Los hechos comenzaron a desarrollarse en forma acelerada. Primero se supo de un perro que había mordido a un anciano. Las autoridades confirmaron que el anciano había muerto por la infección que la mordedura le había causado. Días después, un niño jugando con su perro sufrió una herida por una mordedura del animal y también murió. Un perro fue encontrado muerto en el medio de la calle, padecía una enfermedad poco común. Una mujer de unos cuarenta años hizo una denuncia en el destacamento policial por el ataque del perro de su vecina; quería que la indemnizaran por los daños causados. La mujer y el perro murieron a los pocos días. La ciudad propuso exterminar a todos los perros callejeros para evitar la propagación de un virus que atacaba tanto a los animales como a las personas, pero no alcanzaron a capturar ni siquiera a la cuarta parte de los perros que en ese momento asediaban a la gente. Los animales tomaron la ciudad en jaurías que patrullaban las calles. Nadie se animaba a salir sin un arma para defenderse de los peligrosos perros. Atacaban por el frente y por la espalda a cualquier desprevenido y luego lo dejaban tendido en la calle con el cuerpo mordisqueado e inconsciente. Cuando la víctima volvía en sí, comprendía que le quedaban pocos días de vida. Los hospitales habían colapsado a causa de la cantidad de infectados. No había camas disponibles y muchos de los enfermos debieron morir en el piso de los pasillos. La comuna comenzó a quemar los cuerpos para que la enfermedad no se extendiera a los roedores y a otros animales. Perros y humanos eran llevados en carros hasta un gran basural donde día y noche ardía una inmensa fogata. El olor de los cuerpos cremados permaneció durante mucho tiempo en el aire. Hasta los propios animales padecían náuseas cuando olfateaban el olor a carne quemada suspendido en el ambiente. Una mujer aseguró ver a una jauría arañar la puerta de una casa con la intención de derribarla. Dos hombres salieron en auxilio de una mujer que se encontraba en su vivienda dando a luz. Cuando la madre quedó a solas con su recién nacido, los perros regresaron a la casa y lograron entrar. Nadie supo lo que sucedió en el interior.
La epidemia se fue de la misma manera en la que había llegado. Las calles vacías poco a poco comenzaron a ser ocupadas con puestos de venta callejera. Los hombres volvieron a salir para ir a sus trabajos montados en sus bicicletas y los niños empezaron a jugar nuevamente en las veredas sin tener idea de lo que hacía poco tiempo había sucedido.
Varios años después, el perro más noble de Sarah enloqueció. Había estado aullando toda la noche sin dejar que Margaret y su madre pudieran dormir. Las mujeres se levantaron para calmarlo. Margaret le llevó agua, agregó algo de comida en el plato y volvió a su cama. Sarah lo acarició y el perro le hincó los dientes en el antebrazo.
Meses más tarde, un bulldog inglés mordió la mano de su amo, un importante comerciante de una cadena de tiendas de armas. Oliver Spencer murió el mismo día que murió su perro.