En la otra puerta

El sueño de Amanda

Ricardo Cardone

Estaba seguro de que se retrasaría más de la cuenta ordenando los contratos de la compañía en las distintas divisiones del portafolios. Amanda le había planchado las camisas y desde las tres de la mañana permanecían colgadas en los respaldos de las sillas esperando que él las doblara y las acomodara en la valija. De entre las sábanas revueltas rescató las últimas carpetas que le quedaban por guardar, se miró al espejo por cuarta vez para ver cómo se veía con su traje gris y volvió a lustrar sus zapatos. La almohada caída sobre la alfombra le hizo recordar las últimas palabras de Amanda, el tono angustiado de su voz grave que no lo conmovió al momento de despedirla. Después de todo, él debía viajar por varios días y no podía generar gastos tan inútiles como pagar servicios domésticos que no utilizaría. Tampoco lo conmovieron los años de servicio de Amanda ni los hijos de ese matrimonio que quedó en promesas. Al regresar buscaría a alguien que se ocupara de la casa o quizás buscaría nuevamente a Amanda, como lo hacía cada vez que volvía de sus prolongados viajes de negocios. Esta vez había mirado a Amanda con los ojos fríos, le había hablado de los problemas financieros que tenía y que ella no era capaz de comprender y la había despedido cerrándole la puerta en la cara. Amanda ahogó el llanto mordiéndose con fuerza los labios y sosteniéndose de la baranda bajó la escalera. Era tarde para lágrimas pero igualmente se desplomó al saber que el frío de ese invierno iba a ser mucho más cruel que esa noche.

No debía perder ni un minuto más. Demasiado tiempo le había llevado ordenar la agenda de reuniones con las concesionarias y debía estar en el aeropuerto en una hora. Repasó la corbata, las solapas del traje, se miró los zapatos por última vez, tomó el portafolios y la valija, apagó la luz y salió de su departamento. Tenía que bajar de prisa por la escalera. Reconoció una vez más que no fue buena la idea de inhabilitar el ascensor. El año anterior había hecho un reclamo al consorcio por los excesivos gastos del edificio y, según su criterio, cinco pisos no justificaban su uso. Si la mayoría de los propietarios estaban de acuerdo, él mismo se ocuparía de las consideraciones legales y llamaría a la empresa de mantenimiento para que lo sacaran de funcionamiento. No fue buena idea, pensó mientras se disponía a bajar los cinco pisos por la escalera. El aire le resultaba familiar a medida que se internaba en la oscuridad del pasillo. Creyó oír algunos ruidos junto con el crujido de sus zapatos a medida que bajaba por la escalera caracol pero no le dio importancia, después de todo no tenía mucho tiempo para este tipo de detalles. Estaba llegando al cuarto piso cuando la luz de la escalera se apagó. Según sus cuentas, el costo de la energía eléctrica disminuiría un siete por ciento al mantener diez segundos menos las luces encendidas y eso representaba un ahorro considerable. Con disgusto bajó los dos últimos escalones y encendió la luz nuevamente. El avión partiría a la seis de la mañana; todavía le quedaba buscar un taxi y cruzar todos los semáforos de la ciudad para tomar la autopista que lo llevaría al aeropuerto. Ahora el aire era otro y el silencio en el piso iluminado le traía un susurro desde la puerta del 4°B. El sonido le resultó conocido y si no fuera por el retraso que llevaba seguramente se quedaría unos minutos escuchando ese quejido que a martillazos se le clavaba en los oídos. Pero debía bajar a pesar de todo. Intentó apoyar lentamente sus zapatos en cada escalón para que no crujieran y si se afirmaba con las manos en las barandas podría aliviar el peso en sus pies para evitar el ruido. No tuvo éxito y el crujido volvió a quebrar el pasillo. Se quedó inmóvil por un instante con un pie apoyado en un escalón y el otro suspendido en el aire, creyendo escuchar nuevamente sollozos que venían del 4°B. Quiso saber cuál era la causa pero miró su reloj y se dio cuenta de que ya debería estar viajando en el taxi que lo llevaría al aeropuerto. Nuevamente se apagó la luz. Se le vinieron a la memoria los trámites de embarque, las largas colas que debería hacer para registrarse y el poco tiempo que le quedaba para un viaje de más de media hora. La incierta oscuridad en la que se hundían los escalones lo obligó a subir hasta el cuarto piso para encender la luz. Volvió a escuchar el llanto. Se acercó a la puerta que tenía la letra B. Alcanzó a ver a través del ojo de la cerradura una luz que se entrecortaba por el movimiento de una sombra. No era un buen momento para detenerse a comprender lo que allí sucedía, era tarde y difícilmente estaría en el aeropuerto con el tiempo necesario para realizar los trámites de embarque. Si no se decidía a bajar, no llegaría a horario pero una voz se le instaló en el pecho y no pudo despegarse de la puerta. Una luz tenue caía en el centro de una mesa. Algunos platos, vasos y cubiertos reposaban sobre ella sin signos de haber sido utilizados, como si esperaran a alguien que aún no había llegado. Ese vacío se cubría con sollozos cada vez más fuertes. Vio algún movimiento a través de una puerta abierta que parecía ser la de un dormitorio. El espeso silencio del pasillo ahora le dejaba escuchar otras voces. Parecían niños. Y entonces oyó el metálico ruido del arma sobre la mesa. Como no alcanzaba a distinguir bien cada detalle, inclinó su cuerpo hasta quedar apoyado en el marco y así logró ver algunos movimientos más en ese living sombrío. No respiraba y ni siquiera la urgencia por llegar al aeropuerto lograba apartarlo de ese lugar incómodo. Debía estar tomando el taxi que ahora estaría doblando por Boedo y si no bajaba perdería el vuelo. Pero otra vez el llanto lo paralizó. Los rayos de la única luz que se filtraban por la cerradura lo mantenían pegado a la puerta y, de continuar allí, ya no podría cambiar su destino.

Debía bajar sin perder tiempo; no olvidaba que de ese viaje dependía la suerte de su ascenso. El directorio ya le había confiado los contratos que se firmarían indefectiblemente a las cinco de la tarde. Los inversores estarían en el hotel desde las diez de la mañana y el director general no los había logrado convencer de que los documentos estarían libres de enmiendas a la hora de la reunión. No habría más postergaciones y si no llegaban a un acuerdo con el representante que la compañía enviaría en el vuelo que a las seis de la mañana partía desde Buenos Aires, cruzarían la cordillera para invertir en otros asuntos con empresas más serias y rentables. Una voz de mujer que susurraba afligida lo devolvió al living del cuarto piso. Luego de encontrar a sus hijos dormidos y sin cenar, Amanda no dejaba de pensar desde que había entrado al departamento. Se sentó en la cama de su hijo mayor y se quedó contemplando el sueño de su otro hijo como si fuera ella misma la que dormía. Derrumbados en la cama a medio hacer, los ojos pequeños y cerrados del niño guardaban el silencio de Amanda. Lo imaginaba saltando sobre la cama, corriendo por la vereda del colegio, volando aviones, jugando a ser lo que ya había dejado de ser. Quizás esos pequeños labios a medio abrir que se apoyaban en la almohada esperaron hasta bien entrada la noche algo para cenar pero aprendieron, desde que Amanda se había quedado sola, que los deseos rara vez se cumplen. Hoy esos recuerdos que desvelaban a Amanda, sus primeros pasos, la entrada a primer grado, los primeros golpes, no estaban en esas camas. Le miró las manos y se miró las suyas. El paso del tiempo le quebró la voluntad y los años le llovieron como granizo. Esos ojos cerrados le hacían doler el cuerpo. Aquella paz que solamente el sueño podía traerle se terminaría en unas horas más. Le dolían esos labios abiertos que pedían nada por todo. Las manos sucias y vacías que ya no esperaban. Amanda hundió su cara entre las manos para no ver. Le pareció que la cama en la que estaba sentada era un mármol frío. Sobresaltada giró la cabeza y vio que bajo las sábanas dormía su primer hijo, con el pelo revuelto y su prematura juventud. A Amanda los hijos le crecieron más rápido que la memoria. Las primeras palabras, todas las vocales y todas las consonantes la aturdían. Los paseos en la plaza tomados de la mano le cegaban la vista y un verano en la costa, cuando aún él no caminaba, fue todo lo que pudo recordar. Se maldijo por no haber disfrutado más tiempo de esa niñez. La necesidad de sobrevivir le había robado los recuerdos y ahora, ante ellos, se sentía una desconocida. Intentó volver a la arena de aquel verano pero no le fue posible. No había lugar para esos recuerdos en su memoria. Vio al mayor de sus hijos dormir como en aquellas vacaciones. Lo vio entre las sábanas como aquella vez en su cuna y lo cubrió con la manta blanca que ella misma le había tejido al crochet. Acarició su mejilla con el revés de la mano para no despertarlo y se quedó sentada a su lado hasta que el sueño la invadió.

Ahora no se oía ningún otro ruido más que el goteo de la luz del living sobre la mesa. Mientras intentaba escuchar algo, la corbata lo ahorcaba dentro del traje gris. Los zapatos crujieron cuando se retiró del marco de la puerta. Oyó un grito y una voz grave. Volvió a mirar. El arma ya no estaba sobre la mesa y temió lo peor. Creyó reconocer voces familiares que le traían los años. Recordó el último viaje de vacaciones que habían hecho juntos, la mesa que siempre lo esperaba tendida en el 4°B y esa soledad que en los últimos años había invadido la casa. La memoria lo llevaba por senderos de arcilla. Su traje gris se manchaba con la imagen de quienes estaban del otro lado de la puerta. Olvidó el paso del tiempo, el reloj. Se vio llegando tarde al aeropuerto. Ya no doblaría otro taxi por Boedo y tendría que ir corriendo en busca de alguien que lo acercara. Pensó que debía entrar y rescatar a Amanda de la locura que iba a cometer y derribó la puerta de un golpe.

A las seis de la mañana Amanda despertó. Caminó hacia el dormitorio de sus hijos. Abrió la puerta y vio que no habían regresado todavía. Notó que había olvidado apagar la luz del living y que la mesa aún estaba sin levantar. Fue hasta la puerta de entrada para asegurarse de que estuviera con llave. Regresó a su habitación y miró la hora. Tomó el arma que guardaba en la mesa de luz y cerró los ojos. Nadie la detuvo.

 

De julio a Iván Reyes (2020)

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