En la otra puerta

Segmentación de la tarde

Ricardo Cardone

El reloj de la torre custodiaba el predio como un centinela; vigilaba a la ciudad. Era un faro soberbio que guiaba a los que llegaban cruzando el puente. Por las noches, iluminado por la luna del sur, mostraba dos caras antagónicas: una, al frente, circular y radiante que atrapaba la mirada de algún enamorado; otra, detrás, dudosa, que ahogaba la voz en la soledad que gobernaba.

A la casa los años le pesaban. Su aspecto daba cuenta de haber sido construida a principios del siglo pasado. El tiempo en los pilares de ladrillos había grabado sus huellas: la pintura desvencijada dejaba la mampostería al descubierto. Gruesos barrotes de hierro habían sido forjados para construir las rejas que formaban negras líneas verticales y torneadas. Protegían el frente de la casa con sus tres metros de altura, interrumpidas de tanto en tanto por aplomadas columnas en las que se apoyaban. Cubiertas a veces por algunas copas de árboles que vertían su sombra a la calle, se perdían al doblar la esquina sin que ninguna puerta de entrada interrumpiera esa silenciosa perspectiva. Caminando por la vereda se alcanzaba a ver, entre los cambios de transparencias que daba el follaje con su movimiento, la edificación de la vivienda que reposaba detrás de los rosales del extenso jardín. No había manera de ingresar a esa misteriosa propiedad; no se veía ningún portón de acceso. Doblando la esquina, las rejas junto con los árboles recorrían casi ochenta metros en paralelo a la calle, adormeciéndola con un silencio espeso. Luego se sumergían en una frondosa pared que llegaba hasta la puerta de hierro de la casa vecina. A medida que pasaban los días, mi ansiedad crecía y la imposibilidad de sortear esas defensas con forma de acantilado que sellaban la manzana alimentaba mi desesperación. Debía afrontar el riesgo o enloquecería. Se me ocurrió trepar a la reja por uno de los pilares y saltar hacia el jardín. El césped conservaba un fresco rocío de verano cuando mi cuerpo cayó sobre él. La humedad del pasto contuvo mi ansiedad por algunos segundos. Me quedé de espaldas mirando el cielo, saltando de nube en nube, hasta que un fuerte ardor me sobresaltó. La herida sangraba. Una punta de lanza de la reja me había abierto el pantalón y la pierna.

El inmenso jardín era persuasivo y sereno. El dolor me había inmovilizado la pierna pero me puse de pie y logré caminar con alguna molestia hasta que la edificación me abordó. Parecía surgir de la nada. De esa nada verde y prolija del jardín. De esa nada que las rosas guardaban nacía la majestuosa mansión de granito con dos enormes columnas que sostenían el techo de una huraña galería. Me acerqué temiendo que algún perro o el encargado de la casa me detuvieran. Aunque desconfiaba de todo lo que pudiera tener vida en ese lugar, crecía en mí la esperanza de que nadie fuera a salir a mi encuentro. Intentando no pensar recorrí el sombrío corredor. Enormes maceteros de arcilla con forma de vasijas y sembrados de helechos me custodiaban. Llegué a una ciega pared que ponía fin al precario trayecto. No encontraba la posibilidad de ingresar a la casa por esa galería. Apoyé ambas manos sobre la superficie de piedra buscando alguna irregularidad, una grieta o al menos algún sonido hueco que me diera indicios de que adentro de esa uniformidad había algo distinto. Pero todo era silencio. La indiferencia del granito no lograba hacerme desistir de la idea de poder entrar aunque no hallara una abertura en esa ciega fortaleza. Los árboles más cercanos a la vereda crecían robustos y floridos pero, a medida que iban rodeando la casa en dirección a la parte posterior, no ocultaban su abandono. El débil follaje se volvía lamento con el canto del viento. Algunas ramas gruesas le habían sido arrancadas con furia. Pensé en la obra de algún animal pero cambié de opinión al imaginar la fuerza y la altura que se habría necesitado para cortarlas. Sobre el césped pude ver algunos restos de hojas verdes con los tallos todavía frescos; no hablaban de un hecho antiguo. Por el contrario, lo reciente del caso me daba a entender que alguien habitaba la casa. Un individuo con la autoridad necesaria para entrar y salir por algún lugar que no estuviera a la vista de nadie. Recorrí por completo la pared lateral y al girar hacia la parte posterior de la casa, en medio de las hojas caídas que pisaba, me encontré con diez o quince ramas con las puntas afiladas que se hundían en la tierra, dispuestas en forma de cuadrilátero. Caminé entre ellas con cuidado de no lastimarme. Al levantar la vista me di cuenta de que esa ciega pared que me aturdía formaba parte de los cimientos de la torre del reloj que se alzaba dominante delante de mis ojos. Crecía en el abismo de la tarde frente a esas ramas convertidas en lecho de algún asceta. Una escalera de madera apoyada en la pared llegaba hasta una pequeña ventana del primer piso de la torre. Le seguían tres ventanas más, una sobre otra, hasta terminar en la siniestra máquina que todo lo imponía. Ese reloj apuntaba hacia la cocina de mi casa, hacia el living de mi casa, hacia el baño de mi casa, hacia el dormitorio de mi casa. Cada noche su ritmo inexorable me despojaba de un día de mi vida. El filo de sus agujas mutilaba mis horas de sueño. La vigilia formaba parte de un pasado que yo nunca lograba conservar. No dudé en subir por la escalera de madera —mi pierna estaba mejor— hasta alcanzar la primera ventana. Para abrirla bastó un fuerte empujón de mi mano derecha sobre el marco. No tuve la necesidad de romper el vidrio, riesgo que habría asumido sin que me importara la herida que hubiese podido causarme.

En su interior reinaba la armonía, como si de música se tratase. Era un pequeño salón, ordenado y pulcro, con brillantes baldosas de granito que hacían juego con la pared circundante. Sobre ella colgaban diversos cuadros que mostraban a una mujer vestida con géneros de gasa, lucía adornos de oro en el cuello y visitaba atractivos lugares. Sobre el extremo opuesto a la ventana nacía una escalera que bordeaba la pared en forma de caracol. No dudé y pisé con firmeza el escalón de mármol. El dolor en mi pierna había menguado y la herida ya no sangraba. Subí los escalones restantes y, con mi mano acariciando la baranda de bronce, llegué hasta el segundo piso. Quedé inmóvil cuando me encontré con la mujer de los cuadros parada en el centro del salón, mirándome con detenimiento. Creí haber caído en una trampa. Esa mujer me habría visto saltar la reja y habría esperado a que ingresara a la torre por la única entrada posible, la ventana. Ahora habría pedido ayuda a la policía y estaría esperando que subieran para detenerme. Ella no dudaría en salir de testigo del hecho y yo pagaría con la cárcel el delito de tentativa de robo o de lo que fuere. Avergonzado y desorientado apenas alcancé a mirarla a los ojos sin decir una palabra. Estaba desahuciado y mi propósito acabaría allí. Su mirada no era la que los cuadros del primer piso mostraban. Sin embargo la misma belleza iluminaba su rostro. Temí que tomara otras represalias conmigo por invadir su propiedad. Intenté hilvanar un pedido de disculpas con la promesa de retirarme inmediatamente del lugar pero no contestó. Su mirada grave parecía advertirme de algo. Pensé en regresar al primer piso y huir por la escalera de madera hasta saltar la reja del frente y alcanzar la calle. Había entrado a esa casa por no poder controlar mi impulso y ahora no lograba explicar qué hacía yo allí, frente a una mujer que no me hablaba y a punto de quedar preso. Por temor a que esa persona desconocida y reservada quisiera detenerme me escapé corriendo por la escalera hasta el tercer piso. Había tomado una mala decisión, el final de la escalera se convertiría en una emboscada y quedaría acorralado en lo alto de una torre, a merced de mis perseguidores. Ellos darían conmigo en unos segundos y mi futuro correría peligro. La escalera me dejó frente a otra ventana, en una habitación vacía y abandonada. Un lugar vencido por el desamparo. La humedad en las paredes había levantado la pintura de la misma manera que el tiempo lo había hecho con los pilares de la casa. Las baldosas estaban cubiertas por una gruesa capa de polvo. Mis zapatos dejaban huellas profundas en el piso a medida que cruzaba ese salón solitario. Huellas que parecían ser las primeras marcas humanas que allí había. Me di cuenta de que la mujer no me había seguido. Me sentí aliviado. Al fin me había librado de esa imagen que vigilaba mi ascenso al reloj. Cualquier persona me inquieta. Nunca me preocupé por averiguar la causa de ese temor. Será porque nunca me preocupé por las razones de mis temores. Quizás mis temores nunca obedecieron a una razón. Siempre evité encontrarme en un lugar desierto. El salón me abrumaba con otra soledad más poderosa que el vacío de esa habitación: la soledad de verme solo. Por temor a caer en mi propio abismo, subí a pasos acelerados hasta el cuarto piso, huyendo de mí, de mi vida, de mi historia. La escalera me condujo a una ventana que mostraba una ciudad uniforme y ordenada. Desde aquí la ciudad tenía una imagen alentadora. No se veía un reloj que contara las horas, los minutos, el tiempo de descuento. Aquello que se alcanzaba a observar desde esta altura parecía respirar. Esa sensación de sosiego me trajo paz. Olvidé que me encontraba en el último piso y que en cualquier momento podrían aparecer los dueños de la casa. Tal vez la mujer que me había visto escapar por la escalera habría alertado al cuidador sobre un intruso que había entrado en su propiedad y éste estaría viniendo con su escopeta a recibirme con dos tiros en el pecho. O habría llamado a la policía, tal como pensé cuando se cruzó en mi camino, y ahora estarían subiendo por la escalera para atraparme. Volví a mirar la ciudad para no pensar en el peligro que me acechaba. Con el fin de distraerme jugué a ponerle nombre a lo que desde allí veía y así cambiar la realidad por otra más humana. Decidí que los alumnos que salían del colegio de la esquina conformaban el grupo de autoridades gubernamentales. Que la señora que paseaba a su perro era una enfermera que sacaba a caminar a los pacientes del hospital. Que el día empezaba cuando el sol caía. Que los autos que ingresaban a la ciudad por el puente debían dar una vuelta obligada por la plaza antes de tomar la avenida, así se terminaba con la costumbre de recorrer el mismo camino para llegar al mismo lugar. Decidí que las noches debían ser para soñar y los días para dormir. Decreté que los únicos vivos fueran los muertos. La idea me espantó.

Frente a la ventana por donde observaba la ciudad descubrí una escalera de hierro amurada a la pared que se internaba en el techo y llegaba hasta la sala donde estaba el reloj. Escuché pasos a mis espaldas que me estremecieron. Por la escalera caracol subía la misteriosa mujer envuelta en gasa blanca. Alcancé a retirarme con unos pasos hacia atrás hasta que la pared circular me detuvo. La mujer pasó a mi lado sin reparos y se dirigió hacia la ventana. Trepó al umbral, abrió sus brazos y se arrojó al vacío. Intenté tomarla de los pies o del vestido pero fue inútil. Se desplomó cuatro pisos más abajo sobre las lanzas que la estaban esperando. Quedé perturbado por la violencia de tal desenlace.

Quién era esa mujer. Por qué habría elegido ese trágico final. Por un momento se me cruzó la infeliz idea de que yo había sido el causante de esa dramática decisión. Tal vez ella no tenía pensado cometer semejante locura en el aislamiento en el que se encontraba. Podría ser que estuviera apesadumbrada, aturdida por esas paredes que la asfixiaban, sin embargo no habría tenido la valentía de arrojarse al vacío. Pero al darse cuenta de que alguien había invadido su casa no le habría quedado otra salida que esa oscura resolución. Habrá pensado que yo le estaba quitando lo único que le quedaba, ese encierro en soledad. Y, entre las certezas de una vida despojada de toda intimidad y el misterio de la muerte, habrá elegido lo segundo. Si al menos hubiera podido cruzar algunas palabras con ella para pedirle disculpas por mi abuso, quizás me habría contado sus tormentos, yo los habría escuchado y la habría hecho desistir del deseo de terminar con su vida. Pero no quiso hablarme. O no pudo, como no pude yo por temor a que me delatara y me apresaran a causa del delito que había cometido ingresando a la casa. Ahora pienso que fui egoísta. La libertad es poderosa y a veces se paga siendo déspota. Quiero creer que no quiso hablarme. Debe haberle dado pena verme con el pantalón roto, la pierna lastimada, indefenso y desesperadamente solo. Ese pensamiento me aturdió.

Lo único que podía escucharse en todo ese lugar era el agobiante ruido metálico de la maquinaria del reloj. Clac, clac y los minutos caían como esa mujer desde el cuarto piso hasta las ramas afiladas. Clac, clac y la ciudad seguía su paso, aguardando los minutos para que el trabajo diario terminara. Clac, clac y la muerte no había querido esperar a que alguien salvara a esa mujer. Nada importaba allá abajo. Ella no importaba. Había un dios a quien obedecer y él importaba más que todo. Clac, clac. Gloria al Tiempo y a su precisión, a la necesidad de que todo tenga medida para conocer sus límites, los límites de la vida, los de la muerte. Líbranos, Tiempo, de lo que no tiene ni principio ni fin, de lo inconmensurable. Clac, clac sobre mi cabeza. A mi respiración la gobernaba el ritmo del reloj. Sus latidos eran mis latidos. Clac, clac. La aguja en vertical indicaba las seis de la tarde y aquella muerte formaba parte del pasado porque el reloj así lo determinaba. Tiempo todopoderoso. Clac, clac. Una creación del hombre para que le establezcan normas en lugar de establecerlas. Clac, clac. Las siete, hora de salir del trabajo. Clac, clac. Las ocho menos diez, hora de descansar. Clac, clac. Las nueve y cuarto, hora de ser padres. Clac, clac. Las diez en punto, hora de no hacer nada. Clac, clac. Las once menos veinte, hora de cenar. Clac, clac. Las doce y media. Clac.

Subí por la escalera de hierro hasta llegar a una maquinaria de infinitas piezas que se balanceaban unas sobre otras. Pensé en detener su pulso. Una enorme rueda dentada giraba segundo tras segundo. El crujir de sus engranajes me obligó a ver la gruesa barra de hierro sujetando la aguja que marcaba los minutos del reloj. No encontraba la manera de frenar semejante inercia. Su movimiento había empezado años atrás, siglos tal vez, pero no parecía interrumpirse. El pulso era vital y eterno, sin posibles fallas en el material que pudieran entorpecer su marcha. Apoyado con mi espalda en la pared pude rodear el corazón del reloj y llegar al lado opuesto. Una puerta de metal me condujo a un pequeño balcón exterior que se suspendía por debajo del oxidado cuadrante con símbolos romanos. El número seis que custodiaba mi cabeza me intimidaba. Pensaba en la manera de detener el reloj. La única posibilidad era interrumpir el giro de sus agujas. No había otra forma que no fuera quitarlas de su eje. Sin esas lanzas justicieras el reloj quedaría inmóvil. Con un salto me colgué de la aguja más corta, la que estaba muy cerca del número seis, y fui escalando por ella hasta llegar a su eje. Sus bordes filosos provocaron cortes en mis manos y en mis brazos pero no me importaba el dolor de esas heridas. No debía mirar hacia abajo; el cuerpo de la mujer perforado por las ramas clavadas en el césped doblegaría mi voluntad. La aguja más larga continuaba con su giro: ahora cruzaba el número doce, en lo más alto. A partir de este momento la ciudad ya estaba autorizada a cambiar su rumbo cotidiano y a decidir el regreso. Alcancé a abrazarme al siniestro eje de hierro que gobernaba a las agujas. Pasé la pierna lastimada hacia el lado opuesto del eje como si fuera un jinete. Su movimiento me hacía perder el equilibrio. Logré sostenerme de una saliente de mármol y me senté sobre ella. Busqué las trabas en forma de cruz que sujetaban a la aguja más corta y las aflojé. Aún no podía sacarla de su posición. La aguja permanecía aferrada al eje. Apoyé mi espalda sobre la pared del cuadrante del reloj y, entre el ruido a metal y el óxido que se desprendía de la unión y que caía vertiginosamente, fui expulsándola con mis pies. La aguja comenzó a balancearse hasta llegar al extremo de su apoyo. Con un impulso final de la punta de mis zapatos se descalzó por completo, golpeó sobre la baranda del pequeño balcón y desvió el curso de su caída hundiendo su punta en el césped. La escuché vibrar al lado del cuerpo sin vida de la mujer, esquivándolo como si le hubiera tenido compasión. Con ambas manos aflojé las otras dos trabas que sujetaban a la aguja más larga. Ahora la tarea se me hacía más difícil y peligrosa por el movimiento raudo de los minutos. La aguja continuaba con su giro sin importarle mi intención. Volví a apoyar la espalda en la pared de mármol y puse mis pies sobre el soporte de la aguja. Repetí los movimientos que había realizado con la aguja más corta pero esta vez ni siquiera pude moverla. Su marcha era veloz. Bastaba que apoyara mis pies en un lugar para que la aguja cambiara de posición y me esperara en la próxima. Cuando por fin lograba sostenerme con firmeza en aquella posición, la aguja volvía a moverse y a expulsar mis pies de donde los tenía apoyados. Pensé en repetir el procedimiento con mayor velocidad y así tener la certeza de que no le daría tiempo para librarse de mí. Aseguré mi espalda nuevamente contra la pared empujando la aguja con toda la fuerza de mis pies, golpeándola y pateándola una y otra vez con ira y con desprecio. Con el último empujón la aguja comenzó a ceder pero su giro continuó con la intensidad de siempre, librándose de mis pies y arrojándolos al vacío, tratando de que mi precario equilibrio se convirtiera en una caída libre fatal. En un intento desesperado me aferré a la aguja con las dos manos. Ésta se soltó de su eje y cayó después de mí los cuatro pisos de la torre. Las puntas filosas de las gruesas ramas del césped perforaron mi cuerpo. Todavía con vida alcancé a reconocer a la enorme aguja de metal que se me aproximaba. Cerré los ojos.

Es inútil describir lo que veo desde este balcón. Mi cuerpo yace sobre el de esa mujer, ambos sin vida, atravesados por la aguja de un reloj que ahora no marcha. Es angustiante ver que la ciudad no ha cambiado en nada. Ha aprendido a medir el paso del tiempo de memoria, sin la necesidad de que nadie le marcara las horas. La vida sigue en concordancia con el tiempo, aún ahora que dejó de existir la razón de ese sincronismo. El reloj había sembrado en los latidos de su gente su ritmo regular por si algún día pudiera ser él quien dejara de marchar y necesitara vivir con el pulso de sus fieles. La noche me asaltó y el único que había perdido la noción del tiempo había sido yo. La ciudad seguía cumpliendo las leyes que las horas le dictaban. Me sentí indefenso en medio de esa sensación medida en múltiplos de segundos. Miré hacia el puente y, parado sobre la baranda de hierro del pequeño balcón de la torre, extendí mis brazos. Me dejé caer al vacío con la necesidad de sentirme nuevamente perforado por esa lanza de metal que me había condenado con su terquedad. Volví a cerrar los ojos junto a aquella mujer que tiempo antes, si es que hubo un tiempo antes, ya había decidido tomar el mismo camino que el que ahora yo tomaba. El desafío del tiempo había fracasado para los dos. La única posibilidad que nos quedaba era la de escaparnos antes de que las últimas ventanas de la torre se fundieran, al igual que las puertas de la casa años atrás, en granito puro y que ya no pudiéramos ingresar a esa fría fortaleza en la que sin darnos cuenta nos habíamos convertido con el oscuro paso del tiempo.

 

De julio a Iván Reyes (2020)

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