Estábamos desocupados viviendo en una ciudad del noroeste argentino
Mi cuñada nos prestaba dinero para una cerveza. Íbamos presurosos a la confitería de la peatonal exclusivamente a ver a las queridas gordas.
Gordas divinas, de enormes colas y mejillas floridas. Gordas ingenuas, apasionadas, tristes y erráticas.
Nos preguntábamos en qué lugar comprarían sus jeans, sus cortas polleras, la ropa interior. Esos talles no existían en Buenos Aires. Las mirábamos arrobados, imaginando su sexualidad, la cama gigantesca, su ternura. Nos impresionaba que todas tenían parejas flacas, hombres morochos, buenos mozos, criollos, paisanos, otros ostensiblemente árabes. No pensábamos en Botero ni en el Renacimiento sino en ellas, solamente en ellas, criaturas cargando grandes bolsas de comida, urgidas para llegar a la casa, obsesionadas por cocinar, por acurrucarse junto a su compañero y dormir desnudas en esa caliente ciudad del norte.
El ritual de todos los días, verlas, observar su paso lento, pesado. ¿Sufrirían por su gordura? Algunas reían. ¿Fingirían su alegre caminata por la peatonal? Era nuestro enigma. Un día nos invitaron a un asado cerca de la montaña. La sorpresa fue cuando la dueña de casa apareció, era una de nuestras gordas. Resultó una anfitriona excepcional, cariñosa y muy divertida. La casa era pequeña pero con una huerta y un patio enormes. Sacó del horno de barro unas tortillas, un pan con chicharrón, anunciando que el asado estaría en una hora aproximadamente. La picada llegó como una bendición, aceitunas, queso, morrones asados con ajo y aceite de oliva. El vino patero era inigualable.
Teníamos que disimular para que no se diera cuenta de que la observábamos detenidamente; cada detalle de sus movimientos era como leer en el libro de su corazón.
El flaco, su marido, agitaba las brasas saboreando su vaso de vino tinto con una beatitud parecida a la felicidad. En el patio se zamarreaban las flores, viento norte. Los perros deambulaban esperando la hora de los huesos. Armonía singular, maravillosa gente que gozaba la vida a cada instante.
Gorda divina, amigable y solícita, nos hizo pasar un día inolvidable .No quiso que nos fuéramos temprano. A la hora de la siesta nos tiramos debajo de los árboles y dormimos todos plácidamente. Al despertar vimos la enorme pileta de plástico donde la gorda chapoteaba feliz, sola ¿Pero era así tal cual lo veíamos o lo sentíamos? Ella, rozagante, nos miraba; sin embargo pensamos que detrás de la máscara se ocultaba un misterio.
Cangrejos, ostras ,fideos, papa, pizza, empanadas, galletitas, helado, centolla, salsa blanca, pan , cerdo, chivito, merengue, costilla de cerdo con batatas, chorizos, morcillas, sesos, riñones al vino blanco, ñoquis, agnollotis, sorrentinos, ravioles, cebollas fritas , crema chantilly, flan con crema y dulce de leche, omelette de hongos y albahaca, palta con salsa golf, corderito al horno con cebolla y morrón.
Creen que soy dichosa. Me trago todo, la comida, las broncas, un sinsabor extraño cuando me estoy bañando. Taparía los espejos. Cómo no se dan cuenta del dolor, del sufrimiento que tengo al verme así. Ya sé que es una adicción como las otras, el alcohol, el cigarrillo, las drogas. Me ven contenta, claro, disimulo todo el tiempo. La angustia me sube al estómago como un pájaro extraviado. Respiro hondo. Siento que no tengo un lugar en este mundo. Las marionetas a mi alrededor se mueven como figuras macabras. Mí cuerpo late, mas siento el vacío, un dejarse estar sin hacer nada, como una náufraga asida a una liana. Respiro hondo. Abandonada al paso del tiempo que sigiloso me aniquila. A veces hay un estallido de recuerdos de infancia y me veo flaca, linda, correteando por los patios de la casa en la montaña. Placeres de criatura malcriada que observaba las grandes mariposas. A los trece la sexualidad era un enigma, los pechos crecían, la sangre bajaba a borbotones. No entendía esos cambios y nadie en la familia me hablaba acerca de esos temas.
En un carnaval sucedió lo inesperado. Tenía quince y una mirada absorta. El pasto fue un lecho con hormigas y duendes. Nunca más lo vería. Se fue como vino, en la oscuridad más absoluta. Me allanó el camino para placeres más altos, silenciosos o estridentes. El cuerpo se fue haciendo voluminoso, pesado, inquietante. Por las noches miraba la cruz del sur ocultando mi honda tristeza.
Sí, mi cuerpo me duele, trago, como, absorbo todo a mi alrededor. Soy adicta, ya lo sé. Pero quiero recordar el embeleso, la dicha de habernos conocido, sus manos potentes sobre mi gran cuerpo. El éxtasis de días y noches, alma con alma tratando de entender el universo. Portador de misterios, ha sido el que hurgaba en las nubes, el hacedor de crucigramas, deleite de apretarnos hasta estallar en un amor poderoso que se renueva aun en la ausencia. La memoria vibra, es una constelación de amaneceres, de noches con ojos ardientes.
Paso a paso construimos una fortaleza, un refugio en el cual los días se sucedían esperando milagros. Nuestra casa, el jardín, eran una fortaleza donde ahuyentar los miedos, el desánimo de una época irreverente, grotesca, brutal. Pero nosotros sobrevolábamos, viajando hacia montañas y cielos remotos. Mano con mano repitiendo frases inventadas que fueron nuestros códigos secretos. En sus brazos mi cuerpo se volvía más bello que un mar embravecido. Por poder de su magia todo se volvía intenso, prodigioso. Cuando viajaba a su lugar de origen el silencio me perturbaba, era como si alguien hubiese arrancado de mí una parte vital. Prisionera, loca, caminando sola. El mundo no era el mismo. El precio del amor, el reverso del amor era un vacío, un pozo profundo. La espera era un paréntesis abismal hasta encontrarnos nuevamente. Instantes perfectos, los dos solos, juntos, flotando, deseando caminar hacia el poema final, hacia el entendimiento.
Mi padre era un ser misterioso. Nunca traté de acercarme pues ponía una barrera difícil de traspasar. Con mi madre tenían una relación extraña, pero se entendían. Él pasaba semanas sin regresar a casa, ella parecía sumisa, perdonadora, pero a su manera lo manejaba. Se controlaba muchísimo, era una mujer de belleza singular. Con frecuencia se quedaba en silencio, un poco ausente. Yo sospechaba que no era feliz, había elegido una vida que no era satisfactoria. Los amigos de mi padre eran marginales, borrachos, jugadores empedernidos, músicos de boliches insólitos. Mi madre los rechazaba. Ella se sentía una reina, no podía compartir un minuto con ellos. Siempre quise ser distinta, diferenciarme, no era un modelo del cual yo deseaba ser copia. Ella era un modelo de corrección. Un ama de casa impecable. Ahora intuyo que detrás de esa máscara vivía un ser creativo, que sólo se apreciaba cuando se veían sus bordados multicolores con dibujos exóticos, viscerales , que primero diseñaba en papeles y luego trasladaba a los grandes paños de raso negro que después serían almohadones bellísimos guardados como tesoros. En ese universo, siempre pensé, trasladaba su inconsciente, ese yo profundo que no podía salir a la luz en su vida diaria. Allí, en ese tapiz de colores estaban sus deseos, sus angustias, una suerte de impotencia, de freno, de insatisfacción.
Yo debía hacer lo contrario, realizar, concretar mis deseos, no dejarme seducir por espejitos de colores que con frecuencia nos ofrecen para acorralarnos a una vida que los otros quieren; no, no haría lo mismo. La vida me llevó a grandes catástrofes que superé con rapidez por querer hacer lo que realmente deseaba. Quedaron algunas heridas, algunas secuelas, pero no dejé silenciar a esa mujer interior, no me puse límites a la hora de vivenciar mis impulsos, mis deseos.
Sí, la gordura ha sido a partir de los cuarenta años una suerte de armadura, una defensa contra la hostilidad, la represión, la envidia de muchas mujeres que odiaban mi audacia; ellas, secas de hastío y soledad. Ahora estoy luchando con mi cuerpo sin arrepentirme de haber vivido plenamente.
Cuando trataba de estar mejor soñaba con venados, praderas, paisajes donde me perdía como una niña curiosa que necesitaba encontrar un mundo de duendes y hadas. Me mezclaba entre los animales rodando con ellos por la tierra húmeda buscando hongos, mariposas, hurgando en los hormigueros. Al despertar quería volver a ese espacio mágico donde danzaba hasta el éxtasis.
Rodé por caminos sinuosos, viajé a lugares remotos, me perdí en selvas, en cuerpos hasta que arribó él. Ya mi figura había engrosado, no era el que se había zambullido en mares violetas, en lagunas tropicales, en ríos extraños. El entendió hasta los más subterráneos refugios de mi vida, fue conociendo mis sentimientos, mis aventuras de mujer atravesada por la magia y el torbellino de apresar cada minuto, de ir hacia un precipicio para arrancar la diminuta flor mojada de rocío.
Todo cambia, el universo cambia. Un día, con mucha sutileza, me sugirió que adelgazara. Fue un instante, un relámpago .Desde ese momento comencé a comer y beber sin límite. Pasé una larga temporada sin querer hacer el amor. Todo pasa. La crisis no duró tanto tiempo como yo temía. Volvimos a la dicha, encontramos el punto de equilibrio para aceptar los problemas del otro.
Hacía años que no me sentía tan plena; cada caminata que hacíamos, cada encuentro con los amigos, cada viaje hacia la montaña era para nosotros un gran regalo del universo. Fue una época gloriosa. No había reproches ni rabia contenida, lo cotidiano se convertía en algo fantástico, la creación se adueñaba de nuestros actos. Lo amé profundamente. Me sentí amada. Una nube, un pájaro, una flor aplastada en los caminos, la sombra de los árboles, la vuelta de las golondrinas que pasaban cerca eran la medida de vivir la intensidad, la glorificación de lo diario, del pequeño detalle de la naturaleza que se nos ofrecía con generosidad absoluta.