-Sí, sí - dijo Bevan sacudiendo el flequillo de su frente-, ya lo sé. El bien y el mal; la luz y la oscuridad; día y noche -cerró de un golpe el manual que había estado hojeando con pereza-. ¡El bendito equilibrio!
-¡No seas irrespetuoso! -lo amonestó el anciano maestro.
Bevan asintió sin levantar la vista, sus dedos recorrían los dibujos que decoraban la tapa y el lomo del libro.
Damek observó el rostro del muchacho, fresco y juvenil, totalmente desconectado de la profunda voz que contenía. La luz de los candelabros creaba reflejos en sus rubios cabellos, tan claros como cuando recién había llegado al castillo.
«Pero ya no es un niño», se dijo, recordando que semanas atrás había cumplido dieciséis años. Dentro de sólo uno más, debería asumir todas las responsabilidades de un hombre, y no cualquier hombre: un adepto. Un dejo de desprecio iluminó la mirada de Damek y, empujado por una súbita repugnancia, avanzó unos pasos hacia el joven antes de detenerse de golpe. Necesitó sacudir su cabeza con violencia para alejar ese sentimiento. Hacía cuarenta años que se encargaba de enseñar a los jóvenes aprendices; y, si bien su paciencia iba disminuyendo con los años, nunca le había sido tan difícil mantenerla como cuando estaba con Bevan.
«Muchacho engreído», pensó con disgusto, «pasas casi todo el tiempo aquí, cumpliendo tus castigos conmigo, cuando podrías...».
Pero también era uno de los novicios más talentosos con los que se había encontrado.
«Excepto», se dijo frunciendo sus labios en un beso grotesco, «excepto... tal vez, ella».
Recordaba haber admirado el talento del muchacho cuando lo conoció; pero cuando vio el pobre uso que Bevan hacía de él, nació el desprecio.
«Si tan sólo yo tuviera una parte de su poder», suspiró mirándose las manos manchadas. Su dedo índice cargaba con el peso de un anillo en forma de rombo: desde cada uno de sus vértices, surgía un brazo que se extendía hasta el centro, donde terminaba en un semicírculo. Los cuatro brazos convergían para formar un círculo en el centro del rombo. Era el símbolo de la unión de los cuatro poderes, la representación de la Cofradía, y el constante recordatorio de su aversión contra Bevan.
Alrededor del rombo, se dibujaban otros círculos concéntricos para adjudicar un rango a los adeptos. El nivel más alto, con siete círculos, llevaba el nombre de Erudito y era llevado únicamente por quien dirigía la Cofradía.
El anillo de Damek sólo contenía dos círculos. Cerró el puño envuelto en disgusto.
«Si tan sólo tuviera...».
-¿Maestro? -Retumbó una voz gruesa-. ¿Se encuentra bien?
Damek levantó la vista para encontrarse con unos ojos color miel que lo miraban. La franqueza de esa mirada lo hizo sentirse culpable; y, como siempre, se desquitó con el muchacho.