En la otra puerta

Capítulo II

Ricardo Cardone

Sir Lancaster se encontró con un Laudrec abatido. No era el mismo hombre que había conocido en Madrid hacía más de dos años. Aquella vez lo había visto aturdido por la noticia que Lancaster le había dado pero esta vez Laudrec no era más que un edificio en ruinas. Decidió levantarle el ánimo. Se puso de pie e invitó a Laudrec a caminar por el inmenso parque que la casa tenía en su parte posterior. Antes de salir llamó a uno de sus sirvientes para que les llevara el té a una de las mesas que se encontraba en la galería que hacía de antesala al jardín. El parque era una interminable llanura que, de acuerdo a lo que le describió Sir Lancaster mientras caminaban hacia el jardín, desembocaba en un río de muy bajo caudal. Laudrec se quedó mirando hacia el lugar donde terminaba esa extensión y alcanzó a ver, a lo lejos, algunas formaciones rocosas que le dieron la idea de que la margen del río debía encontrarse por esa zona.

—Ya lo iremos a conocer —dijo Sir Lancaster—, pero sentémonos un momento a disfrutar de este té reconfortante.

Laudrec aceptó la propuesta y Sir Lancaster se refirió a lo que tenía en mente.

—Desde hace tiempo —comenzó diciendo Lancaster—, me he propuesto contribuir al sostenimiento de la fauna del lugar. Ese río, dijo señalando hacia los confines de la pradera, ha estado atentando contra la vida animal. Cada vez que llega la creciente, algunas especies salvajes no tienen adónde ir y perecen bajo el agua. Ha sido difícil conservarlas desde que la naturaleza se encegueció contra ellas. La expansión demográfica tampoco ayuda y vea, ahora los animales no tienen espacio para vivir con la libertad que necesitan sus especies, por eso conviven unos con otros en las márgenes del río cuando hay bajante, situación que se da durante la mayor parte del año.

Laudrec probó con un sorbo el té, estaba bastante caliente, y preguntó de qué animales se trataba.

—Acompáñeme que le muestro mi trabajo —dijo Lancaster entusiasmado.

Caminaron casi media legua hacia una pendiente y al llegar al final de la llanura el terreno se dividió en dos. Un abismo separaba la comarca de Sir Lancaster de los campos vecinos. En el vacío, varios metros más abajo, una débil línea de agua se perdía entre enormes rocas que la creciente pudo haber arrastrado hasta allí en algún tiempo remoto. El río, con su cauce al descubierto, era una profunda herida que apenas sangraba. Muy poca agua corría por ese surco. Desde el borde del desfiladero se escuchaba ascender el arrullo del paso del agua junto al sonido del viento que se aceleraba en el corazón del cañón. Un centenar de metros separaban a los hombres de la pared de enfrente. Entre esos muros no había lugar para otra cosa que no fuera el terror a una caída fatal. Lancaster le señaló a Laudrec las paredes del barranco. Sobre la ladera de enfrente se veían excavaciones que parecían dar forma a algunas grutas. A su vez cada gruta tenía la entrada protegida por una reja de hierro que apenas podía distinguirse desde la distancia en la que los dos hombres se encontraban. La primitiva construcción atrapó la atención de Laudrec y, perturbado, preguntó a Sir Lancaster el objeto de tal emprendimiento.

—Son refugios —contestó Lancaster—, humildes viviendas para que los animales no perezcan en este mundo industrializado y hostil. Si usted mira con detenimiento, cada una de ellas está a una altura suficiente para que el nivel del río nunca las alcance a pesar de la creciente que pudiera venir. Antes de esta empresa, únicamente de mi invención, le aclaro, los animales morían ahogados o llenos de municiones provenientes de los cazadores clandestinos a los que se les permite disparar en caso de que alguno de ellos se acerque a una propiedad privada. En cambio, si los animales quisieran sortear la crecida del río y no invadir ningún territorio más que el que ellos habitan, no tendrían forma de hacerlo. De esta manera, vea usted, les he dado una solución a sus pobres existencias.

—¿Los animales salen de sus cuevas en algún momento? Y si no salen, ¿de qué se alimentan? ¿Qué tipo de animales están bajo su custodia? —preguntó Laudrec bastante desconcertado.

—Son muchas preguntas, Laudrec —dijo Sir Lancaster—, pero se las voy a contestar de a una. Sí, salen de sus cuevas. Los animales herbívoros se alimentan de hierbas y los carnívoros, de carne. No hay mucho misterio en eso. Pero venga que le voy a mostrar a algunos de ellos.

El sol aún estaba en lo alto. Caminaron varios metros bordeando el desfiladero hasta llegar a un angosto pozo cavado en la tierra; la entrada permanecía bloqueada por una tapa enrejada y asegurada con un grueso candado. Se podía ver a través de ella una escalera formada por peldaños de hierro amurados sobre una de las paredes. Lancaster sacó una llave del bolsillo, abrió el candado y levantó la tapa enrejada. Metió su pie en el pozo, lo apoyó en el primer escalón y le dijo a Laudrec que lo siguiera.

El pozo era profundo y bastante oscuro. A mitad de camino Laudrec se detuvo para mirar hacia arriba y comprobó que la entrada había quedado demasiado lejos, la boca iluminada por el cielo no era mucho más grande que la circunferencia de una taza de té. Más abajo, en la base del pozo, se podía apreciar una tenue entrada de luz. Todo lo demás era absoluta oscuridad, una espantosa oscuridad que custodiaba el descenso de los dos hombres.

Al llegar al final del pozo se encontraron frente a una puerta de hierro con bisagras reforzadas. En ella había una diminuta ventana que dejaba pasar algo de claridad. Lancaster abrió el candado que mantenía trabada la puerta y por fin salieron al exterior. Ahora estaban en el corazón de la barranca, casi a igual distancia del río que de la cornisa desde donde hacía unos momentos habían estado observando el cañón. Una precaria huella comunicaba la salida del túnel con las grutas. Sir Lancaster le aconsejó a Laudrec no mirar hacia abajo. El estrecho sendero los llevó a un playón de tierra apisonada donde se podía transitar con más libertad y que servía de antesala de las grutas. Unos gruesos barrotes obstruían la entrada de cada una de ellas. Lo primero que escuchó Laudrec fue un rugido que lo estremeció. Miró hacia una de las grutas y vio a una pareja de leones tendida sobre la tierra, lamiéndose entre ellos como si fueran pequeñas mascotas. Cuando Laudrec quiso acercarse a la reja para ver mejor, uno de los leones se levantó con ferocidad y con un rugido aterrador corrió hasta los barrotes con el único propósito de acabar con el inocente huésped. Rápidamente Lancaster lo tomó del brazo y lo apartó de la reja. Luego le dio algunas indicaciones para que las tuviera presentes durante el recorrido. A Laudrec le llamó la atención que hubiera leones en la zona y se lo preguntó a su anfitrión.

—Sí que hay —contestó con frialdad Lancaster.

En la siguiente gruta había una pareja de gatos salvajes. La cueva de esos pequeños animales tenía soldado a la reja un tejido de alambre para evitar que los gatos se escaparan pasando a través los barrotes. Lancaster comentó que esos gatos eran los únicos que quedaban con vida en toda la región.

—Es una especie extinta —dijo lamentándose.

Cuando los gatos vieron a Laudrec acercarse a la reja, se aferraron al tejido dando maullidos que, según las propias palabras de Laudrec, eran desgarradores. Volvieron a la calma recién cuando Lancaster se acercó a ellos, flexionó las rodillas y apoyó su mano sobre el alambre. Los animales fueron hasta él y Lancaster comenzó a acariciarlos con el revés de los dedos. Los gatos se volvieron dóciles, como si de un hechizo se tratara. Lancaster se puso de pie y le hizo saber a Laudrec que en esa sección de grutas únicamente había felinos. Comentó también lo imprudente que sería si en el mismo sector las especies se mezclaran. Laudrec asintió con la cabeza sin poder ocultar algo de temor.

—Creo que por hoy fue suficiente —dijo Lancaster antes de mostrarle a Laudrec la última gruta—. Preparé una humilde recepción en su honor para hoy a la noche. Respetamos también su duelo. Ha abandonado esta ciudad hace tanto tiempo que su regreso aquí merece un recibimiento digno.

Laudrec agradeció el gesto pero quiso saber qué había en la última gruta.

—Es una pantera negra —dijo Lancaster—. Bastante dócil, por cierto. Nada comparado a los dos amigos que le dieron la bienvenida a este lugar —agregó y luego soltó una risa fuerte y distendida.

La cueva era oscura, pero más oscuro era ese animal que dejó al huésped de Sir Lancaster paralizado. Laudrec se acercó a la reja, la gruta estaba protegida por una malla de hierro. La pantera llegó hasta él caminando pausadamente, sin ponerse en alerta por el desconocido. Laudrec nunca había visto un pelaje tan brillante como el que tenía aquel animal. Todo en él era negro y todo en él resplandecía con su andar. Los ojos eran de un verde intenso que emergían como piedras preciosas dentro de ese cuerpo sombrío. Lancaster dijo que las panteras negras eran una especie perteneciente a los leopardos y que su color se debía a una disfunción en la generación de melanina. Laudrec no lo escuchó, seguía hipnotizado por aquel animal y su misterio. Cuando la pantera abrió la boca quedó estremecido. Cuatro colmillos de marfil del tamaño de un dedo índice cada uno asomaron por sus fauces. Un rugido gutural, salido desde lo profundo de las entrañas, lo sacudió. Lancaster le dio una palmada en la espalda y lo invitó a regresar a la casa con la promesa de continuar el recorrido en los próximos días. Los dos hombres volvieron a pasar frente a la cueva de los gatos salvajes y frente a la de los leones. Esta vez ninguna de las dos parejas se puso en alerta ante Sir Lancaster y su huésped.

La tarde estaba cayendo. Volvieron al túnel. Lancaster cerró la puerta y la trabó con el candado. La luz que llegaba hasta allí era escasa, apenas se podía distinguir la boca donde la escalera terminaba su recorrido. El primero en subir fue Laudrec. Lancaster lo siguió. Cuando asomaron sus cabezas fuera del pozo, la noche se avecinaba. Lancaster cerró la tapa, trabó el candado y ascendieron por la lomada para regresar a la casa. El agasajo sería en pocas horas y los invitados aguardarían en el jardín la presencia de Sir Laudrec. Ambos hombres caminaron en silencio. Uno, pensando en los pormenores de la ceremonia; el otro, masticando una extraña sensación de encanto y de terror a la vez.

La rabia (2022)

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