En la otra puerta

Iván Reyes

Ricardo Cardone

Por causa de quién sabe qué infortunio la noticia le bastó para perturbarlo. Ignoraba las razones por las cuales estaba internado en el Hospital Municipal. Ignoraba el diagnóstico que el médico tenía en su poder. Con convicción podría negar la certeza del hecho. Se aventuraría a conjeturas sobre algún testigo como quien se atreve a dudar de una muerte anticipada. Una mañana, sin embargo, despertó muerto. Me atrevo a decir que a quien no haya releído con perdurable paciencia ciertas páginas de la condición humana no le será fácil entender la muerte como el origen de una infamia. A Iván Reyes ese desenlace comenzaba a abandonarlo. El incidente resultaría fatal. Una emboscada descubierta, una afrenta a algún honor privativo de la hombría, el filo que no alcanza la cara del cobarde, el disparo por la espalda, la barranca, las rocas y un río indiferente. Nada nuevo, como si de gallos o de naipes se tratase. La mirada, que supo ser aguda en más de un arresto, ahora convergía en algún punto fijo y lejano que nadie podía precisar. Ese día Iván Reyes no miraba, apelaba a la memoria como a una fina puntada invisible que lo unía a un lienzo de recuerdos. Es posible que evocar un pasado comprendiera conceder una ausencia, que el silencio de otras voces procurase sostener un olvido; en todo caso las imágenes ahora concurrían simultáneas. Le alcanzó con saber que yacía en la cama contigua a la ventana de la habitación 312 de la unidad de cuidados intermedios del Hospital Municipal. Alguien supo acercarle una versión de algún testigo que él no llegó a escuchar. Es probable que por un momento haya juzgado su presencia en el hospital por error. Sin embargo, cuando se dispuso a incorporarse, el dolor le suspendió el cuerpo como si tres clavos afilados lo mantuvieran colgado de una cruz perversamente erguida. La pierna izquierda permanecía inmóvil sobre la almohada que la enfermera había acondicionado debajo del talón. La pierna derecha, si bien mostraba algunos reflejos, no le era de suma utilidad. Las vértebras le crujían como vidrios rotos debajo de su espalda y sus manos moradas estaban vendadas hasta la mitad de los dedos. Un calor ácido le corría por las sienes y el ardor en el pómulo no menguaba. De a ratos, cuando la resignación al dolor le adormecía los sentidos, se quedaba con la vista fija en el techo, vencido por la oscuridad de la noche. Expulsaba la fiebre con pesadas gotas de sudor. El péndulo de las horas le consumía la vigilia. Desahuciado, cubierto hasta el cuello con una sábana y una manta liviana, esperaba que el día lo encontrara despierto. Sentía que los párpados le pesaban, que los brazos se le pegaban a las sábanas, que la espalda se le fundía como plomo en el lecho de un río de lava. Habrá imaginado que viajaba a la deriva a bordo de una barca sin poder amarrar en muelle alguno. Debería haber sido por causa de la fiebre que el sueño lo terminaría venciendo si no fuera por el silencio de esa sala que le mordía el alma. Ladeó su cabeza y la puntada en la espalda lo paralizó. Acomodó como pudo su torso deshecho para cambiar de posición y se entregó a la noche. Unos segundos después los párpados se le cerraron.

Amanecía cuando entraron a limpiar el cuarto. Mientras una de las mujeres descorría las cortinas y la otra ya había comenzado por el baño, algo fuera de lugar les desvió la atención. La más joven salió de la habitación y regresó con la planilla diaria. Se dispusieron a confirmar las tareas para esa mañana. Limpiarían los pisos de las habitaciones del tercer piso, desinfectarían los baños, ordenarían el mobiliario, prestarían especial atención al accidentado de la 316 que no debía moverse por ningún motivo, no había que cambiar las sábanas del paciente de la 309 hasta que lo viera el médico de sala, al de la 310 recién lo habían bajado de terapia intensiva y las demás camas deberían estar vacías. Pensaron que por haber leído rápido se les podría haber pasado el nombre de algún paciente. Volvieron a leer la planilla y salieron de la habitación para consultar por el paciente de la 312. No debía estar ahí.

Todo sueño irreversible invoca a una vida imaginaria. Indudablemente, Iván Reyes estaría soñando en ese momento. No habrá escuchado las voces de las mujeres en el cuarto. La luz que entraba por la ventana no había logrado cruzar la espesa pared de sus párpados. Habrá ignorado los movimientos de las personas en la sala, los cambios de temperatura al amanecer, el sol que comenzaba a traspasar el vidrio, la brisa que movía las cortinas, la calle monótona más abajo. Habrá soñado que escapaba con su pierna herida de alguna redada policial, o que buscaba refugio para sus vértebras rotas en un aguantadero de las afueras de Arroyo Seco. Podría ser que se hubiera visto envuelto en una refriega cercado por la guardia de la Divisional Provincial, o tal vez abrumado por una nueva recaída de ginebra en medio de otra discusión con Blas sobre algún dudoso porcentaje. Es probable que ahora formara parte de una realidad diferente a la que había abandonado esa misma noche en el hospital, cuando le vino el sueño. Será que ahora pertenecía a otra fantasía de la que no regresaría tan fácilmente. Habría cruzado algún límite infranqueable sin conocer el cómo ni el porqué, pero se encontraba a gusto. Descartaba cómo huir de los embates policiales. No ignoraba su indomable temperamento que vulneraba a traición aquella fina lógica de hombre prevenido. Pero ahora, nuevamente libre, tal vez en este sueño, quedaba a merced de sus propias decisiones. Es improbable que dormir no sea una inversión del tiempo. El devenir en un lugar que se nos hace conocido a pesar de que no haya pruebas fehacientes de que hubiéramos afrontado alguna vez ese espacio en el que los sueños transcurren, hace que toda circunstancia ajena nos arrastre a las aguas profundas del olvido. Sin la necesidad de otra realidad que no comprenda al sueño, resulta imposible recobrar la lucidez de aquel momento. Conjeturar que Iván Reyes se despertara una mañana por propia voluntad sería negar que Iván Reyes estuviese muerto. A pesar de eso, Iván Reyes despertó.

Como quien regresa a su tierra después de un exilio prolongado, Reyes se sintió intruso. Arqueó su mirada por todo el cielorraso y luego bajó los ojos lentamente por las paredes. Inspeccionó desde su cama el marco de la puerta, el piso recién fregado, las líneas oblicuas de los mosaicos que formaban rombos hasta perderse por debajo de los zócalos negros, la silla vacía retirada de la pared, la puerta del baño entreabierta, la mesa móvil algo alejada de sus pies, las cortinas ondulantes que apenas cubrían parte de las hojas de la ventana, las sábanas blancas, las manos vendadas a cada lado del cuerpo, la pierna izquierda que descansaba sobre un pequeño almohadón y la derecha desnuda, colgándole del borde de la cama. Pestañeó dos o tres veces como para quitar los últimos restos de sueño y distendió todos los músculos del cuerpo para hundirse un instante más en las sábanas. Suspiró por un momento como quien se despide de un pasado y reconoció el hospital. Aceptaba haberse quedado dormido pero desconfiaba de las causas. Creyó haber oído acerca de una traición que él no recordaba. Le asaltaron la memoria los días de internación, la declaración de algún oficial de policía que nunca se llegó a comprobar. Se acordó de la noche y, como una ráfaga, se le vinieron las imágenes de una delación imprudente, el duelo con Blas en un oscuro aguantadero, el origen incierto de un disparo, el cuerpo desbarrancándose. El recuerdo de una dolencia aguda y difícil de ubicar lo conmovió. Volvió a mirar las sábanas y movió sus piernas. No lograba comprender por qué una de ellas estaba retenida y apoyada sobre un almohadón. Con un leve giro de la rodilla logró aflojar el vendaje y comprobó que no sentía dolor. Hizo el intento de incorporarse y se le vino a la memoria un padecimiento en las vértebras que no recordaba tener. Convencido de que había llegado al hospital por alguna entrega, o huyendo de alguien, se sentó en la cama, se quitó las vendas de las manos y se incorporó semidesnudo. Le habrá costado algo de trabajo encontrar sus ropas ya que no recordaba de qué manera estaba vestido cuando entró al hospital, o cuando lo trajeron —vaya a saber uno qué traidor lo abandonó allí—. Buscó alguna prenda sobre la cama y luego en el armario casi vacío. Sólo encontró una bolsa de plástico medio abierta sobre uno de los estantes. Dentro de ella, envueltas unas sobre otras, retorcidas y sucias, estaban sus prendas. No reconoció hasta un tiempo después, quizás por la urgencia de fugarse cuanto antes, las manchas de sangre y los desgarros de la tela. Se vistió impaciente y, con los nervios en punta de quien se sabe perseguido, planeó la huida.

Esperó que el pasillo le devolviera un silencio sombrío. Cuando lo único que alcanzó a escuchar fue su respiración entrecortada, abrió la puerta. Llevaba una camisa oscura a medio abrochar y un pantalón algo caído que arrastraba por el piso. No pudo encontrar sus zapatos, por lo que debió salir descalzo. Como todo en definitiva tiene un porqué, habrá pensado que si bien sin zapatos no pasaría inadvertido, nadie podría escuchar las pisadas. Al no poder llamar a una enfermera o pedir ayuda a cualquier persona que pasara por allí para ganar la calle, se asomó al pasillo convencido de que nadie lo vería. La mañana le devolvía al tercer piso algunos ecos de los ruidos de la calle. Se mantuvo indeciso por un instante. Pensó en volver a la cama. Por un momento el cuerpo lo traicionó con alguna sensación de aquel dolor aparente. Alarmado por la incongruencia del recuerdo y por una insensibilidad que no lograba explicar, cerró la puerta a sus espaldas y se dirigió hacia las escaleras por un pasillo lateral. Los latidos entrecortados de su respiración parecían golpear las paredes. Antes de bajar lo asaltó una idea. ¿Y si regresaba a su habitación? ¿Qué razón tendría para escapar de un lugar al que no sabía cómo ni por qué había llegado? No lograr darle un nombre a ciertas faltas en la memoria nos convierte en personas frágiles y temerosas. Perturbado por la ausencia de respuestas, parado en el primer escalón, decidió volver. Caminó por el pasillo hasta la habitación 312. La encontró vacía y con la puerta abierta de par en par. Dos mujeres que se encontraban cambiando las sábanas parecieron no darse cuenta de que él estaba en la puerta, pálido, descuidado, con la camisa manchada de sangre y con un pantalón que arrastraba y le cubría los pies desnudos. El miedo le quemaba las palabras antes de que alcanzaran a salir de su boca. Pensó que lo delatarían si preguntaba por qué él estaba allí. Invadido por el silencio, paralizado por lo que pudo imaginar luego de atar cabos con cada uno de los hechos que faltaban en aquel acertijo, alcanzó a sostener la mirada y decir unas palabras. Nadie contestó. Un médico que pasaba por el pasillo entró a inspeccionar la habitación. Debía estar acondicionada para un paciente que lo bajarían de terapia intensiva y firmó una planilla que luego dejó sobre la ventanilla de entrada de la administración del tercer piso. Entonces comprendió. Siguió el trayecto del médico hasta la administración y leyó lo que ya sabía. Iván Reyes había muerto a las siete y veinte de la mañana.

Dar por sentado que toda trama tiene un revés no deja de ser menos falaz que sostener indefinidamente lo irrevocable de la realidad. La finitud de la vida no siempre evoca lo fantástico de un sueño. Qué sería de la Cruz sin el misterio de la muerte. Qué sería de Iván Reyes si se conociera su secreto, si alguien hubiera advertido que se cruzó después de muerto por delante de los médicos y de las enfermeras, que bajó las escaleras perdiéndose entre la angustia de algún familiar que, desesperado, buscaba la habitación de su padre o de su hijo, que se quedó mirándole los ojos vacíos, sin poder darle ninguna palabra de consuelo a aquél que estaba condenado a la muerte y sus consecuencias. Solamente vio al pasar que una mano tomaba a la otra, inerte. Vio caer unas lágrimas que nunca entenderán al árbol de la vida, ese árbol que la naturaleza —madre y verdugo— primero hace crecer y que luego le quita las hojas con cada soplo de aire, con cada día que se va, con cada hora de un reloj que no volverá nunca más a marchar. Qué sería de Iván Reyes si lo hubieran visto salir del hospital, abrumado por la indiferencia de los que pasaban a su lado sin reparar siquiera en su sombra, sin escuchar la respiración de ese hombre que acababa de morir y que ahora encontraba en su camino la manera de rebatir las razones que rigen al universo, la ley de la gravedad de las almas, la falsedad de un anónimo, la quimera de los muertos, la necesidad de convencerse de que toda realidad es una farsa.

Por azar o por su condición de muerto nadie lo reconoció al salir del hospital. A medida que se alejaba, el edificio del hospital se iba confundiendo con las casas del barrio que surgían entre el asfalto. Los adoquines parecían brotar entre el pavimento y las avenidas se habían vuelto callecitas por las que se animaban a transitar carros tirados por caballos que transportaban frutas, verduras y leche para vender. Recorrían las calles con la libertad y el sosiego de quien desconoce el tránsito ciudadano. Los vecinos se perdían entre los puestos de carne y los de pescado fresco. Unos niños con pantalones cortos jugaban entre las polleras de sus madres mientras éstas esperaban su turno para comprar una medida de leche. Iván Reyes se detuvo por un instante. Miró hacia atrás y comprobó que no había rastros de aquel hospital que guardaba en la habitación del tercer piso el secreto de su despertar inexplicable, esa sucesión de imágenes que ahora se descolgaban de su memoria como delgados hilos de dudosa cordura, cada vez más borrosos, cada vez más lejanos, como últimas gotas de lluvia sobre la tela de una araña que espera a que se desprendan para devorar a su presa. Se quedó un breve instante pensativo mirando la tierra en sus pies y continuó su camino por una calle que lo alejaba tanto de la ciudad como de la muerte misma.

Buscó a Blas en un número de teléfono que tenía anotado en un papel. En el auricular una voz le confió que debía estar volviendo al anochecer. Era temprano, tenía tiempo para tomarse una siesta en la pensión. Acostado boca arriba sobre el colchón y con las manos en la nuca miraba el techo de ladrillos como si hubiera algo que descifrar. Bajó la vista esquivando las manchas de humedad en la pared y antes de que llegara con ella al piso ya estaba dormido. Hacia el final de la tarde se despertaría y calentaría agua. Se sentaría en la banqueta de madera y paja que encontraría debajo de la mesa, tomaría tres o cuatro mates, se calzaría los zapatos, se pondría de pie, se ajustaría el pantalón para no llevarlo a la rastra, se cambiaría la camisa por otra limpia, se pondría un pañuelo al cuello, ladearía su sombrero sobre la raya del peinado y abandonaría la pensión.

La soledad somete cuando la indiferencia es infame. Para algún compadre de dudosa honra, el nombre de Iván Reyes se valía de un ajeno menosprecio. Hombre aislado y taciturno que supo llevar en su antebrazo la costura imborrable de la vaina que en un descuido lo alcanzó. El desafiante corrió la misma suerte que todos los que a su puñal se atrevieron. Caminaba sin prisa, masticando un cigarro que armó con tabaco negro. Las esquinas se iban iluminando con algunos focos que formaban ligeros círculos sobre la tierra. La noche develaba algún secreto ignorado. Como un acertijo inútil, Reyes desafiaba a la memoria. No recordaba cuánto tiempo había pasado desde que una delación a cuenta lo arrastró hasta los terrenos bajos del río. Allí pudo escabullirse entre los pastizales y el barro de la ribera para esperar que un bote lo cruzara hasta la costa entrerriana, cuando ya los perros del destacamento aullaban la cercanía. El tiempo ahora giraba. Debía cobrarse una venganza que no podía aplazar más. Todo delator debe sacrificar su vida. Nadie se aventuraba a afirmar que Blas pudiera resolver el acertijo que Reyes confabulaba. Nadie podría desconocer una historia escrita por quienes se iban acercando al destino inequívoco de Iván Reyes. Juraba cobrar caro el desagravio. La noche le fatigaba la vista. No hacía frío pero el aire le cortaba la cara.

Ninguna acción es heroica para quien desconoce algún miedo. Definir a Blas como un héroe sería faltar a la verdad. Aunque descarto que lo fuera, quién si no él hubiera desafiado al destino de Reyes. Quién hubiera conjurado una traición sin reparos. No resulta fácil disimular el arrojo de aquellos ignorantes que descartan al miedo de igual manera que a una mujer con su pasado. Sin embargo, Blas desconfiaba de algún traspié insalvable. Nunca se apareó a la idea de que a Reyes lo hubieran muerto en la emboscada de Entre Ríos. El puestero había sido por demás bien pago, mas nadie contaba con que Reyes lo anticipara, le diera muerte apenas bajó del bote y confabulara una venganza que le alimentaría el odio hasta el fin de sus días. El tiempo en pocos casos se nutre del olvido. Era tregua suficiente para que Reyes apareciera por Arroyo Seco, buscara a Blas y éste lo volviera a condenar a una muerte inútil, pero Reyes no se había dejado ver desde aquel día. Si hubiera logrado escapar, una cerca inevitable de alguna partida policial lo habría confinado a una muerte segura. Sin embargo, Blas dudaba. Le sobraban razones. El puestero nunca apareció —Reyes sabía de coartadas— y nadie pudo confirmar su paradero. El destacamento informó que el maleante cruzó de jurisdicción y dejó que el caso caducara en algún sombrío cajón del conurbano. No existía registro fronterizo cierto —Reyes también sabía de las debilidades de la ley— que diera cuenta de que el ciudadano Iván Reyes, de 36 años, nacido en Saladillo, provincia de Buenos Aires, en una madrugada absurda, hubiera salido de la provincia con destino incierto. La amistad de Blas con ciertas personas del poder lo llevó a una charla de viejos conocidos con el Comisario Inspector de Buenos Aires, quien le habló de un tal Iván Reyes fallecido en el Hospital Ferroviario o en el Naval —no recordaba bien en ese momento el informe que le había acercado el secretario de salud— a quien su familia había dado eterna sepultura en Chacarita. El dato de corte periodístico no le sirvió de mucho y a los pocos días quedaría descartado de su memoria. Aquel día Blas no regresaría hasta la noche. En todo este tiempo no había logrado obtener alguna información seria acerca de su probable destino. Estaba por considerarlo muerto cuando Reyes se le cruzó en la puerta de entrada de la casa que tenía como guarida frente al río. Aunque Blas no era alto, a Reyes le llevaba una cabeza. La talla no fue suficiente para evitar intimidarse y el frío del miedo comenzó a brotarle con el sudor de las manos por vez primera. Haber delatado a Reyes le había manchado el honor que ambos llevaban con marcas de puntazos en la piel. Aquel hombre que supo desafiar el revés del destino gracias a su arriesgada valía y al irrebatible acercamiento al poder, aquél que en un pasado cercano había llegado a regentear la ribera con no pocos caudillos inmorales, ahora estaba a merced del mejor de ellos, que lo había cruzado en la puerta de entrada y desde su baja estatura lo miraba con ira, descontando su suerte. Es innegable que toda conspiración lleva a una venganza inevitable que se paga con la muerte. Blas había urdido una traición equívoca y ahora el mazo cambiaba de mano. Reyes amagó buscar con la diestra la hoja en su cintura. Como un látigo Blas desenfundó el cuchillo pero Reyes le acertó el primer puntazo en un brazo. Blas retrocedió con la velocidad de una fusta, cubriéndose la herida en un acto involuntario. Reyes azotó otra puntada que no llegó a destino y se agazapó, ensayando los movimientos de Blas. El sudor de las manos impedía a Blas sostener con firmeza el puñal. Moviéndose en semicírculos y con las hojas en punta, se estudiaban. Ambos se conocían y esperaban un traspié para hundirle al otro el filo en el vientre. Con las piernas flexionadas y la frente en alto no dejaban de mirarse. Con un zarpazo Blas marcó de un tajo la cara de Reyes a la altura de la mejilla y se mantuvo a distancia. Reyes escupía la sangre que le corría por los labios. Nadie le había acertado a la cara en duelo alguno y el ardor de esa herida confundió al hombre precavido. No se escuchaba más en aquel duelo que el choque del agua contra las rocas y el arrastrarse de los pies sobre la tierra. Ciego de rabia y dolor, con la sangre manchándole el cuello, Reyes le asestó una puntada en el vientre. Blas se dobló y cayó de rodillas. Con el traidor en el piso, amagando la puntada final, un fuego agudo lo atravesó por la espalda. El dolor le quemaba los huesos. Es innegable que aquella detonación habría quebrado algún progreso del universo. El río pareció detenerse y el silencio que siguió al desenlace aparentó no ser desconocido para Reyes, que cayó herido sobre Blas. Los ojos abiertos parecían advertir sobre algún secreto. El devenir del río le devolvió a esa noche el chasquido del agua revuelta. Ahora asomaría la imposibilidad de ponerse de pie y la dificultad para respirar. Ahora Blas sabría que la herida que le había consumado Reyes no le resultaría fatal y el tiempo volvería a girar a su favor. Ahora arrastraría su cuerpo hasta el otro lado de la calle de tierra. Luego se asomaría a la barranca y al abismo del río. Las rocas en el agua esperarían a que Reyes cayera inmóvil sobre ellas. El río con su letanía iría destripando el cuerpo. Y no más.

Se podría pensar que algunos hechos que aquí relato falten a la verdad. He tejido algunas situaciones con actos infundados con el fin de allanar ciertos vacíos en el dudoso transcurrir de los acontecimientos. A Iván Reyes lo sabía hábil con el cuchillo, incapaz de dejarse anticipar por un cobarde como Blas. El universo confabula reveces turbios para favorecer a alguna ley del equilibrio. Iván Reyes no conocía otra ley que la de la venganza. Puedo asegurar que esa noche Blas iba a morir bajo el puñal de Iván Reyes. Morir antes que refutar al universo, mas nunca me hubiera permitido serle infiel a Blas. He matado por la espalda a Iván Reyes. Debo haber quebrantado algún orden en el universo del que no tengo conciencia. Yo sólo le quité la vida por justa lealtad. Soy fiel a mi juicio y eso me basta. Iván Reyes cayó muerto al río. Muerto con justicia, quiero creer. Quiero creer que muerto.

 

De julio a Iván Reyes (2020)

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