El guardapolvo descosido de tanto jugar al fútbol en el patio del colegio hacía las veces de poste derecho de uno de los arcos, encima del cuaderno de clases. El otro poste, el de la izquierda, era de lana y tenía un escote en ve azul. Ambos habían probado el sabor de la derrota sobre esa tierra muda. No hacía falta justificar el cero a dos antes de volver a casa, se gana y se pierde como se sufre y se disfruta cualquier acto de la niñez. Después de todo, los rivales vivían uno enfrente del otro y la angustia de Miguel por el fracaso desaparecería en el camino de vuelta al barrio San Vicente, del mismo modo que se opacaría la alegría de su compañero por la victoria. Llevaba en sus pies un cansancio húmedo que le dejaba marcas en la tela de las zapatillas. Tantos goles salvados en el arco lo habrían convertido en héroe si no hubiera sido por los dos últimos cabezazos que no había podido contener, uno de palomita y el otro de casualidad, con la nuca, para que le diera más rabia.
En los últimos años, San Vicente había crecido gracias al esfuerzo de sus vecinos. No había noches de invierno sin el dulce silencio del sueño. El día asomaba con un aroma verde acompañado de arena y cal junto a ladrillos apilados y domingos de albañiles. Las chapas acanaladas de las casas se volvían con el tiempo paredes de cemento. Sin embargo, las calles no eran más que anchas veredas y los pocos autos que por allí pasaban lo hacían hamacándose entre las huellas que otros dejaban en los días de lluvia, huellas por las que Miguel caminaba cada mediodía embarrando la tela deshilachada de sus zapatillas sin cordones. La puerta de entrada a su casa no era más que una tranquera olvidada. Nunca estaba cerrada y segundos antes de que Miguel llegara los perros cruzaban el alambrado para olfatear las rodillas gastadas de sus pantalones, como si quisieran averiguar cuántas pelotas había salvado el guardapolvo descosido y cuántas las manos sucias de su dueño.
Ramón no había logrado quedar efectivo en su trabajo y al cabo de dos años lo habían dejado cesante por no haber regularizado su documentación. Las leyes que él cumplía otros las olvidaban y con el paso del tiempo comenzó a entender que de nada le había servido cambiar las cañas de azúcar por los tornillos y las tuercas. Antes de llegar a la ciudad sus ojos menguaban el dolor que la zafra dejaba en su cuerpo deteniéndose a mirar cómo la tierra se cubría de verde hasta perderse leguas adentro. El hombre siente que es feliz sólo con ver el horizonte hasta que un día, a causa de la costumbre, se cansa de él. Ramón había cambiado el ingenio azucarero por el sueldo de la fábrica, esa gota que le caía sobre la cabeza cada minuto de cada hora de cada quincena y que le alimentaba la esperanza de que algún día dejaría ese galpón polvoriento, agobiante y gris. Cuando el ánimo de Ramón se debilitaba, de pie junto a su banco de trabajo, levantaba la vista y se quedaba mirando el enorme tinglado que lo custodiaba hasta terminar la producción del día. Igual que en su trabajo anterior, con la diferencia de que allí el techo era otro, con sol y con estrellas. El hambre lo había abandonado una noche en la terminal de Buenos Aires con un paquete de yerba a medio abrir y sin boleto de regreso. Ramón pensó que, con suerte, la cena le duraría hasta el almuerzo pero se equivocó: no hubo cena ni almuerzo en esa víspera ni en el día siguiente. La mañana lo encontró sentado en una plaza con la mirada vacía. No había adónde mirar. Todo estaba demasiado cerca para que sus ojos se calmaran con el sosiego de la lejanía.
Las cortinas de tela conservaban el aroma a café con leche del desayuno cuando Miguel las corrió para dejar el guardapolvo sobre el elástico de la cama. Se dio vuelta antes de que el espejo sobre la silla le mostrara la barbilla desprolija que no quería ver. Esa imagen de adolescente podía convencerlo de que el futuro le había llegado rápido y estéril. Los perros esperaban pacientemente el almuerzo; el plato de arroz tenía que alcanzar para la cena. Media hora después de comer, cuando estaba por abrir el cuaderno de clases, Luis lo llamó desde la puerta de madera. Miguel le hizo una seña por la ventana de la cocina y salió corriendo con los perros adelantándosele. Llevaba puesta una remera verde y un buzo que le quedaba chico. Las mangas no le alcanzaban a cubrir las muñecas marcadas por el sol y el aire helado de los mediodías del invierno. Caminaron varias cuadras hasta llegar a la avenida. Con las manos en los bolsillos hablaban de nada, aunque para ellos eso era hablar de todo. De la nada que era limpiar parabrisas y de todo lo que era Marcela para Miguel y para Luis.
Desde la esquina, ella los vio venir caminando por la vereda y no le dio trabajo distinguirlos, Miguel era el de la remera verde que se le escapaba por debajo del buzo y Luis el del pulóver escote en ve azul. Siempre andaban vestidos con la misma ropa. A ellos tampoco les costó distinguir a Marcela entre los autos detenidos en el semáforo con el pelo suelto que le caía sobre la cara cada vez que se inclinaba a secar los parabrisas. Fue en esa tarde de invierno cuando Miguel se dio cuenta de que crecer era como nacer de nuevo. Ahora veía al mundo con ojos de extraño. Las demás personas se comportaban de manera distinta con él, lo trataban de otro modo, le hablaban con algo de seriedad. Sus gustos también habían cambiado. Lo que hasta ayer lo divertía hoy le parecía una pérdida de tiempo. Le daba vergüenza pensar que había podido disfrutar de unos juegos tan absurdos en ese tiempo pasado. Se sentía humillado si Marcela le contaba cosas que ellos habían compartido en la niñez, una etapa de su vida que intentaba olvidar lo más pronto posible, por lo menos delante de Marcela, de los ojos negros de Marcela, de la piel de Marcela, de los labios de Marcela. Cuando llegaron, ella abrazó con fuerza a Miguel contra su pecho y él se dio cuenta de que nunca le había prestado atención al cuerpo de su amiga. Ahora algo le controlaba la sangre. Sus piernas parecían perder fuerza y si no se había derrumbado todavía era porque ella lo tenía abrazado. No era él quien gobernaba su cuerpo. No supo qué hacer ni qué decir. El deseo le había borrado la infancia. Luego Marcela abrazó a Luis. A Miguel por un momento se le cruzó la idea de que a Luis le podría suceder lo mismo que a él y prefirió no mirar. Decidió que la próxima vez que fuera a visitarla lo haría solo.
Para Marcela la calle representaba una cuestión de pocas monedas que hacia la noche se sumaban y alcanzaban para el día siguiente. Se multiplicaban a las siete de la tarde, con los autos que formaban filas interminables en el semáforo y se iban agotando hacia la medianoche, cuando las contaban una por una con las uñas sucias antes de acostarse bajo los escaparates de algún comercio. Mientras Marcela se perdía entre las ventanillas de los autos de mitad de cuadra, Miguel y Luis la ayudaban limpiando los parabrisas de los autos de adelante, llevándole el balde con agua jabonosa desde la vereda hasta la calle, y también en las discusiones con los automovilistas.
Mucho tiempo después, una tarde como ésa, Miguel se detuvo en un semáforo en rojo y se dio cuenta de que los años que había creído borrar de su memoria se le habían caído encima. Unos ojos negros iguales a los del pasado miraban a los suyos como si se conocieran de toda la vida. Vio cómo esos ojos que limpiaban el parabrisas parecían entrar en su auto sin pedirle permiso y esperaban que los suyos le confiaran lo que nunca se atrevieron a decirles, que por ellos todas las noches él se despertaba sobresaltado cuando los sueños eran nada más que abismos. Esos ojos negros le calmaban la angustia. Los ojos negros que la timidez le había hecho olvidar y que ahora pensaba que por ellos nunca había podido deshacer el ovillo de la historia.
Ramón no era aquel Ramón que había venido de Tucumán mucho antes de que empezara la resistencia política. Tampoco el Buenos Aires de entonces era éste que se hacía llamar Buenos Aires. Ya no estaban los viejos amigos para invitarlo a su casa a comer cuando el hambre le ardía en el estómago como las manos en tiempos de la zafra. Solamente le quedaban algunos conocidos con los que había hecho buenas relaciones en la fábrica durante el breve tiempo en que había sido tomada por los delegados gremiales. Ahora Ramón aguantaba el hambre pintando frases de apoyo al movimiento político sobre recortes de telas y en las paredes de las fábricas, revolviendo el presente hasta que rompiera en hervor, hasta que no callara el silencio, hasta que alguien pudiera leer sus ideales con otros ojos y sacarlos a la superficie, para que al fin respiren, para volver a vivir, para volver a soñar con otro Buenos Aires y para no volver más.
Estela me contó, años después, que habían caminado por la autopista que va al aeropuerto durante toda la mañana. Llegar al palco que estaba montado sobre el puente no les fue fácil. Me contó que Ramón estaba extenuado pero esperaba la llegada de su general con la misma ansiedad con la que había esperado la partida del tren que lo había traído a Buenos Aires hacía más de veinte años. Él, en aquella mañana, con medio cuerpo afuera de la ventanilla, saludaba a su hermano sin saber que ésa sería la última imagen familiar que le quedaría grabada en los ojos. Nunca supe por qué no quiso volver. Tal vez el ingenio azucarero le doblegó la voluntad. O quizás esa otra persona que quiso ser cuando bajó del tren le borró el pasado como la adolescencia lo hizo tiempo después con Miguel.
Mientras veía cómo esos ojos negros quitaban el agua del parabrisas con el secador, la memoria se le inundaba de voces. Los ojos de Miguel les hablaban sin pestañear a aquellos otros que estaban frente a él, afuera del auto, en una tarde fría de invierno. Les hacían preguntas y ellos parecían contestarle. Luego volvían al secador, al agua del parabrisas y nuevamente atravesaban el vidrio para volver a pasar del frío del aire al calor del auto, de la tarde de invierno a las noches de verano, del silencio del pasado al presente que olvida. Sin querer se contaban una misma historia, uniendo las partes que faltaban, las que habían quedado en el camino y que ahora estaban detrás de un vidrio sucio al que había que limpiar porque a la historia tenían que unirla, aunque fuera una tarde de invierno en un semáforo, aunque faltara el sol e hiciera frío. Debían abrir sin ninguna vergüenza la caja fuerte donde habían guardado la infancia para que se despabilara la memoria, aunque lo tuvieran que hacer a baldazos de agua y detergente sobre el parabrisas.
Los disparos habían venido desde el palco pero no fueron los que mataron a Ramón. Él había logrado esquivar las balas porque pudo arrojarse al césped, sin entender el porqué, sólo por puro reflejo. Los ojos grises y redondos de Estela permanecían de pie sin poder reaccionar ante lo que estaban viendo. Ramón la tomó de la pierna y la arrastró junto con él antes de que otra bala silbara sobre sus cabezas. Permanecieron mucho tiempo boca abajo en el pasto húmedo del fin del otoño, cubriéndose las cabezas con sus manos, esperando despertarse de un sueño. Pero comprendieron que no iban a tener esa suerte. La crueldad es una realidad que no duerme. Tiempo después Estela me volvería a decir que Ramón tampoco había muerto cuando intentaron escapar del fuego cruzado, sino que había muerto antes, cuando había escuchado otro silbido más absurdo que el del tren que lo había traído a Buenos Aires, más veloz que el de la ambulancia que lo había llevado al hospital, más mortal que el de los disparos que habían venido del palco y de los árboles. Ramón había muerto cuando el avión pasó sobrevolando su cuerpo y nadie quiso darse cuenta de que él estaba allí abajo, tendido en el pasto mojado, esperando que su general lo viera tirado en el piso con las manos en la cabeza, lo levantara de los hombros y le diera el abrazo que había estado necesitando desde que había llegado a Buenos Aires, cuando nadie había ido a recibirlo a la estación. Esperaba estar frente a su general, así él le pondría la mano en el hombro como muestra de agradecimiento y Ramón le hablaría de su hijo Miguel, a quien nunca había dejado de darle un abrazo cada vez que volvía a su casa porque a Ramón le sobraban brazos para los demás aunque le faltaran brazos para él. El avión siguió de largo con su general a bordo y a Ramón ya no le importó ni la vida ni la muerte; para ese entonces una le había sido amputada a machetazos entre las cañas de azúcar hacía mucho tiempo y la otra poco le preocupaba ahora. Ramón murió de ausencia, dijo Estela. Y se fue.
Los ojos negros seguían hablándole sin importar las primeras gotas de lluvia que caían sobre el parabrisas. A esos ojos les pesaban los años como a Miguel, que los protegía entre sus párpados para no volver a olvidarlos. Los ojos negros iban y venían leyéndole las arrugas del pasado, las ausencias en el rostro, los años gastados en su cabello blanco, la niñez perdida que los ojos de Miguel nunca pudieron ocultar. Aquellos ojos negros llevaron a Miguel una y otra vez de un invierno al otro, de las mañanas de sol a las tardes de lluvia, de las corridas para no mojarse al árbol en donde Luis la besó por primera vez, de las manos sucias a los labios nobles, del deseo ingobernable a las piernas derrumbadas, de las monedas del pasado a las monedas del presente, de la luz roja a la luz verde.