijo Cora—. Lo habrás soñado.
El viejo se acercó a Román con un vaso de vino en su mano y pidió que le prestaran atención. Se hizo silencio.
—Este hombre —comenzó diciendo el viejo con algo de dificultad por la bebida—, este hombre me dio mucho más que lo que mi propia familia me llegó a dar. Cuando Fiódor y yo no teníamos nada para comer, él se acercó con el camión hasta donde nosotros estábamos. Yo le pedí comida y luego miré lo que él guardaba en una pobre canasta de mimbre. Nada más había allí que un poco de pan y algo de queso. Y este hombre ¿saben qué hizo? Nos los dio a nosotros. Estoy seguro de que aquella noche él no comió.
El viejo no podía mantenerse en pie pero continuó con su discurso.
—Quiero hacer un brindis por este hombre —dijo el viejo levantando la copa hacia los concurrentes. Luego se unió nuevamente a la gente que estaba rodeando el fogón.
Román tenía curiosidad por saber lo que allí pasaba. En el centro del fogón un hombre cantaba unas coplas acompañado de una guitarra. Cuando Atahualpa vio que Román había llegado, detuvo su canto, le hizo una reverencia con la cabeza y sonrió de lado. Detrás de él, sentados en una mesa estaban sus padres. Román fue a saludarlos, no imaginó que también estarían invitados. La madre de Román reprendió a su marido por una armónica que había dejado sobre la mesa. Román le preguntó si había tocado algo mientras él no estaba.
—Toqué unos tangos con los muchachos mientras tu mamá se había ido a arreglar el vestido, pero luego vino Atahualpa y me dio vergüenza.
Una hermosa mujer le tocó el hombro a Román y lo abrazó con fuerza. Venía a agradecerle por la ayuda que le había brindado aquella noche en la ruta. Si no hubiera sido por él nunca habrían atrapado al violador. Luego se reunió con su familia en una mesa contigua.
Román se sentó junto a sus padres, Atahualpa hizo un silencio y miró fijo a Román.
—Y dígame, Román —dijo Atahualpa—, ¿usted sabe lo que es un amigo?
—Sí —contestó Román—. Un amigo es uno mismo con otro cuero.
Atahualpa ladeó el rostro y dejó escapar una sonrisa cómplice. La frase le resultaba conocida. Luego se afirmó al diapasón y comenzó a templar la guitara. Inclinó la cabeza para que no se le notaran las penas y dejó que sus manos acariciaran las cuerdas, ellas debían hablar primero. Las notas parecían brotar de la tierra como si fueran semillas. Una tras otra salían de la madera sin atropellarse, como pidiendo permiso, como un soplo de aire que refresca sin golpear. Cuando dijeron todo lo que tenían para decir, le dieron la palabra a Atahualpa. El hombre hizo un silencio, buscó algún árbol que lo abrigara, buscó a la luna, su fiel compañera, buscó a su caballo pero nada de eso encontró. Todo lo que a él le pertenecía ahora lo tenía Román. Tomó aire y comenzó diciendo en voz baja, para no aturdir: “Yo siempre fui un adiós, un brazo en alto”.