En la otra puerta

Capítulo III

Ricardo Cardone

La separación de Lady Anne-Marie Spencer fue traumática para Laudrec. Él pensaba que llegaría el día en que, estando en la compañía de armas de su padre, Anne-Marie golpearía la puerta de su oficina y por fin podría abrazarla y besarla nuevamente. Luego cerraría la puerta de un golpe, la desvestiría allí mismo y le haría el amor tantas veces como días habían estado separados. En cada una de las cartas que le escribía a Lady Anne-Marie Spencer no olvidaba señalar el tiempo que había pasado desde que ellos no estaban juntos. Él escribía pausadamente, como si estuviera acariciando a Anne-Marie y se detuviera en alguna imperfección, y entonces le hablaría acerca de algún lunar que habría encontrado sobre su piel, le desnudaría la espalda para ver si hallaba algún otro y aprovecharía para besarla desde la nuca hasta el final del vestido. Luego hacía una pausa en la escritura y se quedaba pensando en lo misterioso del deseo, en aquello que no podía tener pero que necesitaba que estuviera ahí, frente a la carta que había comenzado a redactar. Por fin volvía a mojar la pluma en el tintero y escribía: Día 8. Ha pasado una semana y aún no he recibido tu respuesta a mi carta. No sé si te encuentras bien en casa de tu padre. No confío en él. Es muy reservado en cuanto a sus planes. Le estoy agradecido por la buena predisposición que ha tenido conmigo, pero sé que no poca cosa pedirá a cambio. Logró separarnos, por ahora lleva las de ganar. Mientras escribo esta carta mi cabeza estalla en un arrebato de imágenes. Repetidas veces me encuentro recordando tu vestido abierto por la espalda, tanto misterio me somete. No alcanzan todos los males de este mundo para compararlos con mi pena. Este ahogo de no estar y de mentirme con una carta escrita bajo la débil luz de una vela. Sin más. Yo.

Sin embargo, ninguna respuesta llegaba a Madrid. Laudrec comenzaba los días con la ilusión de recibir correspondencia de Lady Anne-Marie Spencer y los terminaba abatido por el silencio de su mujer. Luego de dos años, la respuesta de Anne-Marie llegó con el primer correo de la semana. La carta comenzaba diciéndole a Laudrec lo mucho que lo extrañaba, que no había día en que no pensara en él ni noche en vela en la que no acariciara las sábanas imaginando la piel de sus brazos, la de su cara, la de su boca. Decía además que entre los sirvientes había una mujer a quien le había confiado la aventura del vapor a Gibraltar y la estadía en Málaga sin guardarse detalles y bajo juramento de que esa historia jamás saldría de su boca. La joven sirviente, decía la carta, había quedado fascinada por la fuerza del amor que ellos se profesaban. Lady Anne-Marie Spencer también decía sentirse orgullosa y enamorada de su esposo. Todas las noches, antes de dormir, acariciaba su anillo como si esa alhaja fuera el hombre que se encontraba al otro lado del mar, en un país que no hablaba su idioma y tan lejos de sus brazos. Con el anillo entre sus dedos, dormía protegida. No sé si alguna vez volveremos a vernos, terminaba diciendo la carta.

Para esa época Sir Lancaster había tenido que viajar a Madrid bajo órdenes precisas de Oliver Spencer. Debía supervisar el funcionamiento de la tienda de armas poniendo especial interés en evaluar el desempeño de Laudrec como gerente de finanzas. La tarde siguiente a su llegada, Lancaster se presentó en la tienda Spencer como el asesor legal en lo contable de la compañía y solicitó tener una reunión con el gerente financiero. Laudrec lo hizo pasar a su despacho, apartó los papeles que ocupaban su escritorio, lo invitó a sentarse y le ofreció un café.

—Solamente un té amargo —dijo Lancaster mientras se quitaba el sobretodo.

Poco le importaban a Sir Lancaster los balances del año, el rendimiento financiero de ese período, el aumento de las ventas, la consolidación de la compañía en Madrid, los esfuerzos de Laudrec por buscar nuevos clientes. Sir Lancaster abrió su portafolios y sacó unas cincuenta cartas sujetas con un hilo.

—El señor Spencer cree que esta correspondencia le pertenece —dijo y apoyó el manojo de cartas sobre el escritorio—. Me pidió además que le informara que Lady Anne-Marie Spencer ha decidido radicarse definitivamente en Londres y que tiene prohibido mantener correspondencia con Madrid. Por lo demás, creo que hasta ahora ha hecho usted un buen trabajo en la compañía. Esperamos que siga así. Volveré el año próximo para evaluarlo nuevamente. Su desempeño es aceptable. —Se puso de pie, dobló el sobretodo en su antebrazo, tomó el portafolios y se despidió.

Laudrec miró el anillo de compromiso, que nunca se había quitado, buscando una respuesta a la decisión que había tomado Oliver Spencer sobre su hija. Su padre es el mismo demonio, pensó, y ahora la tiene atrapada en su casa, sin dejarla salir, vigilada constantemente. De la misma manera que a mí, continuaba diciéndose, con este auditor que controla todo lo que hago, todo lo que hice y todo lo que haré. Terminó de pensar en eso y estrelló el tintero contra la pared. El recipiente estalló en mil pedazos arruinando varios de los informes contables. Una gran mancha negra iba deslizándose por la pared ante la mirada vacía de Laudrec. Cuando ya no pudo más con su propio fastidio, tomó su sobretodo y salió a buscar a Sir Lancaster por toda la ciudad.

Según lo que había podido averiguar en la compañía de trenes, una persona con ese apellido había arribado a Madrid el día anterior, proveniente de Francia, y tenía fecha de regreso para el día siguiente al mediodía. No podía esperar, debía hablar con él esa misma tarde. Intentó averiguar el lugar en el que se hospedaba pero en la compañía de trenes no le dieron esa información. De regreso en la tienda les preguntó a los empleados si alguno de ellos sabía dónde se alojaba Sir Lancaster, pero todos los datos que le proporcionaban no eran más que conjeturas.

El final del día lo encontró herido y resignado. Avisó que al día siguiente iría a trabajar por la tarde y se fue a su casa. A las once de la mañana llegó a la estación de trenes en busca de Sir Lancaster. Lo encontró sentado en un banco de madera esperando la salida del tren que lo llevaría a Francia, desde allí cruzaría el canal para llegar a Londres. Se paró frente a él, le dio la mano y le entregó la última carta que le escribiría a Lady Anne-Marie Spencer. Le pidió como favor que se la entregara personalmente, temía que Oliver Spencer la pudiera destruir si llegaba antes a sus manos. Sir Lancaster miró primero la carta y luego a Laudrec. Se ubicó en un extremo del banco y lo invitó a sentarse.

—Mire, Laudrec —dijo—, usted me cae bien. Entiendo el rencor que le guarda Oliver Spencer, no es fácil asumir la voluntad rebelde de los jóvenes, pero usted me parece una persona sincera, transparente. No dudo de que lo que siente por Lady Anne-Marie Spencer es amor, el verdadero amor puro de la juventud con sus innegables cargas de fortunas y tragedias. Pero han pasado más de treinta años y ni usted ni Lady Anne-Marie Spencer son hoy las mismas personas que fueron ayer. Oliver Spencer está grande, vaya uno a saber cuántos años le quedarán por delante. Le aconsejo que transite su amor por Lady Anne-Marie Spencer lejos de las vanas porfías. Dedique tiempo a usted mismo, a su trabajo que bastante bien lo está llevando. Deje que Lady Anne-Marie haga lo mismo con su destino. En menos tiempo del que usted cree, las cosas cambiarán radicalmente. Por lo demás quédese tranquilo, esta carta llegará a manos de Lady Anne-Marie sin intermediarios.

El silbato del guarda anunció que las puertas de los vagones estaban abiertas. Los pasajeros ya podían subir. Sir Lancaster se puso de pie, le estrechó la mano a Laudrec y se dirigió al segundo vagón. Laudrec se quedó pensando en esas palabras que golpeaban en su cabeza cada vez con más fuerza. Cuando levantó la vista, el tren ya había partido.

Los meses siguientes transcurrieron con calma para Laudrec. Había aceptado que Lady Anne-Marie Spencer ya lo había olvidado, ninguna carta recibiría de ella. Seguramente estaría más ocupada en atender a su padre que en revivir el amor que hacía tiempo le habían extirpado, pensó. Sin embargo, Laudrec no dejaba de usar su anillo de compromiso. Al menos tenía una prueba de que su amor no había sido en vano. Abocado a su trabajo, por fin asumió que lo que había tenido con Lady Anne-Marie Spencer formaba parte únicamente del pasado. Sir Lancaster lo llamaba con frecuencia desde Londres para tener novedades acerca del progreso de la tienda en Madrid y pocas veces Laudrec le preguntaba sobre Anne-Marie.

Dos años después de su encuentro con Sir Lancaster en la estación de trenes de Madrid, Laudrec recibió una llamada telefónica de Londres. Del otro lado de la línea hablaba Sir Lancaster con tono grave.

—Oliver Spencer ha muerto —dijo—. He quedado a cargo de la dirección de la compañía. Una lamentable pérdida. Cumplo en informarle. Nos pondremos en contacto a la brevedad.

Ahora Sir Lancaster era el director de las tiendas Spencer. Oliver Spencer le había otorgado plena potestad sobre las tiendas de armas. Cada vez eran más frecuentes las reuniones de trabajo en casa de Sir Lancaster. La hija de Oliver Spencer había heredado de su padre las propiedades que éste tenía pero no la administración de la compañía. Oliver había dejado en claro antes de morir que la compañía de armas pertenecería a Lady AnneMarie Spencer pero la dirección estaría a cargo de Sir Lancaster. Oliver Spencer no confiaba en la capacidad comercial de su hija, por lo que creyó conveniente que hubiera alguien más que llevara a buen puerto el destino de la tradicional empresa.

Seis meses después, Laudrec recibió un telegrama: Lady Anne-Marie Spencer ha fallecido. Aguardo su presencia en mi domicilio. Mi más sentido pésame. Sir Lancaster.

 

La rabia (2022)

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