Pocos asistentes había dentro de la casa cuando Sir Laudrec se mostró en la recepción. De a poco fueron ingresando para darle el pésame. Sir Lancaster le apoyó la mano en el hombro y pidió un brindis por el gerente general de la tienda de armas Spencer en Madrid. Sorprendido quedó Laudrec al oír estas palabras. Algo del testamento no había entendido. Parecía ser que ahora quedaba a cargo de los intereses de Spencer en la tienda de la capital española, y eso era una buena noticia. Todos los invitados eran empleados de la firma Spencer. Sir Lancaster había pensado que sería bueno que Laudrec los fuera conociendo. Agobiado por la gente, pensando en la pérdida de Lady Anne-Marie y con el dolor que aún no podía quitarse del cuerpo, Laudrec salió al jardín buscando despejarse con el aire fresco de la noche. Lady Margaret lo siguió para poder hablar con él lejos de la multitud. Le contó que se había enterado de su relación con Lady AnneMarie por una sirviente que se había hecho confidente de su difunta esposa; luego del fallecimiento de Anne-Marie, la joven le había hablado a Lady Margaret sobre el amor entre ellos. Le dijo también a Laudrec que ella no había podido asistir al funeral, que Sir Lancaster había preferido hacer una ceremonia íntima y que deseaba que los restos de Anne-Marie descansaran en el parque de la casa. Laudrec le preguntó por el lugar en el que se encontraba la tumba de Anne-Marie y si era posible que él pudiera visitarla. Lady Margaret le comentó que luego de una misa en la capilla de la estancia habían enterrado el cuerpo en un discreto cementerio que el pequeño templo tenía en su entrada. Le dijo también que no conocía el lugar exacto por no haber estado presente en el sepelio, pero agregó que la capilla se encontraba en dirección al este. Estaba por decirle algo más cuando Sir Lancaster salió al jardín y los encontró conversando.
—Ha sido un largo día —dijo Lancaster— pero productivo. Mañana lo espero a las diez en punto en este mismo lugar. Los invitados aguardan su saludo para retirarse.
Laudrec entró a despedir a cada uno de los concurrentes y se dirigió a su habitación con el propósito de descansar. El dormitorio daba al jardín. Los recuerdos no lo dejaban dormir, la imagen de Anne-Marie daba vueltas por toda la habitación, aparecía debajo de la almohada, entre las sábanas, sobre la mesa de luz, en el cielorraso, en su cabeza. Abatido por el sueño pero sin lograr cerrar los ojos, se levantó y salió al jardín para contemplar la noche; tal vez así podría dejar de pensar. El césped estaba cubierto por un reflejo de plata que se perdía en el río. Una luna llena y una infinidad de estrellas iluminaban el parque. El brillo de la luz sobre las gotas de rocío provocaba interminables destellos. Se alcanzaba a ver a lo lejos el terreno rocoso de la barranca del río.
Laudrec acercó una silla y se sentó a observar la noche. Desde ese lugar veía cómo cambiaba el paisaje a medida que se acercaba a la barranca. Recordó a Anne-Marie y su estadía en Málaga. La mejor época, pensaba.
A lo lejos vio unas sombras que parecían moverse durante unos segundos y luego se detenían. Más tarde se desvanecían pero volvían a aparecer en otro lugar. Pensó que podrían ser algunos de los invitados que se habían quedado a pasar la noche y que, al igual que él, tampoco podían dormir. Pero las sombras no parecían caminar, sino más bien arrastrarse. Laudrec se levantó de la silla y se dirigió hacia ellas intentando descifrar aquel misterio. Cuando estuvo cerca, un rugido ensordecedor lo paralizó. Los leones estaban sueltos y lo habían visto. Corrió espantado hasta llegar a su habitación y cerró el enorme ventanal que separaba su cuarto del jardín. Los animales pensaron en perseguirlo pero se arrepintieron, estaban muy cerca de la casa. Aterrado, Laudrec no dejaba de mirarlos desde su cuarto a oscuras. Las luces del jardín se encendieron. Laudrec alcanzó a ver a Sir Lancaster armado con un rifle. Escuchó dos detonaciones y una estampida. Cuando volvió la calma, las luces del jardín se apagaron y Laudrec no alcanzó a ver nada más. Si antes Laudrec no había podido conciliar el sueño, mucho menos podría dormirse ahora. De todos modos se recostó en su cama y cerró los ojos. El cansancio al fin lo doblegó.
Cuando a la mañana siguiente se dirigió al jardín para desayunar con Sir Lancaster, no se atrevió a comentarle lo que había visto la noche anterior. Lancaster le dijo que debía disculparlo, que tenía que resolver unos asuntos de último momento que le llevarían todo el día, por lo que no tendría tiempo para atenderlo de la manera en la que él se merecía.
—Usted puede hacer lo que desee —dijo Lancaster a Laudrec—, haga de cuenta que la casa es suya.
Laudrec le preguntó si podía dar un paseo por el barranco, como el día anterior, pero Lancaster lo hizo desistir de esa idea.
—Verá, prefiero que se acerque a los animales mientras yo esté presente —contestó Lancaster—. Algunas veces se alteran demasiado si no me ven y pueden llegar a ponerse hoscos y malhumorados. Ellos extrañan al igual que todas las personas. El exceso de tensión nerviosa no es bueno para nadie, ni para las personas ni para los animales. Estoy convencido de que a Oliver Spencer las faltas le consumieron las defensas. Le prometo una recorrida más exhaustiva a mi regreso. Yo también los echo de menos.
Los dos hombres tomaron el té y Lancaster se retiró, debía hacer unas diligencias impostergables según comentó al despedirse. El día estaba radiante y despejado, como si el aire fuera agua cristalina que se mece. Laudrec decidió dar un paseo por el parque y recordó que no lejos de allí se encontraba la tumba de Anne-Marie. Caminó hacia el este, tal como le había dicho Lady Margaret, y no muy lejos de la casa divisó un techo de chapa a dos aguas cubierto de óxido. Cuando estuvo cerca pudo distinguir una cruz de hierro que se elevaba frente a la entrada de una vieja capilla anglicana y que indicaba la presencia de una sepultura. Imaginó que aquél podría ser el lugar donde estaba enterrada su esposa. Se detuvo frente a la cruz, de la que colgaban algunas flores, y no pudo contener el llanto. Lloró sobre la tumba por todo lo que no había llorado desde que ellos se habían separado. De rodillas le pidió perdón a Anne-Marie por no haber tenido el valor necesario para retenerla.
—He sido un cobarde —dijo en voz alta.
No supo cuánto tiempo pasó allí, pero se dio cuenta de la hora cuando la tarde comenzó a caer. Prometió volver. Cortó unas flores y hundió los tallos en la tierra a modo de ofrenda. Cuando se dio vuelta, una pantera negra igual a la que había visto encerrada en las grutas lo estaba acechando. Detrás de ella, le pareció ver que se acercaban dos leones.
Laudrec permaneció inmóvil. La pantera continuaba con los ojos puestos en él. Pensó en refugiarse en la capilla, la puerta no se encontraba tan lejos de la tumba pero estaba cerrada, no podía asegurarse de que al llegar lograra abrirla. De vez en cuando el animal emitía un rugido que provenía de sus entrañas y continuaba al acecho. Un rugido más poderoso que el de la pantera se escuchó muy cerca de ella. La leona se aproximaba rápidamente mientras el macho contemplaba atento la cacería. La pantera escuchó el rugido, se agazapó, dio media vuelta y la enfrentó. Corrió hacia la leona como quien desafía a la muerte y de un salto se subió a su lomo. Las garras de la pantera hacían sangrar el cuero de la leona y ésta se revolcaba en la tierra para liberarse de ese animal sombrío. Intentó morderle las patas pero lo único que consiguió fue que su piel se desgarrara aún más. Una y otra vez la leona embestía con su boca a la pantera, ésta le volvía a rasgar la piel y rápidamente ocupaba otro lugar sobre el lomo de la leona para herirla nuevamente. El león, al ver que su pareja no podía con la pantera, corrió en su ayuda lanzando al aire un rugido que llegó hasta los confines del barranco y regresó aún más enardecido. Al darse cuenta de que estaba por ser atrapada, la pantera se escabulló entre ellos y corrió en dirección al río. Los leones comenzaron a perseguirla con la firme decisión de verla muerta. Aterrado, Laudrec corrió hasta la puerta de la capilla pero no pudo entrar, estaba trabada con un viejo candado. Vio que los leones continuaban persiguiendo a la pantera y no dudó en huir en dirección a la casa. Mientras corría con todas sus fuerzas alcanzó a ver a la pantera trepada a un árbol seco, no tan fuerte como para soportar el peso de los leones. La pantera permaneció allí por un buen tiempo, a varios metros de altura, descansando de la persecución. Más abajo, los leones se recostaron en la tierra a esperar que la pantera, hambrienta, descendiera del árbol.
Laudrec llegó sin aire al jardín y entró a su habitación por el enorme ventanal. La noche comenzaba a ensombrecer la casa. Lo mismo hacía con los pensamientos de Sir Laudrec.