ir Lancaster se enteró del nacimiento de su hija después de que Margaret golpeara la puerta de la casa de su padre y se anunciara a los sirvientes. Cuando fueron a darle la noticia a Lancaster de que una supuesta hija suya lo buscaba, se levantó de su escritorio, cruzó el pasillo vociferando barbaridades contra la descarada que según él intentaba estafarlo, llegó al salón principal y furioso abrió la puerta para echarla a patadas, como hacía siempre con todos los que llegaban a su casa para aprovecharse de su riqueza. El misterioso parecido que tenía la voz de la joven con el de su hija muerta lo perturbó. Margaret le tomó la mano y lo tranquilizó. Le dijo que estaba ahí sin ánimo de reclamos, que sólo quería hablar con él en privado. Lancaster dudó varias veces en dejar entrar a esa desconocida que se hacía pasar por una hija suya. Ya había olvidado a Sarah y no le creyó una sola palabra a la joven Margaret cuando ella le habló sobre su paternidad, pero de todas maneras la recibió en su despacho.
Margaret comenzó diciendo que ella era en verdad su hija y que si él no se había enterado de su nacimiento había sido porque su madre, Sarah, nunca había querido que lo supiera. Sarah le había dicho aquella vez que se encontraron en la casa de ella que nada pretendía de él y así fue. Era una mujer fiel a sus palabras y a nadie más. Margaret nació una noche en casa de su madre y estuvo a punto de morir esa misma noche. Sarah no podía dar a luz. Margaret estaba sentada sobre el canal de parto y Sarah sufría horrores por no poder expulsarla. Su útero no podía dilatarse más y las contracciones no alcanzaban para que Margaret pudiera salir. Nadie más que Sarah estaba en esa habitación. Nadie escuchaba sus gritos de dolor. Fuera de esa casa solamente se oían perros vagabundos que aullaban a lo lejos. En el silencio profundo del hogar, Sarah dio un último grito de dolor y se desmayó. Unos perros se reunieron frente a la puerta de su casa y comenzaron a ladrar descontrolados. Una vecina escuchó el alboroto y fue a ver lo que pasaba. Se encontró con unos perros callejeros que estaban arañando la puerta de la casa de Sarah, querían derribarla. La mujer se paralizó por la ferocidad de esos animales y pensó en huir, pero se asomó a la ventana y vio el cuerpo de Sarah tendido en el piso sobre un charco de agua. Rápidamente buscó ayuda y enseguida llegaron dos hombres armados y algunas mujeres, entre ellas una anciana. Los hombres dispararon al aire para espantar a los perros, derribaron la puerta y encontraron a Margaret con medio cuerpo afuera del de su madre. La cabeza de la niña aún permanecía en el útero y presionaba el cordón umbilical. Margaret mostraba síntomas de asfixia. La anciana pidió a las mujeres que hirvieran agua y reanimó a la madre sacudiéndole los hombros. Sarah despertó con gritos de dolor. La anciana le dijo que estaba dando a luz y le rogó que no se dejara vencer. Con el último esfuerzo de Sarah, Margaret nació. La niña parecía inerte, la falta de aire la había dejado casi sin vida, pero cuando la anciana la levantó, el llanto de la niña les devolvió el oxígeno a la hija y a la madre. Esa noche Sarah descubrió en Margaret una razón para seguir viviendo. Además tuvo la sensación de que ya no volvería a estar sola. Gente que no conocía le había salvado la vida. En su cama, dándole el pecho a su hija y bajo la atención de las mujeres, los hombres decidieron regresar a sus casas. Cuando la puerta estuvo libre, los perros entraron. Uno por uno se fueron acercando hasta la cama de Sarah y juntos se recostaron en el suelo, a los pies de la madre con su hija. Con sus lenguas limpiaron los restos de líquido que había en el piso y no se movieron de su lugar hasta que Sarah pudo volver a caminar.
Las palabras de Margaret conmovieron a Sir Lancaster. Mientras su hija le hablaba de su madre, la culpa de Lancaster comenzaba a roerle el cuerpo. Pensó cuánto mal les había hecho al abandonarlas. Recordó que Sarah no le había pedido nada pero eso no lo aliviaba. Él debió haberla atendido durante todos estos años y debió haber velado por las dos. Se sintió un pobre hombre en medio de tanta riqueza. Nada podría devolverle el tiempo perdido. No conoció la infancia de Margaret. No compartió con Sarah los momentos más felices que un padre puede tener, cuando se detiene a ver cómo el hijo va creciendo y cada vez se le va pareciendo más.
Por fin, Margaret le dijo a Lancaster lo que había ido a decirle. Le confesó que Sarah había sido mordida por uno de los perros que tenía en la casa y había enfermado. Los médicos creyeron que podría tener rabia. Buscaron al animal y confirmaron sus sospechas. El perro que la había mordido y todos los demás estaban rabiosos. No tenían probabilidades de curarse y al determinar que podrían ser una amenaza para la salud de la comunidad, los sacrificaron. Tampoco Sarah tenía muchas probabilidades de vivir. La enfermedad se había vuelto una plaga para la población y no había manera de controlarla. Celadores y policías tenían orden de atrapar y matar a cualquier perro que deambulara sin dueño por las calles. La joven no se despegaba de la cama que Sarah ocupaba en el hospital. Un médico llevó a Margaret a un sitio apartado y le dijo que su madre iba a morir. La joven no pudo aguantar el llanto y se aferró desconsoladamente al médico.
Le pidió que hiciera todo lo posible por salvarla, que ella haría cualquier cosa por él si lograba que su madre viviera. El médico le contestó que no había nada más que hacer, que debía ser fuerte, que la ciudad estaba sometida por ese mal y que su madre era una más entre tantos condenados. Margaret no se resignó y le insistió que intentara con algo más allá de lo posible. El médico hizo silencio por un momento y luego llevó a la joven fuera de la habitación.
—Hay algo de lo cual no tenemos comprobada la eficacia —dijo el médico—, un tratamiento de cuyo éxito no estamos seguros. Si usted está de acuerdo, podríamos intentarlo con su madre.
Margaret aceptó inmediatamente. Llevaron a Sarah a un sector apartado del hospital, donde había una habitación destinada únicamente para ella. La sala que aguardaba a Sarah estaba cubierta de instrumental médico y de laboratorio. Se parecía a un quirófano. En el centro había una camilla de grandes dimensiones. Una poderosa lámpara ubicada a baja altura la iluminaba. Allí las enfermeras acostaron a Sarah. Una de ellas calentó la aguja de una jeringa sobre la llama de un mechero con alcohol y aplicó la inyección en el brazo de la madre de Margaret. El cuerpo de Sarah pareció dejar de latir. Otra enfermera cerró la puerta del quirófano y Margaret no pudo ver lo que allí ocurrió.
La joven quedó sola en un pasillo oscuro, esperando noticias de su madre. Nadie abría la puerta del quirófano y nadie parecía haberse quedado en el hospital. Los ventanales del pasillo daban a un amplio jardín con senderos de pedregullo que rodeaban a un añejo árbol. Otra línea de ventanas se veía al fondo del jardín. Margaret imaginó el lugar como un pulmón por donde el hospital respiraba. Todo el edificio rodeaba a ese jardín interior. La luna estaba completamente iluminada y un resplandor de plata llovía sobre las copas de los árboles y daba vida a los senderos de piedra. No había otra luz encendida más que la del pasillo donde ella se encontraba. El traslado de su madre a ese sector desorientó a Margaret. La joven ya no podía asegurar en qué parte del hospital se hallaba. Se acercó a la puerta del quirófano para alcanzar a oír algo en medio de ese silencio que la asfixiaba. Apoyó el oído sobre la puerta y escuchó el ruido de una máquina, como si se tratara de un motor que funcionaba permanentemente. El sonido hacía vibrar la puerta. A un volumen más bajo se escuchaban voces que Margaret no podía descifrar. Creyó oír al médico que daba órdenes urgentes a las enfermeras y también creyó oír pasos presurosos. Se hizo un silencio repentino, el ruido de la máquina seguía ensombreciendo todo lo que allí se podía oír. Algo metálico cayó al piso. Pensó en la posibilidad de que fuera alguna de las bandejas con las jeringas. Inmediatamente el médico alzó la voz insultando a una de las enfermeras. Margaret escuchó pasos que se dirigían hacia la puerta donde ella estaba. La joven se hizo a un lado y una enfermera al borde del llanto salió del quirófano. Margaret la siguió para preguntarle sobre su madre, pero la enfermera no le prestó demasiada atención, dijo que había que esperar y continuó caminando y secándose las lágrimas. Margaret regresó a la entrada del quirófano. Todo permanecía en silencio. Se acercó a un ventanal para perder la mirada en el jardín. Una enorme pantera negra apareció frente a sus ojos del otro lado del vidrio. Margaret, espantada, dio un paso hacia atrás y la pantera corrió hasta el árbol, trepó a una rama y desde allí la acechaba. En esa oscuridad, Margaret no pudo ver más que dos ojos verdes e intensos que no apartaban la vista de ella.
La puerta del quirófano se abrió. Dos hombres empujaban una camilla sobre la que Sarah dormía. Detrás de ellos salió el médico. Margaret se cruzó en su camino para preguntarle si la intervención había salido bien.
—Tal como esperábamos que saliera —dijo el médico y se alejó rápidamente.
Una enfermera con una planilla en la mano llamó a Margaret y le comunicó que debía aguardar hasta la mañana siguiente, que el médico no sabía cómo respondería Sarah a la medicación.
—¿Qué puede pasar? —preguntó Margaret.
—Si todo sale como esperamos, mañana su madre debería comenzar a recuperarse —contestó la enfermera—. De surgir alguna complicación, esperemos que no, su débil estado de salud no soportará otra intervención.
La habitación quedó oscura e inmóvil. Oscura e inmóvil como la silueta de Margaret conteniendo el llanto. Oscura e inmóvil como la pantera que trepada al árbol la acechaba.