La extraña y comentada muerte de Malena Araujo fue el espanto de mucha gente. ¿Suicidio, accidente, o...?
Quizás debido a las fantásticas inventivas del periodismo - apurado por dar noticias sensacionales - o el afán popular de arrogarse el derecho de confundir las pruebas en discusión se creó una imagen disfrazada del suceso. Muchos indicios del procedimiento no se expusieron porque nada hay tan vago como investigar los motivos imprevisibles y sorprendentes de un hecho semejante.
Mientras fumo un cigarrillo esperando lo inevitable ("para que diga el testigo si sabe y cómo le consta si...") voy a contar lo sucedido tal cual lo recuerdo ya que no tiene objeto negar mi participación y hubiera preferido ser espectador y no actor en este drama.
Mi vida mundana hizo que siempre me diera maña para relacionarme con cualquier mujer desconocida de manera cautivadora hasta charlar con ella como viejos amigos.
Con Malena fue distinto; es importante tenerlo en cuenta para que no se forjen conclusiones apresuradas; procuraré explicarme con la máxima veracidad posible, retrocediendo en el tiempo al primer instante que la traté: cuando se iniciaron los cursos mixtos del colegio secundario y quedamos ubicados a la par: ella en el último pupitre, arrimado a la pared de la primera fila y yo en el último de la segunda.
La distancia se hizo incluso más corta al conjuro de una combinación de exuberantes y agradables ocurrencias. Me sentí fascinado por su hermosura, enamorándome sin condiciones; era maravillosa, sus ojos negros tenían el arrebatador relampagueo de la mujer impulsiva, dueña de esa viva sensibilidad que seduce a los hombres. No fui, desde luego, el único admirador ni el único pretendiente, muchos compañeros buscaban prodigarle elogios para recibir la estimulante risa alegre y cariñosa o la mirada profunda llena de suspicacia.
Obtuve el premio mayor al lograr acompañarla a su casa en varias ocasiones en las que conversábamos placenteramente pasando de un tema a otro sin advertirlo. Poco a poco los delirios de un gran amor se apoderaba de mi corazón; su sola presencia transformaba en miel cada momento de mi vida, aún el más amargo; si por alguna causa Malena no asistía a clase, una tristeza muy honda descompaginaba mis pensamientos, volviéndome hosco, taciturno con mis compañeros y con todo mi entorno.
Un mañana se produjo el milagro. Mientras esperábamos al profesor de turno, mi carpeta cayó al piso; nos agachamos los dos al mismo tiempo, nuestras bocas quedaron tan cerca que se unieron en un beso rápido e impulsivo; nos ruborizamos, sobre todo ella, y desde aquel día algún objeto fue deliberadamente al suelo.
No obstante del manantial de la felicidad nacen las calamidades, los humanos transformamos la dicha en pena y el amor en odio en pocos minutos. Por una razón surgida entre dos alumnas que no pasaba de ser una habladuría (habladuría que ponía en tela de juicio la ética del colegio), se dispuso un cambio de ubicación del plantel femenino y a Malena le tocó sentarse al lado de Jorge... y eso fue lo malo.
¿Quién podía imaginar el veleidoso cambio de quien era objeto de mis tribulaciones? Mientras trataba de conformarme con variadas suposiciones, la esperanza me fue abandonando poco a poco. Lo entendí totalmente cuando, evitando mirarme, la vi parloteando con su nuevo ladero y que de tanto en tanto los dos se inclinaban a recoger algún objeto caído.
Todo estaba dicho sin palabras, las estrellas luminosas de nuestro amor habían tenido el brillo fugaz de las luces de bengala.
Ahora, encadenando los recuerdos, me doy cuenta que se eclipsó lo que había de bueno en mí y me abrazó el fantasma de la locura. Queda en el fondo de mi conciencia la pregunta que sólo engendra una mente trastornada: ¿qué placentera sensación se puede sentir ante el deseo de matar a una mujer?
Ya me llaman, apago el cigarrillo, me levanto, acomodo mi corbata, cierro los ojos un momento, respiro profundo...
Necesito no sucumbir al miedo que me acosa de caer en la trampa que hace confesar al sospechoso.