En la otra puerta

Capítulo V

Ricardo Cardone

Laudrec no había tenido aún la oportunidad de hablar sobre la muerte de Anne-Marie con Sir Lancaster. Lo atormentaba no saber cómo había muerto ni por qué causa. Una de las razones que lo habían llevado a reunirse con Lancaster había sido la de enterarse de todo lo que desconocía de Lady Anne-Marie Spencer. Quería saber cómo había vivido sus últimos años, si su padre al fin la había perdonado, si en verdad había sido ella quien había tomado la decisión de no volver a Madrid o si en realidad había recibido presiones que no había podido evitar. Aquellas actitudes que había tenido con él no eran propias de la mujer con quien había vivido durante treinta años. Nunca se había comportado de esa manera y lo que menos esperaba de ella era que lo olvidara tan rápidamente. Después de todo ese tiempo separados, él pensó que había sido un pobre crédulo, que en realidad AnneMarie nunca lo había amado. El velo de la mentira termina corriéndose con los años, decía. Su juventud había sido corta pero sus pensamientos no habían madurado lo suficiente como para alejarse de aquella etapa de frágil enamorado. Tal vez por esa razón Anne-Marie lo habría abandonado, pensaba con remordimiento en aquellas noches de vigilia. Era ésta la oportunidad que ahora tenía para conocer a la verdadera Lady Anne-Marie Spencer, la cara oculta de su amor.

A la mañana siguiente, Laudrec despertó con su mano derecha cubriéndole el anillo. Es probable que hubiera soñado con Anne-Marie y que, durante el sueño, el anillo lo hubiera protegido de todos los tormentos que había tenido que soportar la tarde anterior. Despertó también con sus ropas puestas, se había quedado dormido sin desvestirse. Necesitaba despejarse de todo lo que había pasado para poder ordenar sus pensamientos, bastante confundido estaba con lo que ahora le ocurría. Al llegar al salón principal se cruzó con Sir Lancaster y éste lo invitó a desayunar. A Lancaster le pareció que Laudrec estaba angustiado e imaginó que el proceso del duelo recién había comenzado. Con el propósito de animarlo le dijo que luego del desayuno irían a cabalgar.

—No me olvidé de mi promesa, Laudrec, aún le debo otra recorrida por el lugar —dijo Lancaster—. Tome su té tranquilo, voy a ordenar ensillar la yegua.

Laudrec desayunó en silencio, tratando de entender qué era lo que pasaba en aquel lugar y sin poder olvidarse de Anne-Marie. Ahora ella no era más que un montículo de tierra donde una cruz de hierro se hundía como si fuera una estaca. Terminó el desayuno y se dirigió al jardín. Sir Lancaster lo aguardaba montado en su caballo. Una yegua mansa lo acompañaba. Ella sería la que llevaría a Laudrec a los campos que Lancaster quería mostrarle. Los dos hombres partieron a caballo rumbo a la naciente del río. Cabalgaron más de cinco leguas durante esa mañana despejada y fría. El terreno había dejado de ser la llanura que Laudrec había conocido. Ahora era una sucesión de lomadas y a lo lejos se veían algunas formaciones rocosas. Entraron en una zona boscosa con árboles frutales y una vegetación exuberante que ocultaba el cielo.

—Desconocía la extensión de sus dominios —dijo Laudrec a Sir Lancaster, sorprendido por la variedad del paisaje y por el tiempo que llevaban cabalgando.

—Desconoce muchas cosas —contestó Lancaster—. Este bosque hacía las veces de coto de caza —continuó diciendo mientras los dos hombres seguían cabalgando debajo del bosque encapotado—. Cuando la caza estaba permitida, les ofrecíamos hospedaje a los cazadores y los invitábamos a este lugar para que se entretuvieran con los ciervos. Ahora la caza está prohibida, salvo cuando algún animal se acerca demasiado a las viviendas. —Creía que usted cuidaba de los animales —dijo Laudrec.

—Así es —contestó Lancaster—. Fui yo quien prohibió la caza. Mire hacia allá —dijo señalando hacia un claro que se abría delante de ellos—. Esos ciervos comen y engordan como nunca lo hicieron. Se reproducen como conejos.

Salieron del bosque, espantaron a los ciervos y llegaron a un llano desbordado de piedras que parecía ser el cauce de un río seco. Los hombres se acercaron sin bajarse de sus caballos y Laudrec vio que debajo de las piedras corría un débil hilo de agua que formaba pequeños remolinos a su paso.

—Este río desemboca más abajo, donde están las grutas que usted vio —dijo Lancaster.

El río era una delgada línea de agua que se perdía debajo de algunas piedras y volvía a emerger formando pequeños charcos para luego ocultarse nuevamente. Los hombres cruzaron el río y siguieron su curso por la margen opuesta. A pocos metros de allí, el cauce del río terminaba en un despeñadero por donde el agua caía al vacío. En ese abismo nacía el tramo del río que Laudrec había visto cuando habían visitado las grutas de los felinos. Habrán cabalgado una hora en lo alto de la barranca hasta que el sendero, por lo angosto, se hizo intransitable para los animales. Lancaster detuvo la marcha, ataron los caballos a un árbol que nacía de una de las piedras y continuaron el trayecto a pie. Una frondosa vegetación obstruía el sendero por donde los hombres caminaban. Una vez liberados de las ramas que magullaron repetidas veces sus espaldas, el camino se abrió en un claro de tierra donde incontables grutas de formas similares a las que Laudrec había visto el día anterior encerraban a otros animales salvajes. Dentro de ellas Laudrec vio a toda la fauna que podía caber en su imaginación. Desde pequeños zorros colorados que amenazaban a los visitantes mostrándoles sus dientes hasta serpentarios que albergaban a las boas más terroríficas que pudieran habitar en el Amazonas. Pudo ver también a osos hormigueros con filosas garras, crías de jabalíes, lagartos de gran porte que caminaban dando coletazos contra las rejas, monos que se colgaban de otros monos y hasta una hiena que no dejaba de arrojar saliva por la boca.

—Esto es solamente una muestra de mi emprendimiento. Estas especies me deben un gran favor —comentó con orgullo Lancaster.

Laudrec no supo qué decir. Lo primero que se le ocurrió fue felicitarlo por la proeza.

—Tamaño trabajo tendrá para alimentarlos —dijo Laudrec.

—No tanto —afirmó Lancaster—, ellos se arreglan solos bastante bien. La naturaleza es sabia, Laudrec. Mejor vamos a buscar a los caballos antes de que oscurezca y se empiecen a inquietar. Mis caballos son como los niños, no les gusta quedarse solos mucho tiempo.

El cielo comenzó a oscurecerse. No por la hora, faltaba bastante para que el sol se pusiera detrás del bosque, sino porque unas pesadas nubes comenzaban a cubrir la zona. Los hombres subieron a sus caballos y se dirigieron río arriba para regresar al llano pedregoso por donde habían cruzado anteriormente. Estaba lloviendo cuando llegaron al despeñadero donde el agua caía al vacío. Un trueno rompió el silencio y cayó un indomable aguacero. Cuando arribaron al sitio por donde antes habían cruzado al galope, el torrente de agua ya había cubierto las piedras y ahora la creciente arrastraba todo lo que encontraba a su paso. Sir Lancaster espoleó a su caballo para que se metiera en el agua —el temeroso animal no quería cruzar al otro lado— y Laudrec hizo lo mismo con la yegua. Lo que antes era un cauce seco en el que el agua se perdía debajo de las piedras, ahora se había convertido en un río que se desbordaba vertiginosamente sobre los campos aledaños y aumentaba constantemente su profundidad. La costa se iba alejando cada vez más de los hombres. Los caballos no podían afirmarse en el lecho, el agua arrastraba las piedras con tal fuerza que golpeaban las patas de los animales y no permitía que hicieran pie. La intensidad del río empujaba a los hombres hacia el despeñadero y, sin haber llegado a la mitad del cauce, el agua alcanzaba a mojar los estribos de Laudrec. Lancaster apuró el paso y su caballo logró hacer pie en lo profundo. Una vez que se afirmó en el lecho, cerca de la costa, el animal dio una embestida y llegó a tierra firme. Laudrec no podía avanzar más allá de la mitad del río, la yegua se había empecinado en no querer caminar a pesar de los intentos de Laudrec por mover al animal. Un rayo cayó barranca abajo, la yegua se asustó y en una última arremetida llegó a la costa donde Lancaster esperaba. Cuando el animal pisó tierra firme, el agua arrastraba enormes rocas que terminaba arrojando al despeñadero. El río era una catarata de agua y piedras que caían en el fondo de la barranca en dirección a las grutas.

 

La rabia (2022)

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