En la otra puerta

Capítulo X

Ricardo Cardone

Anne-Marie, la hija de Oliver Spencer, nunca pudo superar la muerte de su padre. Sir Lancaster había intentado de todas las maneras posibles levantarle el ánimo pero Anne-Marie seguía cayendo cada vez más en un profundo pozo desfondado. Sarah percibió que Lady Spencer ocultaba algo y decidió hablar con ella. Anne-Marie no quería hablar, pero al fin rompió en llanto y le dijo que temía que Laudrec viniera por ella, que seguramente se vengaría por haberlo abandonado. Tarde o temprano Sir Lancaster tendría que reunirse con Laudrec para tratar la división de la compañía, Laudrec se había encargado de firmar unos papeles en los que se dejaba constancia de que era socio de la compañía en Madrid. Anne-Marie estaba convencida de que Laudrec quería quedarse con el dinero de la sociedad y por ese motivo se reuniría con Lancaster. Sarah le dijo que eso se podía solucionar, que le sugeriría a Lancaster que se encontrara con Laudrec en Madrid para resolver sus asuntos. Anne-Marie le advirtió que Lancaster jamás regresaría a Madrid porque en esa ciudad Laudrec podría matarlo si quisiera. El único lugar seguro para la negociación sería la casa de Lancaster. De todas maneras, Anne-Marie le pidió a Sarah que hablara con Lancaster para que convenciera a Laudrec de que no regresara a Londres.

Sarah habló con Lancaster y el hombre soltó una carcajada burlona.

—Laudrec no podría matar ni a una mosca —le contestó—. Es un pobre estafador cuyo golpe más importante fue el de extorsionar a Oliver Spencer con la historia de su hija. Ahora vive tranquilo en España sabiendo que la policía ya no lo busca. De todas maneras no voy a hablar con él todavía, me voy a tomar unos meses para poner en orden los documentos de la sociedad.

La decisión que tomaría Lancaster no tranquilizó a Anne-Marie. Ella había quedado como única heredera de la compañía y no pensaba seguir teniendo a Laudrec entre sus socios. El temor de encontrarse con Laudrec iba creciendo en Lady Spencer como si fuera la gestación de una criatura maléfica. La condena que pesaba sobre ella la atormentaba con sólo recordar su nombre. Demasiado poder había quedado en manos de la hija de Oliver Spencer y no lo podía soportar. El duelo de su padre había comenzado y día a día la golpeaba con mayor dureza. Ella había dejado de ver a Oliver Spencer durante treinta años y cuando había tenido la posibilidad de reencontrarse con él, lo había vuelto a perder. Y esta última vez había sido para siempre.

Una mañana Anne-Marie fue a la casa de Lancaster para tratar algunos temas de negocios que ella desconocía. Lancaster le dio unas cuantas instrucciones sobre cómo debía llevar los gastos y las inversiones de la firma. Lady Spencer, agobiada por la cantidad de temas que aún no dominaba y transitando el duelo de su padre con las últimas fuerzas que le quedaban, le preguntó a Lancaster si podían salir a caminar por el parque, necesitaba tomar un poco de aire. Lady Spencer y Sir Lancaster salieron al jardín. Allí Lancaster le preguntó si era verdad que Laudrec la había secuestrado o si ella se había escapado de su casa en un arrebato de locura juvenil. Lady Spencer suspiró profundamente y le dijo que prefería no hablar de eso. Agregó también que temía que Laudrec tomara venganza contra ella. Admitió haber abandonado a Laudrec en España. Ella le había dado su palabra de que iba a regresar a Madrid para buscarlo pero nunca la cumplió. Dijo que Laudrec era un hombre vengativo, que no toleraba la mentira y mucho menos la traición. Además le aconsejó a Lancaster que se cuidara de él, le dijo que Laudrec haría cualquier cosa con tal de quedarse con la empresa de su padre.

Lady Spencer temía por su vida. Ella ahora era la dueña de la empresa y también era la única persona que podía controlar el poder que iba ganando Sir Lancaster. Sin embargo no podía defenderse de Laudrec y de su violencia.

—Él llegaría a matar si fuera necesario —dijo Anne-Marie a Lancaster.

Antes de entrar nuevamente a la casa, Lady Spencer le pidió a Lancaster que se deshiciera de Laudrec.

Lancaster se vio obligado a tejer la tela que atraparía a Laudrec, como si de una mosca y de una araña se tratase el asunto. Una vez tendida la red, Lady Spencer aguardaría pacientemente que la tela inmovilizara a Laudrec y luego ella le inyectaría el veneno con los dientes. Lancaster prefirió no comentarle a Sarah lo que habían hablado con Lady Spencer en el jardín. Pensó en todas las maneras posibles de asesinar a Laudrec sin dejar pruebas pero siempre había una pieza que, de no encajar bien en la maquinaria diabólica de su plan, dejaría con vida a Laudrec y la ejecución del asesinato se derrumbaría alimentando la venganza que Laudrec comenzaría a planificar.

Una tarde, frente a la tumba de su hija, se le ocurrió la idea. Invitaría a Laudrec a cabalgar, cruzarían el bosque y llegarían al claro donde el lecho del río apenas era un húmedo pedregal. Los caballos vadearían el río y en la mitad del cauce sacaría su arma y le volaría la cabeza. Luego arrojaría el cuerpo por el despeñadero. Recordó el tiempo que habían tardado en encontrar a su hija y creyó que si nadie reclamaba por el paradero de Laudrec, nunca lo encontrarían.

Volvió a la casa con el plan entre sus manos, pero no debía dejar ningún cabo suelto. En uno de los sillones del jardín lo esperaba Sarah.

—Sé lo que estás pensando —le dijo—. Ya no soporto este castigo. Vi morir a un hombre y vi cómo otro lo arrojaba al vacío. No pude reconocer a ninguno de los dos. Pero el asesino tenía tu misma mirada. Necesito curarme, necesito salir de aquí, necesito un médico, te lo ruego, únicamente necesito un médico. Luego abrazó a Lancaster con todas sus fuerzas hasta perder el conocimiento. Lancaster lanzó un grito a los sirvientes y llevaron a Sarah hasta su habitación. Margaret oyó las voces exaltadas y corrió en su auxilio pero Sarah ya estaba recostada en su cama, recuperándose. Lancaster necesitaba saber qué mal padecía Sarah, por qué actuaba de ese modo. Apartó a Margaret de la habitación y habló con ella. Le pidió el nombre del médico que le había salvado la vida en el hospital. Margaret no lo recordaba. Tampoco creía saberlo. Esa noche Lancaster volvió a soñar con los ciervos.

Se levantó a la mañana temprano y fue al hospital. Las camas estaban nuevamente ocupadas por pacientes infectados por la rabia. El mal otra vez había comenzado a acechar a Londres y las casas de auxilio y los hospitales habían colapsado por la cantidad de enfermos. Lancaster preguntó por un médico, dijo que no sabía su nombre pero que ese médico había atendido a su mujer hacía unos meses. La secretaria del hospital le contestó que allí había muchos médicos y que atendían a diario a infinidad de enfermos. Dijo además que necesitaba saber el nombre de la paciente para poder buscarla en los archivos de los últimos meses.

—De todas maneras es una tarea que llevará tiempo, todos aquí estamos muy ocupados. ¿Cómo se llama su esposa? —preguntó la mujer.

—Sarah —contestó Lancaster.

—¿Sarah qué? —volvió a preguntar la mujer.

—Se llama Sarah, no sé el apellido —respondió ofuscado.

Con esta última respuesta, Lancaster se dio cuenta de que no sabía nada de Sarah.

—Ni siquiera sé su apellido —se recriminó en voz baja.

La mujer de la recepción le contestó que sin el apellido era imposible buscarla y continuó atendiendo a la larga fila de enfermos que necesitaban registrarse para ser revisados por un médico.

Desconsolado, Lancaster regresó a su casa sin haber encontrado la ayuda que Sarah necesitaba. Fue a su despacho, sacó un revólver de un cajón y lo guardó en el sobretodo. Buscó a Margaret y le pidió que lo acompañara al hospital. Estaba decidido a encontrar al médico que había atendido a Sarah aquella noche. Entraron al hospital y sin anunciarse en la recepción cruzaron por uno de los pasillos y salieron al jardín central. Margaret reconoció el árbol rodeado de senderos por donde ellos ahora caminaban. Recordó el miedo que la había paralizado aquella noche y que, si no hubiera sido por la impotencia que sentía de no saber en qué estado de salud se encontraba su madre, habría salido espantada. Buscó entre las interminables ventanas algunas que le hicieran recordar el lugar exacto donde se encontraba el quirófano. Hacia el frente vio el árbol y detrás de él las mismas ventanas que había visto aquella noche. Se dio cuenta de que el pasillo del quirófano estaba a sus espaldas y hacia allí fueron Margaret y Lancaster. Las galerías estaban repletas de infectados. Algunos de ellos descansaban con suero sobre unas camillas y otros permanecían acostados en el piso. Había pocos familiares allí, las víctimas de la rabia morían en soledad por temor al contagio. A Lancaster no le importó y cruzó entre ellos, empujando las camillas y abriéndose paso entre los enfermos que agonizaban en el suelo. Margaret lo siguió y en la mitad del recorrido vio la puerta por donde habían ingresado a su madre. Se acercó y golpeó con fuerza la madera. Nadie salió. Volvió a golpear con más fuerza y una persona abrió la puerta de mal modo. Margaret se dio cuenta de que el médico que había tratado a su madre era el mismo que ahora la estaba insultando a gritos. Lancaster le puso el arma en la cabeza y los tres entraron al quirófano. De un golpe la puerta se cerró.

Sarah había logrado descansar toda la noche. A la mañana temprano abrió los ojos y lo primero que vio fue al médico que la había tratado en el hospital.  A un costado, Lancaster miraba atentamente lo que el médico hacía con Sarah. Afuera de la habitación esperaba Margaret, angustiada. El médico dijo no ver complicaciones en la salud de Sarah. Se dirigió a Lancaster y le aseguró que su mujer no tenía nada. Además le dio una tarjeta igual a la que anteriormente le había dado a Margaret con un nombre y una dirección de un médico psiquiatra. Lancaster abrió la puerta y salió detrás del médico. Le dijo a Margaret que ya podía pasar a ver a su madre.

Los hombres cruzaron el salón principal y salieron al jardín. Caminaron en dirección a la antigua capilla anglicana, frente a la cual la hija de Lancaster estaba enterrada. Lancaster le aseguró al médico que nada de lo que había hablado con él en el quirófano saldría de su boca. Le preocupaba que lo supiera la joven Margaret, pero recordó que su hija se había retirado temprano del hospital para cuidar a su madre, por lo que no había estado presente en la larga conversación que los hombres habían tenido durante toda la noche en el quirófano.

—Nunca pudimos vencer a esta enfermedad —dijo el médico—. Por cada pequeño avance que damos en el campo de la bioquímica sufrimos un enorme traspié en materia biológica. Nunca logramos ganar una sola batalla contra el virus. Hemos intentado con todo lo que hemos tenido a nuestro alcance. Hemos utilizado muestras de tejido cultivado, sedimentos de células portadoras del mal, proteínas de otros seres vivos, pero no hemos conseguido erradicar esta enfermedad. Parece que tuviera vida animal, que respirara sobre nosotros, que nos acechara como un felino. Cuando creemos que la tenemos controlada, nos pega el zarpazo y nos devora con saña. Por eso he confiado en mis instintos y me he alejado definitivamente de las reglas académicas. Así logré avanzar sobre el mal. Su esposa es una prueba de que el virus tiene un punto débil y éste está en la sangre del animal sano.

Llegaron a la capilla y Lancaster le contó al médico la trágica historia de su hija. El médico vio a un hombre atormentado que parecía volver a caer en lágrimas sobre esa tumba. Escuchó la historia con un respetuoso silencio. Cuando Lancaster recuperó la postura, el médico le dijo que, de haber sabido a tiempo sobre ese trágico hecho, él le habría devuelto la vida a su hija. Sobre todo, agregó, si se trataba de un niño. Lancaster quedó en medio de una conmoción, arrebatado por un sentimiento de furia. Estaba convencido de que el médico decía cualquier cosa para quedar bien. Su vanidad es tan grande que ahora se cree un dios todopoderoso, pensó.

—Le pido que no le falte el respeto al alma de mi hija —sentenció al fin–. ¿No le alcanza con vanagloriarse de tener una dudosa cura para la rabia que ahora cree poder resucitar a los muertos?

Un sirviente se le presentó a Lancaster. Le dijo que otro de los sirvientes había escuchado ladrar a varios perros en la puerta. El hombre había tomado un tridente del jardín para ahuyentarlos. Cuando abrió la puerta, los animales habían escapado. En el umbral vio a Lady Spencer desmayada y mordida por los perros. Lancaster montó su caballo, llegó a la casa y se encontró con Lady Spencer inconsciente. Sarah y Margaret la habían recostado en la cama de Lancaster. No mucho tiempo después llegaron el médico y el sirviente. El médico pidió que lo dejaran a solas con Lady Spencer. Revisó las heridas que los perros le habían provocado. Tenía la piel desgarrada por los colmillos de los animales y restos de saliva en el interior de las heridas. El médico llamó a Lancaster para que entrara a la habitación. Le dijo que las heridas no eran demasiado profundas, que podría recuperarse en un tiempo no muy corto, pero que la rabia ya la tenía en la sangre. Lancaster le preguntó cómo sabía que esos perros tenían rabia.

—Acá todos los animales tienen rabia —dijo el médico—. Morirá en menos de un mes por más que le brindemos todos los cuidados que tenemos a nuestra disposición. Lo único que logramos hacer hasta ahora es aliviar un poco el sufrimiento, nada más que eso. Existe una salida más aventurada. Si usted está de acuerdo, podríamos intentar con ella.

—¿A qué se refiere? —preguntó Lancaster.

—Mire, la mujer va a morir. Lo que yo propongo es someterla a un tratamiento que ha funcionado bien con animales pero no lo hemos probado en su totalidad con seres humanos. Hemos hecho pruebas en muy baja escala para ver cómo respondían los enfermos y hemos obtenido resultados aceptables. Este tratamiento es el que probé con su esposa, Sarah, y ella no sólo no ha muerto sino que se ha curado de la enfermedad. Pero no podemos aplicar lo mismo con esta mujer que agoniza. Se necesitaría una dosis mayor que la cantidad de sangre que tiene en su cuerpo. Es imposible utilizar este método.

El médico cerró la puerta de la habitación y habló con Lancaster en voz baja. Le dijo que hacía bastante tiempo venía haciendo pruebas con transfusiones sanguíneas entre animales. Intentaba demostrar que toda la raza animal compartía un mismo componente en la sangre, una especie de sangre patrón que se encontraba en todos y en cada uno de ellos.

—Si mi teoría está en lo cierto —dijo el médico—, ese patrón podría aislarse y conformar un banco de sangre distinto, una sangre elemental, básica y esencial que podría salvar varias vidas evitando que los enfermos murieran por el rechazo a la sangre animal. He probado infructuosamente todos los medios posibles para aislar ese patrón de sangre universal, pero hasta ahora no había logrado encontrar la manera de hacerlo.

El médico le contó a Lancaster un relato convincente:

“Hace un tiempo recibí en el hospital la visita de un viejo amigo y colega a quien le hablé de mi teoría. Me dijo que supo de alguien que había estado trabajando en un experimento similar y que había logrado separar una sustancia en sus patrones básicos, algo así como si separaran sus átomos pero en vez de tratar a la sustancia como un conjunto de moléculas, él la entendía como una sucesión de patrones.

“La teoría me pareció interesante y le pedí a mi amigo que me consiguiera más información. Meses después volvió al hospital con un manuscrito.

“—Es todo lo que quedó de él —dijo mi amigo—, luego fue reclutado para la guerra franco-prusiana y murió en batalla. Su padre enloqueció y quemó todo lo que su hijo tenía en su reservado laboratorio. Su prometida alcanzó a rescatar del incendio este manuscrito y lo atesoró entre sus cosas más preciadas. Luego ella contrajo matrimonio con un poderoso comerciante francés, amigo mío y bastante celoso. El hombre vigilaba demasiado a su mujer y no permitía que nadie se le acercara. Le molestaba el pasado de la joven, por lo que nunca hablaban de ello en el matrimonio. Un día ella se cansó de él y lo abandonó. Devastado, el esposo se liberó de todo lo que había quedado de ella en su casa y me dio este manuscrito pensando que me podría servir. Me parecieron interesantes algunos postulados que allí estaban escritos y lo guardé.

“Despedí a mi amigo y leí el manuscrito. Comencé a hacer algunas pruebas que allí se mencionaban y en poco tiempo logré separar el patrón elemental de la sangre animal. Descubrí, haciendo exámenes con animales pequeños, que ninguna enfermedad llegaba a contaminar a esa sangre patrón. Luego probé hacer una transfusión de sangre únicamente con esa sangre elemental en un murciélago. Pensé que el animal enfermo moriría al instante pero, para mi sorpresa, el murciélago comenzó a generar en su cuerpo todos los componentes sanguíneos que le faltaban. En pocos días su sangre ya tenía los complementos básicos de la sangre original. Descubrí que haciendo una extracción de la sangre enferma y una transfusión de sangre patrón lográbamos reemplazar la sangre contaminada por sangre completamente nueva, sin vestigios de células dañadas. Comencé a crear un banco de sangre elemental, de sangre patrón. Fui un poco más audaz y me animé a tratar con animales más grandes y más enfermos. Atrapé a un perro callejero que, lógicamente, tenía rabia. Hice una primera transfusión pero la sangre no alcanzó para erradicar todas las células contaminadas, por lo que tuve que extraer más sangre de animales más grandes. Probé con la sangre de los caballos. Para mi felicidad, la sangre equina me daba varios litros de la sangre elemental que necesitaba. Hice una segunda transfusión y el perro no sólo no murió sino que desaparecieron todos los vestigios de rabia que tenía en su cuerpo. Comprobé entonces que la sangre elemental podía servirle a los animales pero nunca la probé en seres humanos. Se sabe que si se mezcla sangre animal con sangre humana se puede producir una reacción hemolítica que llevaría a la muerte. Sería un acto criminal si mi experimento fallara en el hombre. He aquí mis temores, Lancaster, pero también mi anhelo por descubrir un nuevo umbral de vida. —¿Qué necesita que le consiga? —preguntó Lancaster.

—Algunos animales —respondió el médico.

 

La rabia (2022)

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