El silencio lo envolvió con el frío del espanto. Dejó de escuchar a su conciencia apenas sospechó el buen gusto que debía tener la cena recién preparada y sirvió su porción para no volver a pensar en la urgencia de la respuesta pendiente, pero la delgada voz lo sacudió nuevamente con la misma pregunta. Ahora el silencio cortaba el aire y ella sólo se resignó a comer. Ya conocía la respuesta, ella olfateaba el aroma del amor, había aprendido a sazonarlo a su medida y lo saboreaba desde la punta de los dedos hasta el fin del paladar. Pero esta vez comió vacía y ausente. Observó varias veces cómo él no probaba bocado. Lo miró una vez más y se dio cuenta de que ya se había ido.
Dos años atrás se habían rozado casi sin querer a la salida del cine. Él lo tomó como algo casual, le pidió disculpas, paró un taxi y subió. A Palermo, dijo, algo aturdido. A ella, en cambio, el olor a cerezas comenzó a invadirle el cuerpo esa misma noche de enero y no se libraría de él hasta mucho tiempo después, cuando resignada, contemplaría los jazmines que trepaban los resquebrajados muros de la vieja casa de Quilmes. Meses más tarde, cerca de la primavera, en la esquina del bar desde donde la llamaría por primera vez, ella volvió a sentir aquel aroma a cerezas. Esa noche, como tantas otras en las que él acostumbraba a ir a ese bar para perderse en el alcohol que los años de médico del Hospital General de Agudos le permitían, salió a la vereda con el amanecer a cuestas y con el rumbo perturbado. Con el último frío del invierno y sin proponérselo volvió a pasar por al lado de Mabel. Nunca pudo imaginar que ella estaría esperándolo allí hasta que la tierra se abriera en dos si fuera necesario. Sin embargo, en la tarde siguiente Mabel tendría otra oportunidad frente a la entrada de la guardia del hospital.
El doctor Marcos Agrelo descifró los signos del amor cuando abandonó la niñez. En esa época comenzó a darse cuenta de que sus calificaciones en Ciencias Naturales nada tenían que ver con los contraluces de la profesora frente al pizarrón a quien ese pequeño de doce años iba desvistiendo pacientemente hasta degustarla con los ojos. Marta Agüero, o la señorita Marta, explicaba las fallas submarinas del Océano Pacífico sin darse cuenta de que ya estaba desnuda en los ojos de Marcos. Desde el banco de madera la acariciaba en su imaginación una y mil veces hasta mucho después del final de la clase y algunas veces hasta el día siguiente. El rocío de una tarde de julio lo encontró sentado sobre la madera despintada del pupitre, con su cuaderno a rayas y el estuche de lapiceras en la mano, mirando inmóvil al pizarrón de un aula que estaba vacía desde hacía más de una hora. Fue ese jueves cuando tuvo que salir por la ventana que daba a los fondos del colegio. El portero creyó que ya no quedaba nadie en la escuela, cerró con doble vuelta de llave y se alejó con la rapidez de quien le escapa a un tormento. Esa tarde de julio Marcos conoció el mudo hechizo del amor y supo que algún día lo podría delatar.
Aquella noche del taxi, la película no había sido tan mala como él había imaginado. Los actores no dejaban de demostrar que eran actores a pesar de que en algunas escenas se hacía difícil distinguir la diferencia entre personajes y personas para el negro paladar del doctor Marcos. El final cayó como un inesperado golpe de telón. Respiró aliviado, después de todo estaba conforme con haber ido al cine en compañía de su esposa. La noche se veía como un amanecer de luces de mercurio y en medio del calor de enero salió a la puerta del cine para buscar un taxi que los llevara al restaurante de siempre, en Palermo Viejo. El auto se demoró más de lo previsto en doblar por la avenida. Cuando el doctor alcanzó a distinguirlo entre el ovillado transitar de vehículos, se acercó apresurado al cordón de la vereda para detenerlo, tropezándose con la gente que se le cruzaba y pidiendo disculpas con la corrección que lo caracterizaba. Fue su esposa y no él quien reparó en la mirada de Mabel. El taxi al fin los liberó de las marquesinas y los llevó a Palermo. En la vereda del cine, en cambio, el olor a cerezas se volvió más espeso, como si fuera una manta que iba cubriendo, entre tanto hielo, los hombros de Mabel, el cuello de Mabel, la mirada de Mabel, el silencio de Mabel.
No hablaron demasiado en el viaje, ya estaban acostumbrados a vivir como esposos de más de veinte años. Sin embargo, en ellos se alimentaba el blando sabor de lo desconocido a pesar de que ya no les quedaba nada por conocer. Cenaron con la felicidad de quienes nada necesitan. Al salir del restaurante decidieron caminar un poco para hundirse en el rocío que caía sobre la vereda de la calle Serrano, para volver a escuchar el rumor de los árboles movidos por el viento que a esa hora, las dos de la mañana, comenzaban a respirar el profundo silencio de la noche. Caminaron tomados de la mano recordando los tiempos en que iban más seguido a Palermo hasta que repararon en el reloj del hospital. Hacía más de una hora que habían salido del restaurante y la noche los acariciaba como si fueran jóvenes despreocupados, pero recordaron que al otro día debían madrugar. Frente a la guardia del hospital se subieron al primer taxi que encontraron sin llegar a imaginar que esa puerta por donde entraban y salían camillas y ambulancias se quedaría con el último recuerdo de los dos. Varios meses después Mabel pasaría por allí, como todos los días, con el colectivo que la llevaba desde el departamento del barrio de Once hasta la facultad.
El conductor del colectivo contó horas más tarde, cuando logró tomar conciencia de lo que había ocurrido, que no la había visto, que se le había cruzado de repente y que por eso no había alcanzado a frenar. Todavía el aire estaba impregnado de olor a neumáticos y al combustible que se había derramado por el violento choque. El auto se había convertido en un manojo de hierros salpicado de vidrios rotos. Un pasajero ayudó a Mabel a bajar del colectivo, el dolor que le había causado el golpe de su pierna contra el asiento delantero no menguaba. Mientras tanto, en una camilla, la esposa del doctor Agrelo se abandonaba a los últimos latidos. Cuando Marcos no pudo más con su cuerpo y la muerte de su esposa le empezó a quitar el aire, se dejó caer sobre su espalda, sobre los brazos de Mabel.
Horas antes el doctor había discutido con su esposa a causa de las llegadas a su casa de madrugada. Cada vez eran más frecuentes. Ese día en el hospital habían vuelto a discutir. Su esposa, que había ingresado a los gritos por la entrada de guardia, dio por terminada la discusión con las últimas palabras que le quedaban por decirle y salió furiosa a buscar su auto. Fue lo último que vio Marcos.
Luego de algunos trámites policiales que no resultaron ser más que administrativos y después de recuperar el aire, Marcos reparó en la mujer que había estado a su lado, ayudándolo con los formularios que debía completar en la comisaría, sosteniéndole el pañuelo una y otra vez para que se secara las lágrimas. Cuando se volvió para agradecerle y preguntarle su nombre, esa mujer ya no estaba.
—Se llama Mabel —le dijo una asistente—. Me dejó anotado su número de teléfono en caso de que lo necesitara.
Desconcertado y algo aturdido todavía, guardó el número en el bolsillo de su pantalón de hilo gris y al poco tiempo se olvidó de él.
Al año siguiente el doctor Marcos Agrelo volvía de Boston luego de un curso de especialización de dos meses. La única novedad que trajo a su casa fue una fuerte gastroenterocolitis a causa de un exceso en el restaurante que lo conducía invariablemente a los infinitos túneles del amor consumible e inmediato. Abrió su guardarropa y lo primero que encontró para vestirse fue el pantalón de hilo gris que no usaba desde hacía casi un año. Bajó por el ascensor y salió a la calle, metió su mano en el bolsillo para guardar la llave y encontró el papel arrugado con el número de teléfono y un nombre escrito en lápiz de su puño y letra a modo de aclaración: MABEL. Pensó en arrojar el papel a la calle. No lo hizo por educación. Lo volvió a guardar en su bolsillo y decidió buscar un lugar para cenar. Se olvidó de esa nota hasta el fin de la primavera, cuando llevó el pantalón a la tintorería y tuvo que vaciarle los bolsillos.
Mabel ya no lo esperaba. Había decidido renunciar a cualquier lazo que la vinculara a él desde hacía más de un año, precisamente desde la tarde del accidente cuando se fue sin presentarse y sin despedirse. Pero a las siete de la tarde y con el calor de diciembre, el teléfono del departamento de Once sonó más veces de lo normal. Mabel salió de la ducha y atendió el teléfono. No imaginó ese día que el aroma a cerezas nuevamente le iba a llover por todo el cuerpo.
No se conocían. O, mejor dicho, el doctor Agrelo no la conocía a pesar de que la había tenido a su lado varias veces. Mabel le acercó una silla para que se pusiera cómodo y se disculpó, debía servir la cena. Entró a la cocina y volvió con dos platos, dos juegos de cubiertos y dos copas. Buscó una botella de vino y le pidió a Marcos que la descorchara. Llenó cada una de las copas hasta la mitad y no pudo contener más las palabras que se le escapaban del alma. Por un momento pensó en no decírselo nunca, pero aquellos ojos la delataron. Le alcanzó la carta antes de regresar a la cocina. El doctor Agrelo se dispuso a leer de compromiso la redacción a mano alzada mientras saboreaba el malbec. Cuando Mabel volvió con la cena, un pollo al champiñón bastante condimentado que no ayudaría a sobrellevar el calor de esa noche de diciembre, lo encontró con la mirada fija en el papel y en silencio. Fue ése el momento en que Mabel, luego de apoyar la fuente sobre la mesa, le preguntó si sabía lo que decía la carta.
—Recién comienzo a leerla —dijo y sirvió una porción con algunos champiñones de más en su plato.
—La letra es de tu esposa ¿no? —le preguntó Mabel con poca inocencia.
El doctor Agrelo hizo un espeso silencio y pareció seguir leyendo. Volvió a escuchar la misma pregunta:
—¿La letra es de tu esposa?
Mucho tiempo después, sentada en el jardín de Quilmes y respirando la soledad de los jazmines, Mabel recordaría la carta que no le entregó a Marcos cuando la encontró entre los vidrios rotos del auto de su esposa aquella tarde del accidente. Recordaría sus ojos, sus manos pidiendo perdón por ese cruce fortuito a la salida del cine, la espalda que se derrumbaba entre sus brazos esa tarde inevitable, la voz entrecortada que le acariciaba el oído como una brisa cuando estaban en el teléfono y se mordió las penas una vez más. Había renunciado para siempre al olor a cerezas aunque en todo su cuerpo la voz de Marta Agrelo repetía una y otra vez cada una de las palabras que le había escrito a su esposo sobre su amor por alguien que no era él, alguien que la desvelaba por las noches mientras él ordenaba y volvía a desordenar su vida entre el alcohol del bar y la cama vacía, alguien con quien Marta no podía estar un día sin respirar en sus manos, sin acariciarle los oídos, sin subir cada mañana por el ascensor del edificio de Once, cuando Marcos se iba al hospital, para buscar la paz que le daba Mabel, para perderse en esos ojos que la desvestían para el amor de la misma manera que treinta años antes Marcos lo había hecho con ella en la clase de Ciencias Naturales. Y como en ese entonces, despojada del mundo por ese almíbar urgente que eran los ojos de Marcos, ahora se desvestía en los ojos de Mabel.
La tarde del accidente, Marta Agrelo, la señorita Marta, no pudo más con su alma que le decía que esos ojos que la desnudaban con tanto cuidado cada mañana en el departamento de Once estaban completamente embriagados con Marcos, ese aroma a cerezas que había descubierto por casualidad en la vereda del cine. Esa tarde del accidente supo que el silencio del amor, al igual que a Marcos treinta años antes, la podría delatar y decidió ir al encuentro de su esposo. No tuvo el valor para decirle lo que debía decirle y se conformó con gritarle como nunca lo había hecho. Habrá pensado que Marcos haría una locura si se enteraba. Habrá pensado en Mabel, tal vez.
Los jazmines dejaron de florecer. Sólo quedan algunos restos de pintura que se aferran a la pared del fondo del jardín. El sol apenas se ve unas pocas horas, sin fuerzas, hasta que el frío de la tarde lo ahoga. Marcos volvió con la tijera de podar para quitar algunas ramas de las plantas. Dice que julio es el mejor mes para deshacerse de tanta frondosidad, para que pueda entrar la luz hasta el tallo y así, sin esa pesada carga de hojas, esperar a que la primavera traiga nuevos jazmines que perfumen la casa. Son las seis y media de la tarde y ya está oscuro. Apenas puedo distinguir a Marcos entre el follaje. No quiero encender las luces, todavía estamos con luna llena. La noche hará del jardín un bosque de plata. Todo brillará de un momento a otro, cuando Marcos regrese del fondo con las ramas secas. El frío todavía cae suave, como una caricia de niño. Aún se pueden ver las últimas nubes que la tarde olvidó. Queda poco césped, todo es tierra que asoma. Se formó un sendero que llega hasta los pies de Marcos. Estos días ha estado curando los jazmines. Algunas tardes traía hojas secas y volvía con un poco de algodón y alcohol. Otras, traía un manojo de ramas y volvía con la regadera. Decía que estaba preocupado porque solamente había hojas en la parte superior del tallo. Pensaba que los había regado en exceso. O que había sido la lluvia de la semana pasada y de la anterior. Creo que Marcos tiene miedo de que los jazmines no vuelvan a florecer, por eso los cuida tanto. Como a mí, que a esta hora siempre me trae un té para que no tenga tanto frío. Ya puso el agua en el fuego con algunos gajos de manzana y una rama de canela. En unos minutos más el agua hervirá y Marcos volverá por ese mismo sendero para ir a la cocina. Camina con algo de dificultad pero no le preocupa. Se mira las manos. Parecen haber entablado una lucha sin igual con los jazmines. Debe estar pensando que sería mejor lavárselas antes de ir a buscar el té. Apenas puede distinguirse su silueta entre las sombras. Se está tan cómodo en este sillón. Me voy meciendo en él como lo hace la noche al acercarse. Se escucha el crujir del hierro adormecido con cada vaivén. A lo lejos pareciera que la calle también se hamacara junto a este sillón. Marcos ya fue a la cocina. Está fresco pero el frío no se siente con este pulóver. A un costado del jardín dejó la tijera de podar y una bolsa con hojas secas. Ahí viene con la taza de té caliente de manzana y canela. Le puso dos cucharadas de miel, como todos los días. Le tiemblan un poco las manos, puede ser por el frío o por esa leve cojera que empezó el año pasado. Yo sé cuándo Marcos está cerca. Lo huelo. Siento como si se abrieran en una sola noche mil flores de cerezas, todas juntas. Y ese aroma que se queda en la nariz luego estalla en otras mil flores más que llegan a inundar los oídos, el cerebro, la boca, y lo que antes fue olor ahora es un sabor dulce en la lengua, una única cereza que se va disolviendo en la boca como si fuera todo jugo, como si no tuviera carne, como si no tuviera piel. Y esa cereza que ahora es jugo llega al cerebro junto a mil flores más y todo se ilumina nuevamente, todo es jardín de flores y cerezas y más flores y más cerezas y todo es rojo y todo es rosa y todo es blanco, como las flores del cerezo, como los jazmines. Marcos me acaba de traer el té y volvió al jardín. Levantó su tijera de podar y camina torpe hacia los jazmines. No lo puedo distinguir con tan poca luz, pero sé que se está alejando lentamente. Me queda en la boca la última cereza que el té querrá que olvide. La casa se hizo de noche y el jardín se volvió plata. La luz de la luna es la única que se resiste al frío de julio. Había pensado en levantarme para ir a encender las luces pero voy a quedarme sentada un rato más. Nada se ve, todo es sombra con esta luna. Marcos aún debe estar con los jazmines. Voy a esperarlo aquí hasta que regrese. No necesitaré verlo, sabré que está cerca cuando vuelvan a abrirse las flores en esta noche. Tan incierta es la felicidad. No sé si Marcos podrá volver por el sendero con esta oscuridad. Tampoco sé si cuando vuelva me encontrará sentada aquí. Lo único certero es el tiempo y su porfía. La felicidad es un sendero oscuro por el que nunca se vuelve.
El amor es un ave que vuela bajo, decía la carta. El amor es un ave que no vuela, pensó Mabel. El amor es un nido vacío, dijo Marcos antes de partir.