...
La diferencia de edad perdía, en cierta forma, la importancia que en otros ambientes parecía tener. Allí, rodeados por el Sena, se aislaban del mundo. En la brasserie, familiar, donde los trataban con tanta cordialidad, se relajaban. Ante un mijoté de verduras, ella, y un entrecot "sangrante", Antoine, la complicidad era evidente.
-Dios murió el siglo pasado y hace poco que nos ha dejado Schoenberg, ¿nos hemos quedado huérfanos, maestro?
-Discípulos, no hay que ser ni de Cristo...
-Pues a él me recuerdas en ocasiones cuando diriges -le dijo Adriana, socarrona.
-¡No te burles! Pocas cosas se pueden aprender, pocas cosas te voy a poder enseñar. Todo va a depender de ti.
-¿Se nos morirá también el arte, Antoine?
-No, amor, A pesar de que nos empeñemos en repetir lo mismo una y otra vez... Falta creatividad, iniciativa...
Los ojos de Antoine sonreían.
-Adriana, hagamos un pacto...
-¿Para qué?
-Para no separarnos... Podemos repartirnos el mundo entre los dos y así, si un día estamos lejos el uno del otro, seguiremos unidos.
-De acuerdo. Yo seré el cielo y el mar, y tú te puedes quedar con la tierra.
-Me parece bien. Como un beso. Un abrazo, mejor.
-...y cada uno llenará su espacio con música...
-Je t'aime, tu sais, n'est-ce pas?
-Sí, lo sé.