En la otra puerta

El balcón

El balcón, de Edouard Manet

Edouard Manet

1869

Aunque este cuadro se inspiró en Las majas al Balcón de Goya, nada revela mejor el procedimiento de Manet que la comparación entre ambas obras. Donde Goya es sombrío y hasta siniestro, Manet es cortés y elegante. Donde Goya muestra el contraste fundamental entre ambos sexos, Manet establece una composición pictórica elegante de un grupo de amigos que toman aire.
La morena de penetrante mirada es Berta Morisot, que después fue cuñada de Manet. La distinción personal de ella y su talento como pintora causaron profunda admiración en Manet. Detrás tiene a Antoine Guillemet, que fue una figura menor en el movimiento impresionista. A la derecha, la violinista Jenny Claus.
No hay nada en la sensualidad de Goya en la figura de Berta Morisot pintada por Manet. Lo que este hace es evocar una visión de diáfano encanto a la Gainsborough, pero a diferencia del pintor inglés le ha dado consistencia a través del vigor de una estructura abstracta.
El balcón, que en el cuadro de Goya ampara las pasiones humanas y es oscuro, aquí tiene el verde como tonalidad predominante. La organización formal responde a un esquema de rectángulos alargados y triángulos agudos, que el lector puede descubrir por sí mismo.

Un día como hoy en 1920 nace Mario Benedetti

14 de septiembre de 1920 - Nace Mario Benedetti

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Noé Jitrik:

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Las dos criaturas

Las dos criaturas

Por Daniel Ruiz Rubini

El poema de hoy

I. Yo soy un hombre sincero

Yo soy un hombre sincero
De donde crece la palma,
Y antes de morirme quiero
Echar mis versos del alma.

Yo vengo de todas partes,
Y hacia todas partes voy:
Arte soy entre las artes,
En los montes, monte soy.

Yo sé los nombres extraños
De las yerbas y las flores,
Y de mortales engaños,
Y de sublimes dolores.

Yo he visto en la noche oscura
Llover sobre mi cabeza
Los rayos de lumbre pura
De la divina belleza.

Alas nacer vi en los hombros
De las mujeres hermosas:
Y salir de los escombros,
Volando las mariposas.

He visto vivir a un hombre
Con el puñal al costado,
Sin decir jamás el nombre
De aquella que lo ha matado.

Rápida, como un reflejo,
Dos veces vi el alma, dos:
Cuando murió el pobre viejo,
Cuando ella me dijo adiós.

Temblé una vez,— en la reja,
A la entrada de la viña,—
Cuando la bárbara abeja
Picó en la frente a mi niña.

Gocé una vez, de tal suerte
Que gocé cual nunca: — cuando
La sentencia de mi muerte
Leyó el alcaide llorando.

Oigo un suspiro, a través
De las tierras y la mar,
Y no es un suspiro,— es
Que mi hijo va a despertar.

Si dicen que del joyero
Tome la joya mejor,
Tomo a un amigo sincero
Y pongo a un lado el amor.

Yo he visto al águila herida
Volar al azul sereno,
Y morir en su guarida
La víbora del veneno.

Yo sé bien que cuando el mundo
Cede, lívido, al descanso,
Sobre el silencio profundo
Murmura el arroyo manso.

Yo he puesto la mano osada,
De horror y júbilo yerta,
Sobre la estrella apagada
Que cayó frente a mi puerta.

Oculto en mi pecho bravo
La pena que me lo hiere:
El hijo de un pueblo esclavo
Vive por él, calla, y muere.

Todo es hermoso y constante,
Todo es música y razón,
Y todo, como el diamante,
Antes que luz es carbón.

Yo sé que el necio se entierra
Con gran lujo y con gran llanto,—
Y que no hay fruta en la tierra
Como la del camposanto.

Callo, y entiendo, y me quito
La pompa del rimador:
Cuelgo de un árbol marchito
Mi muceta de doctor.

José Martí

Versos Sencillos (1891)
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