De regreso a Londres, luego de las breves líneas que Sir Lancaster le enviara con carácter de urgencia a su residencia del barrio británico en Madrid, con los dedos trémulos en su anillo de compromiso, Sir Laudrec recorrió los treinta y cinco años que lo habían unido a Lady Anne-Marie Spencer. La galería de entrada a la mansión Lancaster le trajo a la memoria los primeros años que había pasado en aquella ciudad gris pero el ruido de las bisagras oxidadas lo devolvieron a su anillo y al luto de Lady Margaret, quien lo esperaba en la puerta de entrada del salón de huéspedes. Treinta y cinco años de compromiso o un anillo, lo mismo daba, lo habían despojado de una juventud que nunca había tenido pero que recordaba como si la hubiera visto nacer, florecer y morir. Desconozco las razones a las que Sir Laudrec apelaba para olvidar ciertas preguntas referentes a su infancia y a su pubertad. Lo único que recuerdo de él es su afán por guardar correspondencias. Dudé, antes de tener la necesidad de escribir este relato, de que aún siguiera con tamaña empresa de volver al viejo cofre de madera con incrustaciones de oro y releer con impaciencia similar a la de la primera vez una por una las cartas que allí guardaba. La muerte, en todo caso, deja esas marcas. Me atrevo a decir que la juventud también, aunque por ausencia, como en el caso de Sir Laudrec. El pésame de Lady Margaret no se hizo esperar. Sir Laudrec dejó el sobretodo en sus manos y recorrió con paso grave la sala de visitas. Un reloj de péndulo repetía sus pasos mientras atravesaba el salón en dirección al corredor. El silencio atesoraba viejas imágenes. Nadie podía encontrar la soledad de aquel lugar en su memoria. Nadie podía saber si ahora él se sentía solo. Se detuvo en la entrada del pasillo para esperar que Lady Margaret lo alcanzara luego de salir del vestidor. Pasar de una habitación oscura a otra con amplios ventanales suele enceguecer. La luz se filtraba por los vitrales y se descomponía en radiantes colores sobre las baldosas que llegaban hasta la puerta del salón principal. Durante todo el trayecto lo acechó el silencio de las sombras reflejadas en el piso. Lady Margaret abrió de par en par la puerta que daba a la gran sala y le dejó paso al huésped. Sir Laudrec se sentó en un cómodo sillón de terciopelo rojo que parecía estar esperándolo. El pésame de Sir Lancaster le produjo un escalofrío. Con disimulada naturalidad, Sir Laudrec se puso de pie y agradeció el cumplido con un débil apretón de manos. Despojado de conceptos y ateniéndose a los detalles de la reunión, Sir Lancaster procedió a leer el testamento. A medida que se enumeraban los puntos tercero y cuarto con cada uno de sus incisos, Sir Laudrec pensaba en las cartas. En su mente las sacaba una a una del cofre de madera y las abría con mucho cuidado para que no se resquebrajaran. Nunca confundió las fechas. Su memoria no era frágil en esos casos. En su mente podía releer las preguntas en unas y las respuestas en otras. Podía considerar que la diferencia de fechas se debía a un retraso de los vapores de correo que partían desde España. Es cierto, me atrevo a decir, que las fechas importantes solamente se escriben en nuestra memoria y no en cualquier papel. Pero cierto es también que esas cartas guardaban los momentos más importantes de la vida de Sir Laudrec. Quisiera pensar que él era el único que conocía el verdadero significado de las cartas. Casi sin darse cuenta se apartó de su anillo y advirtió que el testamento no lo favorecía. Sir Lancaster expuso razones que Laudrec comprendió. El tiempo es enemigo de la memoria, gobierna cada sensación con infinita paciencia hasta enlutar su brillo. Borra con suavidad las aristas lacerantes de los vitrales que en otro tiempo dejaban traslucir la luz que aclaraba nuestra fe. Sin escrúpulos extirpa las sutiles marcas de las horas hasta allanar su superficie. Luego de largos años, con los dientes hincados sobre la presa, hace de la juventud un recuerdo circular. Tuve que aceptar ese concepto.
Sir Laudrec bajó la vista por un momento buscando un punto en el vacío que le permitiera pensar. Nunca pretendió de Lady Anne-Marie Spencer más que su amor incondicional, un amor de características similares al que él sentía por ella. Pero el testamento lo dejaba en mala posición. Tiempo atrás, sus negocios en España no habían tenido el éxito esperado. Su compañía de transporte había dejado de ser la única de la ciudad y otros aventureros, al ver el progreso de Laudrec, comenzaron a volcarse hacia el mismo rubro y no pocos de sus clientes terminaron sintiéndose atraídos por las tentadoras ofertas de traslados más económicos, más ágiles y más modernos que los que Laudrec ofrecía. La compañía habría entrado en quiebra si Lady Anne-Marie Spencer no hubiera llamado a su padre esa misma tarde, luego de que la pareja reconociera la causa del grave momento financiero que estaban atravesando.
Oliver Spencer, un acaudalado comerciante de Londres, nunca había visto con buenos ojos el romance que tenía su hija con un joven bohemio de los barrios bajos de la capital inglesa. Siempre había encontrado en Laudrec a un débil emprendedor que podía llegar a conmoverse por cualquier libro de fantasías de oscura procedencia y no por aquellos volúmenes escritos con la pluma de los grandes estadistas, esos hombres a los que la Corona les debe la prosperidad del reino. Entre sus pares, luego de la segunda ronda de ginebra, Oliver Spencer se entregaba a la confesión de sus penas y no pocas veces recurría a expresar el tormento que padecía por las malas decisiones que tomaba Anne-Marie en lo referente a su vida sentimental. Solía reír con sarcasmo cuando les hacía saber a los presentes que el inútil pretendiente de su hija leía a Cervantes.
—¿Qué será de este reino si ahora nos quieren hacer creer que un noble caballero es aquel desvariado que monta un caballo de dudoso porte y no éstos —vociferaba señalando unos cuadros colgados y maltrechos— que hicieron noble a esta nación de auténticos valientes?
Ése era el momento en el que todos levantaban la voz con gritos de aprobación y daban comienzo a una nueva ronda de ginebra.
—Cervantes es un fraude, como toda España. No hay corona más valerosa que la nuestra ni letras más audaces que las que salieron de la pluma de los nacidos y criados en estas tierras. Todo lo demás es pura imitación sin valor alguno, como este holgazán con el que mi hija piensa convivir sin mi aprobación —terminaba diciendo a modo de sentencia.
A esas palabras generalmente les seguía un silencio espeso, como si sobre los estridentes parroquianos cayera una pesada manta de lana que enmudecía la sala. Se tomaban de un solo trago la ginebra que aún quedaba en los vasos, alguien pedía otra ronda y ese mismo alguien, con cautela, comenzaba a hablar de alguna proeza de ese día. Con los vasos otra vez colmados de alcohol, la reunión volvía a animarse pero Oliver Spencer ya no era el mismo, las heridas habían vuelto a abrirse para no cerrarse en toda la noche.
Tuvieron que escapar. Laudrec esperó hasta la medianoche para que la joven Spencer pudiera salir por la puerta de servicio sin ser vista. Atravesaron el parque que daba a los fondos de la casa; no quisieron tomar el camino principal, alguien los podría descubrir. Luego de caminar un centenar de metros, llegaron a un claro donde dos caballos aguardaban atados a un poste de alambrado. Cruzaron el tejido, montaron rápidamente y con la poca muda de ropa que llevaban tomaron el primer vapor que los dejaría en Gibraltar. Laudrec había comprado los dos pasajes con sus últimos ahorros, de ahí en más deberían sobrevivir con el poco dinero que Lady Anne-Marie Spencer conseguiría sacar de la caja fuerte de su padre. Navegaron en la oscuridad profunda de la noche. Lo único que se alcanzaba a escuchar era el monótono sonido de los motores del barco y el golpe del agua en el casco que, debido a la constante repetición, el oído iba anulando lentamente. Desembarcaron al mediodía. Un conocido de Laudrec le había dado la dirección de su casa de verano en Málaga para que pudieran quedarse allí hasta que lograran establecerse. Buscaron un cochero que los acercara a la ciudad y cuando entraron a la casa, extenuados por el viaje y por la huida, por fin pudieron descansar.
Lady Anne-Marie Spencer no había hablado con su padre hasta el día en que se armó de valor y le pidió ayuda para superar la crisis financiera por la que atravesaba su matrimonio. Habían pasado más de treinta años desde que se había escapado de la casa de Oliver Spencer y éste, luego de buscarla por cada uno de los parajes que su hija solía frecuentar, luego de hacer requisar por la policía la última habitación alquilada por Laudrec en un altillo fuera del centro de la ciudad, luego de revisar el viejo cofre de su madre, la abuela de la joven Spencer, en el que su nieta guardaba las cartas y regalos que le escribían y le obsequiaban sus enamorados, luego de confirmar que su hija no estaba ni en la morgue ni en ningún hospital, luego de odiar a Laudrec y jurar por su hija que lo primero que haría si lo tuviera frente a él sería vaciar las municiones de los dos cañones de su escopeta en su cerebro para que ni una sola de las maléficas ideas de ese canalla pudieran embaucar a ninguna otra joven, decidió dar a su hija por muerta y así intentar olvidarla.
Si Oliver Spencer hubiera estado con su esposa cuando su hija lo llamó por teléfono, ella habría contado sin que él lo supiera que su cara se había transformado al volver a escuchar la voz de Anne-Marie treinta años después. Esa voz aún conservaba la suavidad que tenía cuando no era más que una niña. Con las pocas fuerzas que los años le habían dejado, en vez de vociferar maldiciones y arrojar el auricular al piso como lo hacía cada vez que alguien lo llamaba por algún problema financiero, esta vez Oliver Spencer se quedó escuchando esa voz que para él seguía siendo la voz de su pequeña hija, sin reparar en lo que ella le decía. Por unos segundos permaneció inmóvil con el auricular en el oído, atrapado por esa música que le hablaba mientras toda su vida se derrumbaba como un mazo de naipes para luego volver a armarse para otra vez derrumbarse. Habían pasado treinta años y ahora su hija, odiada y muerta, lo hacía sentir nuevamente padre. Nada le importaba más a Oliver Spencer que quedarse con el auricular en el oído hasta que la muerte lo consumiera si fuera necesario. Si su esposa hubiera estado allí, habría visto que Oliver Spencer pasaba a tener treinta años menos, que su cabello era otra vez castaño como su bigote y habría visto también que se le caían las lágrimas como aquella única vez que lo había visto llorar, cuando ella le había dicho que no podrían contraer matrimonio porque su padre no aprobaría nunca esa relación.
Cuando Oliver pudo retomar la compostura tomó conciencia de la realidad. Su hija le estaba pidiendo dinero para evitar la quiebra de la compañía de su esposo, ese hombre a quien él quería volarle los sesos. Pero su hija lloró primero, le pidió perdón y juró que haría lo que él quisiera si evitaba que ella y su marido cayeran en la miseria. Ese arrepentimiento envuelto en la tierna voz de Anne-Marie pudo más que toda la ira de su cuerpo. Suspiró profundamente y prometió ayudar a su yerno pero, para que esa ayuda llegara a destino, estableció algunos requisitos que la hija debió aceptar.
La primera condición era que Laudrec debería radicarse en Madrid, allí Oliver Spencer tenía una sucursal de su tienda de armas y le ofrecería un puesto disponible en el departamento de finanzas. La segunda condición era que Lady Anne-Marie Spencer debería regresar a Londres cuanto antes. Laudrec meditó sobre el posible destino que tendrían esas decisiones y no vio nada bueno en ellas: su mujer debía volver a encontrarse con su padre y Laudrec debía abandonar todo lo que en Málaga poseía para radicarse definitivamente en Madrid y allí comenzar un nuevo trabajo bajo las órdenes de su suegro, el hombre que lo quería ver muerto por haberse escapado con su hija a España. Creyó estar convencido de que ésa no sería la mejor decisión pero si no aceptaba la propuesta, los dos acabarían en la ruina y comenzarían a mendigar por toda la ciudad de Málaga, llegando a rebajarse al tener que hacer trabajos de servidumbre a cambio de un plato de comida y algunas veces ni siquiera para eso les alcanzaría. En cambio, si aceptaba la propuesta, podría vender su empresa —algo de valor seguía teniendo— y con lo que obtendría podría radicarse en Madrid y vivir cómodamente con un empleo seguro y sin presiones económicas. El vapor que llevó de regreso a Lady Anne-Marie Spencer a Inglaterra llevó también la poca dignidad que a Laudrec le quedaba. Desde entonces, Málaga se convirtió para él en una ciudad marcada por el fracaso.
Siempre resultan misteriosos aquellos lugares que formaron parte de nuestra juventud, de nuestra niñez, de nuestro pasado. Parece que a través de ellos nuestra historia respirara. No son simples habitaciones que la memoria derrumbó y que hoy forman parte del recuerdo. Aquellos lugares que han permanecido en pie a pesar de la profanación del tiempo son baúles en los que la infancia quedó atrapada. Basta con abrir una de sus puertas para que regresemos a un tiempo que habíamos considerado consumado. Ya las calles, ya las casas, ya un simple farol nos nubla la vista y entramos condenados a esa etapa de nuestra vida que parecía superada. Otra vez surge detrás de una puerta la imagen de nuestros padres, la voz que aún escuchamos en las noches en que, atormentados, no podemos dormir por las ausencias, por lo que ya no lograremos recuperar, y sin embargo ahí yace, detrás de una puerta de madera, viva y sin parecerse en nada a la tristeza. Los recuerdos aún conservan la misma felicidad que supieron darnos cuando éramos niños sin preocupaciones y sin haber tenido que escapar de nuestro hogar buscando un amor que ya no volveremos a ver, pensó Lady Anne-Marie Spencer cuando golpeó la puerta de la casa de su padre.
Un ama de llaves salió a recibirla. Tomó sus pertenencias y la acompañó a la biblioteca donde Oliver Spencer la esperaba. Cuando la puerta del salón se abrió, su padre se puso de pie y, antes de que ella dijera una palabra, él la abrazó con todo el amor que podía caber en su desgastado cuerpo. Un amor como todo amor, egoísta. Lady Anne-Marie Spencer volvió a ver los ojos de su padre y comprendió que iba a costarle demasiado huir de allí por segunda vez.
No puedo dar fe sobre lo que hablaron en la biblioteca. Nadie de la servidumbre logró escuchar el diálogo de la hija pródiga con el complaciente padre. Quizás Anne-Marie lloró desconsoladamente cuando le pidió perdón por haber acabado con las esperanzas que su padre tenía puestas en ella. O tal vez el que había llorado sin consuelo habría sido el padre al volver a tener a su hija entre sus brazos. Lo cierto es que nadie los vio hasta el otro día, cuando salieron a desayunar al jardín bajo un sol de otoño que a esa hora aún no había alimentado su fuerza.
Laudrec, al llegar a Madrid, alquiló un pequeño departamento cercano al centro con parte del dinero que había obtenido de la venta de la empresa de transporte. Se tomó dos o tres días para acomodarse en la cuidad y luego asumió como gerente financiero de la tienda Spencer. Lo que de ahí en más podría llegar a saber de Lady Spencer sería por medio de la correspondencia que entre ellos se enviarían. En su primera carta, ella no dejaba de manifestarle sus ansias por el día del reencuentro. La carta que envió Laudrec a Lady Anne-Marie Spencer como respuesta fue una muy breve, le preguntaba cuándo sería ese día. La segunda carta de Anne-Marie tardó en llegar.
Laudrec era conocido en la tienda de Madrid por su fino acento inglés. Con el paso del tiempo, sus compañeros de trabajo fueron tomando confianza y comenzaron a llamarlo Sir, tal como se las suele llamar a las personas distinguidas dentro del protocolo británico. Lo que ellos ignoraban era que el título de honor debía llevar no sólo el apellido del noble sino también el nombre de pila de Laudrec, que nadie conocía. Sin embargo, Sir Laudrec les pareció suficiente.
Habían transcurrido más de treinta años desde que los dos jóvenes se habían escapado de Londres. Lo único que le quedó a Sir Laudrec de Lady Anne-Marie Spencer fueron sus cartas y un anillo de oro comprado tiempo después de haberse comprometido, cuando empezaron a progresar con la empresa de transporte. Ahora Sir Laudrec pasaba sus dedos por el anillo intentando encontrar allí a su mujer, pero ella ya no estaba. Desear lo imposible hace perder el juicio al más cuerdo.