En la otra puerta

Capítulo VI

Ricardo Cardone

Lady Margaret Lancaster era la menor de las dos hijas que Sir Lancaster había tenido con sus dos mujeres. La muerte de la hija mayor de Lancaster había derrumbado al poderoso hombre de Oliver Spencer. La niña, de casi diez años, había salido a cabalgar junto con su padre como lo hacía todos los fines de semana. Lancaster daba orden a uno de los sirvientes de ensillar a su caballo más noble y cuando éste estaba listo, alzaba a su hija, le daba un beso en la mejilla y la sentaba en la montura del fiel animal. Luego le aseguraba las riendas, el freno y los estribos que Lancaster había hecho adaptar para sus pequeños pies. Sir Lancaster realizaba una última inspección, montaba su caballo y ambos salían por el parque rumbo al bosque. Las cabalgatas del fin de semana comprendían un recorrido por el territorio de los ciervos, lo que más le llamaba la atención a la pequeña, y un paseo por el despeñadero donde padre e hija bajaban de sus caballos y caminaban entre las rocas hasta llegar a la mitad del cauce del río casi seco. Desde allí la niña observaba deslumbrada el nacimiento del profundo cañón donde el río se perdía. Una mañana de sábado, luego de atravesar el bosque, padre e hija vieron que algunos ciervos se habían acercado a la orilla del río para beber. Sir Lancaster bajó del caballo y lo amarró a un árbol. Lo mismo hizo con el caballo de su hija. Los dos se fueron acercando al lugar con cuidado de no espantar a la manada. A los animales pareció no preocuparles su presencia. Sir Lancaster le habló a su hija acerca de los temores de los ciervos. Le dijo que esos animales, al vivir amenazados por los leones y otros depredadores, habían desarrollado un agudo sentido que los alertaba de la presencia de animales salvajes que podrían atacarlos. Le recomendó a la pequeña que al caminar hiciera el menor ruido posible porque los ciervos podrían oírla y huir espantados. A la niña le resultó sorprendente saber que esas maravillosas criaturas podían percibir más allá de lo humanamente audible y se quedó inmóvil sentada sobre una piedra cerca del lecho del río. Su padre se sentó a su lado entreteniéndose con unas pequeñas piedras que pasaba de una mano a la otra mientras su hija no apartaba la vista de los ciervos. El agua corría debajo de sus pies como la brisa corre sobre la cebada, agitando suavemente el reflejo del cielo sobre las piedras. Desde el otro lado del río se escuchó un rugido que pareció brotar de las entrañas de la tierra. Una pareja de leones corría en dirección a los ciervos. Una pequeña cría perdió el rumbo de la manada y en vez de huir detrás de los demás ciervos, corrió hacia el medio del río. Desde allí bramaba llamando a su madre pero ella ya estaba demasiado lejos y no pensaba regresar para rescatar a su cría mientras percibiera el peligro. El pequeño ciervo no dejaba de gritar, no lograba afirmarse sobre las piedras. Sir Lancaster tomó su escopeta, apuntó a los leones y dio dos disparos con poca puntería. Los leones huyeron espantados. Su hija entró al cauce del río para rescatar a la cría. Una explosión, como si fuera el derrumbe de un barranco, se escuchó río arriba. El pequeño animal se asustó y corrió hasta donde estaba la niña, la embistió y la arrojó contra las piedras. Luego corrió en dirección a Lancaster. Éste lo apartó de un golpe y fue en auxilio de su hija. Cuando la tomó en sus brazos, el río descargó sobre Lancaster un aluvión de agua y piedras que lo arrojó hacia un costado y le arrebató a la niña de los brazos. El agua golpeaba a la pequeña contra las rocas y la arrastraba hacia el despeñadero. Desesperado, Sir Lancaster corrió tras ella. El río cubría casi todo el torso del hombre. El despeñadero estaba a unos metros y Lancaster ya había quedado lejos de su hija. La niña se abrazó a una última roca pero ésta cedió y la pequeña cayó junto al ciervo al vacío. Sir Lancaster alcanzó a aferrarse a una gruesa rama que se interpuso en su camino y desde ahí vio cómo el río devoraba a su hija. Pensó en soltarse para que la corriente también lo arrojara al fondo del cañón pero no tuvo el valor suficiente para hacerlo. El río continuaba creciendo y la rama empezaba a ceder. Se arrastró por ella hasta alcanzar el tronco del árbol y, sujetándose a él con firmeza mientras el agua le sacudía las piernas, pudo alejarse de la corriente y pisar tierra firme. Montó su caballo, llamó a todos los sirvientes y descendieron por el cañón para buscar a su hija. Sir Lancaster aún esperaba hallarla con vida pero la niña no apareció hasta varios días después, cuando un baqueano la encontró río abajo, muy lejos del cañón y con el cuerpo mordido por las fieras.

Aunque Lancaster no había tenido el valor para dejarse morir junto a su hija, él ya era un hombre muerto. Su esposa nunca le perdonó el descuido fatal que había tenido con la pequeña. Todo había sido culpa de él, así lo pensaba su esposa y así lo pensaba Lancaster. La casa quedó en silencio. Lancaster intentó varias veces arrojarse al cañón durante las semanas que sucedieron al fatal accidente, pero nunca tuvo el valor necesario para hacerlo. La muerte moderaría su condena y Lancaster no era digno de alivio alguno para la pena que tenía merecida. Su esposa no era tan débil como él y tiempo después se arrojó al vacío mientras Lancaster estaba ocupado en la restauración de la vieja capilla anglicana que custodiaría el cuerpo y el alma de la niña.

Sarah lo conoció a Lancaster ebrio y derrumbado sobre una mesa de la taberna en la que ella trabajaba. Era la hora de cerrar pero Lancaster no quería irse. El dueño de la taberna tomó a Lancaster de la camisa y lo levantó de la silla, lo arrastró hasta la puerta de entrada, le metió la mano en los bolsillos para sacarle algo de dinero a modo de pago por lo que había consumido y lo abandonó en la calle. Le dio a Sarah algunas de esas monedas como retribución por la jornada de trabajo y luego cerró la taberna.

Sarah se acercó al hombre maltrecho y le ofreció ayuda, pero Lancaster estaba demasiado ebrio para entender lo que la joven le estaba diciendo. Lancaster vio a esa mujer morocha de ojos verdes que estaba frente a él y no resistió la tentación de besarla. La tomó con fuerza por las caderas y, mientras Sarah intentaba liberarse, le pasó por toda la piel su boca impregnada de alcohol. Sarah gritaba sola en la soledad de la noche. Lancaster la sujetó del cabello y comenzó a besarle el cuello descubierto, los hombros desnudos, la cara de espanto. Pasaba su lengua inmunda por debajo del mentón y con la otra mano le desgarraba el vestido. Ahora él podía ver todo lo que ella no había querido mostrarle mientras estaban en la taberna. Cuando la tuvo desnuda debajo de él se desprendió el pantalón e intentó violarla pero no pudo. La muerte se había llevado a su hija y también a su virilidad. Lo único que le había dejado era un deseo que lo atormentaba y que nunca podría ser satisfecho. El remordimiento abrumó a Lancaster y comenzó a llorar sobre el cuerpo desnudo de Sarah. La joven aprovechó la oportunidad para liberarse. Con un golpe de su pierna en los genitales lo inmovilizó y lo apartó de ella. Cuando logró ponerse de pie, arrancó de la tierra un grueso listón de madera que sostenía un cartel de bienvenida con el nombre de la taberna y golpeó a Lancaster en la cabeza y en el cuerpo todas las veces que pudo hasta que la madera se partió en dos. Se cubrió con los restos del vestido y escapó. Lancaster quedó tendido en el suelo, ebrio, medio desnudo y ahogándose en un charco de sangre.

Lancaster nunca supo cómo había hecho aquella noche para llegar a su casa. Los golpes que había recibido le habían producido una pérdida de conocimiento. Cuando la tarde siguiente despertó en su habitación, aún estaba vestido con las mismas prendas que llevaba puestas la noche anterior. En el piso del dormitorio había restos de sangre que llegaban hasta el salón principal. Sus ropas estaban deshechas. Además de los golpes que había recibido, parecía que Sarah le había desgarrado las prendas con las uñas. Tenía arañazos en la espalda y en el pecho pero él seguía sin recordar lo que le había sucedido al salir de la taberna.

Esa noche durmió profundamente y soñó una vez más con su hija, como le sucedía con frecuencia. En el sueño, Lancaster caminaba por el jardín y desde el bosque creía escuchar la voz asustada de su niña pidiéndole ayuda. Lancaster montaba su caballo y al llegar a la frondosa arboleda no encontraba más que ciervos y más ciervos que lo rodeaban amenazándolo con sus afiladas astas. El caballo no quería avanzar y los gritos de la niña no cesaban. Lancaster, desesperado por ir en su ayuda, se bajaba del caballo y apartaba a los animales con sus brazos pero delante de él más ciervos le cerraban el paso. A su lado y por detrás, otros más embestían contra su cuerpo y cruzaban sus cabezas encerrando a Lancaster en una celda de agudas cornamentas. Los gritos de la niña se volvían cada vez más desgarradores pero Lancaster nada podía hacer. En el sueño no lograba ver a su hija y se desesperaba por saber qué le podría estar sucediendo. Momentos después la niña callaba y él despertaba con el sudor corriéndole por todo el cuerpo. Un grave gruñido daba vueltas en su cabeza. 

Al mediodía llegó a su dormitorio uno de los sirvientes, un inspector de policía lo buscaba. Lancaster dio instrucciones para que lo recibieran en el salón principal y para que le llevaran allí un té. Sir Lancaster siempre tuvo buena relación con la policía, él era el administrador de la tienda de armas más importante de Londres, por lo que imaginó que el inspector le ofrecería algún nuevo contrato comercial como los que realizaban habitualmente. Pero el hombre lo había ido a ver por otra causa. A primera hora de la mañana, una joven mesera había realizado una grave denuncia: habían intentado violarla al salir de su trabajo. Un testigo había reconocido al atacante. Dijo que se trataba de un hombre que trabajaba en la tienda de armas Spencer. La descripción que había hecho el testigo comprometía a Sir Lancaster.

—Mire, Lancaster —dijo el inspector—, usted sabe del compromiso de nuestra institución con la tienda Spencer pero si no logramos llegar a un acuerdo con esta mujer, el caso llegará a oídos de la prensa y usted estará acabado. Volveremos a llamar a la mesera para que amplíe la denuncia e intentaré llegar a un arreglo con ella. Le doy mi palabra de que haré todo lo posible por cerrar el asunto esta misma noche. De no llegar a una solución, el caso excederá mi jurisdicción. Vine aquí para pedirle un favor. Quiero que asuma los cargos que se le imputan ante la joven. Yo mismo hablaré con el juez luego de su declaración de culpabilidad. Le aseguro que si hace lo que le digo, nadie se enterará de lo que realmente ocurrió esa noche. De lo contrario, despídase de la administración de la tienda. Acordamos con Oliver Spencer que, de darse a conocer la noticia de la tentativa de violación, él no apelará el fallo de la justicia y usted será condenado a cumplir la pena en Gibraltar. De esa manera el nombre Spencer y el nuestro quedarán limpios.

La joven Sarah llegó temprano al departamento policial. El inspector la recibió en su despacho y le aseguró que Lancaster iba a aceptar todos los cargos que ella le imputaba. Sir Lancaster llegó puntual y entró al despacho del inspector. El hombre leyó en voz alta un escrito que tenía en sus manos. La nota comenzaba diciendo que Sarah, al salir de su trabajo vespertino como mesera, se encontró en la puerta de la taberna con un hombre en estado de ebriedad y tirado en el piso. La mesera reconoció haberlo visto anteriormente dentro del local de bebidas. Aseguró también que le había servido alcohol repetidas veces. Decía la nota que más de una vez había querido tocarle sus partes íntimas y que ella no lo había permitido. A la hora de cerrar, el dueño de la taberna echó al hombre a la calle de mala manera, no entraba en razones por estar demasiado ebrio. La mesera salió de su lugar de trabajo y, al ver al hombre tirado en el suelo, se ofreció a auxiliarlo. Cuando ella se le acercó, el hombre la sometió abusando de su fuerza y comenzó a manosearla y a desvestirla. Luego la arrojó al suelo e intentó violarla pero ella logró defenderse golpeándolo con un palo y de esa manera logró escapar. La mesera no había podido reconocer al atacante pero el dueño de la taberna, que había sido llamado a declarar por la mañana, dijo saber quién era el hombre que había tenido que echar de su comercio. El tabernero contó que con cierta frecuencia visitaba la tienda Spencer para comprar municiones y solía ver a Lancaster trabajando en uno de los despachos. Aseguró que ese hombre era el mismo que había tenido que sacar por la fuerza de su local.

Lancaster comprendió que iba a ser difícil evitar una condena si no cumplía con su parte en el arreglo que le habían propuesto. El inspector le extendió a Lancaster un papel escrito con una declaración. La nota afirmaba que Lancaster aceptaba todos los cargos de los que se lo acusaba.

—Si está de acuerdo, fírmela —dijo el inspector.

Sarah levantó la voz. Dijo que Lancaster no era el hombre que la había querido violar y que no pensaba retirar la denuncia. Aseguró, además, que no abandonaría la causa hasta que no encontraran al que había querido abusar de ella. Lancaster aún tenía heridas en la cabeza por los golpes que Sarah le había dado y su cuerpo todavía estaba marcado por las uñas de la joven. El inspector hizo silencio. Luego le aseguró a Sarah que no descansarían hasta encontrar al verdadero atacante y que lo dejarían engrillado en uno de los más fríos confines del mundo que la Corona tenía destinado para estos salvajes.

Sarah se retiró del despacho. Lancaster, sin poder entender lo que había ocurrido, le preguntó al inspector qué traía entre manos.

—Tenía una denuncia en su contra, Lancaster, quería saber si lo que afirmaba la mujer era cierto pero ya ve, cualquiera dice cualquier cosa — dijo el inspector—. Puede quedarse tranquilo, no hay nada que lo involucre, sepa disculparme por el tiempo que le hice perder.

Esa noche Lancaster volvió al sueño del día anterior. Otra vez los gritos de su hija, otra vez el bosque, otra vez los ciervos que le impedían el paso. No hay peor condena que la de transitar por los secretos del inconsciente, pensaba siempre que despertaba aterrorizado por esa misma pesadilla. Nada sabe el hombre sobre el momento en que los recuerdos volverán con sus fauces abiertas para atormentarlo. Tampoco sabe por qué lo abruman de esta manera, por qué razón están ahí, cuál es el mensaje que le quieren dar. La niña continuaba gritando fuera del hermetismo del bosque y los ciervos no dejaban de lacerar el pecho y la espalda de Lancaster con el filo de sus astas. Tomó su rifle, disparó al aire y los animales huyeron espantados. Corrió hasta el final del bosque y llegó al claro donde el río se movía calmo entre las piedras. Su hija no estaba allí, todo era un silencio plateado que ahogaba. Sintió un vacío en su cuerpo que le comprimía los huesos. Decidió volver a su caballo pero una pantera negra con ojos verdes e intensos se le cruzó en el camino.

Pocos meses después Lancaster recibió una carta de Sarah. La joven quería encontrarse con él en una dirección que Lancaster desconocía, en las afueras de la ciudad. Sarah lo esperó en su casa y le afirmó que iba a tener un hijo suyo. Le dijo también que no pretendía de él otra cosa que no fuera comprensión, que el bebé iba a vivir con ella y que nunca más se volverían a ver. Lancaster no le creyó, no era posible. Además de que él seguía sin recordar lo que había ocurrido aquella noche a la salida de la taberna, Sarah no había presentado cargos contra él.

—No puedo hacer otra cosa más que poner en su conocimiento que va a ser padre —dijo Sarah—. No pretendo nada de usted, nada tengo pero a la vez tengo todo lo que necesito.

Sarah llevaba cuatro meses de embarazo. Lancaster fue sincero con ella. Dijo que no se acordaba de nada que no fuera lo sucedido dentro de la taberna, que la última imagen que tenía en su memoria era la del tabernero empujándolo hacia la calle. Le dijo también que si aquella noche algo le hubiera sucedido a ella por su culpa, intentaría de todas las maneras posibles pagar por el mal que pudiera haberle ocasionado y que, de haber sido así, estaba profundamente arrepentido de sus actos.

Sarah aceptó la sinceridad de Lancaster, se puso de pie y se quitó el vestido. Completamente desnuda se acercó a él, le tomó la mano y se la pasó por su cara y por sus labios, abrió la boca y le lamió uno por uno los dedos sin dejar de mirarlo. Mojados, los llevó hasta sus pechos que ya comenzaban a tener el volumen de la gestación, los pasó por sus pezones y luego deslizó la mano hasta su vientre. La cubrió con sus dos manos y presionó su vientre para que Lancaster sintiera que allí también yacía una parte de él. Luego le llevó la mano todavía húmeda hasta su pelvis. La pasó lentamente por el pubis y tomándolo de la muñeca la empujó entre sus piernas. Sarah tomó el brazo de Lancaster y frotó su cuerpo sobre él, acercándose cada vez más hasta llegar a su hombro. Luego lo tomó de la cabeza y hundió su cara entre sus piernas, una y otra vez, de la misma manera que él lo había hecho con ella aquella noche cuando le tironeaba el cabello para besarle el cuello. Una y otra vez, sin soltar su mano de la nuca, pasaba la cara sobre su pubis, mojándole los ojos, la nariz, la boca. Cuando Lancaster quiso levantarse de la silla, Sarah lo arrojó al suelo y se sentó sobre su cara, con sus piernas apoyadas sobre los brazos de él, reteniéndolo. Le desprendió el pantalón y metió su mano mientras frotaba sus caderas sobre la cara de Lancaster. Acariciaba la entrepierna y apretaba el sexo de Lancaster hasta el punto de estallar, luego lo soltaba y hundía aún más los dedos hasta llegar a las nalgas sin dejar de frotar su cuerpo sobre los labios de Lancaster. Las abría con fuerza mientras le besaba el vientre. A más vientre de Lancaster, más labios de Sarah, a más vientre de Sarah más labios de Lancaster. Era cuerpo contra cuerpo, vientre contra vientre, labios contra labios. Sarah metió el sexo en su boca y Lancaster estalló.

 

La rabia (2022)

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