En la otra puerta

Capítulo VIII

Ricardo Cardone

Sir Lancaster no entendía lo que le había ocurrido a Sarah. Le preguntó a Margaret si su madre se encontraba bien, temía que le dijera lo peor. Margaret le contestó que a la mañana siguiente su madre había comenzado a sentirse mejor y al final de esa semana le habían dado el alta. Lancaster le preguntó si lo que había tenido Sarah había sido rabia pero Margaret no supo qué contestarle. Los médicos en un primer momento creyeron que sí, pero Sarah no respondía bien a los tratamientos para ese mal. Luego de aquella intervención, su madre mejoró. Era lo único que Margaret sabía sobre la enfermedad de Sarah.

—Mi madre ha cambiado —le dijo a Lancaster—, teme que algo malo pueda pasar. Desde que volvió a casa ha entrado en un estado de alucinación. Lo consulté con el médico, él dice que esos síntomas no son consecuencia del tratamiento al que fue sometida. Me dio la dirección de un especialista en salud mental para que la tratara, pero no podemos costearlo. Mi madre no teme por alguna tragedia que a ella pudiera ocurrirle, teme por algo que pudiera sucederle a usted. Necesita verlo.

A Lancaster le pareció que la joven quería embaucarlo para sacarle dinero pero no le dio importancia a esa idea. En todo caso, pensó, si así fuera, que su madre tome ese dinero como pago de una deuda por el mal que pude haberle causado. Lancaster aceptó encontrarse con Sarah pero le dio instrucciones a Margaret para que su madre lo visitara en su casa.

Al día siguiente, Sarah y Margaret golpearon la puerta de la residencia de Sir Lancaster. Los sirvientes no las dejaban pasar pero Lancaster dio orden de que se les permitiera la entrada. Cuando vio a Sarah, lo conmovió el tormento por el que atravesaba esa mujer. Su vestimenta era apenas un género que le cubría el torso y terminaba desgarrado al llegar a la altura de las rodillas. Calzaba unas sandalias que la tierra había desgastado. Un pañuelo le cubría el cabello grasiento. Tenía las manos arrugadas por el constante fregar de las ropas que lavaba para otras personas. Lancaster se acercó a ella y vio en sus ojos a la misma Sarah que hacía veinte años se había desnudado ante él como ninguna mujer lo había hecho jamás. Al ver a Sarah en ese estado, la abrazó con todas sus fuerzas y lloró desconsoladamente, igual que la noche en la que había llorado sobre ella cuando había intentado violarla. Cuando Lancaster logró recuperarse, las hizo pasar al salón principal y con un grito llamó a los sirvientes. Una vez que ellos estuvieron presentes, les dio orden de atender a Margaret y a Sarah con el esmero que merecía su hija y la madre de su hija. Ordenó que les prepararan el baño y les ofreció dos habitaciones para que se quedaran en su casa el tiempo que consideraran necesario. Margaret tomó a Sarah de la mano y la apretó con fuerza.

Sarah y Lancaster se apartaron para conversar sobre los temores que ella tenía. Sarah fue la primera en hablar. Dijo que después de su operación, había comenzado a tener visiones espantosas en las que Lancaster siempre estaba presente. Dijo también que en esas visiones, que le sucedían en cualquier momento y en cualquier situación, aparecía su cuerpo desmembrado en distintos lugares. Algunas veces se le presentaba en un bosque; otras, en un río. Se le hacía muy difícil poder describir con detalles lo macabro de esas imágenes. Cada vez que reconocía la cara de Lancaster comenzaba a agitarse y sentía una opresión en el pecho que parecía detenerle el corazón. Intentaba liberarse de esa sensación lo más rápido posible pero a veces permanecía todo el día en su cuerpo. Esas visiones habían comenzado en el hospital después de la operación. En un principio pensó que podrían ser los efectos de algunas drogas que habían afectado su conciencia pero, a medida que pasaban los días y a pesar de que la medicación disminuía, las visiones eran cada vez más frecuentes. Le dijo también que varias veces se le aparecía el cuerpo de Lancaster rodeado por animales que, hambrientos, lo despellejaban. Cuando ella se acercaba, los animales huían abandonando el cuerpo de Lancaster mordido y desmembrado sobre la tierra. Una vez se le apareció en una extensa llanura, bajo una lluvia torrencial. Otra vez, entre las piedras del cauce de un río. Pero fueron muchas más, agregó: en un bosque, en el medio de una calle, en una tienda de armas, en una taberna, en casa de Sarah. No quiso ella que Margaret se enterara de lo que le estaba sucediendo. Prefirió que su hija pensara que había quedado con algún trauma por la extraña enfermedad que había padecido. El médico que la atendía creía lo mismo y por eso la había enviado a un especialista, pero no contaban con el dinero necesario para afrontar ese tratamiento. Al principio, el propósito de Margaret era buscar a Lancaster con el fin de conseguir el dinero que su madre necesitaba para ser tratada por un médico psiquiatra. Pero la noche anterior Sarah tuvo una revelación que no la dejó dormir. El cuerpo de Lancaster estaba sobre una camilla muy similar a la que habían usado con ella en el quirófano. Una enfermera calentaba una jeringa en un mechero. El médico que lo atendía no vestía como un médico, usaba una túnica negra y aseguraba conocerlo. Lancaster balbuceaba algunas palabras que Sarah no alcanzaba a comprender y cuando estaba a punto de pronunciar un nombre, se desmayaba. Entonces la enfermera le aplicaba una inyección mientras el médico le comprimía el pecho pero no reaccionaba, parecía muerto. El médico asentía con su cabeza, pedía una sierra y comenzaba a cortarle las manos. Luego tomaba sus brazos y los amputaba a la altura de los codos. Cuando llegaba a los hombros hacía lo mismo. Dejaba la sierra con manchas de sangre sobre una bandeja e iba a buscar un hacha de brillante filo. Una enfermera pasaba por al lado de una mesa de metal y se llevaba por delante una de las patas, la mesa se movía y la sierra caía al suelo junto con unos frascos que contenían sangre. El médico maldecía a la enfermera y la echaba del quirófano. Levantaba el hacha, miraba al cielo y Sarah no veía nada más.

Lancaster quedó estremecido por lo macabro del sueño. También lo alarmó la forma tan detallada con la que Sarah lo contaba. Para tranquilizarla, Lancaster le dijo que las visiones que se revelan generalmente son los propios temores frente a la fatalidad. Le dijo también que bastaría con aceptar que ellos eran mortales. Sarah lo miró fijo a los ojos. No dijo una palabra más.

Lancaster estaba feliz de reencontrarse con una parte de su pasado. Se había cruzado con Sarah en uno de sus peores momentos y sin querer ella no había hecho otra cosa que rescatarlo de su tormento. Lancaster aprovechó que madre e hija estaban con él y durante la cena las invitó a quedarse unos días en su casa para que le hicieran compañía. Sarah pensó en decir que no, pero al darse cuenta de que Margaret aceptaba la invitación, cedió únicamente por la satisfacción de ver a su hija reír después de tanto tiempo.

Según lo que Margaret le había dicho a una de las criadas cuando por fin se habían hecho confidentes, la estadía en la casa de Lancaster había sido lo mejor que le había pasado en mucho tiempo. Al fin había podido conocer a su padre y por primera vez su madre no se negaba a hablar de él. Sarah nunca le había contado a su hija en qué circunstancias había quedado embarazada.

La compañía donde trabajaba Sir Lancaster había comenzado a demandarle más tiempo. El dueño, Oliver Spencer, lo había ascendido al cargo de supervisor general y le había dado la tarea de auditar las sucursales que la tienda tenía en el reino. Una tarde, luego de almorzar juntos en un café del centro, Oliver le pidió a Lancaster un favor que para el dueño de las tiendas Spencer era muy importante, según lo que le contó Lancaster a Sarah cuando habló de la conversación que había tenido con Oliver:

“Hay un gerente de la sucursal de Madrid que quiero que evalúe. Este hombre ha secuestrado a mi hija y se la ha llevado a España. La mantuvo cautiva durante treinta años. Cuando yo había logrado asumir que no volvería a verla, pensando que él la habría obligado a prostituirse o incluso la habría matado, recibí una llamada telefónica y pude escuchar nuevamente la voz de mi hija. Ella me decía llorando desconsoladamente que necesitaba una importante suma de dinero. Le pregunté para qué la necesitaba. Me dijo que era para el hombre que la había secuestrado, que lo estaba buscando la policía de Málaga y que si lo atrapaban, él la mandaría a matar. La suma que pedía era exorbitante, no podía reunir ese dinero en tan poco tiempo. Le ofrecí un trabajo encubierto en mi tienda de Madrid y una nueva identidad. En la capital lo podría hacer pasar por un hombre de la nobleza y así limpiaría su prontuario; en esa ciudad varias personas me deben favores. En cambio en Málaga, yo no tenía a nadie conocido que pudiera hacer ese mismo trabajo. Angustiado por el llanto de mi hija pero feliz de volver a escucharla, le pedí que le hiciera la propuesta a este hombre con una condición, que permitiera que mi hija volviera a Londres. Al principio el hombre no quiso aceptar el trato, pensó que le iba a tender una trampa y no supe nada de ella durante varios días. Parece ser que la policía ya estaba bastante cerca del lugar en el que se escondía. Habían dado con un cómplice. Éste le había prestado hacía tiempo una casa de veraneo para que la usara como guarida e inmediatamente cercaron la zona. No muy lejos de allí estaba el escondite de este degenerado. Al verse perdido, terminó aceptando el trato que le había propuesto y huyó a Madrid. Mi hija fue liberada y regresó a Londres. Temeroso de alguna represalia que este desquiciado pudiera tomar contra ella, cumplí mi promesa de darle un trabajo en Madrid y de registrarlo con una nueva identidad. Estuvo dos días sin aparecer por la tienda. Al tercer día se presentó un hombre de unos cincuenta años, dijo llamarse Laudrec, y le dieron el despacho que yo le había asignado. Nadie desconfió de esa persona. Lancaster, usted es mi mejor hombre de confianza, quiero que se presente en la tienda como el asesor legal en lo contable de la compañía y compruebe si ese tal Laudrec está haciendo bien su trabajo o si anda en algo raro. No tengo otra persona a quien confiarle esto que no sea usted.”

Lancaster le contó a Sarah la conversación que había tenido con Oliver Spencer sin ocultar ningún detalle. Le dijo también que al día siguiente debía partir muy temprano hacia Francia para auditar la sucursal de Madrid. No permanecería en la ciudad durante más de un día o dos y el fin de semana siguiente estaría de regreso. Le suplicó a Sarah que no se fuera, que necesitaba estar con ella, que no veía la hora de volver, que creía que la amaba.

Le dije que creía, siempre fui un cobarde, pensó en ese mismo instante.

En la madrugada, Sir Lancaster partió hacia Francia y desde ahí tomó el tren que lo dejaría en la frontera. Luego de cruzar hacia España tomaría el Ferrocarril del Norte que lo llevaría directo a Madrid.

Sir Lancaster temía que el encuentro con Laudrec derivara en algún tipo de violencia, por lo que guardó su arma en el bolsillo del sobretodo. Cuando llegó a la tienda quedó sorprendido por el orden que allí había y el buen recibimiento que tuvo de parte de Laudrec. Al fin lo conoció. Le pareció un hombre reservado y aplicado. Revisó los balances y otras planillas contables y no sólo no encontró errores sino que comprobó que el superávit de la empresa había aumentado considerablemente durante su gestión. Lancaster dudó de que ese hombre apocado y concentrado en los asuntos que le interesaban a la compañía fuera un secuestrador pero continuó creyendo en las palabras de su jefe. Al día siguiente, en la terminal de trenes, el hombre apocado lo abordó para pedirle un consejo. Parecía estar al borde de la desesperación. Lancaster lo calmó con unas palabras y tomó el tren de regreso a Francia.

Los informes que Lancaster confeccionó por escrito para la compañía fueron reveladores. La tienda Spencer de Madrid había tenido un acelerado crecimiento en las ventas y había superado en volumen a su par de Londres. El informe que Lancaster le dio a Oliver Spencer sin dejar registro del mismo en ningún papel fue reconfortante, Laudrec estaba aceptando las reglas que le había propuesto el padre de Lady Anne-Marie Spencer y no había causado ningún tipo de problemas. Todo estaba bajo control. También le dijo a Oliver que Laudrec había preguntado por su hija y que parecía estar enamorado de ella.

—Escribió una carta que Anne-Marie me hizo leer —dijo Oliver—. Le prohibí que la contestara sin mi intervención. Luego me senté con ella y redactó una respuesta según lo que yo le iba dictando. La enviamos con premura con la intención de no generar conflictos con la enferma obsesión que Laudrec padecía, pero a los pocos días recibimos una correspondencia del mismo tenor que hablaba sobre la urgencia de Laudrec por volver a encontrarse con Anne-Marie. A partir de ese momento no le contestamos ninguna carta más. En ese cajón que usted ve ahí estaba toda la correspondencia que el desgraciado envió y que usted le devolvió. Es un maniático obsesivo. Por suerte Anne-Marie logró librarse de él.

 

La rabia (2022)

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