A Joaquín siempre le molestaron los pedidos desubicados de su mamá. Ella se acordaba de que faltaba algo en la casa y había que ir a comprarlo de inmediato justo cuando Joaquín estaba viendo la televisión. O cuando la abuela necesitaba que Joaquín la fuera a ver esa tarde, al otro lado del predio que ocupa el cementerio. Para Joaquín, como para todos los vecinos de algún lugar siniestro, el cementerio no es más que un punto de referencia, algo cotidiano con lo que conviven en armonía. Un símbolo del lugar para el residente, un signo de alerta para el forastero. Pero Joaquín no quería que el oscuro fin de una tarde de invierno lo encontrase en su bicicleta bordeando la larga pared que separa al cementerio de la avenida. La noche carece de certezas, le da vida a todos los temores. El frío del día le quemaba la piel. Se puso los guantes, la campera azul, la bufanda, el gorro de lana que le tejió su mamá y montó su bicicleta en dirección a la casa de su abuela. Con la vista fija en el lejano muro donde la calle se une a la avenida cruzó tres esquinas sin mirar hacia ningún lado. Siguió pedaleando y no escuchó las frenadas de los autos que casi lo atropellan. Lejos de detenerse, Joaquín ya le llevaba al tráfico como una cuadra y media de ventaja. A medida que se acercaba a la avenida se esmeraba por pedalear cada vez más rápido. Por el humo que salía de su bufanda y el movimiento circular de los pedales se parecía a una vieja locomotora de alguna película del lejano oeste. Pero era Joaquín con su vehículo a vapor de bufanda en medio de los automóviles. Pedaleando cada vez más rápido cruzó 12 de Octubre al mejor estilo de un camión de bomberos, sin apartar la vista del muro de cemento. Ya se había mojado el pantalón con las salpicaduras de los charcos que nunca esquivó y escuchaba cada vez más lejos las bocinas de los autos. La vieja pared del cementerio estaba cerca. A su bicicleta le faltaba sortear el pozo que había construido la municipalidad con la intención de arreglar la calle. Joaquín en su bicicleta, esa ráfaga de rayos de acero que se convertían en dos platos voladores cuando él retorcía los pedales, advirtió enseguida el aviso de desvío. Los guantes se aferraron al manubrio y con un juego de cintura, parado sobre los pedales, hizo el primer esquive a los caballetes con la astucia de un esgrimista. Luego se inclinó hacia el lado opuesto y aumentó la velocidad para llegar al fin de la calle. Cada vez más cerca, afirmó sus manos al manubrio, inclinó el cuerpo hacia adelante y bajó su cabeza, agazapado de la misma forma que lo hace un felino cuando se dispone a atacar a su presa. El vapor que exhalaba le daba energía a los pies para no dejar de pedalear. Cuando llegó a la avenida que bordeaba al paredón, la encontró.
Una mujer alta con un vestido blanco que le llegaba hasta los pies no dejaba de mirar a Joaquín con el rostro desencajado. Una lágrima cayó sobre la cara de Joaquín. Se puso de rodillas y con su mano le secó la mejilla. La mujer parecía no tener consuelo. Miraba la cara de Joaquín con los ojos abiertos y su gorro de lana maltrecho. El sol cayó en su olvido y la noche cargó con el misterio. Unas luces amarillas indicaban que venían a socorrerlos. Eran luces intermitentes que giraban iluminando las magnolias que bordeaban la avenida. Dos hombres robustos se bajaron del vehículo y luego de haber visto el estado en que quedó el automóvil se dirigieron hacia la mujer. Remolcarían el auto hasta su casa.
Los hombres subieron el auto al camión de auxilio. La mujer, con el peso del llanto en su rostro, subió con ellos a la cabina. El camión comenzó a alejarse lentamente por la avenida como un apesadumbrado tren que deja en el andén una imagen imborrable del pasado.
Joaquín miró sus manos, sus guantes rotos por el asfalto, acarició su gorro de lana embarrado por la calle que estaba en reparación y se levantó como pudo. Caminó sobre las marcas que habían dejado los pedales en el asfalto hasta llegar a su bicicleta. Lo primero que hizo fue enderezar el manubrio. Luego le dio un golpe al asiento para volver a ponerlo en su lugar. Subió a su bicicleta y dobló por la avenida. El accidente le había dejado raspones en los brazos y un molesto dolor en la rodilla.
A medida que iba tomando confianza pedaleaba con más fuerza. El dolor en la rodilla no menguaba. El aire frío que había dejado la tarde en el lugar le ardía en los raspones de la piel que aún no cicatrizaban. Nada de eso impidió que se parara sobre los pedales ni que aumentara la velocidad. Los pilares del muro del cementerio pasaban raudos a su lado. La noche comenzaba a cerrarse. No era hora de andar en bicicleta por allí pero debía llegar a lo de su abuela. Al doblar la esquina y tomar por la calle donde el sombrío portón de hierro parece separar la vida cotidiana del misterio de la muerte, comenzó a dudar. Había dejado atrás las luces de la avenida y por delante tenía el abismo de la noche cortado apenas por la luz de un farol de alumbrado público, un centenar de metros más adelante. Pensaba, sin dejar de pedalear ni de mirar a otro lado que no fuera el camino que se abría con la rueda delantera de su bicicleta, que tal vez el accidente que había tenido en la avenida no había sido como él lo recordaba. Que esos raspones en los brazos y el dolor en la rodilla podrían ser las secuelas de algo mucho más grave. Quizás la mujer de la que había caído una lágrima sobre su mejilla estaba más angustiada por él que por su auto. Podría ser que quien estuviera realmente grave fuera él. Pero si él estuviera grave no podría estar andando en bicicleta como lo estaba haciendo ahora, ni tendría la fuerza necesaria para ir tan rápido por la calle. Las luces de la avenida parecían parpadear de tan lejos que las había dejado. Ahora eran unos pequeños puntos amarillos. La noche lo estaba devorando. Faltaba casi una cuadra para llegar al farol que alumbraba el portón de entrada y esta vez fue el miedo lo que lo hizo aferrarse al manubrio. Podría dar la vuelta y volver a la avenida si quisiera, pero el temor a detenerse y quedar a merced de esa oscuridad lo obligaba a seguir. También pensaba en la posibilidad de ser el personaje de un sueño en el que corría asustado en una bicicleta sin saber bien dónde ni cuándo terminaría esa pesadilla. Los límites de la noche no cuentan con lo probable, siempre convergen en lo imposible. O que ese sueño fuera producto de algún desvarío por la medicación que le estaban dando en el hospital luego de que la ambulancia lo fuera a socorrer al lugar del accidente. Apretaba con fuerza sus puños para no soltar el manubrio. No podía ser un sueño. Ya comenzaba a sentir el cansancio de pedalear tanto, la agitación en su bufanda, la transpiración en su cabeza a pesar del frío que le helaba las manos. No podía estar soñando y a la vez tener los ojos abiertos que le hacían ver que ya faltaba menos para llegar a la vereda iluminada del portón. Desde allí restaban unos cincuenta metros y doblaría a la derecha para llegar a la casa de su abuela. Se le cruzó la idea de que a esta hora su abuela quizás ya no lo esperaría. Pensó que debería ser tarde, que debería haber tenido más cuidado al doblar por la avenida, que su mamá tenía razón en decirle que mirara hacia ambos lados antes de cruzar la calle, que su abuela estaría angustiada y que habría llamado por teléfono a su mamá preguntando qué le había pasado a Joaquín que no había ido a su casa. Temía que ahora su mamá anduviera preocupada buscándolo por la calle. Que su padre hubiera tenido que salir antes del trabajo porque su hijo había salido con la bicicleta para ir a lo de su abuela y todavía no había llegado. Pensaba también que cuando volviera a su casa lo castigarían por no hacer las cosas bien, por preocupar a su familia, por hacerles perder las horas extras a su padre, por ser un hijo inútil. Pensaba y no dejaba de pedalear. También podría ser que esa mujer que estaba con él cuando ocurrió el accidente fuera su abuela, pero no tenía el aspecto de su abuela. A menos que fuera su abuela cuando era joven. Pero cómo podría ser su abuela si ella lo estaba esperando en su casa. Y si era su abuela cuando era joven, él no habría nacido. Entonces pensó que la única manera posible de que fuera su abuela cuando era joven sería que él estuviera muerto. Pero él no estaba muerto, sentía la sangre que corría por su cuerpo, la respiración agitada por el ejercicio de pedalear, el frío azul y profundo con el que la noche lo hostigaba. Además, su abuela no se parecía a esa mujer cuando era joven. Recordó que su mamá tenía una foto de cuando era chica junto a su abuela sobre la mesa de luz y en verdad se parecía más a lo que era su mamá hoy. La mujer del automóvil, pensó, no alcanzó a frenar y por eso chocó contra el árbol de magnolias y él, al intentar esquivar el auto, se cayó de la bicicleta y se lastimó los brazos y la pierna. Era lo único que recordaba del accidente y lo más importante para entender por qué estaba aún pedaleando. Faltaban pocos metros para llegar a la zona iluminada por el farol. La oscuridad parecía expulsarlo hacia adelante a bocanadas. La noche le ofrecía una luz donde guarecerse. Atrás quedaban sus fauces oscuras como las de un perro que vigila el devenir de la calle. Aquella espesura a sus espaldas ya había borrado las luces de la avenida. Le quedaba pasar por ese baño de luz y cincuenta metros más adelante estaría doblando por la calle iluminada para llegar a lo de su abuela. Se había hecho tarde y eso lo preocupaba, por eso pedaleaba cada vez más rápido. El silencio aplomado de la calle lo llevó otra vez a pensar en el accidente. Habría vuelto a ese lugar si no fuera por la oscuridad que lo cercaba. Llegó a pensar que tal vez el accidente nunca pudo haber existido. Pero de no haber sucedido, por qué causa tenía ese golpe en la rodilla y los raspones en los brazos. No recordaba esas marcas en su cuerpo antes de salir de su casa. Tampoco recordaba haber visto a alguien más en el lugar. Le parecía raro que tanto las calles como las veredas estuvieran vacías. O por lo menos que él no hubiera visto a nadie que fuera en su ayuda. Volvió a repasar en su memoria el accidente y tampoco entendía cómo lo habían dejado allí, solo, sin que nadie se hubiera acercado a preguntarle qué le había pasado, si estaba bien o si necesitaba que lo llevasen al hospital. O que no hubiera nadie que al menos le curara el ardor de los raspones que todavía sangraban. Se le vinieron a la memoria los dos hombres robustos que habían cargado el auto de la mujer en el camión de remolque y que se habían ido con ella sin mirarlo. Ahora podía razonar un poco más y no comprendía por qué la mujer lo había abandonado sin decir palabra alguna. No era posible que ella supiera si él estaba bien o si necesitaba de algún médico que lo atendiera. Comenzó a dudar del tiempo que había permanecido tendido en la calle. Tal vez su viaje se había retrasado varios minutos más de lo que a él le parecía. Tal vez el accidente había ocurrido a la tarde pero había recobrado el conocimiento recién a la medianoche. Quién sabe las horas que habría estado tendido en el asfalto, solo y sin poder levantarse. Todos los razonamientos se le volvían conjeturas. Mientras pedaleaba comprendía que nada de lo que le había pasado tenía una lógica. Cuando Joaquín llegó al enorme portón iluminado por el farol de la calle vio las copas sobre las mesas, los manteles blancos que caían hasta el césped, vio a una niña con su muñeca, vio a dos señores mayores hablando de política, vio a una joven pareja bailando, vio a una mujer riendo con su amiga, vio a dos ancianos que corrían por el parque, vio comida, mucha comida que nadie comía, vio a un hombre corriendo en bicicleta, vio a un niño tirando de los manteles, vio luces y más luces, en un costado vio a unos músicos tocar un aria de Puccini, vio a un hombre de barba que en su canto decía Venceré y lo vio llorar después de escucharse, vio a un sabio poeta recitando versos de Victor Hugo, vio una guitarra apoyada sobre una silla, vio unas manos arqueadas que tocaban en un piano una serenata de Schubert, vio la luna que de tan llena mojaba los pies, vio a un chofer de colectivo con un anillo poderoso, vio a todos los artesanos trabajar la madera, vio a un hombre sentado en un sillón de terciopelo verde, vio las rosas abrirse, vio el arco de un violín sobre las cuerdas, vio a un noble caballero andante y vio a su escudero montado en un burro, vio a un hombre ciego que escribía un poema temeroso, vio unos girasoles sobre una tela, vio que un hombre dibujaba el tiempo, vio a una anciana que aún rezaba, vio a un cisne blanco y vio a un cisne negro, vio que una mujer alta con un vestido que le llegaba hasta los pies le abría el portón con una sonrisa, vio a su abuela feliz de verlo, bajó de su bicicleta y entró.